«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Orando Por Su Familia

Por Sammy Tippit

    Cuando primero me convertí en un cristiano, parecía tan imposible que mamá llegara a entregar su corazón a Cristo.  Más aprendí muchos principios grandes acerca de la oración por mi familia a raíz de mi relación con mamá.  Son esas lecciones que han venido a formar el cimiento de lo que quiero compartir con usted acerca de la oración por su familia.

    La primera y más grande lección que Dios me enseño fue que Él amaba profundamente a mi familia.  Él es un Dios bueno.  Sé que esto le puede sonar a algo muy básico, pero también es algo muy profundo.  Si no tenemos una convicción acerca de la bondad y el amor de Dios estampado en nuestros corazones, nos vamos a cansar y vamos a cesar de orar por nuestras familias.

    Dios amaba a mi madre y tenía un plan para ella.  Aunque nunca entendí que había ocurrido en la vida de mi mamá para producirle esa magnitud de amargura que demostró cuando me convertí en cristiano, Dios lo sabía.  Es más, Él la entendía.  Él amaba a mi mamá.  Él sabía todo lo que había de saberse de ella, y Él sabía cómo atraerla tiernamente a Sí.

    Ese es el primer y más grande principio que Jesús enseñó a Sus discípulos cuando les enseñó a orar.  Cuando abrió la puerta de la oración e invitó a Sus discípulos a pasar, Él puso el enfoque de ellos en el carácter y los atributos de Dios.  Él quería que Sus discípulos conocieran la bondad y la grandeza de Dios mucho antes que empezaran a hacer sus peticiones.  Les enseñó a orar: «Padre nuestro que estás en los cielos.»  Él quiere que usted y yo lo conozcamos y tengamos una íntima experiencia con Él.  Estoy convencido que yo nunca hubiera conocido a Dios en las profundidades de Su amor sin haber pasado por esos momentos tan difíciles con mi mamá.

    El primer atributo de Dios que Jesús enseñó a Sus discípulos fue la Paternidad de Dios.  El segundo fue la grandeza de Dios.  Cuando empieza a orar por su familia, usted va a necesitar saber que Dios es un buen Padre que da buenos dones a Sus hijos (Mt. 7:11).  Él es perfecto en Su bondad.  Ocurren cosas difíciles en la vida familiar.  Cuando pasan cosas malas a la gente buena, usted tiene que tener estampado en su corazón que el Padre es bueno.  Él le ama y ama a su familia.  Si eso no lo tiene irrefutablemente en la parte más profunda de su alma, usted se va a dar por vencido.  La persistencia y la paciencia son las consecuencias de llegar a conocer a Dios en Su bondad y grandeza.  Va a necesitar a los dos al orar por su familia.

    Eso fue lo que me mantuvo marchando hacia adelante cuando mi mamá parecía estar tan amargada.  Se me hacía fácil mirar mis circunstancias y pensar que no había esperanza.  Mas, cuando puse mis ojos en nuestro Padre, que es perfecto en Su bondad, me dio la fuerza interior para seguir orando.

    Usted también va a necesitar saber que Él está en Su trono en el cielo.  Sin el conocimiento de que Él reina en los asuntos de nuestras vidas, podrá empezar a pensar que la situación suya no tiene esperanza.  Sin embargo, la oración es una de las maneras por medio de las cuales Dios se revela a Sí mismo en Su poder y soberanía.  Nosotros sabemos en parte, pero Él posee todo conocimiento.  Nosotros vemos en parte, pero Él lo ve todo – el pasado, presente, y futuro.  Por eso, cuando usted ora, vaya conociendo a Dios en Su bondad y Su grandeza. Enfóquese en quién Él es.

Orando con fe

    Hay una segunda verdad importante que hay que tener en cuenta cuando oramos por nuestras familias – orando con fe.  Jesús conectó la oración y la fe de la misma manera que Dios une a un hombre y a una mujer en el matrimonio.  Él dijo: «Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis» (Mt. 21:22).  El Señor Jesús relató a Sus discípulos la historia de una mujer que persistió en sus peticiones a un juez injusto.  Él empezó la historia relatándoles la verdad acerca de la persistencia pero concluyó explicando la importancia de la fe.  Terminó la historia haciendo esta pregunta: «Os digo que pronto les hará justicia.  Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra»? (Lc. 18:8).  ¿Por qué es tan importante la fe cuando oramos por nuestras familias, y de dónde proviene la fe?  Sin fe, nos rendimos.  Nos agotamos y desmayamos.  No tenemos la energía para persistir.  Pero, la fe nos vigoriza.  Nos da la capacidad de entrar continuamente a Su presencia.  La fe nos regresa a la bondad y la grandeza de Dios.  Cuando lo vemos a Él, la fe se eleva en nuestros corazones.

