«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Samuel Morris – La Marcha De La Fe (Parte 1)

Por Lindley J. Baldwin

    [Una Nota del Editor:  El siguiente material es la primera de cuatro partes de La marcha de la fe, la historia inspirante de la vida y de la fe de Samuel Morris.  Nosotros anticipamos compartir las tres partes que quedan de esta maravillosa historia en siguientes ediciones del Heraldo, una parte en cada una de las tres ediciones siguientes.]

    A la edad de quince años Samuel Morris era tan sólo uno de los miles de jóvenes nativos escondidos en las selvas del África Occidental.  Su tribu descendía de los Kru y habitaba en los bosques al oeste de la Costa de Marfil.

    Su nombre nativo era Kaboo.  Su padre era jefe de la tribu.  Pero, a pesar de que Kaboo era el hijo mayor de su padre y así un príncipe, en todo el mundo no existía una criatura más miserable que él.  Había caído de una posición de libertad y honor a una de desgracia y peor que la esclavitud.

    En aquellas regiones era costumbre que un jefe derrotado en una guerra debía dar a su hijo mayor en prenda o rehén para asegurar el tributo que se imponía al vencido.  Si el pago se retrasaba, el hijo frecuentemente era sometido a torturas.  Esa fue la suerte de Kaboo.

    Siendo aún pequeño su padre fue derrotado en dos ocasiones por tribus vecinas y Kaboo debió ser entregado en prenda al jefe victorioso

    Kaboo, que tenía entonces quince años, fue entregado por tercera vez en prenda para asegurar el cumplimiento del duro acuerdo.  El día fijado para el pago, el padre de Kaboo vino con todo el marfil, caucho, nueces de cola y otros artículos de comercio que su gente había podido juntar.  El jefe victorioso tomó todo lo que habían traído y después de ponerle precio, declaró que no era el total de lo prometido, negándose a entregar al prisionero.

    El padre de Kaboo, al borde de la desesperación, resolvió hacer un último esfuerzo.  Convenció a la tribu para que sacrificaran sus últimas pertenencias.  Al llegar en su segunda visita, su ofrenda fue nuevamente declarada insuficiente para cubrir la deuda.

    Conociendo de antemano la injusticia de este salvaje desesperado por la bebida y, temiendo que su hijo ya no pudiera sobrevivir a las torturas, el padre de Kaboo llevó en esta segunda visita a una de sus atrayentes hijas para dejarla como rehén en lugar de su hijo.

    Kaboo se opuso diciendo, «Yo puedo sobrellevar el castigo mucho mejor que mi hermana. Deja que me quede.»  El padre comprendió que no podía hacer otra cosa que regresar con su hija, dejando que Kaboo enfrentara su destino.

    Al no volver luego con lo exigido, el jefe enfurecido dio orden de que el muchacho fuera castigado a latigazos todos los días.  El castigo era cada vez más prolongado y severo.  El látigo utilizado era una vara espinosa de cierta enredadera venenosa; cada golpe le arrancaba la piel e implantaba una sustancia afiebrante.  La víctima agonizante sentía como si todo su cuerpo estuviera abrasado por las llamas.

    Las heridas de Kaboo no tenían tiempo de curarse.  La piel y la carne de su espalda colgaban a jirones.  Pronto estuvo tan exhausto por la pérdida de sangre y por la fiebre que ya no podía mantenerse erguido.  Entonces prepararon dos vigas en forma de cruz y hasta allí lo arrastraban.

La fuga milagrosa

    Al ser echado sobre las dos vigas dispuestas en forma de cruz para su flagelación final, Kaboo perdió toda esperanza de rescate y sus fuerzas lo abandonaron, anhelando sólo la ayuda que la muerte le ofreciera.

    De pronto, algo muy extraño sucedió.  Una gran luz, como la de un rayo, irrumpió sobre él.  Los que estaban a su alrededor quedaron enceguecidos por ella.  Una voz audible que parecía venir de lo alto le ordenó levantarse y huir.  Todos oyeron la voz y vieron la luz pero no vieron a ningún hombre, y no lograban entender de qué se trataba.

    Al mismo tiempo tuvo lugar una de esas sanidades instantáneas que la ciencia no puede explicar ni negar.  En un abrir y cerrar de ojos Kaboo recobró sus fuerzas.  No había comido ni bebido en todo el día; sin embargo no sintió hambre, sed o debilidad.  Saltando, obedeció a esa voz misteriosa y huyó de los consternados enemigos con la velocidad de un ciervo.

