«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Samuel Morris – La Marcha De La Fe (Parte 3)

Por Lindley J. Baldwin

    Después de que Dios había salvado milagrosamente a Samuel Morris, un muchacho africano de quince años, de la muerte a manos de un cacique cruel, milagrosamente lo guió por medio de las densas selvas a misioneros donde llegó a conocer a Cristo y al Espíritu Santo. Con su alma ardiente, Sammy siguió su deseo apasionado de aprender más del Espíritu Santo hasta llegar a Nueva York y encontrarse con Stephen Merritt, un hombre de Dios que se le habían recomendado de antes para que le enseñara a Sammy sobre el Espíritu Santo. En su primera noche en America, Samuel fue llevado a quedarse la noche an el hogar de Stephen Merritt.

    Antes de retirarse esa noche Sammy le pidió a su hospedador que se arrodillara con él en la oración. Este hombre, Esteban Merritt, que había estado predicando el Evangelio por tantos años, recibió una nueva visitación del Espíritu Santo.  En esos pocos momentos de oración pronunciada por un negro inculto, el hombre a quien el obispo Taylor había escogido como su secretario, tuvo una revelación de la realidad y poder del Consolador como nunca antes había conocido.

    A la mañana siguiente, al despertar, Sammy rápidamente hizo su cama, ordenó su cuarto y buscó el camino hasta llegar a las caballerizas.  Allí inmediatamente comenzó a trabajar ayudando al mozo a cuidar los caballos.  Esteban Merritt se levantó tarde.  Fue al cuarto del obispo, pero su «ángel de ébano» no estaba allí.  Cuando por fin lo encontró trabajando en la caballeriza, lo llevó a la casa y lo presentó a su familia.

Un entierro se transforma en un avivamiento

    Esteban Merritt era un hombre muy ocupado.  Su trabajo pastoral le llevaba todo su tiempo.  Ese día tenía que dirigir el entierro de un hombre distinguido del barrio de Harlem.  Llevó a Sammy consigo en el carruaje.  Durante el trayecto se detuvo para recoger a dos eminentes teólogos quienes iban a ayudarle en la ceremonia.

    Esteban Merritt trató de entretener a Sammy señalándole todos los lugares interesantes por los cuales estaban pasando: el Parque Central, la Gran Casa de la Ópera y otros lugares destacados.  Pero Sammy estaba interesado en algo aún más importante que las maravillas de esta gran ciudad.  Poniendo su negra mano sobre la rodilla de Merritt, le dijo: «¿Alguna vez oró mientras viajaba en carruaje?»

    Merritt respondió que con frecuencia había tenido momentos muy bendecidos mientras viajaba, pero que nunca se había dedicado allí a la oración profunda.

    Sammy dijo, «Vamos a orar.»  Y eso fue lo que hicieron.  Era la primera vez que Esteban Merritt se arrodillaba en un carruaje para orar. Sammy comenzó: «Padre, he viajado durante meses para ver a Esteban Merritt y para poder hablar con él acerca del Espíritu Santo.  Ahora que estoy aquí me muestra el puerto, las iglesias, los bancos y otros edificios, pero no me dice ni una sola palabra acerca de este Espíritu del cual estoy tan ansioso de saber más.  Llénalo de Ti Mismo de tal manera que él no piense, hable, escriba o predique de ninguna otra cosa que no sea de Ti y de Tu Santo Espíritu.»

    Lo que sucedió en el carruaje no fue una manifestación común del favor divino.  Esteban Merritt había tomado parte en la consagración de muchos misioneros, en la ordenación de muchos pastores y obispos, y en la imposición de manos con hombres santos.  Pero nunca había experimentado la ardiente presencia del Espíritu Santo como en ese momento, arrodillado junto a un andrajoso miembro de una raza despreciada.  Toda la vida de Merritt sufrió en ese momento un cambio sorprendente.

    Cuando comenzaron su viaje estos reverendos caballeros se sintieron un poco avergonzados por verse junto a un negro harapiento.  Después del culto de oración de Sammy, se sintieron avergonzados de sí mismos, de su mezquindad espiritual.  Luego de esto, consideraron que la apariencia exterior de Sammy debería estar más en armonía con su gracia interior.  De modo que, a sugerencia de Merritt pararon frente a una tienda para comprar un traje nuevo para su invitado.

    Una vez que terminaron en la tienda se dirigieron directamente al sepelio.  Mucha gente había llegado a honrar por última vez al extinto.  Esteban Merritt anticipando una reunión numerosa había preparado su sermón con sumo cuidado.  Pero la oración hecha en el carruaje le había dado una nueva unción y su mensaje tocó hondamente el corazón de la concurrencia.

