«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Palabra Una Espada

Por Charles H. Spurgeon (1834 – 1892)

    «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb. 4:12).

    Se dice que la Palabra de Dios es «viva.»  La Palabra de Dios vive.  Este es un Libro que vive.  Este es un misterio que sólo los hombres vivos, revividos por el Espíritu de Dios, comprenden plenamente.  Ningún otro escrito contiene una vida celestial que obre milagros, e incluso imparta vida a su lector.  Es una simiente viva e incorruptible.  Conmueve, se agita, vive, tiene comunión con hombres que viven como una Palabra que vive.

    ¿Acaso no has sabido nunca lo que eso significa?  Bien, el Libro ha luchado conmigo; el Libro me ha azotado; el Libro me ha consolado; el Libro me ha sonreído; el Libro me ha fruncido el ceño; el Libro me ha tomado de la mano; el Libro ha calentado mi corazón.  El Libro llora conmigo y canta conmigo; me susurra y me predica; traza mi camino y afirma mis salidas; fue para mí el «Mejor Compañero del Joven,» y todavía es mi Capellán Nocturno y Matutino.  Es un Libro vivo – vivo por todos lados – desde su primer capítulo hasta su última palabra está lleno de una vitalidad que lo lleva a tener preeminencia sobre todos los demás escritos para cada hijo de Dios.

    La Palabra de Dios es siempre fresca, y nueva, y llena de eficacia.  «…La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre…» (1 Pe. 1:24-25).  Su vitalidad es tal que puede impartirla a sus lectores.  Si ustedes mismos están muertos cuando comienzan a leer la Palabra de Dios, no importa – pues serán revividos conforme la escudriñen.  No necesitan llevar vida a la Escritura; ustedes obtendrán vida de la Escritura.  A menudo un solo versículo nos ha hecho ponernos en movimiento, como cuando Lázaro salió fuera al llamado del Señor Jesús.  Cuando nuestra alma desfallece, y está a punto de morir, una sola palabra, aplicada al corazón por el Espíritu de Dios, nos reanima.

    Es una Palabra que vive y que da vida.  Me alegra mucho esto, porque a veces me siento completamente muerto.  Pero la Palabra de Dios no está muerta.  Y al fin de cuentas somos como el muerto que, cuando fue arrojado en el sepulcro del profeta, se levantó sobre sus pies cuando llegó a tocar sus huesos (2 Re. 13:21).  Incluso estos huesos de los profetas, estas palabras suyas habladas o escritas hace miles de años, impartirán vida a quienes entran en contacto con ellas.  La Palabra de Dios es así sobremanera de vida.

    La Palabra de Dios vive y permanece para siempre, y en cada terreno y bajo toda circunstancia está preparada a demostrar su propia vida, por la energía con la que crece y produce fruto para la gloria de Dios.  Mientras Dios viva, Su Palabra vivirá.  Alabemos a Dios por ello.  Tenemos un Evangelio inmortal, indestructible, que vivirá y resplandecerá cuando la lámpara del sol haya consumido su escasa provisión de aceite.

La Palabra de Dios es eficaz

    Nuestro texto dice que la Palabra es «eficaz.»  La Santa Escritura está llena de poder y energía.  ¡Oh, la majestad de la Palabra de Dios!  Para mí la Biblia no es Dios, pero es la voz de Dios – y no oigo sin temor.

    ¡Qué honor tener el llamado de estudiar, predicar y publicar esta sagrada Palabra!  Puedes estudiar tu sermón, hermano mío, y puedes ser un gran orador, y ser capaz de predicarlo con fuerza y con una fluidez maravillosa; pero el único poder que es eficaz para el más elevado propósito de la predicación, es el poder que no radica en tu palabra, ni en mi palabra, sino en la Palabra de Dios, la que salva a las almas.  La Palabra de Dios es eficaz para todos los propósitos sagrados.  ¡Cuán eficaz es para convencer a los hombres de pecado!

    ¡Cuán activa y energética es, cuando el alma es convicta de pecado, para producir en ella la libertad evangélica!  Hemos visto a los hombres encerrados, por decirlo así, en el propio calabozo del diablo, y hemos tratado de liberarlos.  Hemos sacudido las barras de hierro, pero no pudimos arrancarlas para poder liberar a los cautivos.  Pero la Palabra de Dios es grande para romper cerrojos y barras.  No sólo derriba los baluartes de la duda, sino que le corta la cabeza al Gigante Desesperación.  Ninguna celda ni sótano del Castillo de la Duda puede retener en servidumbre a un alma cuando la Palabra de Dios, que es la llave maestra, es puesta a su debido uso, y utilizada para correr los cerrojos del desaliento.

