«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El Modo Cristiano De Afrontar Las Pruebas

Por D. Martyn Lloyd-Jones (1899 – 1981)

    «Esto es para ustedes motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora han tenido que sufrir diversas pruebas por un tiempo» (1 Pe. 1:6).

    De acuerdo con las Escrituras, es una ley que mientras más aproximemos al Señor Jesucristo nuestra vida y nuestro modo de vivir, más probabilidades habrá de que encontremos problemas en el mundo.  Mirémoslo a Él: nunca hizo ningún mal, ni hubo engaño en Su boca; dedicó Su vida a sanar a la gente, a hacer el bien y a predicar; sin embargo, miremos la oposición y las pruebas que tuvo que soportar.  ¿Por qué? Porque era quien era.  En lo más profundo de su corazón, el mundo odia a Cristo y a los cristianos; y los odia porque su santa manera de vivir lo condena.  Esto al hombre de mundo le disgusta porque lo hace sentirse incómodo.

    El apóstol sabía lo que estos cristianos estaban sufriendo a manos de los malhechores, pero sigue adelante y en el capítulo cuatro lo dice aún más específicamente: «Ya basta con el tiempo que han desperdiciado haciendo lo que agrada a los incrédulos, entregados al desenfreno, a las pasiones, a las borracheras, a las orgías, a las parrandas y a las idolatrías abominables.  A ellos les parece extraño que ustedes ya no corran con ellos en ese mismo desbordamiento de inmoralidad, y por eso los insultan» (1 Pe. 4:3-4).

    El mundo estaba molesto con ellos porque habían abandonado esa clase de vida y ahora vivían la vida cristiana.  Hacerse cristianos significaba entrar en conflicto inmediato con el mundo.  La gente que antes se había mostrado amistosa con ellos, ahora empezaba a ignorarlos y criticarlos, a hablarles con rudeza y, lo que es peor, a hablar mal de ellos.

    Esa era una de tantas cosas que les causaba pesar, y por eso estaban afligidos.  Esto es algo que el cristiano ha tenido que sufrir a través de los siglos.  Nada es más triste que ser malentendido por parte de la gente, y más difícil resulta aceptarlo cuando esto viene de algún ser querido y muy cercano a nosotros.  ¡Qué difícil resulta cuando un cristiano es tal vez el único cristiano en la familia!  Esta clase de pruebas suelen ocurrir, y que un cristiano no las afronte de una u otra manera sugiere que algo radicalmente erróneo debe haber en su cristianismo.

    …Aquí estaban estos cristianos, pasando por diversas pruebas.  El término abarca más; significa todo lo que tienda a molestarnos, todo lo que toca la parte más sensible y delicada de nuestro ser y de nuestra mente, aquello que tiende a abatirnos.  ¿Cómo afronta el apóstol esta situación?  Del modo más interesante, y es lo que debemos hacer si queremos mantener este doble aspecto de nuestra vida cristiana.  Si hemos de seguir regocijándonos a pesar de lo que nos aflige, debemos enfocar y encarar todo esto tal y como nos dice el apóstol que debemos hacerlo.

Busca la razón

    ¿Qué es lo que nos enseña?  En primer lugar, establece un gran principio, y es que debemos entender por qué nos suceden estas cosas.  El peligro que afrontamos es siempre dejar que nos sucedan las cosas, y luego aguantarlas sin más protesta que un gemido, un rezongo o una queja.  Lo importante es descubrir, de ser posible, por qué suceden estas cosas.

    Tratemos de encontrar una explicación, y en relación con esto el apóstol usa los siguientes términos: «Esto es para ustedes motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora han tenido que…por un tiempo….»  «¡Han tenido que!»  ¡Allí está el secreto!  ¿Qué quiere decir Pedro con esta frase?  No hay incertidumbre al respecto.  En el texto griego se trata de una declaración condicional, que bien puede traducirse como: «aunque ahora por un poco de tiempo, si esto ayuda.»  «Si esto ayuda» no es sólo una declaración general a efecto de que, en un mundo como éste, estas cosas sucedan.  La frase tiene más fuerza.