    Los mismos cielos parecían abrirse cuando, dejando de lado su pulida alocución, comenzó a hablar lleno de tierna simpatía inspirado por el Espíritu Santo.  Los otros dos ministros sintieron la misma inspiración divina.  En sus exposiciones, más breves, hablaron con un poder tal (así lo señalaron luego) que ellos mismos se sorprendieron.

    La gente escuchaba embelesada.  Ni siquiera soñaron que Dios estaba usando estos predicadores tan dotados como canales para difundir entre los asistentes la fe y el gozo de un pobre muchacho, cambiando así un evento de tristeza por uno de gozo.  A pesar de que había sido la fe de Samuel la que trajo la unción de lo alto, él nada dijo durante el culto.  Sin embargo, sentado simplemente allí tan lleno del Espíritu, pudo contemplar en visión todo el camino hasta el mismo umbral del cielo y sentir el toque de alas angélicas.

    Sucedió entonces una de esas manifestaciones poco comunes que con tanta frecuencia probaban que Samuel Morris tenía un poder conferido por el Espíritu de Dios.  Mientras el culto continuaba, y sin que se hubiera hecho invitación alguna, uno tras otro pasaba al frente y se arrodillaban al lado del ataúd.  No se acercaron como afligidos por el muerto sino como penitentes, atraídos por la Luz divina que irradiaba del alma de aquel Sammy Morris.

Sammy va al Instituto Bíblico

    Después del sepelio Merritt se llevó a Sammy en su diligencia hasta su oficina.  Durante el trayecto Sammy hizo tantas preguntas penetrantes acerca del Espíritu Santo que Merritt muy pronto descubrió que él no era el maestro, sino el alumno y que la experiencia religiosa de Samuel Morris excedía a su propio conocimiento sobre el tema.  En su oficina Merritt dictó una carta para el presidente de la Universidad de Taylor, que en ese entonces se encontraba ubicada en Fort Wayne, Indiana.  En la misma, expresaba que les mandaba un diamante en bruto para que lo pulieran y lo enviaran al mundo para iluminarlo.

    El día siguiente era domingo. Merritt dijo a Sammy: «Quisiera que hoy me acompañaras a la escuela dominical.  Soy superintendente y me gustaría pedirte que hables allí.»

    Sammy respondió, «Nunca estuve en una escuela dominical, pero no importa.»

    Con una sonrisa Merritt lo presentó diciendo que aquel Samuel Morris había venido desde África para hablar con él acerca del Espíritu Santo.  La congregación prorrumpió en una carcajada.  Después de esta presentación, Merritt fue llamado para atender otro asunto.  Cuando volvió unos momentos después, el altar estaba lleno de jóvenes clamando y llorando.  Sammy, parado junto a la barandilla, oraba.

    Sammy estaba perfectamente calmado.  Por naturaleza era muy callado.  Cuando oraba usaba siempre el tono que uno utilizaría para hablar con un amigo cualquiera; simplemente «hablaba con su Padre»; con mucho fervor, pero reposadamente.  Su auditorio no era influenciado por los artificios de la oratoria de algún evangelista profesional.  No impactaba tanto su modo de hablar, ni aún lo que decía, sino la extraña presencia de algo sobrenatural: el poder del Espíritu Santo era tan sentido que todo se llenaba de Su gloria.

    Espontáneamente, los jóvenes de la escuela dominical organizaron la «Sociedad Misionera Samuel Morris.»  Esta sociedad con rapidez consiguió una pequeña suma de dinero para pasaje, ropa adicional y todo lo necesario para enviar a Samuel Morris al instituto bíblico.  Llenaron tres baúles con libros, ropa y otros regalos.

    A mediados de semana estaba listo para tomar el tren a Fort Wayne.  Partió y llegó a esa ciudad el día viernes, su Día de Liberación; su día de ayuno y oración.  Al momento de llegar no estaba en mejor situación que cuando había bajado del barco como extranjero en un país desconocido.  Tenía algunos libros que no podía leer, algo de ropa, y unos pocos regalos de escaso valor.

    No obstante, Sammy pronto manifestó un espíritu poco común entre los cristianos.  Cuando el presidente Thaddeus  Reade le preguntó qué cuarto quería tener, Sammy respondió: «Si hay un cuarto que nadie quiere, démelo a mí.»

