«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Fe No Será Defraudada

Por Honore Osberg

    «Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá» (Mc. 11:24).

    Cierta noche calurosa de verano, Ana Preston contaba de nuevo algunas de las maneras maravillosas en las cuales su Padre celestial le había contestado sus oraciones.  Los muchachos de la familia Reid la rodeaban, fascinados por sus historias.

    De repente uno de los muchachos la desafió.  «Ana,» dijo Enrique, «¿por qué no pide usted que el Señor nos envíe agua a nuestro pozo para que no tengamos que trabajar tan duro?  Hoy el pozo está tan seco como el suelo.»

    Durante las largas semanas secas del verano, el pozo de los Reid, por regla general, estaba seco durante varios meses, y los muchachos tenían que transportar el agua de otro pozo a más o menos un kilómetro de distancia.  Para «Santa Ana,» como la llamaban, no había imposibilidades con Dios.

    Esa noche ella repitió la situación a su Padre celestial: «Ahora pues, Padre, Tú oíste lo que me dijo Enrique esta noche.  Los muchachos no me creerán si no envías agua al pozo.»

    La mañana siguiente Enrique se divirtió al ver a Ana tomar dos cubos y ponerse en camino hacia el pozo.  La miró bajar el cubo y luego luchar para levantarlo con el torno.

    Al final, con aire de triunfo, Ana regresó a la casa y depositó sus cubos de agua.  Algunos años después, un amigo que visitó ese pozo, contó que nunca jamás ese pozo estuvo seco, ni en el verano ni en el invierno.

    Esa fue sólo una de las muchas contestaciones que tuvo «Santa Ana.»  Esta santa irlandesa era conocida por miles de personas.  Aunque era sólo una sierva inculta, su vida había influenciado a un sinnúmero de gente por causa de su fe sencilla en Dios.  Ministros y laicos de todas las denominaciones testificaron de la inspiración que les había sido esa vida.

    Santa Ana era una mujer de cara sencilla pero con corazón bondadoso, cuya vida estuvo consagrada por completo a Dios.  Al comienzo, la nombraron «Santa Ana» como un chiste.  Algunos muchachos católicos habían escrito con mucha prisa sobre su puerta, «Aquí vive Santa Ana.  Entra y ella orará contigo.»

    Al pasar el tiempo, el nombre se le pegó a Ana. En su manera sencilla, ella oró: «Padre, hazme santa, para que los niños no mientan.»  El tratamiento la humilló, y ella determinó ser una testigo fiel para su Padre por dondequiera que anduviera.

    «Ana,» le pidieron una vez los niños, «¿por qué ríes y gritas todo el tiempo?» Ana nunca podía expresar en palabras el reino de poder al cual había entrado con Dios por medio de la oración.

    La juventud de Ana había sido una de derrota y frustración.  Su educación total había cesado después de sólo poco más de una semana.  El maestro perdió la esperanza cuando se dio cuenta de que ella no podía aprender ni aun las primeras letras del alfabeto.  «Pobre Ana,» él decía, «nunca podrá aprender nada.»  Y la envió a casa, avergonzada.

    Pero Dios tuvo su mano sobre esta muchacha irlandesa.  Ella obtuvo un empleo en la casa de unas personas piadosas, y mediante su influencia, comenzó a asistir a una iglesia.  Y cierto domingo por la noche, Dios habló a su corazón.

    El texto del ministro no era uno que usualmente convenciera a un pecador, pero penetró a lo profundo del alma de Ana: «Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público» (Mt. 6:6).

    En su recámara esa noche, Ana se arrodilló por primera vez en su vida y comenzó a gritarle a Dios.  Su maestra oyó el ruido desde tres pisos abajo, y subió las escaleras para averiguar cuál era el problema.

    «¡Oh, señora, veo escritos sobre la silla delante de mí, todos los pecados que he cometido desde cuando tenía cinco años!  Veo cada uno, ¡y aún más, veo abierto el infierno, listo para tragarme!»

    No pudo dejar de gritar y orar hasta la medianoche, cuando exclamó: «¿No hay misericordia, Señor, para mí?»  Luego Ana vio al Salvador tal como estuvo en el Calvario, y supo desde allí en adelante que su sangre expió sus pecados.  «Sentí que algo quemaba mi corazón,» declaró.

    Recogió un Nuevo Testamento, que por lo general lo leía una de las muchachas. Luego oró su primera oración como una de los hijos de Dios: «Oh, Señor, ¿me ayudarás a leer una de estas cositas?»  Puso su dedo sobre un versículo, y por primera vez en su vida, Ana pudo leer una parte de dos versículos de las Escrituras: «Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás» (Juan 4: 13-14).

Aprendiendo a prevalecer

    Después de transformarse en una hija de Dios, Ana se ocupó mucho de su mal genio, llorando, confesando, resistiendo y luchando, pero raras veces ganaba la victoria.  Sin embargo, cierta noche un joven que se albergaba en la casa, leyó el siguiente versículo en el devocional familiar: «La ira de Jehová contra los que hacen mal, para cortar de la tierra la memoria de ellos» (Sal. 34:16).

