«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Samuel Morris – La Marcha De La Fe (Parte 2)

Por Lindley J. Baldwin

    Cuando Samuel Morris supo del misionero en Liberia que Stephen Merritt en New York posiblemente podría contarle más acerca del Espíritu Santo, sin mayor ceremonia, comenzó su camino dirigiéndose directamente a la costa del océano.  No se preocupó más por obtener los cien dólares para su pasaje; el Espíritu Santo era más importante que el dinero; su Padre ya iba a proveer para el camino.  Cuando llegó, vio un buque de vela anclado cerca de la costa y su corazón se llenó de gozo.  Su Padre había respondido a sus oraciones.

    Desde el buque se echó un bote al mar, llevando a varios tripulantes y al propio capitán del barco.  Cuando el capitán desembarcó para vigilar el cargamento, se vio enfrentado con un muchacho negro, poco atractivo, que le dijo: «Mi Padre me ha dicho que usted me llevará a Nueva York a ver a Esteban Merritt.»

    «¿Y quién es y dónde está tu padre?» le preguntó el capitán.

    «Mi Padre está en el cielo,» le contestó el indígena.

    Pero aquél, que era un hombre áspero, blasfemando, le dijo:  «Mi buque no lleva pasajeros. Debes estar loco.»

    Sin embargo, Samuel Morris estuvo de guardia cerca del bote todo el día.  Por la noche, cuando el capitán regresó nuevamente al barco, Sammy le rogó por segunda vez que lo llevara a Nueva York.  El capitán amenazó de sacarlo a puntapiés, y el bote volvió al buque sin él.  Pero Samuel siguió creyendo en la promesa de su Padre.  Durmió en la arena, donde el pequeño bote había anclado, y oró la mayor parte de la noche.  Al día siguiente se le rechazó nuevamente, pero su fe era tal que no quiso dejar la costa a pesar de que no había comido por dos días.  El siguiente día era domingo.  El capitán y su tripulación volvieron a la costa.  Al pisar tierra esta vez, el muchacho Kru corrió hacia ellos diciendo: «Mi Padre me ha dicho anoche que esta vez ustedes me llevarán.»

    El capitán lo miró asombrado.  Dos tripulantes le habían abandonado la noche anterior, de manera que le faltaba gente.  Reconoció que Sammy era Kru y supuso que era un marino con experiencia, como lo eran tantos de sus paisanos.

    «¿Cuánto quieres ganar?» le preguntó.

    «Sólo lléveme hasta Nueva York a ver a Esteban Merritt,» respondió Sammy.  El capitán se volvió a la tripulación del bote y les dijo que llevaran al muchacho hasta el buque.

    Samuel Morris estaba gozoso.  Sus oraciones habían sido contestadas.  Ya estaba a bordo del buque que le llevaría a América.

Viaje a América

    Al subir a bordo, Sammy se encontró con un muchacho tirado sobre cubierta.  Era el camarero del capitán.  Se hallaba tan malherido que ni siquiera podía incorporarse.  Sammy se arrodilló junto a él y oró.  El muchacho se levantó de inmediato, totalmente restablecido.  ¡Dios había intervenido!

    La vida a bordo era una continua rutina de crueldad.  Casi cada palabra era acompañada por una blasfemia, un puntapié o un bofetón.  El capitán era un comerciante y dueño riguroso.  Tenía mucho trato con mercaderes árabes y su relación con ellos le había endurecido hasta hacerlo despiadado.  Todos vivían aterrorizados por él porque comprendían que la vida y la muerte estaban en sus manos.

    En su tercera noche mar adentro, lo amarraron a uno de los mástiles del buque, donde debía ayudar a ajustar o recoger las velas.  Esa noche una tormenta tropical se levantó repentinamente y sorprendió al buque con todo el velamen extendido.  La carga era liviana.  No había tiempo para recoger las velas.  Tenían que capear el temporal.  Sammy oró: «Padre, no tengo temor porque sé que Tú cuidas de mí.  Pero no me gusta estar en este mástil.  Por favor, ¿no quieres hacer algo de manera que yo no necesite estar aquí?»

    Tuvo la seguridad de que su oración iba a ser contestada, pero su fe fue puesta a prueba con severidad.