    De este incidente tiempo más tarde el doctor Reade escribió: «Me di vuelta pues mis ojos estaban llenos de lágrimas.  Me pregunté si yo estaba dispuesto a aceptar lo que ningún otro quería.  En mi experiencia como maestro, he tenido la ocasión de asignar cuartos a centenares de estudiantes, la mayoría de ellos jóvenes creyentes espléndidos, pero Sammy Morris fue el único que alguna vez dijera algo semejante.»

    En una ocasión Sammy fue al doctor Reade y le preguntó si podía dejar el Instituto por un tiempo para salir y ganar dinero suficiente como para traer a Henry O‘Neil para que estudiara allí, diciendo:  «Es un muchacho mucho mejor que yo.  Trabajó conmigo en Liberia para Jesús.»

    El doctor Reade le dijo a Sammy que orara por esto y que Dios abriría un camino para que Henry O‘Neil tuviera su oportunidad.  A la mañana siguiente un Sammy muy sonriente se acercó al Doctor Reade diciendo: «Henry O’Neil viene muy pronto.  Mi Padre me lo acaba de decir.»

    El doctor Reade le escribió esto a Esteban Merritt y descubrió que uno de los misioneros que había estado en Liberia en el tiempo de Sammy y Henry, había regresado a San Luís, Missouri y estaba haciendo los arreglos para que Henry también pudiera viajar desde África a estudiar en América.  Fue el primer fruto del ministerio de Samuel Morris.

Un pastor ordenado por el cielo

    Al domingo siguiente de su llegada a Fort Wayne, Sammy preguntó si había una iglesia de gente de color en esa ciudad y le dijeron que sí.  Salió a buscarla, pero estaba tan lejos del edificio educacional que llegó tarde.  Los preliminares del culto ya habían concluído.  El pastor estaba en el púlpito; ya había anunciado su texto y estaba listo para predicar.  Sammy caminó directamente hasta la plataforma y subió un par de escalones.

    «Yo soy Samuel Morris,» dijo Sammy.  «Recién he llegado de África y tengo un mensaje para su congregación.»  El pastor accedió y a poco de sentarse en la plataforma cerca de Sammy, fue testigo de una verdadera visitación del cielo.  De pronto todos comenzaron a caer sobre sus rodillas, llorando, orando o gritando de alegría.  Sammy estaba en el púlpito, no predicando sino orando, «hablando con su Padre.» 

    Después, contando lo que ocurrió en ese momento, el pastor dijo, «Yo no presté atención para escuchar lo que Sammy decía, sentí un irresistible deseo de orar.  Qué fue lo que dijo, no recuerdo pero sí sé que mi alma ardía como nunca antes.  La Luz que sacó a Samuel Morris de la esclavitud de África estaba ciertamente brillando en nuestros corazones aquí en Fort Wayne.  Nunca la congregación había sido testigo de una visitación del Espíritu Santo como esa.»

    El culto duró mucho más allá del tiempo asignado.  Sammy habló con palabras que llegaron hasta lo íntimo.  Su intercesión fue hecha «con plena certidumbre de fe» y el Espíritu estuvo allí para responder a esa fe.  Todos volvieron a sus hogares regocijándose.

    La educación del Samuel Morris presentó un serio problema.  Él no podía asistir a las clases regulares.  Eran necesarios varios años de entrenamiento continuo antes de que pudiese ser inscrito como alumno regular.  Tenía casi dieciocho años, pero en su aprendizaje académico era como una criatura de siete u ocho años.  La única solución era hacer arreglos para un largo período de instrucción privada a través de preceptores.

Sammy salva una universidad

    Samuel Morris fue un estudiante diligente, pero él siguió considerando al Espíritu Divino de Verdad como su instructor principal.  Con frecuencia, al resolver problemas aritméticos difíciles, decía en voz baja pero audible, «Señor, ayúdame.»  Pasaba más tiempo «hablando con su Padre» que el que pasaba con cualquiera de sus maestros humanos.  El Espíritu Santo le acercó tanto a Dios, que un maestro terrenal no podía estar más cerca, ni ser más real.

    Muchos corrieron largas distancias para ver y conversar con Sammy, pero él no tenía tiempo para mera charla.  Después de los saludos acostumbrados, le entregaba al visitante la Biblia abierta en el capítulo que deseaba estudiar, pidiéndole que leyera en voz alta.  De este modo, Sammy se encargó de que toda la Biblia le fuera leída.

