«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Fidelidad De Dios

Por Arthur W. Pink (1886 – 1952)

    Qué palabra aquella, la del Salmo 36:5, «Jehová, hasta los cielos llega Tu misericordia, y Tu fidelidad alcanza hasta las nubes.»  Más allá de toda comprensión finita está la fidelidad inmutable de Dios.  Todo acerca de Dios es grandioso, vasto, incomparable.  Él nunca olvida, nunca falla, nunca vacila, nunca falta a Su Palabra.  Dios ha cumplido perfectamente cada una de Sus promesas y profecías; así que cada compromiso, ya sea de pacto o de amenaza, Él lo cumplirá porque «Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta.  Él dijo, ¿y no hará?  Habló, ¿y no lo ejecutará?» (Nm. 23:19).  Es por eso que el creyente exclama: «…Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron Sus misericordias.  Nuevas son cada mañana; grande es Tu fidelidad» (Lam. 3:22-23).

    Dios es verdad.  La promesa de Su Palabra segura.  En todas Sus relaciones con Su pueblo, Dios es fiel.  Se puede confiar en Él con seguridad.  Nadie nunca realmente confió en Él en vano.  Encontramos esta preciosa verdad expresada en casi todas partes en las Escrituras, porque Su pueblo necesita saber que la fidelidad es una parte esencial del carácter divino.  Esta es la base de nuestra confianza en Él.  Pero una cosa es aceptar la fidelidad de Dios como una verdad divina, y otra muy distinta es actuar de acuerdo con ella.  Dios «nos ha dado preciosas y grandísimas promesas,» pero ¿realmente estamos contando con el cumplimiento de ellas?  ¿Estamos realmente esperando que Él haga por nosotros todo lo que ha dicho?  ¿Estamos descansando con seguridad implícita en estas palabras: «...fiel es Él que prometió» (Heb. 10:23)?

Cuando ocurren dificultades

    Hay épocas en la vida de todas las personas cuando no es fácil, ni siquiera para los cristianos, creer que Dios es fiel.  Nuestra fe es intensamente probada, nuestros ojos se oscurecen con lágrimas y ya no podemos rastrear las obras de Su amor.  Nuestros oídos están distraídos con los ruidos del mundo, acosados por los susurros ateos de Satanás, y ya no podemos escuchar los dulces acentos de Su voz apacible.  Los planes preciados se han frustrado, los amigos en quienes confiamos nos han fallado, un hermano o hermana profeso en Cristo nos ha traicionado.  Estamos tambaleándonos.  Intentamos ser fieles a Dios, y ahora una nube oscura Lo oculta de nosotros.  Por razones carnales, nos resulta difícil, o más bien, imposible, armonizar Su enojo providencial con Sus bondadosas promesas.  Ah, alma vacilante, ojalá encuentres la gracia para escuchar Isaías 50:10 – «¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de Su siervo?  El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios.»

    Cuando tengas la tentación de dudar de la fidelidad de Dios, clama: «Vete, Satanás.»  Aunque ahora usted no puede armonizar los misteriosos tratos de Dios con las declaraciones de Su amor, espera en Él para obtener más luz.  En Su tiempo apropiado te será aclarado.  «…Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después» (Juan 13:7).  El curso de la historia demostrará que Dios no ha abandonado ni engañado a Su hijo.  «Por tanto, Jehová esperará para tener piedad de vosotros, y, por tanto, será exaltado teniendo de vosotros misericordia; porque Jehová es Dios de juicio; bienaventurados todos los que confían en Él» (Is. 30:18).

Dios cumplirá

    La aprehensión de esta bendita verdad nos preservará de la preocupación.  Para cuidarnos de ver nuestra situación con malos presentimientos, o anticiparse al día de mañana con triste ansiedad, es reflexionar mal sobre la fidelidad de Dios.  Él que ha cuidado a Su hijo durante todos los años no lo abandonará en la vejez.  Él que ha escuchado sus oraciones en el pasado no se negará a satisfacer sus necesidades en la emergencia actual.  Descansa en Job 5:19 – «En seis tribulaciones te librará, y en la séptima no te tocará el mal.»

    Si retenemos esta bendita verdad se detendrán nuestros sollozos.  El Señor sabe lo que es mejor para cada uno de nosotros, y un efecto de descansar en esta verdad será el silenciamiento de nuestras quejas petulantes.  Dios se siente muy honrado cuando, bajo prueba y castigo tenemos buenos pensamientos de Él, vindicamos Su sabiduría y justicia, y reconocemos Su amor en Sus mismas reprensiones.

    Si retenemos esta bendita verdad engendrará una confianza cada vez mayor en Dios.  «De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, y hagan el bien» (1 Pe. 4:19).  Cuanto más nos resignemos con confianza, y pongamos todos nuestros asuntos en las manos de Dios, de manera que estemos completamente convencidos de Su amor y fidelidad, tanto más estaremos satisfechos con Su providencia y nos daremos cuenta de que «bien lo ha hecho todo» (Mc. 7:37).