«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Fe Arraigada En Dios

Por Ruth Paxson (1889 – 1949)

    Mirándolo una vez sobre la superficie del mar vi claramente los dos extremos del arco como si salieran del agua para formar un semicírculo perfecto.  Mediante tan precioso símbolo me interpretó el Espíritu Santo la relación que, en la salvación, guarda la fe con la gracia – revelada en Efesios 2:8, «…Por gracia sois salvos por medio de la fe....»

    El arco de la salvación es enteramente gracia por parte de Dios y enteramente fe por parte del hombre.  La gracia de Dios es siempre perfecta.  Pero cuán imperfecta es la fe del hombre!  La gracia ha provisto en Cristo todo lo necesario para una vida de espiritualidad habitual.  Pero hace falta que la fe se apropie la provisión para hacer de tal salvación un hecho de experiencia.  La gracia provee; la fe apropia.  La fe convierte en experimental lo que la gracia hizo potencial para todo creyente.

    Dios nos dice que sin fe es imposible agradarle.  Algunas de las reprensiones más severas que Cristo dirigió a Sus discípulos fueron motivadas por la incredulidad de ellos.  Que Su presencia, Sus palabras y Sus obras dejaran de inspirar fe, entristecía profundamente al Señor Jesús.

    ¿Recordáis lo que aconteció en una ocasión en que, yendo Él en el barco, se levantó una tempestad y ellos gritaron llenos de miedo?  ¡Qué reprensión les dirigió!  Aunque bramara la tempestad y se encresparan las olas y Él estuviera durmiendo, Él estaba allí.  ¿Por qué habían de temer?  El temor y la fe son incompatibles.

    «Él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?  Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza» (Mt. 8:26).

    En otra ocasión Pedro fue andando sobre el mar a la palabra del Señor.  El viento arreció y Pedro comenzó a hundirse.  Pero, ¿por qué había de dudar?  ¿No le había dicho su Señor «Ven,» y no acompañaba a tal mandato el poder de Su protección?  La duda y la fe son irreconciliables.  Si tenernos duda no tenemos fe; si tenemos fe, no tenemos duda.

    «Al momento Jesús, extendiendo La mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe!  ¿Por qué dudaste?» (Mt. 14:31).

    Los discípulos habían cruzado el lago después de haber presenciado el milagro de Cristo al alimentar a una multitud con unos pocos panes y peces. Estaban muy preocupados porque se habían olvidado de traer pan.  ¿Por qué había esto de causarles inquietud?  ¿No acababan de verle a Él alimentar a más de cuatro mil personas con siete panes y unos pocos pececillos, y que sobraron siete cestas llenas?  ¿No podría Él proveer una cena para doce hombres si fuera necesario?  La congoja y la fe no pueden vivir juntas.

    «Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan?  ¿No entendéis aún, ni os acordáis de los cinco panes entre cinco mil hombres, y cuántas cestas recogisteis?  ¿Ni de los siete panes entre cuatro mil, y cuántas canastas recogisteis?» (Mt. 16:8-10).

    ¡Cómo desalojamos a Cristo de nuestra vida por este triunvirato de males: temor, duda y desconfianza!  Quebrantos de salud, pérdidas de fortuna, cargas abrumadoras, tempestades de aflicción y adversidad vienen sobre nosotros y nos hacemos insensibles a Su presencia, dudamos de Su palabra y nos olvidamos de Sus obras.

    Algunas de las más dulces palabras de elogio que Cristo pronunciara fueron motivadas por la fe y, cosa extraña, fueron dirigidas a los que Le conocían menos.  El centurión, cuyo siervo estaba enfermo, rogó a Cristo que sanara a su siervo.  Cristo prometió ir a sanarlo.  «…Señor... solamente di la palabra y mi criado se sanará» (Mt. 8:8).  ¡Qué gozo dio al corazón de Jesús semejante fe y qué precioso elogio obtuvo de Sus labios, «…Ni aun en Israel he hallado tanta fe» (v. 10).

    No hallamos un caso en la Palabra de Dios ni en la experiencia humana en que la gracia y el amor divino hayan dejado de responder a la fe y a la confianza.  Dios sería infiel a Su naturaleza, que es amor, si dejara alguna vez de responder a la fe verdadera.  Tal fe podrá parecer imposible a algunos de vosotros.  Pero la fe es la cosa más sencilla del mundo.  La fe es sencillamente mirar a Cristo y aceptar Su Palabra.  ¿Por qué no sería, entonces, fácil tener fe?  Es porque miramos a las dificultades en vez de mirar a Cristo, y cuanto más las miramos, más grandes se hacen.  Ellas nos impiden la visión de Cristo.  La fe por sí misma no tiene poder alguno para salvarnos o guardarnos, pero nos enlaza con Cristo, con Él que tiene ese poder.  Consideremos dos maneras que la fe tiene de operar.