    La confianza es el cimiento de toda relación profunda y significativa.  Mi esposa y yo hemos estado casados por treinta y ocho años, y hemos crecido en nuestro amor el uno por el otro.  Ese amor ha crecido porque nos hemos llegado a conocer más íntimamente, hemos crecido en nuestra confianza el uno por el otro.  Por mucho que ame y confíe en mi esposa, ha habido veces que ella me ha fallado; y ha habido muchas veces más en que yo le he fallado a ella.  Pero al irnos conociendo, ha crecido nuestra confianza al ir creciendo nuestro amor el uno por el otro.  ¿Cuánto más es cierto con Dios?  Él no nos ha fallado nunca.  Mientras más íntimamente Lo conozcamos, más confiaremos en Él.

    El apóstol Pablo le dijo una vez a un carcelero: «...Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa» (Hch. 16:31).  Le dijo a aquel hombre que la salvación vendría a él si tuviera fe.  Pero no paró ahí.  También le dijo que su familia sería salva cuando él creyera.  Pablo vinculó la fe del carcelero directamente con la salvación de su familia.

    Tal vez se nos haga muy difícil entender este principio de fe, y quizás nunca no lo entendamos plenamente.  ¿Cuál es el papel que desempeña la fe en la salvación de nuestras familias, y cuánto de su salvación depende de la gracia soberana de Dios?  Esa es una pregunta que es imposible contestar.  Lo único que yo sé es que nuestra salvación depende en un 100% de lo que hace Dios.  Dios nos salvó por Su gracia y solamente por Su gracia.  No puedo obligar a una persona a que se haga cristiana – aun por medio de mis oraciones.  Sin embargo, una parte del gran misterio de la oración es que Dios nos permite participar de alguna manera en que nuestros seres queridos vengan a Cristo por nuestra fidelidad en la oración.  No lo entiendo.  Sólo sé que funciona.  La oración es parte de Su gran plan y de Su misterio maravilloso.  Es el lugar de reunión – donde se cruzan la Soberanía de Dios y la Voluntad del Hombre.  Es el lugar donde se levanta la fe y mueve las montañas que se han elevado en los corazones de nuestras familias por generaciones.

La persistencia en la oración

    Hay un tercer principio que nos ayuda a embarcar en la oración por nuestras familias – paciencia y persistencia.  Vivimos en una generación que demanda la gratificación instantánea.  Pero, tenemos que aprender a esperar en el Señor.  Aprendemos a esperar en Él de dos maneras.  Primero, esperamos en Él por un largo período.

    Yo oré por más de veinte años por mi mamá antes de ver venir la respuesta.  Algunas de las victorias más grandes que habremos de ver en la oración vendrán en tanto que aprendemos a esperar en Dios por la respuesta.  El salmista decía continuamente en los Salmos: «Esperad en el Señor.»

    Se destacó la oración en la vida de Jesús.  Él enseño muchas verdades a sus discípulos acerca de la oración.  Una de las más importantes fue la de persistir en la oración.  Cuando relató la historia de la mujer que tuvo la fe suficiente como para persistir en sus peticiones al juez, Jesús no estaba comparando al juez injusto con Dios.  Estaba enseñando el contraste entre los dos.  Si un juez injusto concede nuestras peticiones por ser persistentes, ¿cuánto más el Juez justo de todas las naciones concederá nuestra petición?  Él es bueno, amoroso, y lleno de gracia.  Él escucha, y Él responderá.  El propósito de nuestra persistencia no es obligarlo a hacer algo que Él sabe que nos va a dañar.  El propósito de la persistencia es de traernos repetidamente a Su presencia.

    ¿Entonces por qué necesitamos ir persistentemente a Su presencia?  Es más para nosotros que para cualquier otra cosa.  Honestamente puedo decir que estar yendo a la presencia de Dios por tantos años al orar por mi mamá fue lo mejor que me puede haber ocurrido.  Dios tenía más que hacer en mí que lo que hizo en mi mamá.  Nos preguntamos por qué la respuesta no viene inmediatamente.  Tal vez sea porque Dios anhela tener compañerismo con nosotros y moldearnos a Su imagen.  Esperar en Él es un acto de dependencia en Él.  Al recordar los tiempos cuando oraba por mi mamá, me doy cuenta que Dios los usó para edificar un sentido de dependencia en Él que era extremamente sano.

