«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Majestad De Dios

Por J. I Packer

    Majestad es un vocablo que en la Biblia se emplea para expresar el concepto de la grandeza de Dios, nuestro Hacedor y Señor.  «El SEÑOR reina, revestido de esplendor…Desde el principio se estableció Tu trono…» (Sal. 93:1-2).  «Se hablará del esplendor de Tu gloria y majestad, y yo meditaré en Tus obras maravillosas» (Sal. 145:5). Pedro, al recordar la gloria real de Cristo en la transfiguración, dice, «habiendo visto con nuestros propios ojos Su majestad» (2 Pe. 1:16).

    En Hebreos, la frase la majestad se usa dos veces con el sentido de Dios; Cristo, se nos informa, cuando ascendió Él se sentó «a la diestra de la Majestad en las alturas,» «a la diestra del trono de la Majestad en los cielos» (Heb. 1:3; 8:1).  La palabra majestad, cuando se aplica a Dios, constituye siempre una declaración de Su grandeza y una invitación a la adoración.  Lo mismo es cierto cuando la Biblia habla de que Dios está en las alturas y en los cielos; la idea aquí no es la de que Dios está muy por encima de nosotros en grandeza, y que por lo tanto es motivo de adoración.  «Grande es Jehová, y digno de ser en gran manera alabado…» (Sal. 48:1).  «…Jehová es Dios grande, y Rey grande…Venid, adoremos y postrémonos» (Sal. 95:3, 6).  El instinto cristiano de confiar y adorar recibe un poderoso estímulo ante el conocimiento de la grandeza de Dios.

    Pero se trata de conocimiento que en buena medida está ausente para muchos cristianos:  y esta es una de las razones que hace que nuestra fe sea tan débil y nuestro culto tan flojo.  Nosotros somos modernos, y los hombres de esta época, si bien tienen un gran concepto del hombre mismo, tienen un concepto bastante bajo de Dios.  Cuando, para no hablar del hombre de la calle, un hombre de iglesia emplea la palabra Dios, el pensamiento que le viene a la mente no es generalmente el de la majestad divina.

    …Hoy se pone gran énfasis en la idea de que Dios es personal, pero se expresa el concepto de tal modo que nos queda la impresión de que Dios es una persona tal como nosotros:  débil, inadecuado, poco efectivo, más bien patético.  ¡Pero este no es el Dios de la Biblia!  Nuestra vida individual es cosa finita:  está limitada en todas las direcciones, en el espacio, en el tiempo, en conocimiento, en poder.  Pero Dios no está limitado.  Es eterno, infinito, y todopoderoso.  Él nos tiene en Sus manos; pero nosotros jamás podemos tenerlo a Él en las nuestras.  Como nosotros, Él es un ser personal, pero a diferencia de nosotros es grande.  A pesar de su constante prédica sobre la realidad del interés personal de Dios en Su pueblo, y sobre la mansedumbre, la ternura, la benevolencia, la paciencia, y la anhelosa compasión que nos muestra, la Biblia nunca deja que perdamos de vista Su majestad y Su dominio ilimitado sobre todas Sus criaturas.

El Incomparable

    Miren Isaías 40.  Aquí Dios le habla a gente cuyo ánimo es el que tienen muchos cristianos en la actualidad – gente desesperanzada, acobardada, secretamente desesperada; gente contra la que el curso de los acontecimientos se viene batiendo desde hace mucho tiempo; gente que ha dejado de creer que la causa de Cristo puede volver a prosperar.  Veamos cómo razona con ellos Dios a través de Su profeta.

    Miren las obras que he hecho, les dice.  ¿Podrían hacerlas ustedes?  ¿Puede hombre alguno hacerlas?  «¿Quién midió las aguas con el hueco de Su mano y abarcó los cielos con Su palmo, un tercio de medida juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados?» (Is. 40:12).  ¿Son ustedes lo suficientemente sabios como para hacer estas cosas?  ¿Tienen el poder necesario?  En cambio Yo sí; de otro modo no hubiera podido hacer este mundo.  ¡He aquí vuestro Dios!

    Pasemos a mirar a las naciones, sigue diciendo el profeta: las grandes potencias nacionales, a cuya merced si sienten supeditadas ustedes.  Asiría, Egipto, Babilonia – tan vastos son sus ejércitos y sus recursos, en comparación a los de ustedes, que les tienen temor, miedo.  Pero consideren ahora la posición de Dios frente a esas poderosas fuerzas que ustedes tanto temen.  «He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas…Como nada son todas las naciones delante de Él; y en Su comparación serán estimadas como naderías y vaciedad» (vv. 15, 17).  Ustedes tiemblan ante las naciones porque son mucho más débiles que ellas; pero Dios es tanto más grande que las naciones que para Él son como nada.  ¡He aquí vuestro Dios!

    Luego, echemos un vistazo al mundo.  Consideren su tamaño, su variedad, y su complejidad; piensen en los siete mil millones y más de personas que lo pueblan, y en el enorme cielo que está por encima de él.  ¡Qué seres diminutos somos ustedes y yo en comparación con todo el planeta en que vivimos!  Y, sin embargo, ¿qué es todo este portentoso planeta en comparación con Dios?  «Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; Él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar» (v. 22).  El mundo nos empequeñece a todos, pero Dios empequeñece al mundo.  El mundo es el estrado de Sus pies, sobre el que Él está sentado inexpugnablemente.  Él es más grande que el mundo y todo lo que en él hay de manera que toda la frenética actividad de sus mil millones de habitantes no Lo afectan en mayor medida que a nosotros el ruido y los movimientos de las langostas en un día de sol.  ¡He aquí vuestro Dios!