    El mástil al cual le habían atado, con frecuencia éste bajó el agua azotado por las olas.  Sammy tragó tanto agua que se descompuso seriamente.  Cuando por fin lo desataron y lo bajaron, cayó hecho un ovillo.  El capitán se le acercó y le dio un puntapié.  La cubierta aún estaba bajo el agua y el buque se balanceaba e inclinaba pesadamente.  Enfermo como se hallaba, Sammy se arrodilló y con manos levantadas, oró: «Padre, Tú sabes que he prometido a este hombre trabajar todos los días hasta llegar a América.  Yo no puedo trabajar si estoy así enfermo.  Por favor, quita esta enfermedad.»  Luego se levantó y recomenzó sus tareas.  Nunca más estuvo enfermo en el barco.

    Al día siguiente, cuando estaba por ocupar su puesto en el mástil, el camarero se le acercó y le dijo: «Sammy, yo escuché tu oración durante la tormenta.  A mí no me gusta el trabajo bajo cubierta y tú no estás muy entrenado en los aparejos. Cambiemos de puesto.»  Sammy aceptó la oferta y otra oración fue contestada.

    Luego se dirigió a cumplir su nueva tarea. Cuando llegó, el capitán estaba completamente ebrio.  Al ver a Sammy, se precipitó sobre él enfurecido y comenzó a golpearlo con los puños hasta dejarlo inconsciente en el suelo.  Al recobrar el conocimiento, el capitán ya estaba algo más sobrio.  Sammy se levantó y siguió con sus tareas, con tanto ánimo, como si nada hubiera pasado.  Le preguntó al capitán si conocía a Jesús.  Vagos recuerdos de su madre y de su niñez se agitaron en la mente embrutecida del marino.  Sammy se arrodilló y oró con tanta sinceridad y fervor por el capitán, que éste inclinó la cabeza, conmovido.  Fue el comienzo de un período de convicción.

Venciendo a un marinero cruel

    Ya al caer la tarde, comenzó una pelea en la cubierta.  Era una disputa sin sentido, debida a prejuicios raciales.  Un malayo muy corpulento se sintió insultado, tomó un machete y corrió enceguecido hacia un grupo, con ansias de matar.  De pronto, Sammy se interpuso en su camino y comenzó a decirle, en su modo calmo: «No mates, no mates.»

    Mientras Sammy avanzaba, él levantó su arma y con ojos centelleantes miró al muchacho como si fuera a despedazarlo.  Aquí tenía la oportunidad para cumplir con su amenaza.  Sammy, a su vez, le miró a los ojos sin hacer movimiento alguno para defenderse.  El malayo se detuvo; lentamente bajó su arma y volvió a su litera.  Este rufián sin Dios, se vio enfrentado cara a cara con un poder superior al hombre.

    En ese momento el capitán, que había escuchado el alboroto, subió a la cubierta con una pistola en cada mano, listo para matar a los agitadores.  Al ver que la tripulación de pronto dejó de pelear, porque Sammy había intervenido, no pudo sino reconocer que este muchacho africano poseía un poder misterioso, más fuerte que las pasiones animales de los hombres más brutos.

    Bajó luego al camarote con Sammy, el cual se arrodilló y oró por toda la tripulación.  Por primera vez el capitán se unió a la oración; una oración de agradecimiento al Señor por haber enviado tal embajador de paz entre ellos.  En aquel momento se arrepintió de sus pecados y encontró una nueva vida.  Fue el primero de muchos convertidos a Cristo, por intermedio de Sammy, a bordo del buque.

    Lentamente Sammy ganó por completo el corazón del capitán.  Éste, al principio, se sintió molesto por sus frecuentes oraciones; pero luego permanecía de pie con la gorra en la mano mientras oraban.  Bajo esta nueva influencia, no pagó más a su gente con ron.  Las grandes peleas entre la tripulación dejaron de existir.  Ahora el capitán los llamaba al puente de popa para orar.  En estas ocasiones, la voz clara y fuerte de Sammy y las canciones que él había aprendido de memoria en Liberia, fueron un factor importante en ganar la buena voluntad de aquellos hombres.  En sus momentos libres, pasaban horas escuchándole entonar esos himnos cristianos que llegan al alma y que nunca pierden su poder y encanto.  Al cantar Sammy, voz tras voz se le unía en la melodía del coro, hasta que todos experimentaron la pasión tierna de la constante búsqueda del hombre hacia Dios, y el sentido de la maravilla de Su respuesta de gracia.