    …Su declaración es de carácter afirmativo, pues dice: «De momento ustedes pasan por esta aflicción, porque ha resultado necesario que la sufran.»

    De modo que este es nuestro principio; en todo esto hay un propósito definido.  Esto no es un acontecimiento accidental; no se trata de algo que pasa simplemente en razón principal.  Todo esto viene, nos dice el apóstol, porque nos conviene, porque son parte de nuestra disciplina en esta vida y en este mundo, y porque (permítanme decirlo con toda franqueza) Dios así lo ha dispuesto.

    Debemos ver así la vida cristiana.  En este mundo vamos caminando bajo la vigilante mirada de nuestro Padre celestial.  Esto es lo fundamental: que el cristiano se vea en una relación especial con Dios.  Esto no puede decirse de alguien que no sea cristiano.

    Mi vida entera cuenta con un plan y un propósito muy definidos; Dios se ha fijado en mí; Dios me ha adoptado y me ha incorporado a Su familia.  ¿Para qué?  Para que Él pueda perfeccionarme.  Su objetivo es que yo pueda ser «transformado (cada vez más) según la imagen de Su Hijo» (Rom. 8:29).  Eso es lo que Dios está haciendo.  El Señor Jesucristo está trayendo muchos hijos a Dios, diciendo: «Aquí estoy Yo, con los hermanos que Dios Me ha dado» (Is. 8:18).  Si no partimos de este concepto fundamental, viéndonos a nosotros mismos como cristianos, lo más seguro es que interpretaremos mal todo esto y acabaremos por perdernos.

    El aspecto más elemental de la doctrina bíblica nos enseña que Dios permite que estas cosas nos sucedan.  Y más todavía.  A veces Dios ordena que estas cosas nos sucedan para nuestro bien.  Otras veces puede hacerlo para disciplinarnos.  Nos castiga por nuestra flojedad y nuestro fracaso.

    Pedro exhorta a los cristianos a la autodisciplina, a añadir a su fe, a complementarla y no sólo a contentarse con lo mínimo de ella, sino que la dejen alcanzar su plenitud.  Podemos no prestar atención a tal exhortación; podemos persistir en nuestra flojedad y en nuestra indolencia.  Pero tal como yo entiendo la doctrina del Nuevo Testamento, si lo hacemos así no debemos sorprendernos si empiezan a sucedernos cosas.  El argumento de Hebreos 12 lo expresa con fuerza: «Porque el Señor disciplina a los que ama» (v. 6).

    …El realismo del cristianismo es tal que enseña que Dios nos castigará, para nuestro bien, si no prestamos atención a las exhortaciones y al llamado de las Escrituras.  También tiene Dios otros métodos.  No hace esto con los que no pertenecen a la familia; pero si son Sus hijos, los castigará para su propio bien.  De modo que podemos estar experimentando múltiples pruebas como parte de nuestro castigo.  No estoy diciendo que esto sea inevitable; sólo digo que así puede ser.

    Sin embargo, algunas veces Dios hace esto como un preparativo para algo.  Es una regla bíblica, la cual ha sido confirmada y ejemplificada en la larga historia de la iglesia y de sus santos, que cuando Dios tiene para alguno de sus hombres una tarea particularmente grande para que la realice, generalmente lo pone a prueba.  No importa qué biografía escojamos; tomemos la de cualquier hombre que de manera notable haya sido usado por Dios, y encontraremos que en su experiencia hubo un severo tiempo de prueba.  Es como si Dios no se atreviera a usar a tal hombre, a menos que estuviera totalmente seguro de él.  Así que es posible pasar por esta clase de experiencia debido a alguna gran tarea futura.

    Veamos a José y lo que le sucedió.  ¿Podemos imaginar una vida más funesta?  Todo parecía estar en contra suya.  Sus hermanos le tenían celos y se deshicieron de él.  Fue llevado a Egipto, y allí la gente se volvió en su contra.  No había hecho nada malo, pero las cosas iban en contra suya porque era lo que era.  En todo esto, Dios sólo estaba preparándolo para el gran puesto que le tenía reservado.

