«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Cómo Edificar Sobre El Cimiento

Por Derek Prince (1915 – 2003)

    «Cualquiera, pues, que Me oye estas palabras, y las hace, Le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.  Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.  Pero cualquiera que Me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina» (Mt. 7:24-27).

    Observe que la diferencia entre estos hombres no radica en las pruebas a que fueron sometidas sus casas.  Cada casa tuvo que soportar la tormenta:  el viento, la lluvia y la inundación.  El cristianismo nunca ofreció a nadie un pasaje al cielo libre de tormentas.  Por el contrario, se nos advierte que «es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios» (Hch. 14:22).

    Entonces, ¿cuál fue la diferencia vital entre los hombres y sus casas?  El hombre prudente edificó sobre un cimiento de roca; el insensato, sobre uno de arena.  El prudente construyó de manera que su casa soportara segura e inconmovible la tormenta; el insensato, de forma que su casa no pudo resistirla.

La Biblia – cimiento de la fe

    ¿Qué debemos entender con esta metáfora de edificar sobre una roca?  ¿Qué significa para cada uno de nosotros los cristianos?  Cristo Mismo lo deja bien claro:  «Cualquiera, pues, que Me oye estas palabras, y las hace, Le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.»

    Por consiguiente, edificar sobre la roca significa escuchar y hacer lo que Cristo dice.  Una vez puesto el fundamento – Cristo la Roca – en nuestra vida, edificamos sobre ese cimiento oyendo y cumpliendo la palabra de Dios; estudiando y aplicando diligentemente en nuestra vida las enseñanzas de la Palabra de Dios.  Por eso Pablo les dijo a los ancianos de la iglesia en Efeso:  «Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de Su gracia, que tiene poder para sobreedificaros…» (Hch. 20:32).

    La Palabra de Dios, y únicamente Su Palabra – conforme la oímos y la cumplimos, la estudiamos y la aplicamos – es capaz de levantar dentro de nosotros un edificio de fe fuerte y seguro asentado sobre el fundamento del Mismo Cristo.

    Esto trae a colación un tema de suprema importancia en la fe cristiana:  la relación entre Cristo y la Biblia, y, por lo tanto, la relación de cada cristiano con la Biblia.

    En sus páginas, la Biblia declara ser la «Palabra de Dios.»  Por otra parte, numerosos pasajes dan a Jesucristo Mismo el título:  «el Verbo (o Palabra) de Dios.»  Por ejemplo:

    «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1).

    «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre)…» (Juan 1:14).

    «[Cristo] estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y Su nombre es: EL VERBO DE DIOS» (Ap. 19:13).

    Esta identificación de nombre, revela una identificación de naturaleza.  La Biblia es la Palabra de Dios, y Cristo es el Verbo de Dios.  Cada cual por igual es una revelación de Dios, autorizada y perfecta.  Cada uno concuerda con el otro a la perfección.  La Biblia revela perfectamente a Cristo; Cristo cumple con exactitud la Biblia.  La Biblia es la Palabra escrita de Dios; Cristo es la Palabra encarnada de Dios.  Antes de Su encarnación, Cristo era el Verbo eterno con el Padre.  En Su encarnación Cristo es el Verbo hecho carne.  El mismo Espíritu Santo que revela a Dios mediante Su palabra escrita, también revela a Dios en el Verbo hecho carne, Jesús de Nazaret.

La fe

    «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios» (Rom. 10:17).

    Hay tres etapas sucesivas en el proceso espiritual descrito aquí:  1) la Palabra de Dios, 2) el oír, 3) la fe.  La Palabra de Dios no produce fe de inmediato, sino únicamente escuchándola.  Escuchar puede describirse como una actitud de interés y atención vivos, un sincero deseo de recibir y comprender el mensaje presentado.  Entonces, al escucharla, se desarrolla la fe.

    Es importante ver que el escuchar la Palabra de Dios inicia un proceso en el alma a partir del cual se desarrolla la fe y que este proceso requiere un período de tiempo mínimo.  Esto explica por qué se encuentra tan poca fe hoy en los que profesan ser cristianos:  porque nunca dedican suficiente tiempo a escuchar la Palabra de Dios para permitir que ésta produzca en ellos una porción de fe substancial.  Si llegan a dedicar algún tiempo a las devociones privadas y al estudio de la Palabra de Dios, todo el proceso se desenvuelve de un modo tan apresurado y accidentado que se termina antes que la fe haya tenido tiempo de desarrollarse.

    Conforme estudiamos la manera en que se produce la fe, también llegamos a comprender con mucha más claridad cómo debe definirse la fe bíblica.  Puesto que la fe viene sólo de escuchar la Palabra de Dios, su relación es siempre directamente con ésta.  La fe bíblica no consiste en creer cualquier cosa que nosotros mismos podamos desear o imaginar o nos parezca.  La fe bíblica puede definirse como creer que Dios significa lo que ha dicho en Su palabra; que Dios hará lo que ha prometido hacer en Su palabra.

    Por ejemplo, David ejerce esta clase de fe bíblica cuando dice al Señor:  «Y ahora, Señor, que la palabra que Tú has hablado acerca de Tu siervo y acerca de su casa, sea afirmada para siempre, y haz según has hablado» (1 Cr. 17:23).

    La fe bíblica está expresada en esas cuatro cortas palabras:  «haz según has hablado.»

    De la misma forma, la virgen María ejerció la misma clase de fe bíblica cuando el ángel Gabriel le trajo un mensaje de promesa de Dios y ella replicó:  «Hágase conmigo conforme a Tu palabra» (Lc. 1:38).

    Ese es el secreto de la fe bíblica:  «conforme a Tu palabra.»  La fe bíblica se forma dentro del alma escuchando la Palabra de Dios, y se expresa por la reacción dinámica de reclamar el cumplimiento de Lo que Dios ha dicho.

    Hemos recalcado que la fe es el primer efecto que la Palabra de Dios produce en el alma porque esta clase de fe es básica para cualquier transacción positiva entre Dios y el alma humana:  «Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Le hay, y que es galardonador de los que le buscan» (Heb. 11:6).

    Vemos que la fe es la reacción primera e indispensable del alma humana cuando se acerca a Dios:  «…Es necesario que el que se acerca a Dios crea....»

    – Tomado del libro El Manual Del Cristiano lleno, del Espíritu por Derek Prince.  Usado con permiso.