    Hay una segunda manera en que aprendemos a esperar en Dios – al entrar a Su presencia y esperar ante Él.  Él anhela que Sus hijos vengan a Su presencia.  Al venir a Su presencia, persistentemente traemos nuestras peticiones ante Él.  Es más, en un momento Divino, Él hace maravillas.  Nuestras oraciones son contestadas – pero en Su tiempo.  Al mismo tiempo, Él cambia nuestras vidas porque hemos pasado tiempo en Su presencia.

    La oración es la aventura más grande en la que el hombre pueda embarcar.  La oración abre los corazones.  Abre las puertas de par en par.  Lo trae a usted a lugares que nunca hubiera soñado y ordena las circunstancias que a usted le resultaría imposible producir.  Cuando usted aprende a esperar en Su presencia, Él obra de maneras insondables.  Por eso dijo el salmista: «Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza» (Sal. 62:5).

Un corazón humilde y arrepentido

    El principio final que Dios me enseñó al ir aprendiendo a orar por mi familia fue el de orar con un corazón humilde y arrepentido.  Yo estaba orando por el arrepentimiento de mi mamá, pero la necesidad más grande era un profundo arrepentimiento en mi propio corazón.  Cuando miro hacia atrás a esos años de orar por mi mamá, puedo identificar un momento cuando las cosas empezaron a cambiar en ella.  Ella empezó a cambiar cuando yo empecé a cambiar.

    Un día cuando pasaba un tiempo a solas con Dios, el Espíritu Santo abrió aquellas partes escondidas de mi corazón y empezó a rebuscar entre ellas.  Una de las cosas que Dios me enseñó durante esos momentos fue la de una actitud que yo no había estado dispuesto a reconocer.  Yo había sido un hijo ingrato.  Nunca les había expresado a mis padres mi amor y aprecio por todo lo que habían hecho por mí.  El egoísmo había sido la causa fundamental de esa actitud.  Nunca pude ver las necesidades de ellos porque estaba tan envuelto en la bandera de mis propios problemas y mí mismo.

    Cuando Dios abrió mis ojos para ver mis pecados, quedé quebrantado.  Dios prometió que un espíritu quebrantado y un corazón contrito no despreciaría Él (Sal. 51:17).  Sabía que tenía que llamar a mi mamá, disculparme con ella, y pedirle perdón.  Sin embargo, por todo lo que había acontecido anteriormente, yo no sabía qué esperar.  Luego de darme ánimo, llamé a mi mamá y le conté lo que Dios me había mostrado.  Su respuesta, nuevamente, me tomó por sorpresa.

    «Hijo,» me dijo, «no te puedo decir lo que significan tus palabras para mí.  Muchísimas gracias.»

    ¡Válgame!  Todo cambió en mi relación con mi mamá de ese momento en adelante.  No quiso decir que le entregó su vida a Cristo inmediatamente.  Mas, sí quiso decir que estaba mucho más abierta a oír lo que estaba haciendo Dios en mi vida.  Fue un momento definitivo en nuestra relación, y parece que le permitió al Espíritu Santo a empezar a ablandar su corazón.

    Creo que nunca hubiera recibido la llamada telefónica cuando me dijo: «Sammy, necesito a Dios.  Yo necesito a Jesús.  Yo necesito a la iglesia.  Yo necesito ayuda.»  Pero, después de veinte años de oración, vino aquel momento increíble.  Mi quebrantamiento ablandó el suelo del corazón de mi mamá.  Mi arrepentimiento hizo fértil el suelo.

    El aliento más grande que le puedo ofrecer acerca de la oración por su familia es el de pedirle a Dios que rebusque su corazón y le enseñe lo que se necesita quitar de su vida.  La liberación del Espíritu de Dios en las vidas de ellos comienza en el corazón y alma de usted.  Encuentre un tiempo y un lugar para encontrarse con Dios. Llegue a conocerlo como «Padre nuestro.»  Mire qué tan poderoso Él es en el cielo.  Al desarrollar una relación de intimidad con Él, la fe se irá elevando en su corazón y la paciencia reposará en su alma.  Dios le cambiará a usted más de lo que Dios irá a cambiar a la persona por la que está orando.  Espere en el Señor.

    – Usado con permiso del Orando por Su Familia: Un Legado Eterno por Sammy Tippit. Copyright ©2006.

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