«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Jesucristo Mismo – La Fuente De Nuestro Gozo

Por Charles H. Spurgeon

    «Jesucristo mismo» es la fuente de todo nuestro gozo.  Cómo debemos regocijarnos teniendo tal fuente viva de bendiciones.  Jesús mismo es nuestro solaz en los tiempos de aflicción.  Si Jesús es verdaderamente un hombre hermano para mí, tengo esperanza en todo tiempo.  Un mejor bálsamo que el de Galaad es este, «Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias» (Mt. 8:17).  «Pues en cuanto Él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados» (Heb. 2:18).  Jesús mismo ha sufrido dolor, hambre, sed, deserción, menosprecio y agonía.  Tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado, se ha convertido en el principal Consolador de los afligidos.  Muchísimos sufrientes en las solitarias vigilias de la noche han pensado en Él y han sentido que su fuerza era renovada.  Nuestra paciencia revive cuando vemos al Varón de Dolores callado delante de Sus acusadores.  ¿Quién podría rehusar beber de Su copa y ser bautizado con Su bautismo? –

    «Su camino fue mucho más escabroso y oscuro que el mío:  Sufrió Cristo, mi Señor, ¿y yo he de quejarme?»

    La oscuridad de Getsemaní ha sido luz para muchas almas agonizantes, y la pasión hasta la muerte ha hecho que los moribundos canten de gozo de corazón.  Jesús mismo es el solaz de nuestra alma afligida y cuando emergemos de la tormenta de la turbación y nos adentramos en la profunda calma de la paz, como a menudo sucede, Él es nuestra paz, bendito sea Su nombre.  No conocemos nunca una paz profunda de corazón mientras no conozcamos al Señor Jesús mismo.  Ustedes recuerdan aquella dulce palabra cuando los discípulos se encontraban reunidos y las puertas estaban cerradas por miedo de los judíos – «…Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo:  Paz a vosotros» (Lc. 24:36).  Pueden ver que Jesús mismo trajo el mensaje; pues sólo Su presencia podía hacerla eficaz.  Cuando lo vemos a Él, nuestro espíritu tiene un grato olor de reposo.  ¿Dónde más puede encontrar una cabeza dolida otra almohada semejante a Su pecho?

    «Los discípulos se regocijaron viendo al Señor» (Juan 20:20), entonces nosotros nos alegramos también.  Por fe vemos a Jesús mismo entronizado, y esto nos llena de deleite, pues Su glorificación es nuestra satisfacción.  «Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre» (Flp. 2:9).  Qué gozo es pensar que Jesús resucitó y que resucitó para no morir más.  El gozo de la resurrección es superlativo.  Qué bienaventuranza es saber que Él ascendió llevando cautiva la cautividad, saber que se sienta ahora entronizado en un bienaventurado estado y que vendrá en toda la gloria del Padre para desmenuzar a Sus enemigos como con vara de hierro.  Ahí radica el más grande trozo de Su iglesia expectante.  Ella tiene en reserva un potente trueno de hosannas para aquel día auspicioso.

    ¡Hermano cómo será la visión sin el velo!  ¡Si la visión de Él aquí es tan dulce, qué será verlo a Él en el más allá!  Pudiera ser que no vivamos hasta que Él venga, pues el Señor podría demorarse, pero si no viniera, y fuéramos llamados a atravesar las puertas de la muerte, no debemos temer.  Jesús mismo ha dicho, «Padre, aquellos que Me has dado, quiero que donde Yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean Mi gloria…» (Juan 17:24).

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