    Lo mismo pasa con todos los grandes hombres de la Biblia.  Miremos el sufrimiento de un hombre como David.  En verdad, miremos a cualquiera de los hombres de Dios y encontraremos que sus vidas estuvieron llenas de pruebas y dificultades.  El apóstol Pablo no fue la excepción.  Miremos la lista de sus sufrimientos y pruebas en la Segunda epístola a los corintios, capítulos 11 y 12.  Siempre ha sucedido así.

    A juzgar por la enseñanza de las Escrituras y por la vida de los santos, parece también que algunas veces Dios prepara a un hombre así para una gran prueba.  Quiero decir que Dios lo prepara para una gran prueba sometiéndolo a pruebas menores.  Allí puedo ver brillar en toda su gloria el amor de Dios.  En la vida sobrevienen ciertas grandes pruebas, y sería terrible que de pronto la gente fuera arrojada a una gran prueba desde el curso tranquilo y nada agitado de su vida normal.  De modo que Dios, en Su ternura y amor, algunas veces nos manda pruebas nuestro Padre, ve que eso es lo que necesitamos en ese momento.

    De modo que empezamos con este gran principio: que Dios ve y conoce lo que es mejor para nosotros, y lo que nos es necesario.  Nosotros no nos damos cuenta, pero Dios si, y como nuestro Padre celestial, se da cuenta de lo que nos hace falta y prescribe la prueba necesaria, la cual está destinada para nuestro bien.

El valioso carácter de la fe

    Pero pasemos al segundo principio, que es el valioso carácter de la fe.  En el versículo séptimo Pedro nos dice que estas cosas – estas diversas pruebas – tienen lugar para que «la fe de ustedes, que vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele.»  ¡Que importante es esto!

    El precioso carácter de la fe se pone de manifiesto en esta comparación que Pedro hace de ella con el oro.  En efecto, lo que Pedro está diciendo es: «Miren al oro.  Claro que es muy valioso, pero no tan valioso como la fe.»  El oro perece, pero no la fe, que es algo duradero y eterno.  Aquello por lo que ustedes viven, dice el apóstol, es lo que explica por qué ustedes están en la vida cristiana.  Ustedes están ya en la fe – sigue diciendo – y no se dan cuenta de lo maravillosa e increíble que es.  Como pueden ver, dice el apóstol, caminamos por fe; toda nuestra vida es una cuestión de fe.  Tan preciosa es a los ojos de Dios, y tan maravillosa e increíble, que Dios quiere que sea absolutamente pura.  Ustedes purifican el oro en el fuego.  Ustedes le quitan la escoria y todas las impurezas poniéndolo en el crisol y aplicándole intenso fuego.  De ese modo todo lo demás se elimina, y lo que queda es el oro.  El argumento del apóstol es que si esto lo hacemos con el oro que perece, con mayor razón debemos hacerlo con la fe.

    ¡La fe es ese extraordinario principio que vincula al hombre con Dios!  La fe es lo que libra del infierno al hombre y lo pone en el cielo; es el punto de contacto entre este mundo y el mundo por venir; la fe es esta asombrosa experiencia mística que de un hombre muerto en sus transgresiones y pecados, puede crear un nuevo ser y hacerlo vivir como un nuevo hombre en Cristo Jesús.  Por eso es tan preciosa.  Y tan preciosa es que Dios quiere que sea absolutamente perfecta.  He allí el argumento del apóstol.  Estamos, pues, pasando diversas pruebas en razón del carácter de la fe.

    Pero permitan expresarlo de manera ligeramente distinta.  Como podemos ver, nuestra fe necesita ser perfeccionada; de modo que debe haber grados de fe, diferencias en la calidad de la fe.  En efecto, la fe es multifacética.  Al principio, en lo que llamamos nuestra fe hay, por lo general, una buena cantidad de mezcla, una buena parte de la carne que no advertimos.  A medida que empezamos a aprender estas cosas, y a medida que seguimos adelante, Dios nos somete a períodos de prueba.  Nos pone a prueba como si nos probara en el fuego, a fin de limpiarnos de aquello que no pertenezca a la esencia de la fe.