    ¿Cuál era el origen de esa luz misteriosa que le había traído nuevas fuerzas y libertad?  Kaboo no lo sabía ni podía imaginarlo.  Nunca había escuchado del Dios cristiano, nada sabía de hechos especiales de la Divina Providencia.  Nunca había escuchado acerca de un Salvador que una vez fue puesto como prenda, en rescate por muchos.  Este príncipe terrenal que pocos momentos antes había estado colgado de dos vigas en cruz para su tortura final, jamás soñó que un Príncipe celestial había sido también aprisionado, burlado y golpeado padeciendo una muerte degradante, después de una lenta tortura, sobre dos maderos en cruz.

    Pero lo que Kaboo sí sabía era que un poder invisible y misterioso había venido para rescatarlo.  Unos instantes atrás había estado malherido, enfermo, sin fuerzas siquiera para erguirse y, ahora estaba huyendo a toda velocidad.

    Era viernes el día de su huida y Kaboo nunca lo olvidó.  Lo llamó su Día de Liberación; y durante el resto de su vida festejó aquel evento ayunando todos los viernes, sin tomar agua ni alimento.

La luz bondadosa

    Kaboo se escondió en el hueco de un árbol hasta que cayó la noche para eludir a sus perseguidores.  Entonces se dio cuenta de que había escapado de la muerte para precipitarse a una situación no menos grave.  Estaba solo en la selva donde nadie podía tener la esperanza de sobrevivir mucho tiempo.  Sin armas, sin tener a quién recurrir, sin saber a dónde dirigirse, su situación era desesperante.

    No se atrevía a regresar a su tribu porque de hacerlo traería sobre su pueblo la venganza del conquistador enfurecido.  Tampoco podía ser visto por miembros de otras tribus pues le devolverían a su opresor a cambio de una fuerte suma que generalmente se pagaba por un rehén escapado.

    En tan difíciles circunstancias ocurrió otra vez algo sobrenatural.  En esas regiones la selva aun de día es oscura, y de noche imposible de penetrar.  Sin embargo la misma luz bondadosa que había inundado el escenario destinado para su ejecución, volvió a brillar en derredor suyo.  Mucho tiempo atrás, viajando en otro tipo de desierto, una compañía de hombres liberados también gozó de una guía similar cuando el Señor «iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles» (Éx. 13:21).  Sin poder explicar la naturaleza de aquel fenómeno, Kaboo vio su camino iluminado.

    Y él necesitaba esta luz tanto como la necesitaron los hijos de Israel.  Los incontables peligros de la selva le acechaban.  Pero más aún que a la mirada feroz de los leopardos y a la ponzoña de las serpientes, Kaboo temía a los seres de su propia especie.  En las selvas de esta región tan vasta, vivían algunas de las razas más primitivas del mundo, entre quienes el canibalismo era una práctica generalizada.

    Y a través de todos estos obstáculos y peligros, la luz bondadosa fue guiando a Kaboo.  Con su ayuda, de noche veía lo suficiente como para juntar frutas y raíces para alimentarse y, para cruzar lagos y ríos donde se distinguían los ojos brillantes del cocodrilo en acecho.

    Durante el día siguió escondiéndose en los troncos de los árboles, para evitar a los vigías de las aldeas.  Después de caminar muchas noches, Kaboo llegó a una plantación en las afueras de una ciudad, junto a un río.  Hasta ese momento, no se había encontrado con un solo ser humano.  Tampoco hubo guía alguno que lo dirigiera a través de la selva, hasta aquel lugar.

    A primera vista, comprobó que aquella no era una aldea nativa, sino una población extranjera, peculiar del hombre blanco.  Hubiera temido acercarse a los edificios si no hubiese visto a uno de su propia tribu Kru, trabajando a cierta distancia.  Kaboo se le acercó y se enteró, para su gran alegría, que no había caído en manos de esclavizadores sino de liberadores de esclavos.  La luz misteriosa lo había guiado a una colonia, cerca de Monrovia, la capital de Liberia.

Un nombre nuevo

    Kaboo buscó y encontró empleo en la plantación de café, donde el otro muchacho Kru ya estaba trabajando.  Por su trabajo le dieron una litera en las barracas, comida y ropa sencilla, como la que usaban los otros obreros nativos.

    Su compañero Kru había estado escuchando a los misioneros y había aprendido a orar.  Kaboo lo vio arrodillado, con los brazos y el rostro en alto.  Cuando Kaboo le preguntó qué era lo que estaba haciendo, contestó, «Estoy hablando con Dios.»

    «¿Y quién es tu Dios?» preguntó Kaboo.

    «Él es mi Padre,» contestó el muchacho.

