«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Consagración A Dios

Por Charles H. Spurgeon (1834 – 1892)

    «Era Abram de edad de noventa y nueve años, cuando le apareció Jehová y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de Mí y sé perfecto» (Gn. 17:1).

    Para que un hombre sea enteramente santificado para el servicio del Señor, primero tiene que comprender la gloria y la condición todopoderosa y omnipotente de Dios.  Hermanos, el Dios a quien servimos llena todas las cosas, y tiene todo el poder y todas las riquezas.  Si le tuviésemos en poca estima, nos merecería poca confianza, y, en consecuencia, Le rendiríamos escasa obediencia, pero si tuviéramos grandiosos conceptos de la gloria de Dios, aprenderíamos a confiar plenamente en Él, recibiríamos de Él misericordias sobreabundantes, y seríamos motivados a servirle de manera sumamente consistente.  El pecado, en el fondo, tiene su origen muy frecuentemente en pensamientos rastreros acerca de Dios.

    El hombre que siente que Dios es una porción todopoderosa para su espíritu, no buscará el placer en las ocupaciones de la vanidad; no irá con la veleidosa multitud en pos de su vana alegría.  «No,» dice, «Dios se me ha aparecido como un Dios todopoderoso para mi consuelo y mi gozo.  Yo estoy contento en tanto que Dios sea mío.  Que otros abreven de cisternas rotas si quieren, pero yo moro junto a la fuente desbordante y estoy perfectamente contento.»

    ¡Oh, amados, cuán gloriosos nombres llevan merecidamente nuestro Señor!  Cualquiera que sea el nombre que elijan para reflexionar sobre él por un momento, ¡qué mina de riquezas y significado les abre!  Aquí está este nombre: «El Shaddai»; «El,» esto es, «el fuerte,» pues un poder infinito mora en Jehová.  ¡Cuán prontamente nosotros, que somos débiles, podemos volvernos fuertes si recurrimos a Él!  Y luego, «Shaddai,» es decir, «el incambiable, el invencible.»  ¡Qué Dios tenemos entonces, que no conoce variabilidad, ni sombra de arrepentimiento y a quien nadie podría enfrentarse!  «El,» fuerte; «Shaddai,» incambiable en Su fortaleza; por tanto, siempre fuerte en todo tiempo de necesidad, listo para defender a Su pueblo, y capaz de protegerlo de todos los enemigos.

    Vamos, cristiano, con un Dios así, ¿por qué habrías de rebajarte para ganar el elogio del hombre malvado?  ¿Por qué correteas por allí para encontrar placeres terrenales donde las rosas están siempre entreveradas de espinas?  ¿Por qué necesitas depositar tu confianza en el oro y la plata, o en la fuerza de tu cuerpo, o en algo que está bajo la luna?  Tú tienes a El Shaddai para que sea tuyo.  Tu poder para ser santo dependerá en mucho de que te aferres – con toda la intensidad de tu fe – al hecho alentador de que este Dios es tu Dios por siempre y para siempre, tu porción diaria, tu consolación que basta para todo.  Tú no podrías atreverte, no puedes atreverte, ni te atreverás a desviarte en los caminos del pecado, cuando sabes que un Dios así es tu Pastor y tu Guía.

    Adviertan las siguientes palabras: «anda delante de Mí.»  Este es el estilo de vida que caracteriza a la verdadera santidad; es un andar delante de Dios.  El cristiano ha de disponer y usar la fuerza y la gracia que ha recibido.  El meollo de la exhortación radica en las últimas palabras, «anda delante de Mí,» y por ello entiendo un sentido habitual de la presencia de Dios, o hacer lo recto y evitar lo malo, por respeto a la voluntad de Dios; una consideración de Dios en todas las acciones, públicas y privadas.  «La iniquidad del impío me dice al corazón: No hay temor de Dios delante de sus ojos» (Sal. 36:1).  Pero esta es la señal del hombre verdaderamente santificado, que vive en todo lugar como si estuviese en la cámara de la presencia de la Majestad divina; actúa como sabiendo que el ojo que nunca duerme está siempre fijo en él.  El santo siente que no debe transgredir y que no debe atreverse a transgredir, porque está delante del propio rostro de Dios.

    La distancia de la presencia del Señor siempre significa pecado: la santa familiaridad con Dios engendra santidad.  Entre más piensas en Dios, entre más meditas en Sus obras, entre más Le alabas, entre más Le pides en oración, entre más constantemente hablas con Él y Él contigo por medio del Espíritu Santo, más seguramente estás en el camino hacia una total consagración a Su causa.

    – Adaptada de un sermón.

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