«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Acerquémonos Con Corazón Sincero (Heb. 10:22)

Por Andrew Murray (1828 – 1917)

    En la naturaleza del hombre, el corazón es el poder central.  Tal cual es el corazón es el hombre.  El deseo y las decisiones, el amor y el odio del corazón demuestran lo que un hombre es ya, y decide lo que ha de ser.

    El corazón nos da el verdadero hombre interior: su carácter; y «el hombre escondido del corazón» es lo que Dios considera.  Dios nos ha dado en Cristo acceso al lugar secreto de Su morada, al santuario interno de Su presencia y Su corazón.  No es de extrañar, pues, que lo primero que pregunta, al llamarnos a sí mismo, es sobre el corazón – el corazón verdadero.  Nuestro ser interior tiene que haberse rendido a Él, ser verdadero, sincero de veras.

    La verdadera religión es cosa del corazón.  Un hombre puede acercarse a Dios sólo cuando el deseo de su corazón está fijo en Dios, todo su corazón está buscando a Dios, cuando su amor y su gozo están en Dios.  El corazón del hombre fue expresamente creado y dotado de todas sus potencias de tal modo que fuera capaz de recibir y gozar de Dios y de Su amor.

    En el nuevo pacto hay la promesa primera de Dios, «Escribiré Mi ley en el corazón: Te daré un nuevo corazón» (Jr. 31:33).  Como nos ha dado a Su Hijo lleno de gracia y de verdad, en el poder de la vida eterna, para obrar en nosotros como Mediador del nuevo pacto, para escribir Su ley en nuestros corazones, nos llama para que nos acerquemos con corazón verdadero.

    Dios nos pide el corazón.  ¡Ay, cuántos cristianos le sirven todavía en el servicio del antiguo pacto!  Hay ocasiones para leer la biblia y para orar y para ir a la iglesia.  Pero cuando se nota lo rápido y lo natural y alegremente que el corazón, tan pronto como ha sido liberado de las restricciones, se vuelve a las cosas del mundo, uno se da cuenta de lo poco que ha sido afectado el corazón; no es una adoración con corazón verdadero, de todo el corazón.  El corazón, con su vida y su amor y su gozo, no ha sido fundado todavía en Dios como su bien supremo.  La religión es más bien una cosa de la cabeza y sus actividades, en vez de ser el corazón y su vida; es mucho más una cosa de la voluntad humana y su poder que del Espíritu que Dios nos envía.

    Nos llega la invitación: «Acerquémonos con corazón sincero.»  Que nadie se retraiga por temor: «mi corazón no es sincero.»  No hay manera de obtener un corazón sincero sin ponerlo en acción.  Dios te ha dado, como hijo suyo, un nuevo corazón – un don maravilloso, si tú pudieras darte cuenta.  A causa de tu ignorancia, tu falta de fe, tu desobediencia, el corazón se ha vuelto débil y marchito; sus latidos se pueden sentir todavía, sin embargo.  La epístola de hebreos con todas sus solemnes amonestaciones y su bendita enseñanza, ha venido para estimularlo y sanarlo.  Tal como Cristo le dijo al hombre de la mano paralizada: «Levántate» (Mc. 3:3), Él te llama a ti, desde su trono en el cielo: «Levántate y ven y entra con un corazón sincero.»  Cuando tú vacilas y miras dentro de ti para ver si sientes y para hallar si tu corazón es verdadero, y en vano procuras hacer lo necesario para que sea sincero, Él te llama de nuevo.  «Extiende tu mano» (Mc. 3:5).  Cuando Él le dijo esto al hombre de la mano paralizada, a quien había dicho que se levantara y se pusiera de pie delante de Él, el hombre sintió el poder de los ojos y la voz de Jesús y extendió la mano.  Haz tú lo mismo, levántate, extiende tu mano y llega a este marchito corazón tuyo, que ha estado sumido en su propia impotencia – extiende tu mano y será hecho sano.  En el mismo acto de obediencia a la llamada a que entres, se demostrará que es un corazón sincero – un corazón dispuesto a obedecer y a confiar en su bendito Señor, un corazón dispuesto a darlo todo, y a hallar su vida en el secreto de Su presencia.  Sí, Jesús, el gran Sacerdote sobre la casa de Dios, el Mediador del nuevo pacto, con el nuevo corazón dispuesto para ti, te llama «Acércate con el corazón sincero.»

    El corazón sincero no es nada más que la verdadera consagración, el espíritu que anhela vivir plenamente por Dios, que con alegría lo entrega todo para que pueda vivir totalmente para Él, que, sobre todo, se entrega a sí mismo, como la clave de la vida interior, bajo Su guarda y Su autoridad.  La verdadera religión es una vida interior, en el poder del Espíritu Santo.  El verdadero corazón entra realmente en el verdadero santuario, el bendito secreto de la presencia de Dios, para permanecer en él toda la vida.  Entremos en el santuario interior del amor de Dios, y el Espíritu entrará en el santuario interior de nuestro amor, en nuestro corazón.  Acerquémonos con un corazón sincero: anhelante, dispuesto, entregado totalmente a desear y recibir la bendición.

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