«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

¡Cristo Es Todo!

Por J. C. Ryle (1816 – 1900)

    «…Cristo es todo…» (Col. 3:11).  Estas tres palabras son la esencia y sustancia del cristianismo.  Si nuestros corazones pueden realmente aceptarlas, entonces nuestras almas están bien.  Si no, podemos estar seguros de que tenemos mucho aún por aprender.

    Cristo es la esencia de ambos, del cristianismo práctico y del doctrinal.  Un conocimiento correcto de Cristo es esencial para el correcto conocimiento tanto de la santificación como de la justificación.  Déjenme tratar de establecer a mis lectores en qué sentido «Cristo es todo,» y déjenme pedirles, en la medida en que lean, juzgarse honestamente a sí mismos para que no naufraguen en el juicio del último día.

Cristo está en todos los consejos de Dios

    Hubo un tiempo en que esta tierra no existía.  Tan sólidas como las montañas y los mares sin fronteras parecen, tan altas como las estrellas están en el cielo – alguna vez no existían.  Y el hombre, con todos los altos conceptos que tiene hoy de sí mismo, era una criatura desconocida.

    ¿Y dónde estaba Cristo entonces?

    Aun entonces Cristo estaba «con Dios» y «era Dios» y era «igual a Dios» (Juan 1:1; Flp. 2:6).  Aun entonces Él era el Hijo amado de Su Padre «Tú Me amaste,» dice, «antes de la fundación del mundo» (Juan 17:24).  «Tenía la gloria Contigo antes de que el mundo comenzara» (Juan 17:5).  Aun entonces, antes de la fundación del mundo, Él era el Salvador predestinado (1 Pe. 1:20), y los creyentes eran «escogidos en Él» (Ef. 1:4).

 

    Vino el tiempo cuando la tierra fue creada en su orden actual.  El sol, la luna y las estrellas, el mar, la tierra y sus habitantes fueron llamados a ser, hechos del caos y la confusión.  Y, al final de todo, el hombre fue formado del polvo de la tierra.

    ¿Y dónde estaba Cristo entonces?

    Escuche lo que las Escrituras dicen: «Todas las cosas fueron hechas por Él y sin Él nada de lo hecho fue ­hecho» (Juan 1:3).  «Todas las cosas fueron creadas por Él, las que están en el cielo y las que están en la tierra…» (Col. 1:16).  «Y Tú, Señor, en los comienzos dispusiste la fundación de la tierra y los cielos son la obra de Tus manos» (Heb. 1:10).  ¿Podemos sorprendernos de que el Señor Jesús, en Su prédica, sacara en forma continua Sus lecciones del libro de la naturaleza?  Cuando habló de la oveja, el pez, los cuervos, el trigo, las lilas, la higuera, el vino – habló de las cosas que Él mismo había hecho.

 

    Vino el día en que el pecado entró en el mundo.  Adán y Eva comieron de la fruta prohibida y cayeron.  Perdieron la naturaleza santa en la cual ellos en un principio fueron formados.  Perdieron la amistad y el favor de Dios y se volvieron pecadores culpables, corruptos y sin esperanza.  El pecado vino a ser como una barrera entre ellos y su santo Padre en los cielos.  Si Dios hubiera tratado con ellos ajustándose a sus deseos no habría habido nada ante ellos sino la muerte, el infierno y la ruina eterna.

    ¿Y dónde estaba Cristo entonces?

    En ese mismo día, Él fue revelado a nuestros temblorosos padres como la única esperanza para su salvación.  El mismísimo día que cayeron, se les dijo que la semilla de una mujer magullaría la cabeza de la serpiente – que un Salvador nacido de mujer vencería al demonio y ganaría para el hombre pecador una entrada a la vida eterna (Gn. 3:15).  Cristo fue establecido como la verdadera luz del mundo, en el mismísimo día de la caída; y nunca desde ese día se ha conocido ningún otro nombre por el cual las almas puedan ser salvadas, excepto el Suyo.  Por Él todas las almas salvadas han entrado al cielo, desde Adán hasta hoy, y sin Él nadie nunca ha escapado del infierno.