    En la universidad había un joven a quien se consideraba un ateo del tipo agresivo.  No se conformaba con dejar a los demás con sus propias convicciones religiosas.  Bien adiestrado en todos los argumentos básicos en pro del ateísmo, no perdía oportunidad de entrar en controversia con estudiantes creyentes.  No siempre era fácil de obtener una oportunidad de conversar con Sammy.  No daba entrada a nadie cuando estaba ocupado en la oración.

    Sin embargo, este ateo consiguió que algunos estudiantes lo llevaran a su cuarto y se lo presentaran.  Estaba listo para un buen debate y esperaba una victoria fácil sobre aquel africano inculto.  Como de costumbre, Sammy le entregó la Biblia abierta y le pidió que leyera un capítulo.  El ateo tiró la Biblia sobre la mesa, y dijo, «Yo ya no leo más ese libro….  No creo una sola palabra.»

    Sammy nunca había hablado con un ateo; aun los africanos más salvajes creen en un dios.  Escuchó en silencio y miró atentamente al ateo hasta que éste hubo terminado.  Luego Sammy se puso de pie y dijo, «Mi querido hermano, tu Padre te habla, ¿y tú no le crees?  Tu Hermano te habla, ¿y tú no le crees?  El Sol brilla, ¿y tú no lo crees?  Dios es tu Padre; Cristo, tu Hermano y el Espíritu Santo, tu Sol.»

    Luego, poniéndole la mano sobre su hombro le dijo, «Arrodíllate y yo oraré por ti.»

    Había un alma en peligro y el Espíritu divino le enseñó a hablar al corazón de su hermano de tal modo, que sus palabras tocaron las fibras más sensibles.  El ateo resistió hasta salir del cuarto, pero en ese preciso momento sintió el dardo de convicción del Espíritu atravesando su corazón.  Al fin del trimestre se fue de la universidad convertido en un creyente que oraba y obraba.  Más tarde, ¡este ex burlador llegó a ser obispo!

    Samuel Morris avivó el ánimo de toda la Universidad, desde el presidente hasta el último estudiante, al demostrar la simplicidad y el poder con los cuales el Espíritu Santo puede otorgar al ser humano más humilde todos los dones de un líder espiritual.  Todo el Instituto fue elevado a un plano de vida superior.  Los estudiantes dejaron su posición de meramente «salvados,» para ser llenos del Espíritu Santo y ser capaces, espiritualmente, para alcanzar a otros.

    Durante ese primer invierno, un evangelista tuvo reuniones de predicación.  Una gran multitud concurría todas las noches.  Samuel Morris especialmente se gozaba cantando.  Su misma alma parecía estar entonada con la música.  Cuando la congregación cantaba, se podía escuchar su voz en cada rincón del gran edificio.  Siempre se le dio un lugar en la plataforma.  Si los consejeros encontraban una respuesta obstinada, una señal bastaba para que Sammy se acercara.  Al poco tiempo, había dos personas arrodilladas, o Sammy regresaba trayendo un penitente al altar.  Nadie dudó o se negó a su invitación a arrodillarse y orar.  Sombreros de copa o vestidos de seda no eran barrera.  Su raza y color no ofendían, pues todos reconocían su gracia y poder espiritual.  Exhortó muy poco ese invierno, pero cantó y oró mucho.

    Las torturas que Sammy tuvo que soportar en África, mientras servía de rehén, y las fuertes privaciones sufridas a bordo del carguero debilitaron mucho su frágil constitución.  El clima riguroso del norte, con sus inviernos largos y fríos, era contrario a la naturaleza de alguien criado en el trópico.  A pesar de todo, siguió concurriendo con regularidad a las reuniones durante el invierno excepcionalmente crudo de 1892-93.

    En el mes de enero, mientras concurría a la iglesia se resfrió gravemente.  No dijo nada y llevó su enfermedad como si nada ocurriera.  No le importó que la noche fuera oscura y tormentosa, con una temperatura de 20° centígrados bajo cero.  Consideraba que era su deber, como así también su placer, el estar allí.  Su rostro honesto, su fe sencilla y firme eran una inspiración al pastor para dar lo mejor a su congregación.

    Sacrificó su salud al servicio de Dios.  No faltó ni a la última reunión de la iglesia.  Algunos todavía recuerdan cómo se adelantó antes de la bendición final y dirigió a la congregación en uno de los himnos más tiernos y amados del pueblo de Dios: «Cantaré antigua historia…de Cristo y de Su amor.»