    «Entonces estás hablando con tu Padre,» dijo Kaboo.  En lo sucesivo, siempre llamó a la oración «hablar con mi Padre.»  Para su fe de niño, orar era tan sencillo y seguro como conversar con un padre terrenal.

    El domingo siguiente, invitaron a Ka­boo al culto en la iglesia.  Se encontró con una multitud reunida alrededor de una mujer, que hablaba a través de un intérprete.  Estaba con­tando acerca de la conversión de Saulo; cómo una luz del cielo, repentinamente, lo alumbró y una voz misteriosa le habló desde lo alto.

    Kaboo, sin poder contenerse, se puso de pie y exclamó, «¡Esto es justamente lo que me pasó a mí!  ¡Yo he visto esa luz!  ¡Es la misma luz que me salvó y me trajo hasta aquí!»  Kaboo se había estado preguntando por qué había sido salvado tan maravillosamente de la muerte y guiado a través del bosque.  De pronto, en un segundo, comenzó a entender.

    Kaboo comenzó a participar regularmente de los cultos religiosos y de las clases que la señorita Knolls conducía.  Ella le dio las primeras lecciones, básicas para leer y escribir el inglés.  Poco a poco, aprendió la maravillosa historia del nacimiento de Jesús, en un pesebre; Su ministerio entre los humildes, pecadores y enfermos; Su muerte expiatoria y Su resurrección.  Muy pronto, Kaboo aceptó a Jesús, este «recién descubierto» Salvador de almas, el mismo «Dios desconocido» que hacía poco tiempo le había sanado el cuerpo.

    Sin embargo, Kaboo no estaba satisfecho.  Comenzó a sentir el deseo de ser como esta mujer de Dios.  Anhelaba poder predicar a su propia tribu Kru, en su idioma, las buenas nuevas del amor de Dios, que habían traído paz a su corazón.  Pero sentía su completa incapacidad y falta de autoridad para esta misión.

    Como todo creyente recién convertido, Kaboo muy pronto fue consciente de que la redención de la culpa y del castigo de los pecados del pasado no lo liberaba de cometer pecados futuros por causa de la debilidad de la carne.  Así como su cuerpo llevaba las marcas de muchos latigazos recibidos, su alma estaba habituada al temor y al odio, cultivados durante años de cruel sufrimiento.  La degradación a la que había sido sometido, le dio un irremediable sentimiento de inferioridad.  Ignorante y proscrito, no veía mucho futuro para sí mismo a menos que ocurriera otro milagro.

    Kaboo no sabía que Dios había hecho provisión sobrenatural para Sus hijos mediante el Espíritu Santo.  Es decir, que la redención por la sangre de Cristo se hace efectiva a través del poder del Consolador que purifica el corazón de toda amargura, y que comisiona y dota al creyente para servir eficientemente a Dios.  Kaboo nunca había escuchado de este Ayudador divino que llega en Su plenitud únicamente después de la conversión cuando el alma, consciente de sus defectos, está lista a consagrarse enteramente a Dios.

    Así pues, el Espíritu Santo vino a socorrer al pobre Kaboo, especialmente para la oración, «pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Rom. 8:26).

    De modo que Kaboo fue animado a continuar «hablando con su Padre» noche tras noche.  Después de haber terminado con su tarea, luchaba en oración con voz agonizante.  Esto causó disturbio en la barraca, y sus compañeros, llegados al término de su paciencia, le advirtieron que tendría que quedarse callado o buscar otro lugar donde vivir.  Kaboo se fue a orar al bosque.

    Una noche se quedó hasta pasada la medianoche.  «Volví,» contaría después, «a mi litera, cansado, con el corazón cargado, y me acosté a dormir.  Mi lengua estaba callada, pero mi corazón seguía orando.  ¡De pronto, mi cuarto se iluminó!  Al principio pensé que estaba amaneciendo, pero todos a mi alrededor estaban profundamente dormidos.  El cuarto se iba iluminando cada vez más, hasta que se llenó de gloria.  La carga de mi corazón desapareció repentinamente y quedé con el sentir de un gozo indecible.

    «Mi cuerpo parecía tan liviano como una pluma.  Estaba lleno de un poder que me hacía sentir que hasta podría volar.  No pude contener mi gozo y grité hasta que todos en la barraca se despertaron.  ¡Esta era mi adopción!  ¡Ahora yo era hijo del Rey Celestial!  Yo sabía que mi Padre me había salvado con un propósito y que haría Su obra en mí.»