 

    Vino un tiempo cuando el mundo pareció hundirse y enterrarse en la ignorancia de Dios.  Luego de cuatro mil años, las naciones de la tierra parecieron haber olvidado sin problemas al Dios que los creó.  Los imperios egipcios, asirios, persas, griegos y romanos no hicieron nada más que propagar la superstición y la idolatría.  Los poetas, historiadores, filósofos han probado que, con todos sus poderes intelectuales, no tenían el correcto conocimiento de Dios, y que el hombre, abandonado a sí mismo, fue finalmente corrompido.  «…El mundo, por sabiduría, no conoció a Dios…» (1 Cor. 1:21).  Exceptuando unos pocos despreciados judíos en un rincón de la tierra, el mundo entero estaba muerto en ignorancia y pecado.

    ¿Y qué hizo Cristo entonces?

    Él dejó la Gloria que había tenido desde la eternidad con el Padre y vino al mundo a entregar salvación.  Tomó nuestra naturaleza, y nació como un hombre.  Como un hombre, Él hizo la voluntad perfecta de Dios, la que todos nosotros habíamos dejado sin hacer; como un hombre, Él sufrió en la Cruz la ira de Dios, la cual nosotros debimos haber sufrido.  Trajo la justicia eterna para nosotros.  Nos redimió de la maldición de la ley rota.  Él abrió una fuente para todos los pecados y la inmundicia.  Él murió por nuestros pecados.  Resucitó para nuestra justificación.  Él ascendió a la mano derecha de Dios y se sentó allí en espera de que Sus enemigos caigan a Sus pies.  Y Él está sentado allí ahora, ofreciendo salvación a todos aquellos que van a Él, intercediendo por todos aquellos que creen en Él, y manejando por el designio de Dios todo lo que concierne a la salvación de las almas.

 

    Vendrá un tiempo cuando el pecado sea expulsado de este mundo.  La maldad no florecerá sin castigo.  Satanás no reinará para siempre, la creación no gemirá siempre por esa carga.  Habrá un tiempo para la restitución de todas las cosas.  Habrá un nuevo cielo y una nueva tierra donde habitará la justicia, y la tierra estará llena de conocimiento del Señor como las aguas que cubren el mar (Rom. 8:22; Hch. 3:21; 2 Pe. 3:13; Is. 11:9).

    ¿Y dónde estará Cristo entonces?  ¿Y qué hará?

    Cristo Mismo será el Rey.  Regresará a esta tierra y hará todas las cosas nuevas.  Vendrá en las nubes del cielo con poder y gran gloria, y los reinos del mundo serán Suyos.  El gentil le será dado por Su herencia y las más recónditas porciones de la tierra serán Sus posesiones.  A Él se inclinará toda rodilla y cada lengua confesará que Él es el Señor.  Su dominio será un dominio eterno, no perecerá, y Su reino no será destruido (Mt. 24:30; Ap. 11:15; Sal. 2:8; Flp. 2:10-11; Dn. 7:14).

    Vendrá el día en que todos los hombres serán jugados.  El mar arrojará a sus muertos, la muerte y el infierno liberarán a sus muertos.  Todos los que duermen en la tumba despertarán y se presentarán, y todos serán juzgados de acuerdo a sus obras (Ap. 20:13; Dn. 12:2).

    ¿Y dónde estará Cristo entonces?

    Cristo Mismo será el Juez.  «El Padre ...le ha dado todo el juicio al Hijo» (Juan 5:22).  «Cuando el Hijo del hombre venga en Su gloria…entonces Se sentará en el trono de Su gloria y ante Él se reunirán todas las naciones y Él separará los unos de los otros, como un pastor que divide las ovejas de las cabras» (Mt. 25:31-32).  «Todos debemos enfrentar el juicio de Cristo, que cada uno reciba las cosas que ha hecho en su cuerpo, de acuerdo a lo que ha hecho, sea esto bueno o malo» (2 Cor. 5:10).

