«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Puestos Los Ojos En Jesús

«Puestos los ojos en Jesús el autor y consumador de la fe…» (Hebreos 12:2)

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    EN LAS ESCRITURAS, para aprender allí lo que Él es, lo que Él ha hecho, lo que Él da, lo que Él desea; para hallar en Su carácter nuestro modelo, en Sus enseñanzas nuestra instrucción, en Sus preceptos nuestra ley, en Sus promesas nuestro apoyo, en Su persona y en Su obra la plena satisfacción suplida por cada necesidad de nuestras almas.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    CRUCIFICADO, para hallar en Su sangre derramada nuestro rescate, nuestro perdón, nuestra paz.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    RESUCITADO, para hallar en Él la justicia que sólo nos justifica, y nos permite, muy indignos que somos, acercarnos con seguridad, en Su nombre, a Él quien es Su Padre y nuestro Padre, Su Dios y nuestro Dios.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    GLORIFICADO, para hallar en Él nuestro Abogado celestial (1 Juan 2:1), quien, por medio de Su intercesión, completa la obra de nuestra salvación inspirada por Su gran amor.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    REVELADO POR EL ESPÍRITU SANTO, para encontrar en comunión constante con Él la purificación de nuestros corazones ensuciados por el pecado, la iluminación de nuestros espíritus oscurecidos, la transformación de nuestras voluntades rebeldes; capacitados por Él para triunfar sobre todos los ataques del mundo y del malo, para resistir su violencia a través de Jesús nuestra Fortaleza, y para vencer su sutileza a través de Jesús nuestra Sabiduría; sostenidos por la compasión de Jesús, a quien no le fue ahorrado ninguna tentación, y por la ayuda de Jesús, que nunca se dejó vencer por ninguna.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    QUIEN NOS DA EL ARREPENTIMIENTO, tanto como la remisión de pecados (Hch. 5:31) para que Él nos dé la gracia para reconocer, deplorar, confesar, y abandonar nuestras transgresiones.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    PARA RECIBIR DE ÉL la tarea y la cruz para cada día – con la gracia que es suficiente para llevar la cruz y acabar la tarea; la gracia que nos capacita para ser pacientes con Su paciencia, activos con Su actividad, amables con Su amor; nunca preguntando «¿Qué puedo yo hacer?» sino «¿Qué no puede Él hacer?» y esperando en Su potencia que se perfecciona en nuestras flaquezas.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    QUIEN, HABIENDO VUELTO A LA CASA DEL PADRE, está preparando un lugar allá para nosotros; que esta expectativa gozosa nos dé a vivir en esperanza y nos prepare para morir en paz, cuando llegue el día en que enfrentemos este último enemigo, que Él ya ha vencido por nosotros y que nosotros venceremos a través de Él – y el que una vez fue el rey de terrores sea hoy el presagio de la felicidad eternal.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    CUYA VENIDA SEGURA, en un día inesperado, es de siglos en siglos la expectativa y la esperanza de la iglesia fiel, que se anima en su paciencia, vigilancia, y gozo por el pensamiento que el Salvador está ya cerca (Flp. 4:4-5; 1 Tes. 5:23).

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    EL AUTOR Y CONSUMADOR DE LA FE, es decir, quien es la pauta y la fuente de aquella fe, al igual que Él es el objeto de ella; y quien, desde el primer paso hasta el último, marcha al frente de los creyentes, para que nuestra fe se inspire, se anime, y se sostenga por Él, y que Él la conduzca adelante hasta la consumación suprema.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    Y NO EN NOSOTROS MISMOS, nuestros pensamientos, nuestros razonamientos, nuestras imaginaciones, nuestras inclinaciones, nuestros deseos, nuestros propósitos.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    Y NO EN LOS OBSTACULOS que se encuentran en nuestro camino.  Desde que nos paramos para considerarlos, ellos nos asombran, nos confunden, nos derriban, por lo incapaces que somos para comprender cuál sea la razón por qué se los permita ni para comprender los medios por los cuales podamos superarlos.
    El apóstol Pedro comenzó a hundirse tan pronto que se volvió a mirar las olas agitadas por la tormenta, pero mientras que miraba a Jesús él caminaba sobre el agua como sobre una roca (Mt. 14:29-30).  Lo más difícil sea nuestra tarea, lo más aterrorizante sean nuestras tentaciones, lo más importante es que fijemos la mirada solamente en Jesús.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    Y NO EN LA SINCERIDAD DE NUESTRAS INTENCIONES, NI EN LA FUERZA DE NUESTRAS RESOLUCIONES.  ¡Ay!  Cuantas veces las más excelentes intenciones han solamente preparado el camino a las derrotas las más humillantes.  Apoyémonos, no en nuestras intenciones sino en Su amor; no en nuestras resoluciones sino en Su promesa.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    Y NO EN NUESTRA FUERZA.  Nuestra fuerza sirve solamente para glorificarnos a nosotros mismos; para glorificarle a Dios se necesita la fuerza de Dios.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    Y NO EN NUESTRA DEBILIDAD.  Por lamentar nuestra debilidad, ¿jamás hemos llegado a ser más fuertes?  Miremos a Jesús, y Su poder se comunicará a nuestros corazones.  Sus alabanzas brotarán de nuestros labios.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    Y NO EN NUESTROS PECADOS.  Mirémonos a nosotros mismos sólo para reconocer cuánta necesidad tenemos de mirarle a Él, seguramente no como si no fuéramos pecadores, sino al contrario porque lo somos, midiendo la grandeza misma de la ofensa por la grandeza del sacrificio que la expió y de la gracia que la perdona.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    Y NO A LO QUE HACEMOS PARA ÉL.  Si estamos demasiado preocupados por nuestra obra, podemos olvidarnos de nuestro Dueño, es posible tener las manos llenas y el corazón vacío.  Ocupados con nuestro Dueño, nunca podemos olvidarnos de la obra.  Si el corazón está lleno de Su amor, ¿cómo pueden las manos faltar de estar activas en Su servicio?

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    Y NO EN NUESTRAS DERROTAS NI EN NUESTRAS VICTORIAS.  Si miramos a nuestras derrotas estaremos abatidos; si miramos a nuestras victorias estaremos orgullosos.  Ni la una ni la otra nos ayudará a pelear la buena batalla de la fe (1 Tim. 6:12).  Al igual que todas nuestras bendiciones, la victoria, tanto como la fe que la gana, es el don de Dios por nuestro Señor Jesucristo (1 Cor. 15:57) y a Él sea toda la gloria.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS
    Y NO EN NUESTRAS DUDAS.  Cuánto más las miremos, más grandes nos parecerán, hasta tragar toda nuestra fe, nuestra fuerza, y nuestro gozo.  Pero si miramos lejos de ellas, a nuestro Señor Jesucristo quien es la Verdad (Juan 14:6), las dudas se esparcirán en luz de Su presencia, como se esparcen las nubes ante el sol.

    PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS SIEMPRE – CON UNA MIRADA MAS Y MAS CONSTANTE, más y más segura, «transformados de gloria en gloria en la misma semejanza» (2 Cor. 3:18) y así esperando la hora en que Él nos llamará para pasar de la tierra a los cielos y del tiempo a la eternidad – la hora prometida, la hora bendita cuando por fin «seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es» (1 Juan 3:2).

    – Theodore Monod

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