    Tal vez nos imaginemos que nuestra fe es perfecta y que podemos hacerle frente a cualquier cosa.  Pero súbitamente llega la prueba y nos encontramos con el fracaso.  ¿Por qué?  Bien, eso nos demuestra que el elemento de confianza en nuestra fe necesita desarrollarse; y Dios desarrolla ese elemento sometiéndonos a prueba de esa manera.

    Mientras más experimentamos estas cosas, más aprendemos a confiar en Dios.  Naturalmente, confiamos en Él mientras Él nos sonríe; pero llega el día en que las nubes oscurecen los cielos, y empezamos a preguntarnos si Dios ha dejado de amarnos, y si realmente la vida cristiana es lo que pensábamos que era.  ¡Ah!  Nuestra fe no ha desarrollado ese elemento de confianza, y Dios nos trata así en esta vida para llevarnos a confiar ciegamente en Él, aunque no podamos ver luz alguna, y hacer que lleguemos al punto en que podamos decir confiadamente:

    «Cuando todo parece estar en contra nuestra y llevarnos a la desesperación, sabemos que hay una puerta abierta y que un oído escucha nuestra oración.»

    Esa es la verdadera fe; esa es la verdadera confianza.  Miremos a alguien como Abraham.  Dios lo había tratado de manera que pudiera «esperar contra toda esperanza» (Rom. 4:18).  Abraham confió absolutamente en Dios cuando todo parecía estar en su contra, y eso es lo que falta desarrollarse en nosotros.  Nosotros no empezamos así, pero según vamos pasando por estas experiencias nos encontramos con que «tras una providencia adusta Dios oculta el rostro de un Padre.»  De modo que cuando las pruebas vuelven a presentarse, nosotros permanecemos tranquilos y sosegados, y aun podemos decir: «Sí, lo sé; no puedo ver el sol, pero sé que allí está.  Sé muy bien que tras las nubes el rostro de Dios me está observando.»  Por medio de estas pruebas es como se desarrolla el elemento de confianza.

La resistencia paciente

    Lo mismo sucede con el elemento de la paciencia, o la resistencia paciente, la simple capacidad de seguir adelante y continuar a pesar del desaliento.  Ésta es una de las pruebas más grandes que un cristiano puede llegar a afrontar.  Por naturaleza, no somos pacientes.  Iniciamos nuestra vida cristiana como niños, y todo lo queremos al momento; si nuestros deseos no se cumplen, nos impacientamos y refunfuñamos como niños, y nos quejamos y nos enojamos.  Eso sucede porque nos falta paciencia y longanimidad.

    No hay nada que más recalquen las epístolas del Nuevo Testamento que esta capacidad de persistir, al margen de que las cosas nos salgan bien o mal.  Tenemos que seguir adelante y decir: «En Dios habré de confiar, pues Él sabe lo que más me conviene.  Aun si me quitara la vida, yo seguiré confiando en Él.»  Eso es sufrir con paciencia, eso es ser persistente; y según vamos siendo sometidos a la prueba, todos estos elementos que habrán de añadirse a nuestra fe se van desarrollando y perfeccionándose.

    Me voy a permitir establecer por último un principio general de la siguiente manera.  El apóstol Pedro afirma que estas pruebas son esenciales para mostrar que nuestra fe es genuina.  En efecto, Pedro usa la frase: «la fe de ustedes…al ser acrisolada por las pruebas….»  En este caso, «prueba» significa «certificación.»  Lo que Pedro tiene en mente es la prueba que se hace de algo, y la certificación que se extiende luego de la prueba.  Por ejemplo, el informe sobre un anillo puede ser: «En efecto, el anillo es de oro de 18 quilates.»  Eso es lo que quiere decir cuando habla de «prueba.»  A Pedro no le interesa el proceso como tal; la prueba es el certificado que comprueba lo genuino de nuestra fe.  Así se manifiesta el carácter aprobado de nuestra fe.  Por eso nos sucede todo esto.