    En los consejos eternos de Dios el Padre, en la creación, la redención, la restitución y el juicio – en todos ellos, Cristo es «todo.»  Con certeza, bien haremos tener en consideración estas cosas.  Verdaderamente no están escritas en vano «aquel que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió» (Juan 5:23).

Cristo lo es todo en la Biblia

    Encontramos a Cristo en cada parte de los dos testamentos – vaga e indistintamente en el comienzo, más clara y abiertamente en el medio y completa y enteramente al final – no obstante real y sustancialmente en todas partes.

    Fue Cristo crucificado el que fue puesto en cada sacrificio del Antiguo Testamento.  Cada animal muerto y ofrecido en un altar era la confesión práctica de que se buscaba un Salvador que moriría por los pecadores – un Salvador que tomaría los pecados del hombre, sufriendo en su lugar, como su sustituto y su vicario (1 Pe. 3:18).  ¡Es absurdo suponer que una carnicería de bestias inocentes, sin significado ni objetivo concreto, podría complacer al Dios eterno!

    Era a Cristo a quien Abel buscó cuando ofreció un sacrificio mejor que Caín.  No sólo era el corazón de Abel mejor que el de su hermano sino que mostró su conocimiento del sacrificio vicario y su fe en la expiación.  Ofreció el primogénito de su ganado y la sangre y al así hacerlo ­declaró su convicción de que sin esparcir la sangre no hay remisión de pecado (Heb. 11:4).

    Era Cristo de quien Enoc profetizó en los días de abundante maldad, entes del diluvio.  «Miren,» dijo, «he aquí el Señor que viene con diez mil de Sus santos a juzgar a todos…» (Jud.1:14-15).

    Era Cristo a quien Abraham miró cuando habitó en tiendas en la tierra prometida.  Creyó que en su simiente, en uno nacido de su familia, todas las naciones de la tierra serán bendecidas.  Por fe vio el día de Cristo y tuvo contentamiento (Juan 8:56).

    Fue de Cristo de quien Jacob habló a sus hijos en su lecho de muerte.  Él señaló a la tribu de la cual nacería y presagió «permaneciendo juntos en Aquel estaba aún por ser.»  «El cetro no será quitado de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh, y a Él se congregarán los pueblos» (Gn. 49:10).

    Era Cristo quien era la sustancia de la ley ceremonial que Dios entregó a Israel por la mano de Moisés.  Los sacrificios de la mañana y de la tarde, el esparcimiento continuo de sangre, el altar, el propiciatorio, el sumo sacerdote, la pascua, el día de la expiación, el chivo expiatorio – todos ellos eran imágenes, formas y emblemas de Cristo y Su obra.  Dios tuvo compasión de la debilidad de Su pueblo.

    Era Cristo sobre quien Dios dirigió la atención de Israel a través de sus diarios milagros, esos que fueron hechos ante sus ojos en el desierto.  ¡La columna de nubes y fuego que los guío, el maná del cielo que cada mañana los alimentó, el agua de la roca que los siguió – todos y cada uno de ellos eran figuras de Cristo!  La serpiente de bronce, en la memorable ocasión cuando la plaga de fieras serpientes fue puesta sobre ellos, fue un emblema de Cristo (1 Cor. 10:4; Juan 3:14).

    Fue Cristo de quien todos los jueces fueron símiles.  José, Gedeón, Jafet, Sansón y todo el resto a quienes Dios elevó para conducir a Israel desde la cautividad – todos eran emblemas de Cristo.  Todos estaban destinados a recordar a las tribus de ese Libertador muy superior que estaba aún por venir.

    Era de Cristo de quien David, el rey, era tipo.  Ungido y escogido cuando unos pocos le daban honor, despreciado y rechazado por Saúl y todas las tribus de Israel, perseguido y obligado a abandonar su vida, un hombre de penas durante toda su vida – y aún a todas vistas un conquistador – en todas estas cosas, David representaba a Cristo.