    A pesar de que Sammy no contaba con suficientes reservas físicas como para superar el resfrío que había contraído, continuó concurriendo a sus clases como de costumbre.  Pero fue debilitándose paulatinamente.  Comenzaron a notarse síntomas de hidropesía y no pudo ocultar por más tiempo el hecho de que estaba gravemente enfermo.  Cuando el doctor Stemen vio su condición, lo llevó al hospital.

    Al principio Sammy no podía comprender el por qué de su enfermedad.  Dijo, «Cuando mis orejas se helaron el invierno pasado, me dolían mucho.  Yo le hablé a mi Padre de esto y en seguida no me dolieron más.  Y ahora, no me mejoro.  No lo entiendo.»

    Pero un día cuando los estudiantes vinieron a hacerle su visita diaria, Sammy les dijo con tranquila alegría que ahora entendía la razón de su enfermedad.  Les dijo, «Estoy muy contento, he visto a los ángeles.  Vienen por mí pronto.  La luz que mi Padre del cielo envió para salvarme, mientras estaba colgado impotente en una cruz en África, tuvo su propósito.  Fui salvado con un propósito.  Ahora he cumplido con este propósito.  Mi obra aquí en la tierra se ha terminado.»

    El doctor Reade le preguntó acerca de la gran obra que había pensado hacer entre su propia gente en África.  Sammy contestó, «Esta no es “mi obra”.  Es la obra de Cristo.  Él tiene que escoger a Sus propios obreros.  Otros pueden hacerlo mejor.»

    El doctor Stemen vivía justo frente al hospital.  A media mañana del 12 de mayo se hallaba cortando el césped de su jardín.  Escuchó una voz que llamándole decía, «No trabaje demasiado, doctor Stemen.»  Alzó la vista y vio a Sammy mirando desde la ventana de su cuarto del hospital.  Se saludaron.  Sammy se alejó de la ventana y se reclinó una vez más en su silla.  El doctor Stemen volvió a su tarea.

    Momentos más tarde, la enfermera del hospital bajó corriendo y le informó que Sammy parecía sin fuerzas.  Cuando llegó hasta él, el joven africano estaba sentado con una expresión de profunda paz.  Había muerto.  Se fue al encuentro de su Padre Celestial, a quien amaba tanto.  El «ángel de ébano» se unió a los ángeles y a los redimidos de todas las edades y de todas las razas.

    En la primera reunión de oración, después de su fallecimiento, un joven se puso de pie y dijo, «Yo siento en este momento que debo ir al África en lugar de Sammy; y ruego que así como su obra ha recaído sobre mí, también el manto de su fe pueda cubrirme.»  Al momento le siguieron otros dos voluntarios para ir al campo africano.  Y estos fueron la vanguardia de muchos más que siguieron.

    El doctor Reade escribió, «Samuel Morris fue un mensajero de Dios, divinamente enviado a la Universidad de Taylor.  Él pensó que venía para prepararse para la misión entre su gente, pero su venida fue para preparar a la Universidad de Taylor para su misión a todo el mundo.  Taylor recibió por medio de él, una visión de la necesidad del mundo entero.  Ya no pensaba sólo en lo local, sino en lo mundial.»

    Uno de los rasgos más distintivos de la vida de Samuel Morris es que toda su destacada influencia espiritual se ejercitaba como un incidente más dentro de las ocupaciones seculares comunes.  Él halló el tiempo y la oportunidad de traer las bendiciones más ricas de Dios a sus allegados, mientras trabajaba largas horas como obrero en la plantación, como pintor, como camarero y por último, como estudiante, tratando de alcanzar a compañeros de estudios más aventajados que él.  Cualquier joven tiene la misma oportunidad de servir a Dios en sus relaciones diarias.

    Además, ejercitó el mismo celo religioso en sus quehaceres diarios, como cuando limpió el camarote del capitán, que en sus palabras de consejo.  ¡Ojalá que tuviéramos más de tales cristianos prácticos!

    Estos tiempos tempestuosos no son más que un «horno» en el cual el «oro» del liderazgo verdadero será probado y purificado, emergiendo triunfante.  El evangelismo y la paz del mundo esperan a los nuevos dirigentes, quienes estarán equipados con toda la plenitud del poder de Dios morando adentro, por medio de la entera consagración y la fe completa de un Samuel Morris.  ¿Dónde están los Samuel Morris de hoy día?  ¡Es el tiempo para los nuevos hombres de los milagros!

Comuníquese con nosotros

 
Heraldo de Su Venida
P.O. Box 279
Seelyville IN 47878 USA

 
E-Mail:
info@heraldofhiscoming.org

Haga un comentario.