    Ana subió a su recámara para orar, pidiendo más luz sobre ese versículo: «Señor, ¿qué es el mal?»

    «Ira, enojo, malicia, etc.» respondió el Señor.

    Durante toda la noche, Ana lloró mientras el Espíritu Santo trataba con el pecado en su corazón. Al final, ella gritó con desesperación: «Oh, Señor, ¿cómo sabré cuando obtenga la victoria?»

    «Jacob luchó hasta vencer,» contestó Dios.

    «Pero ¿qué significa ‘vencer’?» pidió Ana en su manera sencilla.

    «Recibir exactamente lo que se pidió. Y te ayudará a regocijarte siempre, a orar sin cesar, y a dar gracias en todas las cosas que ahora te perturban» (1 Tes. 5:16-18) vino la respuesta.

    Ana prevaleció esa noche, y aprendió las maravillosas verdades que Dios le había revelado.  Recibió contestaciones a sus oraciones, de las cuales dudarían los escépticos.

    En cierta ocasión se lastimó el pie, resultando en la necesidad de raspar el hueso.  El doctor ordenó leche y huevos frescos, pero estaban en lo más crudo del invierno, y no había huevos frescos en ninguna tienda de la vecindad.

    Ana le dijo todo a su Padre. Un día cuando ella estaba sentada en una silla, una gallina entró por la puerta, que no estaba completamente cerrada.  Su Padre celestial le indicó ponerla sobre el primer escalón de la escalera.  Ana oró que la gallina no cacareara, para que los demás no la oyeran.  Después de un rato la gallina descendió quietamente y salió.

    De nuevo, Ana pidió indicaciones del Señor, y Él le mostró cómo subir la escalera tirándose sin dañar su pie.  Cuando preguntó a su Padre en cuanto a cómo podría descender la escalera sin romper el huevo, Él dijo: «Ponlo en tu bolsillo.»

    Durante tres semanas la gallina volvió cada día tan quietamente como el primero.  Entonces el médico le dijo que ya no necesitaba huevos, sino caldo concentrado de carne.  De inmediato entró la gallina, pero una de las muchachas de la casa la descubrió, provocando que bajara la escalera cacareando.  Luego la muchacha la ahuyentó al patio, y esa gallina nunca regresó.

    El Espíritu Santo siguió ayudando a Ana, enseñándola milagrosamente a leer su Biblia.  Sin embargo, nunca podía leer otro libro.  Una vez alguien puso delante de ella un periódico, y no podía descifrar ni aun las palabras más cortas.  Al fin, puso su dedo en una palabra y dijo: «Me parece que esta palabra es ‘señor’, pero no creo que sea mi Señor, porque mi corazón no responde cuando la veo.»  Se descubrió que su dedo estaba sobre una cuenta del trabajo del señor Roberts en la guerra de Sud África.

    Ana siempre estaba aprendiendo nuevas verdades espirituales.  Una vez un hombre le suplicó de todo corazón que orara por la sanidad de su esposa.  Ana oró imprudentemente: «Si soy lo que declaro ser, dame la vida para esta mujer.»  La mujer se mejoró de inmediato, pero por muchos años vivió una vida que deshonraba a Dios.  Debido a esto, Ana tuvo que confesar su fracaso y pedir el perdón de Dios.

    Cada primavera Ana componía dos barriles de jabón, uno para el uso de la familia, y otro siempre para los pobres.  En cierta ocasión algo pasó con la segunda hornada de jabón.  El Señor le dijo que sólo necesitaba un hueso para ayudarlo a espesarse.  Ella no tenía un hueso, y Dios le dijo que esperara.

    La mañana siguiente, al lado del hervidor se encontró un hueso grande con tuétano, al cual se le había quitado toda la carne, pero todavía no estaba hervido.  Con un quieto «¡Gracias!», Ana siguió adelante con la preparación del jabón.

    Los niños ansiaban saber lo que pasó en contestación a la fe de Ana.  «El hueso estaba aquí al lado del hervidor cuando entré en la cocina,» les dijo.

    «Oh, supongo que un perro lo dejó caer allí,» dijo uno de los niños.

    «No me importa si el diablo lo trajo,» replicó Ana, «mi Padre lo envió.»

    Aunque Ana ya se ha ido para vivir con su Padre celestial, la influencia de su vida todavía anima a muchos cristianos en todas partes del mundo para tener fe en Dios.  Un conocido maestro que enseñaba las verdades de la Biblia, W. R. Newell, dijo que en ninguna otra ocasión se impresionó tanto con lo que parecía ser la perspicacia profética, como lo estuvo cuando una vez visitó a Ana.

    La consagración de Ana fue resumida por un ministro mientras testificaba de su vida piadosa: «El significado de las frases, ‘andando con Dios’ y ‘hablando con Dios’, fue ilustrado más visible, práctica y constantemente por ella que por cualquier otra persona que he conocido.»

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