    Esto resulta evidente a todas luces.  Lo que realmente certifica nuestra fe es el modo en que soportamos la prueba.  Como seguramente recordaremos, en la parábola del sembrador nuestro Señor habla de la semilla que cayó entre abrojos.  Todo parecía indicar que de allí saldría una cosecha maravillosa, pero no la hubo porque hubo otras cosas que ahogaron la Palabra.  Nuestro Señor interpreta esto comparándolo con la forma en que se manifiestan las pruebas, las cuales vienen y aplastan la Palabra, y de tal modo la ahogan que nunca llega a dar fruto.  Al principio se ve maravillosa, pero no dura mucho.  Las pruebas demuestran que se trataba de una fe espuria, que no era real ni genuina.  No hay nada que certifique mejor lo genuino de la fe como la paciencia y la perseverancia, a pesar de todas las cosas.  Así lo enseña nuestro Señor, y así lo enseña también el Nuevo Testamento entero.

    No hay en la vida de los grandes santos nada tan maravilloso como el modo en que se mantuvieron firmes como la roca, mientras otros caían a su alrededor.  Es la gloriosa historia de los mártires y de los grandes confesores.  Ellos pasaron pruebas, pero se mantuvieron firmes en lo que sabían que era la verdad de Dios, sin ponerse a pensar en las consecuencias, y siguieron adelante con su fe resplandeciente. 

    Y ahora, dice Pedro, esto mismo les sucede a ustedes, para que lo genuino de su fe se haga perfectamente evidente a todos.  Los cristianos que se apartan no son una buena recomendación; y los que empiezan bien pero no siguen adelante desprestigian la fe.  Lo que muestra la diferencia entre lo espurio y lo real es la capacidad de soportar la prueba.  «No todo lo que brilla es oro.»  ¿Pero cómo probarlo?  Pues echando el metal en un crisol, y poniéndole fuego abajo.  Se verá cómo la escoria se quema mientras que el oro permanece, más puro que antes.  Todo esto nos sucede para que lo genuino de nuestra fe pueda revelarse.  Después de todo, esto es lo más importante.

Por un tiempo

    Sólo agregaré una palabra más a lo que Pedro dice para infundirnos ánimo, y quiero que lo recordemos.  ¿En qué consiste el consuelo?  En que, aunque estas cosas nos suceden, sólo será «por un tiempo.»  «Esto es para ustedes motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora han tenido que sufrir…por un tiempo….»  No vayamos a pensar que lo que enseño es que la condición perpetua del cristiano es este período de prueba, porque no es así.  Todo esto va y viene, según Dios lo considera más apropiado.  Jamás seremos sometidos a ninguna prueba que no sea para nuestro bien, ni Dios nos somete a pruebas todo el tiempo, sino que las retira dependiendo de nuestra respuesta a la enseñanza.  Como lo dijo Whitefield, todo esto va alternándose, y Dios sabe exactamente cuándo y cómo enviarlo.

    Podemos estar seguros con el apóstol Pablo de que «no [hemos] sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano.  Pero Dios es fiel, y no permitirá que [seamos] tentados más allá de lo que [podamos] aguantar.  Más bien, cuando llegue la tentación, él [nos] dará también una salida a fin de que [podamos] resistir» (1 Cor. 10:13).

    Dios es nuestro Padre amante, y sabe hasta dónde podemos resistir.  Nunca nos someterá a pruebas exageradas, sino sólo hasta un punto razonable; y cuando hayamos respondido, nos retirará la prueba.  Ésta es sólo «por un tiempo.»  ¿Llegan estas palabras a alguno de nosotros que esté abatido y sobrecargado, para quien todo parece densa oscuridad?  ¿Ya no tiene ese cristiano la libertad para orar que antes tuvo?  ¿Casi ha perdido la fe que alguna vez tuvo?

    No se preocupe.  Usted está en las manos de su Padre, y tal vez esté llegando para usted un glorioso período, que tenga Él reservada para usted alguna bendición excepcional.  Tal vez quiera que usted realice una gran obra.  No se desanime, que esto es sólo «por un tiempo.»  Usted está en las manos de su amante Padre, así que confíe en Él y siga adelante.  Persista y diga: «Estoy contento de estar sólo en Tus manos.  Mi única voluntad será el hacer la Tuya.»