    Era de Cristo de quien los profetas, desde Isaías a Malaquías, hablaron. Ellos vieron a través de un vidrio opaco.  A veces hablaron de Sus sufrimientos y otras de Su gloria por venir (1 Pe. 1:11).  No siempre nos dejaron claro la distinción entre la primera y la segunda venida de Cristo.  Como dos velas en una sola luz, una detrás de la otra, algunas veces vieron ambos eventos simultáneamente y hablaron de ellos en un solo aliento.  Algunas veces fueron impulsados por el Espíritu Santo a escribir de los tiempos de Cristo crucificado y algunas veces del Reino de Cristo en los últimos días.  No obstante el Jesús muriendo o el Jesús reinando era el sentido que siempre encontrará presente en sus pensamientos.

    Es de Cristo, necesito decirlo enfáticamente, de quien todo el Nuevo Testamento está lleno.  Los Evangelios son «Cristo» viviendo, hablando y moviéndose entre los hombres.  Los Hechos son «Cristo» predicado, publicado y proclamado.  Las Epístolas son «Cristo» escrito, explicado y exaltado.  No obstante en todo, desde el inicio al fin, hay sólo un nombre por sobre todo nombre y ese es el nombre de Cristo.

Cristo lo es todo en la religión de todos los verdaderos cristianos

    Sostengo que existe una armonía perfecta y unísona en la acción de las tres Personas de la Trinidad para llevar a cualquier hombre a la gloria y que las tres cooperan y trabajan en una labor mancomunada en su liberación del pecado y del infierno.  No obstante, simultáneamente, veo claramente la prueba en las Escrituras que es el propósito de la bendita Trinidad que Cristo debe ser prominente y distintivamente exaltado en lo que se refiere a la salvación de las almas. Cristo fue puesto como el «Verbo,» a través del cual el amor de Dios a los pecadores se hizo conocido.  La encarnación de Cristo y la muerte expiatoria en la Cruz son las piedras fundamentales sobre las cuales el plan completo de salvación descansa.  Cristo es el camino y la puerta por las cuales los acercamientos a Dios pueden hacerse.  Cristo es la raíz en la cual los pecadores escogidos deben ser injertados.  Cristo es el único lugar de encuentro entro Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra, entre la Santa Trinidad y el pobre pecador hijo de Adán.

    Es a Cristo quien Dios el Padre ha sellado y señalado para conferir vida a un mundo muerto (Juan 6:27).  Es Cristo a quien el Padre ha dado al pueblo para ser conducidos a la gloria.  Es de Cristo de quien el Espíritu testifica y a quien conduce siempre a las almas para perdón y paz.  En breve, «ha complacido al Padre que en [Cristo] exista toda plenitud» (Col. 1:19).  Lo que el sol es en los cielos del cielo, eso es Cristo en el verdadero cristianismo.

    Cristo es todo en la justificación de un pecador ante Dios.  Sólo a través de Él, podemos tener paz con un Dios Santo.  Sólo por Él, podemos tener admisión en la presencia del Altísimo y pararnos allí sin temor.  «…Tenemos la seguridad y acceso seguro por la fe en Él» (Ef. 3:12).  Sólo en Él, Dios puede ser justo y justificar a los impíos (Rom. 3:26).

    Debemos ir en nombre de Jesús, no hay otra base, suplicando con ninguna otra súplica que no sea esta: «Cristo murió en la Cruz por los incrédulos, yo confío en Él.  Cristo murió por mí y yo creo en Él.»  La vestimenta de nuestro Hermano Mayor, la justicia de Cristo, es la única túnica que puede cubrirnos y habilitarnos a pararnos en la luz del cielo sin vergüenza.

    El nombre de Jesús es el único nombre por el cual podremos obtener una entrada a través de la puerta a la gloria eterna.  Si vamos a llegar delante de esa puerta por nuestros propios nombres, estamos perdidos, no seremos admitidos y golpearemos en vano.  Si vamos en el nombre de Jesús, que es un pasaporte y sello de origen, entraremos y viviremos.

    La marca de la sangre de Cristo es la única marca que nos puede salvar de la destrucción.  Cuando los ángeles separen a los hijos de Adán en los últimos días, si no tenemos la marca con la sangre expiatoria, sería preferible no haber nacido nunca.

