«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Fe Abre Los Tesoros De Los Cielos

Por D. L. Moody

    No se nos dice que Jesús enseñara a predicar a Sus discípulos, pero sí que les enseñó a orar.  Quería que tuvieran poder de Dios; con ello sabía que tendrían poder con los hombres.

    En Santiago leemos: «Si alguno tiene falta de sabiduría, que la pida a Dios…y le será dada, pero pida con fe, no dudando nada» (1:5-6).  De modo que la fe es la llave de oro que abre los tesoros de los cielos.  Fue el escudo que se puso David cuando plantó cara a Goliat en el campo de batalla; creyó que Dios le entregaría el filisteo.

    Algunos han dicho que con la fe se podía seguir a Cristo por todas partes: dondequiera que la hallara, Él le hacía honor.  La incredulidad ve algo en la mano de Dios y dice: «No puedo alcanzarlo.»  La fe lo ve y dice: «Ya lo tengo.»

    La nueva vida empieza con fe; entonces, tenemos sólo que seguir edificando sobre este fundamento.  «Os digo, que todo lo que deseáis, cuando oréis, creed que lo estáis recibiendo y lo tendréis» (Mc. 11:24).  Pero, recordad que hemos de creer de veras cuando vamos a Dios.

    El obispo Hall, en un conocido resumen, hace resaltar la importancia de la seriedad y sinceridad en relación con la oración de fe.

    «Si al disparar una flecha tiraos de la cuerda del arco sólo un poco, la flecha no irá muy lejos; pero si tiramos de ella hasta la punta, la flecha sale rauda y penetra en el blanco.  Lo mismo la oración, si la musitan labios soñolientos, se cae a los pies.  Si es lanzada por un deseo ferviente, va a parar al cielo, atravesando las nubes.

    «No es la aritmética de nuestras oraciones, lo que vale, o sea, cuántas decimos; ni la retórica de nuestras oraciones, cuán elocuentes son; ni la geométrica de nuestras oraciones, las largas que son; ni la música de nuestras oraciones, lo dulce de nuestra voz; ni la lógica de nuestras oraciones, lo bien trabado de sus puntos; ni el método de nuestras oraciones, lo bien organizadas que están; ni aun la teología de nuestras oraciones, lo bueno que es la doctrina en que se basan; de todo esto Dios se preocupa poco. Ni tampoco mira si las rodillas de él que ora tienen callos, como se dice de Santiago, lo cual demostraba su asiduidad en la oración. Ni de Bartolomé, que se dice dijo cien oraciones por la mañana y cien más por la noche, y ninguna sirvió para nada.  Lo que cuenta es el fervor del espíritu.»

    El arzobispo Leighton dijo: «No es el papel con cantos dorados ni la caligrafía de la petición lo que hace el peso ante el rey, sino el sentido de la petición.  Y al Rey que discierne el corazón es lo que mira.  Escucha para captar el sentido, de él que habla, y todo lo demás es como si fuera silencio.  Toda otra excelencia en la oración no es sino cubierta y envoltura.  Lo otro es la vida.»

    Brooks dice: «Del mismo modo que un fuego pintado no es un fuego, la oración fría, no es oración.  El fuego pintado no tiene calor; la oración fría no tiene calor, calor moderado, poder, devoción ni bendición.  Las oraciones frías son como saetas sin punta, espadas sin filo, pájaros sin alas; no penetran, no cortan, no vuelan.  Las oraciones frías siempre se hielan antes de llegar al cielo. ¡Oh, que los cristianos se pusieran en un estado de espíritu mejor y más cálido cuando hicieran sus súplicas al Señor!»

Teniendo fe por otros

    Miremos a la mujer sirofenicia (vea Marcos 7:24-30).  Cuando llamó al Maestro, parecía que Éste estaba sordo.  Los discípulos querían que ella se marchara.  Aunque estaban con Cristo desde hacía tres años, y se sentaban a Sus pies, todavía no sabían cuán lleno de gracia era Su corazón.  Pensemos si Cristo habría echado a un pobre pecador, que fuera a Él a pedir misericordia. ¡Podemos concebir algo así!  Nunca ocurrió una cosa semejante.  Esta pobre mujer se puso en la posición de su hijo.  «¡Señor, socorro!» le gritó.  Creo que cuando hemos ido hasta este punto en nuestro sincero deseo de que nuestros amigos reciban bendición – cuando nos ponemos nosotros mismos en su lugar – Dios va a contestar pronto nuestra oración.

    Recuerdo que, en una reunión, hace ya algunos años, pedí a todos los que quisieran que se oraran por ellos, que se presentaran ante el púlpito y se arrodillaran o se sentaran en las primeras filas.  Entre los que acudieron había una mujer.  Yo tenía la impresión por su aspecto que aquella mujer debía ser cristiana, pero se arrodilló también con los demás.  Le pregunté: «¿Usted es cristiana, no?»

