«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El Arrepentimiento Que Guía A La Vida

Por Rich Carmicheal

    «Pues bien, Dios pasó por alto aquellos tiempos de tal ignorancia, pero ahora manda a todos, en todas partes, que se arrepientan» (Hch. 17:30).

    Si usted está guardando cualquier pecado en sus pensamientos, sus actividades y/o en sus acciones, el Señor le llama: ¡Arrepiéntase!  Pero Él no le llama a eso para robarle de lo que parecen ser placeres del pecado, sino lo hace para ayudarle a descubrir «el arrepentimiento para vida» (Hch. 11:18).  Aquí le presento unas de las razones que nuestro Señor nos llama al arrepentimiento:

    1. Él quiere que nos escapemos del juicio.  Sin duda el pecado trae al juicio.  El Apóstol Pablo escribe: «Pero por tu obstinación y por tu corazón empedernido sigues acumulando castigo contra ti mismo para el día de la ira, cuando Dios revelará Su justo juicio» (Rom. 2:5).  Jesús nos advierte: «De la misma manera, todos ustedes perecerán, a menos que se arrepientan» (Lc. 13:3).  Y así a la iglesia en Efeso, Él declara, «¡Recuerda de dónde has caído! Arrepiéntete y vuelve a practicar las obras que hacías al principio. Si no te arrepientes, iré y quitaré de su lugar tu candelabro» (Ap. 2:5).

    Si nos negamos a arrepentirnos, tendremos que enfrentar el juicio del Señor.  Este juicio tendrá su expresión culminante en el juicio final, pero también podemos experimentar juicio en grados menores en esta vida presente.  El Señor, sin embargo, quiere que nosotros evitemos el juicio.  «El Señor no tarda en cumplir Su promesa, según entienden algunos la tardanza.  Más bien, Él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan» (2 Pe. 3:9).  Considere de nuevo Sus palabras dirigidas a la iglesia de Efeso en Apocalipsis 2:5.  Su deseo fue que la iglesia se arrepentiera para que su candelabro no fuera quitado.  El Señor desea que nos arrepentamos por nuestro bien para que nos escapemos de la corrupción, la destrucción y del juicio.

    2. Él desea restaurar la confraternidad con nosotros.  Mientras que el Señor desea que nos escapemos del juicio, Él tiene una razón mayor para llamarnos al arrepentimiento: Él quiere restaurar la amistad, el compañerismo con nosotros.  Un aspecto del arrepentimiento es de dejar el pecado en nuestras vidas y el juicio que el pecado inevitablemente nos trae a nosotros.  El otro aspecto es de acercarnos a Dios.  Anote que los dos elementos ocurren en estos versos: «…para que les abras los ojos y se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios...» (Hch. 26:18); «…a todos les prediqué que se arrepintieran y se convirtieran a Dios, y que demostraran su arrepentimiento con sus buenas obras» (Hch. 26:20).  También «…y de cómo se convirtieron a Dios dejando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero» (1 Tes. 1:9).  Y «…Nosotros también somos hombres mortales como ustedes.  Las buenas nuevas que les anunciamos es que dejen estas cosas sin valor y se vuelvan al Dios viviente, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos» (Hch. 14:15).

    El deseo del Señor no es solamente que nos guardemos del pecado.  Su mayor deseo es que Le conozcamos a Él y que disfrutemos amistad y compañerismo con Él.  El pecado nos separa de Él (Is. 59:2), Él quiere que nosotros nos separemos del pecado para que nuestra relación con Él sea sin quebranto.  Su llamada al arrepentimiento está motivada por Su amor para nosotros: «Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Por lo tanto, sé fervoroso y arrepiéntete» (Ap. 3:19).  Sí, Él quiere que abandonemos al pecado, pero más importante, Él quiere que le abracemos a Él.  «Porque erais como ovejas descarriadas, pero ahora os habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas» (1 Pe. 2:25).  Él desea que volvamos al Pastor y Guardián de nuestras vidas. Nuestro Señor desea tanto a esta confraternidad que Él extiende Su bondad y Su abstención y Su paciencia hacia nosotros para guiarnos al arrepentimiento (Rom. 2:4).  Él nos llama al arrepentimiento, dándonos la oportunidad de dejar nuestro pecado y de apuntarnos y enfocarnos hacia Él.  Hay gran alegría en el cielo cuando nos arrepentamos y vengamos al Señor (Lc. 15:7, 10).