    ¡Oh, que nunca olvidemos que Cristo debe ser «todo» para esa alma que será justificada!  Debemos estar contentos de ir al cielo como mendigos, salvados por gracia gratuita, simplemente como creyentes en Jesús o nunca seremos salvos en absoluto.

    ¿Hay alguno laborioso y cargado entre los lectores de este libro?  ¿Hay alguien que desee ser salvo y se siente como un vil pecador?  A él le digo: «Venga a Cristo, y Él lo salvará.  Venga a Cristo y ponga las cargas de su alma en Él.  No tema, sólo crea.»  ¿Teme a la ira?  Cristo puede liberarlo de la ira por venir.  ¿Siente la maldición por una ley quebrantada?  Cristo puede redimirlo de la maldición de la ley.  ¿Se siente impuro?  La sangre de Cristo puede lavar todos los pecados.  ¿Se siente imperfecto?  Usted será completo en Cristo.  ¿Se siente como si fuera la nada?  Cristo será «todo en todo» para su alma.  Ningún santo alcanzó el cielo con ninguna historia excepto por esta: «fui lavado y emblanquecido con la sangre del Cordero» (Ap. 7:14).

    Cristo no es sólo todo en la justificación de un verdadero cristiano sino que también es todo en su santificación.  Ningún hombre será alguna vez santo sino hasta que venga a Cristo y sea uno con Él.  «Sin Él, separados de Él, usted nada puede hacer» (Juan 15:5).

    Ningún hombre puede crecer en santidad, a menos que permanezca en Cristo.  Cristo es la gran raíz de la cual cada creyente debe extraer su fortaleza para seguir adelante.  El Espíritu es Su regalo especial, Su regalo comprado para Su pueblo.  Un creyente no debe solamente recibir a Cristo el Señor sino caminar con Él, y arraigarse y sobreedificarse en Él (Col. 2:6-7).

    ¿Desea ser santo?  Entonces Cristo es el maná que debe comer diariamente, como Israel en el desierto del Antiguo Testamento.  ¿Desea ser santo?  Entonces Cristo debe ser la roca de la cual usted diariamente beba el agua viva.  ¿Desea ser santo?  Entonces debe mirar siempre a Jesús, mirar Su Cruz y tomar renovados bríos para una caminata más cercana con Dios; mirar Su ejemplo, tomándolo como su modelo.  Mirándolo a Él se volverá como Él.  Mirándolo a Él, su rostro brillará sin saberlo.  Mírese menos a sí mismo y más a Cristo y encontrará que sus pecados residentes cejarán y lo abandonarán y sus ojos serán abiertos más y más cada día (Heb. 12:2; 2 Cor. 3:18).

    El verdadero secreto para salir del desierto es abandonarse al Amado (Cant 8:5).  La verdadera forma de ser fuerte es darse cuenta de nuestra debilidad y sentir que Cristo debe ser todo.  El verdadero camino para crecer en gracia es hacer uso de Cristo como una fuente para las necesidades de cada minuto.  Debemos luchar para ser capaces de decir, «La vida que vivo en la carne la vivo por fe en el Hijo de Dios, que me amó y se dio a Sí mismo por mí» (Gál. 2:20).

    ¡Me apeno por aquellos que tratan de ser santos sin Cristo!  Toda su labor es en vano.  Están poniendo dinero en un saco roto.  Están derramando agua en un cedazo.  Están haciendo rodar una enorme piedra redonda colina arriba.  Están construyendo un muro con mortero sin templar.  Créanme, están comenzando equivocadamente.  Deben venir a Cristo primero y Él les dará Su Espíritu santificador.  Deben aprender a decir junto con Pablo, «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Flp. 4:13).

    Cristo no solamente es todo en la santificación de un verdadero cristiano sino lo es todo en su consuelo en los tiempos presentes.