La fe se arraiga en los grandes hechos de Dios

    Caminando un día por un sendero de bosque en las montañas de Suiza vi un árbol interesante.  En una empinada ladera había un alto abeto bajo el cual estaba alojado un enorme peñasco.  El árbol estaba enteramente asentado sobre la cima de la roca, y sin embargo, se elevaba derecho hasta una altura de cincuenta pies.  ¿Cómo podía mantenerse en tal posición?  El secreto no se escondía a nuestra vista.  Las raíces del árbol se habían extendido sobre el peñasco y habían penetrado a gran profundidad en la tierra que lo rodeaba, de tal modo que ni el peñasco alojado en su mismo corazón podía torcerlo, ni derribarlo.

    ¡Qué lección daba!  Aflicciones, adversidades, sufrimientos, dolores, tentaciones, pruebas, dudas, desengaños nos inundan.  ¿Cómo podemos seguir adelante con paz, paciencia y victoria cuando hay tales cosas en nuestra vida?  ¿No son lo bastante para abrumarnos?  No si la fe se extiende sobre ellas e introduce sus raíces en el suelo fértil de los grandes y eternos hechos de Dios.

    ¿Cuáles son algunos de estos hechos?  Sólo unos pocos puedo mencionar, pero confío en que escudriñéis por vosotros mismos la Palabra de Dios y encontréis muchos más.

    Dios es amor.  «El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor» (1 Juan 4:8).  Esta es una de las más grandes entre las eternas realidades divinas en las cuales podemos arraigar nuestra fe.  Podrá parecer que Dios nos ha olvidado o que Su mano disciplinaria es demasiado severa con nosotros.  Podrá parecer que ha cerrado Sus ojos o endurecido Sus oídos.  Podrá parecer hasta que sea indiferente a la carga que lleváis y al dolor de corazón que sufrís.  Pero, amigos, no es así, porque Dios es amor y el amor de Dios brilla como el esplendor del sol, ya seamos calentados y alegrados por sus rayos o no.

    La gracia de Dios basta.  «Y me ha dicho: Bástate Mi gracia; porque Mi poder se perfecciona en la debilidad.  Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo» (2 Cor. 12:9).

    Dios no ha prometido nunca que no tendríamos tentaciones y pruebas, pero ha prometido que, con cada tentación, habrá una salida por la cual escapar y con cada prueba habrá fortaleza para soportarla.  Cuanto más notable y agobiadora nuestra debilidad, más notable también Su fortaleza.

    Cristo puede salvar hasta lo sumo.  Tal vez algunos de vosotros dijisteis: «Yo no puedo vivir una vida consagrada en el lugar donde vivo.»  Pensasteis en vuestro hogar no cristiano, en vuestras relaciones sociales con su alegría y su mundanalidad, en vuestra vida mercantil con sus tentaciones al engaño y a la codicia, y dijisteis: «No puedo vivir una vida consagrada en tal ambiente.»  Sí puedes, si dejas penetrar las raíces de tu fe en el suelo de este hecho eterno, Cristo «puede salvar perpetuamente» (ver Hebreos 7:25).  Él tiene el poder, no sólo para limpiarte del pecado, sino también para guardarte de pecar.

    Pensad en los peñascos que rodaron sobre la vida del apóstol Pablo: azotado, apedreado, naufragado, encarcelado, en peligros y persecuciones de todas clases.  Pero su fe se extendió sobre todas estas pruebas y aflicciones y se arraigó en las eternas realidades del amor, la gracia y el poder de Dios, capacitándole así para crecer hasta alcanzar una magnífica estatura espiritual.  Lo que el Cristo glorificado hizo por Pablo está pronto a hacer por ti y por mí.

La fe cuenta con la fidelidad de Dios

    Nuestra fe puede vacilar, pero Su fidelidad no vacila nunca.  Pedro le falló a Cristo, pero la fidelidad de Cristo para Pedro permaneció inconmovible.  El Padre Celestial no puede olvidar Sus promesas ni puede negarse a sí mismo dejando de cumplirlas.  «Si fuéremos infieles, Él permanece fiel: Él no puede negarse a sí mismo» (2 Tim. 2:13).

    Podremos estar inclinados a darnos por vencidos ante el enemigo, a abandonar nuestra tarea con absoluto desaliento y aun a soltar la mano del arado y volver atrás del todo.  Pero Cristo no desmaya ni se desalienta.  No abandona a los suyos desesperanzados.  No reconoce victoria alguna por parte del diablo.  Ha asumido la responsabilidad por nosotros y permanece fiel.

    «Fiel es Él que os llama: el cual también lo hará» (1 Tes. 5:24).

    En Suiza observé en una ocasión cómo cruzaban un glaciar dos niñas.  El sendero no estaba marcado; había grandes grietas en el hielo; no estaban ellas debidamente calzadas con botas claveteadas.  Pero caminaban seguras y sin miedo, porque estaban unidas con cuerdas a uno que sabía cómo evitar los peligros y vencer las dificultades de aquel sendero helado, y contaban con la fidelidad de su guía.

    El viaje de nuestra peregrinación está erizado de peligros y dificultades; pero no necesitamos temer porque nosotros también estamos enlazados a un Guía, que ha sido especialmente designado por nuestro Padre para dirigirnos con toda seguridad por todo el camino.