    3. Él quiere que disfrutemos abundancia de vida.  Confraternidad restaurada con el Señor está acompañada por muchas bendiciones.  Cuando nos arrepentimos y volvemos a Él, nuestros pecados están borrados y tiempos de refrigerio vienen de la presencia del Señor (Hch. 3:19).  «La tristeza que proviene de Dios produce el arrepentimiento que lleva a la salvación, de la cual no hay que arrepentirse, mientras que la tristeza del mundo produce la muerte» (2 Cor. 7:10).  «…Para que les abras los ojos y se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, a fin de que, por la fe en Mí, reciban el perdón de los pecados y la herencia entre los santificados» (Hch. 26:18).

    El velo está quitado y podemos ver la gloria del Señor (2 Cor. 3:15-18).  El arrepentimiento también nos guía al perdón y al regalo del Espíritu Santo.  «Arrepiéntase y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados – les contestó Pedro – , y recibirán el don del Espíritu Santo» (Hch. 2:38).  Además nos guía al conocimiento de la verdad.  «Así, humildemente, debe corregir a los adversarios, con la esperanza de que Dios les conceda el arrepentimiento para conocer la verdad…» (2 Tim. 2:25).

Hoy es el momento para el arrepentimiento

    Aunque nuestro Señor quiere que nos arrepentamos y es misericordioso para guiarnos a arrepentirnos, no nos debemos probarle a Él en este asunto de demorar nuestro arrepentimiento y de continuar en el pecado.  Como enfatiza el Apóstol Pablo: «¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado, para que la gracia abunde?  ¡De ninguna manera!  Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?» (Rom. 6:1-2).  En su segunda carta a los corintios, él expresa miedo de que unos de estos corintios estén viviendo todavía en pecado: «Temo que, al volver a visitarlos, mi Dios me humille delante de ustedes, y que yo tenga que llorar por muchos que han pecado desde hace algún tiempo pero no se han arrepentido de la impureza, de la inmoralidad sexual y de los vicios a que se han entregado» (2 Cor. 12:21).

    El escritor de Hebreos advierte: «Si después de recibir el conocimiento de la verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados.  Sólo queda una terrible expectativa de juicio...» (Heb. 10:26-27).  Y agrega él: «Es imposible que renueven su arrepentimiento aquellos que han sido una vez iluminados, que han saboreado el don celestial, que han tenido parte en el Espíritu Santo y que han experimentado la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, y después de todo esto se han apartado.  Es imposible, porque así vuelven a crucificar, para su propio mal, al Hijo de Dios, y Lo exponen a la vergüenza pública» (Heb. 6:4-6).  Esaú sirve como un ejemplo: «...No se le dio lugar para el arrepentimiento, aunque con lágrimas buscó la bendición» (Heb. 12:17).

    No debemos atrevernos a demorarnos en arrepentirnos, pensando que nos queda mucho tiempo para considerar nuestro arrepentimiento.  No sabemos lo que contenga el día de mañana.  El juicio por nuestro pecado puede llegar en varias maneras y en cualquier instante.  Considere las palabras de Jesús a la iglesia de Pérgamo: «Por lo tanto, ¡arrepiéntete!  De otra manera, iré pronto a ti para pelear contra ellos con la espada que sale de Mi boca» (Ap. 2:16).  De manera semejante, Él advierte a la iglesia de Sardis: «Así que recuerda lo que has recibido y oído; obedécelo y arrepiéntete.  Si no te mantienes despierto, cuando menos lo esperes caeré sobre ti como un ladrón» (Ap. 3:3).

    ¡Si hay pecado en su vida, este es el instante de arrepentirse!  Abandone su pecado y busque la presencia del Señor.  En verdadero arrepentimiento, usted encontrará no solamente vida, sino también encontrará ÉL QUE ES LA VIDA.  «Acérquense a Dios, y Él se acercará a ustedes...» (St. 4:8).

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