    Es viva y energética para el aliento y la liberación.  ¡Oh, amados, qué poder tan maravilloso tiene el Evangelio para brindarnos consuelo!  Nos llevó a Cristo al principio, y todavía nos conduce a mirar a Cristo hasta que crezcamos a semejanza de Él.  La Palabra de Dios, el Evangelio de Cristo, es sobremanera eficaz en promover la santificación, y en traer esa consagración de todo corazón que es tanto nuestro deber como nuestro privilegio.  ¡Que el Señor haga que Su Palabra demuestre su poder en nosotros, haciéndonos aptos en toda buena obra para que hagamos Su voluntad!  A través del «lavamiento del agua por la palabra,» (Ef. 5:26) – esto es, por el lavamiento de la Palabra – que seamos purificados cada día, y podamos caminar con ropas emblanquecidas delante del Señor, ¡para que en todo adornemos la doctrina de Dios nuestro Salvador!

    La Palabra de Dios, entonces, es viva y eficaz en nuestra propia experiencia personal, y comprobaremos que es así si la usamos, esforzándonos para que bendiga a nuestros semejantes.  Si buscan hacer el bien en este triste mundo, y necesitan un arma poderosa con la que puedan trabajar, adhiéranse tenazmente al Evangelio, el Evangelio vivo, el viejo, viejo Evangelio.  Hay un poder suficiente en Él para enfrentar el pecado y la muerte de la naturaleza humana.  Todos los pensamientos de los hombres, aunque se usen con la mayor sinceridad posible, serán como hacerle cosquillas a Leviatán con una pajita.  Nada podrá atravesar las escamas de este monstruo sino la Palabra de Dios.  Esta es un arma hecha con material más duro que el acero, y traspasará cotas de malla.

    En el Evangelio, cuando es predicado con el Espíritu Santo enviado desde el cielo, hay la misma omnipotencia que hubo en la Palabra de Dios cuando, en el principio, habló a las prístinas tinieblas diciendo: «Sea la luz,» y fue la luz.  ¡Oh, cómo debemos valorar y amar la revelación de Dios; no solamente porque está llena de vida, sino porque esa vida es sumamente energética y eficaz, y opera muy poderosamente en las vidas y en los corazones de los hombres!

Una espada que penetra y se parte

    La Palabra de Dios traza líneas muy rectas, y separadas entre lo natural y lo espiritual, lo carnal y lo divino.  La Palabra de Dios penetra hasta la médula de nuestra humanidad; pone al desnudo los pensamientos secretos del alma.  «Discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.»  ¿No se han preguntado a menudo, al oír la Palabra, cómo pudo el predicador quitar el velo de lo que ustedes habían ocultado?  Sí, esa es una de las marcas de la Palabra de Dios – que pone al desnudo los más íntimos secretos del hombre.  Le descubre aquello que ni él mismo había percibido.  El Cristo que está en la Palabra lo ve todo.  Lean el siguiente versículo: «…Todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta» (v. 13).

    La Palabra no sólo les permite ver cuáles son sus pensamientos, sino que también critica sus pensamientos.  La Palabra de Dios dice de este pensamiento «es vano,» y de aquel pensamiento, «es aceptable.»  De este pensamiento «es egoísta,» y de ese pensamiento, «es como de Cristo.»  Es un juez de los pensamientos de los hombres.

Lecciones prácticas

    Permítanme hablarles acerca de las lecciones prácticas que nos sugieren estas cualidades.  La primera es esta – hermanos y hermanas, reverenciemos grandemente la Palabra de Dios.  Si es todo esto, leámosla, estudiémosla, valorémosla, y hagámosla nuestro brazo derecho.

    A continuación, queridos amigos, siempre que nos sintamos muertos, y especialmente en la oración, acerquémonos a la Palabra de Dios, pues la Palabra de Dios está viva.  Cuando no tienen nada que decirle a su Dios, dejen que Él les diga algo.  La mejor devoción privada está compuesta por dos mitades:  la primera escudriñando la Escritura en la que Dios nos habla, y la otra orando y alabando, en la que nosotros Le hablamos a Dios.

    Además, siempre que nos sintamos débiles en nuestros deberes vayamos a la Palabra de Dios, y al Cristo en la Palabra, para recibir poder; y este será el mejor poder.  El poder de nuestras habilidades naturales, el poder de nuestro conocimiento adquirido, el poder de nuestra experiencia acumulada – todo esto puede ser vanidad – pero el poder que radica en la Palabra comprobará ser eficaz.  Levántate de la cisterna de tu fortaleza menguada a la fuente de la omnipotencia.  Pues quienes beben de allí, ellos correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.

    Y, por último, puesto que este Libro tiene el propósito de ser un discernidor o un crítico de los pensamientos e intenciones del corazón, que el Libro nos critique.  Si la Palabra de Dios los aprueba, están aprobados; si la Palabra de Dios los desaprueba, están desaprobados.  ¿Te han alabado tus amigos?  Al hacerlo, podrían ser tus enemigos.  ¿Te han ultrajado otros observadores?  Pueden estar en lo cierto o no:  que el Libro lo decida.

    Aférrense a la Palabra viva, y que el Evangelio de sus padres, el Evangelio de los mártires, el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo sea su Evangelio, y ninguna otra cosa sino eso los salvará y los hará instrumentos para salvar a otros para la alabanza de Dios.

    – Condensado de un sermón.