De gran alegría

    El segundo punto es el siguiente.  Cuando usted se encuentre afligido, tenga presenta aquellos motivos «de gran alegría.»  Esto es algo que todos tenemos que hacer.  El problema es que, cuando vienen las pruebas, tendemos a no ver otra cosa más que las pruebas, nada que no sea un cielo nublado.  En momentos así, lo que debemos hacer es ir al versículo tercero de este capítulo.  Cuando ya no veamos ninguna otra cosa, abramos las Escrituras y empecemos a leer estas palabras.  Aunque de momento no veamos nada más que obscuridad, leamos este versículo y digamos: «‘¡Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo!’  ¡Yo sé que esto siempre es verdad!  ‘Por Su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva y recibamos una herencia indestructible, incontaminada e inmarchitable.  Tal herencia está reservada en el cielo para ustedes, a quienes el poder de Dios protege mediante la fe hasta que llegue la salvación que se ha de revelar en los últimos tiempos’» (1 Pe. 1:3-5).

    Recordemos esto y digamos: «Si, todo esto me está sucediendo; estas pruebas llueven sobre mí, y caen a mi alrededor, ¡pero no voy a hundirme bajo su peso, ni a autocompadecerme!  Más bien, me levantaré y diré: ‘Sé que Dios es bueno; sé que Cristo murió por mí; sé que pertenezco a Dios; sé que mi herencia está en el cielo; aunque no la puedo ver ahora, sé que allí está; sé que Dios la está cuidando, y que nadie la arrebatará de Sus manos poderosas.’»  Repitámonos esto.  Recordemos nuestros motivos «de gran alegría,» aunque sea «por un tiempo,» si acaso nos es necesario afrontar «diversas pruebas.»

Aprobación honor y gloria

    Pasemos luego a la declaración final, que es ésta: «Así también la fe de ustedes, que vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele.»  Está en camino, y no sé cuándo llegue, pero sé que el Día de Jesucristo está en camino y que yo estaré allí.  Por lo tanto, sé que este es el objetivo final de todo lo que me sucede en esta vida y en el mundo.  Va a ser un «gran día.»

    Cuando llegue el gran día, lo genuino de nuestra fe quedará de manifestó.  Habrá alabanza, honor y gloria, y nuestra fe, que consideramos tan pequeña, alcanzará una estatura imponente por haber resistido la prueba, y ofrecerá «alabanza, honor y gloria.»

    ¿Pero a quién?  A Dios, antes que a nadie.  Ya antes he usado esta cita, cuando el Señor Jesucristo dice: «Aquí estoy Yo, con los hermanos que Dios Me ha dado.»  En ese gran día, Jesús se levantará y mirará con gran satisfacción al pueblo cristiano, al cual llamó, y que habiendo pasado gran tribulación, habrá soportado la prueba sin claudicar.  Jesús los mirará con orgullo, y en ese día que ya se acerca ellos lo alabarán, honrarán y glorificarán.

    Pero ese honor y esa gloria y alabanza también serán nuestros, de cada uno de nosotros.  Participaremos en esa gloria, y le oiremos alabarnos cuando diga: «¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel!...¡Ven a compartir la felicidad de tu Señor!» (Mt. 25:21).  Y nos vestirá con Su propia gloria, y pasaremos la eternidad disfrutando de Su presencia.  Y mientras más grande y más genuina haya sido nuestra fe, mayor será nuestra gloria.

    Contamos con la promesa de que un día vendrá, cuando estaremos con Él en su eterna gloria, y «el Cordero que está en el trono…los guiará a fuentes de agua viva; y Dios les enjugará toda lágrima de sus ojos» (Ap. 7:17).

    Así es como los cristianos enfrentamos las pruebas.  Gracias a Dios porque estamos en Sus manos.  Éste es Su camino de salvación, no el nuestro.  Sometámonos a Dios, regocijémonos de estar en Sus manos, y digámosle: «Envíanos lo que quieras; nuestra única preocupación es poder complacerte siempre.»

    – Tomado del Depresión espiritual: Sus causas y su cura por D. Martyn Lloyd-Jones. © 2004 por Libros Desafío.  Usado con permisión.