    El asesino malayo que había amenazado a Samuel Morris, se enfermó gravemente.  Decayó tanto que se perdió toda esperanza de que sobreviviera.  Sammy no conocía su idioma y nada tenía en común con él.  Sin embargo, cuando supo de su estado, fue a su litera y oró por él.  El malayo recibió inmediata sanidad.  Este salvaje corpulento, había vivido sin Dios, solamente para los deseos de la carne.  Siempre odió a los de raza negra y nunca perdió la oportunidad de demostrarlo.  Pero luego, toda su actitud cambió; gustoso hubiera dado la vida por Sammy, aún cuando él pertenecía a esa raza.

    La tripulación, habiendo sido reclutada de todas partes del mundo, no tenía afinidades ni ideales en común.  Cada boca se expresaba en un lenguaje distinto.  Cada corazón recordaba un hogar diferente.  Sin embargo, pronto todos comenzaron a orar y cantar con Samuel Morris.  Diferencias de raza, país, idioma y credo, quedaron olvidadas.  El Dios de Sammy llegó a ser su Dios.  La Luz que lo había llevado hasta ellos, irradiaba a través de su vida, tan refulgentemente, que todos podían verla; y habiéndola visto, encontraron una nueva unión de hermanos.

Nueva York se rinde a Sammy

    Sammy había pasado cinco meses a bordo cuando por fin el barco arribó a Nueva York.  Como había llegado en chaqueta, overol y sin zapatos, la tripulación hizo una colecta de ropa y le proveyeron un traje, boina y zapatos.  De esta manera estaba en condiciones de desembarcar vestido decentemente.

    Nuevamente era viernes, el Día de Liberación de Sammy, cuando el buque fue remolcado a su dique al pie de la Calle Pike sobre el Río Este.  Al bajar la planchada, Samuel Morris fue el primero en descender.  Un vagabundo pasaba por allí justamente al llegar él al dique.  Sammy saludó al extraño con la pregunta: «¿Dónde puedo encontrar a Esteban Merritt?»

    Casualmente este transeúnte había recibido hospitalidad en la misión de Esteban Merritt y respondió en seguida: «Yo lo conozco, vive en la Avenida 8, del otro lado de la ciudad.  Te llevaré hasta allí por un dólar.»

    El buque había anclado a más de cuatro kilómetros de Bethel; en un distrito donde el Reverendo Esteban Merritt era desconocido.  Sin la guía del Espíritu Santo y la fe de Sammy en su misión, le hubiera sido difícil encontrarlo.

    Sammy no poseía ni un solo centavo, pero aceptó la oferta del vagabundo con la plena con­fianza de que ese dólar, de alguna manera, sería encontrado.  El vagabundo guió a Sammy a través de muchas calles y entre multitudes de gente apurada.  Estaba oscureciendo cuando llegaron hasta el lugar indicado.  El señor Merritt ya había cerrado su oficina y estaba poniendo llave a la puerta cuando se le acercaron.  El guía dijo: «Allí tienes a Esteban Merritt.»

    Sammy se adelantó corriendo y exclamó: «Yo soy Samuel Morris.  Recién llego de África para hablar con usted del Espíritu Santo.»

    Merritt estaba sorprendido y le causó gracia a la vez con este extraño saludo. Le preguntó a Sammy si tenía alguna carta de presentación.  «No, no tuve tiempo para esperarla,» respondió Sammy.

    En forma amable Esteban Merritt dijo a Sammy que tenía una cita a esa hora, que no disponía ni de un minuto para conversar con él, pero si quería pasar a la misión y esperarle, él arreglaría su alojamiento para esa noche.

    Sammy comenzó a caminar en dirección a la misión cuando el vagabundo que le había guiado gritó: «¿Dónde está mi dólar?»  Sammy, que en ningún momento dudó de la providencia de su Padre Celestial, simplemente movió la mano en dirección a Esteban Merritt diciendo: «Él paga todas mis cuentas ahora.»  Merritt sonriendo entregó el dólar al vagabundo y entró en su carruaje.

    Esteban Merritt cumplió con la cita y luego se fue a su casa.  Al bajar del carruaje, de pronto recordó al joven africano y ordenó a su cochero que lo llevara de nuevo a Bethel.  Encontró a Samuel Morris rodeado por diecisiete hombres postrados sobre sus rostros.  Les había hablado, precisamente, de Jesús y ellos estaban regocijándose en el perdón.

    ¡Su primera noche en América y este africano rústico, que apenas podía hablar algunas palabras en inglés, llevó a casi veinte almas a Cristo!  Cuando el grupo se separó, Esteban Merritt que estaba profundamente conmovido por este cuadro extraordinario, llevó a Sammy a su casa.

    (para ser continuado)