    Miremos, en cuarto lugar, a los grandes hombres del mundo:  los gobernantes cuyas leyes y programas políticos determinan el bienestar de millones de personas; los que aspiran a gobernar el mundo, los dictadores, los creadores de imperios, hombres que tienen en sus manos el poder necesario para desencadenar una guerra global.  Piensen en Senaquerib y en Nabucodonosor, piensen en Alejandro, Napoleón, Hitler.  ¿Suponen ustedes que son realmente estos grandes hombres quienes determinarán el giro que ha de tomar el mundo?  Vuelvan a pensar en esto; porque Dios es más grande que los más grandes entre ellos.  «Él convierte en nada a los poderosos, y reduce a la nada a los que gobiernan la tierra» (v. 23).  Dios es, como lo dice el Libro de Oración, «el Único que gobierna a los príncipes.»  ¡He aquí vuestro Dios!

    Pero no hemos terminado aún.  Miren, finalmente, a las estrellas.  La experiencia más universalmente impresionante que conoce el hombre es la de estar solo en una noche limpia mirando las estrellas.  No hay otra cosa que nos dé una sensación semejante de distancia y lejanía; no hay experiencia que nos haga sentir más fuertemente nuestra propia pequeñez e insignificancia.  Y nosotros, que vivimos en el umbral de la era espacial, estamos en condiciones de complementar esta experiencia universal con el conocimiento científico de los factores que están involucrados – millones de estrellas en número, a billones de años luz de distancia.  La mente se marea; la imaginación no puede abarcarlo todo cabalmente; cuando intentamos imaginar las insondables profundidades del espacio exterior, nos quedamos mentalmente estupefactos y mareados.

    Pero, ¿qué es esto para Dios?  «Levantad en alto vuestros ojos, y mirad: ¿quién creó estas cosas?  Él que saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de Su fuerza, y el poder de Su dominio» (v. 26).  Es Dios quien saca las estrellas; fue Dios quien las puso en el espacio en primer lugar; Él es su Hacedor y Amo:  están todas en Sus manos, y sujetas a Su voluntad.  Tal es Su poder y Su majestad.  ¡He aquí vuestro Dios!

Nuestra respuesta a la majestad

    A continuación dejemos que Isaías aplique a nuestro caso la doctrina bíblica de la majestad de Dios, haciéndonos las tres preguntas que aquí hace en nombre de Dios a esos israelitas desilusionados y abatidos.

    1. «¿A quién, pues, Me haréis semejante o Me compararéis? dice el Santo» (v. 25).  Esta pregunta censura los conceptos errados acerca de Dios.  «Tus conceptos de Dios son demasiados humanos,» le dijo Lutero a Erasmo.  Es aquí justamente dónde muchos nos descaminamos.  Nuestros conceptos de Dios no son suficientemente grandes; no tenemos en cuenta la realidad de Su poder y Su sabiduría ilimitados.  Porque nosotros mismos somos limitados y débiles, nos imaginamos que en algún aspecto Dios también lo es, y nos resulta difícil aceptar que no Lo sea.  Pensamos en Dios como si fuera parecido a nosotros.  Rectifiquen este error, dice Dios; aprendan a reconocer la plena majestad de su incomparable Dios y Salvador.

    2. «¿Por qué dices, oh Jacob, y hablas tú, Israel: Mi camino está escondido de Jehová, y de mi Dios se le pasa mi juicio?» (v. 27).  Esta pregunta censura los conceptos errados acerca de nosotros mismos.  Dios no nos ha abandonado, así como no había abandonado a Job.  Jamás abandona a la persona hacia quien dirige Su amor; tampoco Cristo, el Buen Pastor, pierde jamás la huella de Sus ovejas.  Es tan falso como irreverente acusar a Dios de olvidar, de pasar por alto, de perder interés en la situación y las necesidades de Su pueblo.  Si nos hemos estado resignados a la idea de que Dios nos ha abandonado a nuestros propios recursos, busquemos la gracia necesaria para avergonzarnos de nosotros mismos.  Tal pesimismo incrédulo deshonra profundamente a nuestro gran Dios y Salvador.

    3. «¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno, Jehová, el cual creó los confines de la tierra, no desfallece, ni se fatiga con cansancio? ...» (v. 28).  Esta pregunta censura nuestra lentitud en aceptar la majestad de Dios.  Dios quiere sacarnos de la incredulidad moviéndonos a la vergüenza.  «¿Qué es lo que pasa?  Dios pregunta: ¿Se han estado imaginando que Yo, el Creador, estoy viejo y cansado?  ¿Nadie les ha dicho la verdad sobre Mí?»

    Muchos somos merecedores de este reproche.  ¡Qué lentos somos para creer en Dios como Dios, soberano, todopoderoso, que todo lo ve!  ¡Qué poco tenemos en cuenta la majestad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo!  Lo que necesitamos es «esperar a Jehová» y meditar sobre Su majestad, hasta que estas cosas se nos graben en el corazón y encontremos que de este modo nuestras fuerzas han sido renovadas.