    «Lo soy desde hace muchos años,» me contestó.

    «Entonces, ¿entendió bien la invitación?  Pedí que vinieran los que querían hacerse cristianos.»

    Nunca olvidaré su mirada cuando me contestó:

    «Tengo un hijo que se marchó de casa y está muy apartado de Dios; pensé que podía tomar su lugar y ver si Dios le bendijera.»

    ¡Gracias a Dios por madres así!

    La mujer sirofenicia hizo lo mismo: «¡Señor, socórreme!»  Esta fue una oración muy corta, pero fue directa al corazón del Hijo de Dios.  Él puso a prueba su fe, sin embargo.  Le dijo: «No está bien que quite el pan de los hijos y lo eche a los perrillos.»  Ella replicó: «Cierto, Señor, pero también los perrillos debajo de la mesa comen las migajas de los ricos.»  Jesús respondió, «¡Oh, mujer, grande es tu fe!»

    Qué elogio por parte de Jesús.  Su historia no ha sido olvidada y no la será en tanto que exista la iglesia sobre la tierra.  Jesús honró su fe, y le concedió lo que pedía.  Todos podemos decir: «¡Señor, socórreme!»  Todos necesitamos ayuda.  Como cristianos necesitamos más gracia, más amor, más pureza de vida, más justicia.  Hagamos pues esta oración hoy.  Quiero que Dios me ayude a predicar mejor, a vivir mejor, a ser más como el Hijo de Dios.  Las cadenas de oro de la fe nos unen al trono de Dios, y la gracia del cielo fluye a nuestras almas.

Un grito desde el corazón

    La mujer era pecadora, pero el Señor la escuchó.  Es posible que tú, hasta este momento, hayas estado viviendo en pecado; pero si clamas: «¡Señor, socórreme!»  Él contestará tu oración, si es sincera.  Con frecuencia oramos pero nuestra oración no significa nada.

    Las madres entienden esto.  Los niños es como si tuvieran dos voces.  Cuando piden algo, la madre puede decir pronto si sus gritos o lloros son de veras o no hay que hacer caso.  Si es esto último, la madre no hace caso; pero, si pide auxilio de veras, ¡responde prestamente!

    Cuando está en dificultades se le saca de apuros.  Si el niño está jugando y dice: «¡Mamá, quiero un poco de pan!» pero sigue jugando, sabemos que no tiene mucha hambre y se le deja en paz.  Pero cuando lo deja todo, incluso los juguetes y viene a tirar del vestido: «¡Mamá, tengo hambre!», entonces va en serio y se le da algo de comer.

    Cuando lo necesitamos de veras tendremos pan del cielo.  Esta mujer se hallaba muy afligida; por lo que su petición recibió respuesta.

    Es indudable que la plegaria salía del corazón, y este lenguaje Dios lo entiende, como la madre entiende al niño que llora.  El diablo trata de hacernos creer que no sabemos orar.  El lenguaje que Dios escucha no es el de la elocuencia, sino el que sale de un corazón agobiado.  «¡Señor, ayúdame!», gritó la mujer cananea.  Al poco llegó la bendición.

Has de esperar recibir respuesta cuando oras

    Hemos de esperar recibir bendición cuando pedimos.  Cuando el centurión quiso que Cristo curara a su siervo, consideró que él no era digno de que el Maestro fuera a su casa para curar al criado: «Solamente dilo de palabra y quedará sano mi criado.»  Jesús dijo a los judíos: «Ni aun en Israel he hallado tanta fe.»  Se maravilló de la fe del centurión; curó al criado allí mismo (Mt. 8:5-13). La fe procuró la respuesta.

    En Juan 4:46-53 leemos del hombre cuyo hijo estaba enfermo.  El padre cayó de rodillas ante el Maestro y dijo: «Ven, antes que mi hijo muera.»  Aquí tenemos la sinceridad y la fe; el Señor contestó esta oración al momento.  El hijo del noble empezó a mejorar a partir de aquel instante.  Cristo honró la fe del hombre.

    En este caso no podía fiarse de nada más que de la promesa de Cristo, pero bastó.  Recordemos siempre que el objeto de la fe no es la criatura, sino el Creador; no es el instrumento, sino la mano del que lo maneja.

    «Respondiendo Jesús, les dijo:  De cierto os digo, que si tenéis fe, y no dudáis, no sólo haréis esto de la higuera, sino que si decís a este monte:  Quítate de ahí y échate en el mar, será hecho.  Y todo lo que pidáis en oración, creyendo, lo recibiréis» (Mt. 21:21-22).

    – Desde condensada La oración que prevalece por D. L. Moody.