    Kaboo nada sabía de teología del Espíritu Santo.  Él fue llenado por el Espíritu de Dios, sencillamente porque estaba dispuesto a rendirse por completo a Dios.  Buscó a Dios de la misma manera que un niño hambriento busca comida; y porque tuvo hambre de justicia, Dios envió Su Espíritu transformador y de poder en respuesta a esta fe de niño.  Kaboo fue recibido en la Iglesia Metodista y bautizado como Samuel Morris. 

Las primeras señales del liderazgo

    Samuel Morris vivió en Liberia aproximadamente dos años, después de haber sido bautizado.  Dejó la plantación y trabajó en Monrovia en varios empleos.  Como pintor de casas, ayudó a pintar el Instituto Liberia.  Su sueldo le alcanzaba apenas para subsistir, pero era feliz.  Estaba tan cautivado por su relación con Dios, que buscó y habló con cada misionero de esa región.

    Trabajó mucho para ellos y también aprendió de memoria muchos de sus himnos y los solía cantar con vigor y con maravillosos resultados, a pesar de que no sabía el significado total de las palabras.  Pronto fue conocido como el cristiano nativo más consagrado y fervoroso de esa región de Liberia.

    Poco tiempo después de su conversión, otro joven nativo fue guiado por él para aceptar a Cristo como su Señor y Salvador.  Por una coincidencia notable, este nativo huyó de la esclavitud del mismo jefe cruel al cual Sammy había servido como rehén.  Este esclavo estuvo presente en la última tortura de Kaboo; había visto el rayo de luz misteriosa y escuchado la voz ordenando a Kaboo que huyera.

    Un esclavo común era de poco valor comparado con el rehén de un jefe.  Por eso, a él le había sido fácil escapar y viajar de día sin riesgo, a lo largo de una ruta convencional.  Fue bautizado con el nombre de Henry O‘Neil.  Confirmó el relato de Kaboo referente a su huida milagrosa.  El testimonio de ambos causó gran impresión entre los blancos y nativos de Monrovia.  El incidente que sigue muestra su método singular de influenciar a otros, no por sermones o por fuerza humana, sino sencillamente por pedir al Espíritu Santo que actuara en su favor.

    Tres mujeres de Monrovia acordaron reunirse para orar desde la medianoche hasta el amanecer.  De este modo buscaban promover un despertar espiritual en toda la comunidad.  Pero les faltaba un nativo cuyo ejemplo alentara a los otros.  Una noche entró uno; oró durante horas, postrado frente al púlpito.  Las mujeres, creyendo que era un nuevo convertido, salieron rápidamente a dar la buena noticia a los demás.  Cuando regresaron, se dieron cuenta de que este muchacho era Samuel Morris.  Él había estado orando no por él, sino por otros.  Sus oraciones fueron escuchadas.  En las reuniones que siguieron, cincuenta jóvenes aceptaron a Cristo.

    Un día un misionero, lleno del Espíritu Santo, leyó a Sammy el capítulo 14 del Evangelio de San Juan, en el cual el Salvador, por primera vez, anuncia a Sus discípulos la venida de Su nuevo y poderoso Consolador.  Sammy ya había experimentado la bendición del Espíritu Divino en su corazón; pero fue esta la primera vez que llegaba a su entendimiento el nombre y significado pleno del Espíritu Santo.

    Cuando llegó a comprender que este Espíritu obra aquí en la tierra, que es una Persona Viviente, no tuvo palabras adecuadas para expresar su asombro y felicidad.  Fácilmente atribuyó la voz misteriosa, que le guío en su huida, al Espíritu de Dios.  Con seguridad, Él le había hablado como a Samuel, siglos atrás, sin que tampoco reconociera aquél la voz de Dios.  Sammy hizo viajes muy largos para conversar con los misioneros acerca del Espíritu Santo.  El capítulo 14 de San Juan llegó a ser su tema de estudio constante.

    Visitó con tanta frecuencia a los misioneros e hizo tantas preguntas difíciles acerca del Espíritu que, por fin, una de ellos se vio obligado a confesar, «Samuel, ya te he dicho todo lo que sé acerca del Espíritu Santo.»

    «¿Y quién le dijo a usted todo lo que sabe acerca del Espíritu Santo?» él insistió.

    Ella respondió que todo su conocimiento acerca de este tema lo debía a Esteban Merritt, quien en aquel momento era secretario del obispo Guillermo Taylor.

    «¿Dónde está Esteban Merritt?» preguntó Sammy.

    «En Nueva York,» contestó la misionera.

    «Pues iré a verlo,» fue la pronta respuesta de Sammy.

    (para ser continuado)