    Jesús es verdaderamente el Hermano nacido para la adversidad.  Él es el Amigo que permanece más cercano que un hermano, solo Él puede consolar a Su pueblo.  Él puede ser tocado con los sentimientos de sus iniquidades porque Él las sufrió en Sí mismo (Heb. 4:15).  Él sabe lo que es la pena porque Él fue un Hombre de pesares.  Él sabe lo que es un cuerpo doliente porque Su cuerpo fue afligido con dolor.  Él lloró, «Todos Mis huesos están fuera de sus coyunturas» (Sal. 22:14).  Él sabe lo que es la pobreza y el trajín porque a menudo estaba cansado y no tuvo ningún lugar para descansar Su cabeza.  Él sabe lo que es el desagravio familiar porque ni Sus hermanos creyeron en Él.  No tuvo ningún honor en Su propia casa.

    Y Jesús sabe exactamente cómo consolar a Su pueblo afligido.  Él sabe cómo poner aceite y vino en las heridas de espíritu, cómo llenar los espacios en los corazones vacíos, cómo administrar una palabra adecuada al afligido, cómo sanar un corazón roto, cómo confortarnos en la enfermedad, cómo acercarnos cuando estamos desvanecidos, y dice, «No temas, Yo soy tu salvación» (Lam. 3:57).

    David una vez dijo, «En la multitud de mis pensamientos, Tus consuelos deleitan mi alma» (Sal. 94:19).  Muchos creyentes, estoy seguro, podrían decir lo mismo.  «Si el Señor mismo no hubiera permanecido conmigo, las aguas profundas habrían cubierto mi alma» (Sal. 124:5).

    Así como Cristo es todo en los consuelos para un verdadero creyente, en los tiempos actuales también lo es en todas sus esperanzas en los tiempos venideros.

    ¿Y cuál es la esperanza de un verdadero cristiano?  Es sólo esta, Jesús viniendo nuevamente, viniendo sin pecado, viniendo a todo Su pueblo, viniendo a enjugar toda lágrima, viniendo a levantar a Sus santos durmientes de la tumba, viniendo a reunir a toda Su familia, que permanecerá por siempre con Él.

    «…Aquel que vendrá, vendrá pronto y no tardará» (Heb. 10:37).  Cristo viene y eso es suficiente.

Cristo será todo en el cielo

    No puedo hablar demasiado sobre este punto.  No tengo el poder aunque tuviera el espacio y la audiencia.  Malamente puedo describir cosas que no han sido vistas ni de un mundo que es desconocido.  Pero esto sé, que todos los hombres y mujeres que vayan al cielo encontrarán que aún allí «Cristo es todo.»

    En el medio del trono y rodeado de ángeles adoradores y santos, estará «el Cordero que fue muerto.»  Y «el Cordero será la luz del lugar» (Ap. 5:6-14; 21:23).

    La alabanza del Señor Jesús será la canción eterna de todos los habitantes del cielo.  Dirán voz en alto «¡Valioso es el Cordero que fue muerto!...Bendición, y honor, y gloria, y poder sean a Aquel que está sentado en el trono y al Cordero para siempre y eternamente» (Ap. 5:12-13).

    El servicio al Señor Jesús será la ocupación eterna de todos los habitantes del cielo.  «Lo serviremos a Él día y noche en Su templo» (Ap. 7:15).

    La mismísima presencia de Cristo será el gozo eterno de los habitantes del cielo.  Veremos Su rostro, oiremos Su voz, hablaremos con Él de amigo a amigo (Ap. 22:4).  Su presencia satisfará todos nuestros deseos (Sal. 17:15).

    ¿Es Cristo todo?  Entonces que Su pueblo convertido lidie con Él creyendo.  Que descanse en Él y confíen en Él mucho más de lo que lo han hecho hasta ahora.  ¡Ay, hay mucho pueblo del Señor que vive muy por debajo de sus privilegios!  A Cristo le encanta que Su pueblo se apoye en Él, descanse en Él, lo visite a Él, habite en Él.  Al hacerlo vamos a demostrar que somos plenamente conscientes de que «¡Cristo es todo!»

    – Condensada de Santidad por J. C. Ryle.

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