«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

¿Por Qué Dedicarse A La Oración?

Por Rich Carmicheal

    Por todas partes de la Biblia descubrimos ejemplos de una gran devoción a la oración.  Por ejemplo, Jesús se levantó temprano y a veces se mantuvo despierto durante toda la noche para dedicarse a la oración (Mc. 1:35, Lc. 6:12).  Daniel tuvo la costumbre de arrodillarse a orar tres veces al día (Dn. 6:10).  David presentó sus peticiones a Dios «cada mañana» (Sal. 5:3).  Los primeros creyentes se juntaron constantemente en oración (Hch. 1:14) y «se dedicaron en oración» (2:42) y oraban «fervientemente» (12:5).  El apóstol Pablo oraba «noche y día» y «ardientemente» (1 Tes. 3:10).

    De tal manera nos debemos dedicar a la oración.  Como escribe Pablo, «Dedíquense a la oración; perseveren en ella con agradecimiento» (Col. 4:2).  Nos instruye a «orar en el Espíritu en todo momento, con peticiones y ruegos» (Ef. 6:18) y «siempre orar sin desanimarse» (Lc. 18:1).

    Pero ¿por qué?  ¿Por qué debemos dedicarnos a la oración?  ¿Por qué nosotros debemos orar continuamente y fervientemente y sinceramente y persistentemente?

    Pues, no porque estos atributos de la oración son la meta.  Consideren, por ejemplo, los profetas que se confrontaron con Elías en el monte Carmel.  Ellos fueron muy sinceros y muy persistentes cuando llamaban a su dios.  Bailaron, gritaron y profesaron frenéticamente.  Sin embargo, «no había respuesta, nadie contestó, nadie hizo caso» (vea 1 Reyes 18:26-29).  Su dedicación fue en vano porque estaba dirigido a un dios falso.  Hoy día, hay millones de personas que están envueltos en religiones falsas, orando sinceramente a dioses falsos.  Su devoción, por lo ferviente que sea, está en vano.

    A veces, llega un momento en que las oraciones de la gente de Dios sean en vano.  Esto ocurre cuando la oración se convierta en un acto ritual y los oradores pierdan la visión de buscar una verdadera relación con el Señor le declaró a Su pueblo, «Cuando extendáis vuestras manos, Yo esconderé de vosotros Mis ojos; asimismo cuando multipliques la oración, Yo no oiré» (Is. 1:15).

    Nuestra devoción a la oración, entonces, no es una devoción al fervor, la sinceridad y la persistencia.  Nuestra devoción a la oración es por el amor que vive en nosotros hacia Él a quien dirigimos la oración.  Nuestro Dios no es un dios sin vida que no puede responder a nuestras oraciones.  Al contrario, hablamos con un Dios Viviente, al Creador, a Él que sostiene a todos y a todo.  «Jehová, Dios de Israel, no hay Dios semejante a Ti en el cielo ni en la tierra...» (2 Cr. 6:14).

    Oramos a un Dios que nos está muy cerca cuando le dediquemos la oración (Dt. 4:5-7).  Oramos a un Padre que sabe lo que necesitamos antes de que se Lo pidamos (Mt. 6:8).  Nuestra confianza en la oración entonces no es tanto en nuestra capacidad de orar como es en Su capacidad como nuestro Dios y Padre.

    Y entonces ¿por qué nos dedicamos a la oración?  Porque a través de la oración nos dedicamos a Él.  Buscamos Su corazón, Sus deseos, Sus pensamientos, Sus maneras, Su perspectiva, Su dirección, Su voluntad y Su reino.  Mientras estamos rezando por otras personas, buscamos esas mismas cosas para las vidas de ellos.  Y la promesa que tenemos es que Él nos oirá y responderá a nuestras oraciones.  Él nos escucha y a Él le importan nuestras vidas.  A través de nuestras oraciones, Él sana, salva, libera, restaura, abre ojos, protege, abre puertas, da la paz, proporciona la sabiduría y la dirección y da fuerzas, coraje y valentía.  Sin duda, nosotros, los que pertenecemos a Cristo, tenemos mucha razón para querer dedicarnos con todo corazón a la oración.

    Es mi esperanza que esta edición del Heraldo de Su Venida les inspire a Uds. a dedicar más tiempo a la oración y, más importante, que les inspire a desear con todo corazón una comunión más grande con Dios por medio de la oración.  Que todos nosotros nos humillemos, oremos y busquemos juntos e individualmente el rostro del Señor.