«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Hora De La Mañana Con Dios

Por Andrew Murray (1828 – 1917)

    Cuán amable es Dios por dar la provisión sugerida por la cual una hora temprano al comienzo del día puede ayudarnos a conseguir una bendición para todas las actividades, y darnos la garantía del poder por la victoria sobre cada tentación.  Cuán inefablemente agradable, también, es que en la hora temprana el vínculo que nos une con Dios pueda ser atado tan firmemente que cuando lleguen las horas punta con tanta actividad que acaso no podamos aun pensar en Dios, el alma pueda ser guardada salva y pura.

    ¡Qué mejor motivo para la alabanza y el gozo, que la vigilia matutina pueda renovar y esforzar nuestra rendición a Jesús y a la fe en Él, que la vida de obediencia no sólo se pueda mantener en el vigor fresco, sino que también pueda proseguir de fuerza en fuerza!

El motivo

    Si entramos en la vigilia matutina simplemente como un deber y una parte necesaria de nuestra vida espiritual, en poco tiempo se convertirá en una carga.  O si pensamos principalmente en nuestra propia alegría y seguridad, tal motivo no es suficiente para suplir el poder para hacerla atractiva.  Sólo una cosa basta:  el deseo de entrar en comunión con Dios.

    Fue por esa comunión que fuimos creados a la imagen de Dios, y esperamos pasar la eternidad en Su presencia.  Sólo el deseo de la comunión con Él puede prepararnos para una vida verdadera y bendecida, sea ahora o en el futuro.  Tener más de Dios, conocerle mejor, recibir de Él la comunicación de Su amor, y Su fuerza, experimentar nuestra vida llena de la Suya, son las razones por las cuales nos invita a entrar el aposento alto y cerrar la puerta (Mt. 6:6).

    Es en el aposento, en la vigilia matutina, donde nuestra vida espiritual es probada y también fortalecida.  Ahí está el campo de batalla donde se decide cada día si daremos o no nuestro todo a Dios, si nuestra vida será de una obediencia absoluta.  Si vencemos por completo allí, poniéndonos en las manos de nuestro todopoderoso Señor, la victoria durante el día está segura.  Es allí en el aposento secreto donde se prueba si realmente nos deleitamos en Dios con la intención de amarle con todo el corazón.

    La presencia de Dios es lo más importante en nuestras devociones.  Aprenderemos a anhelar y a deleitarnos en la vigilia matutina cuando el alma aprenda que día tras día hemos de encontrarnos con Dios, rendirnos en Su santa voluntad, saber que se agrada de nosotros, recibir de Él sus órdenes, y tener Sus manos puestas sobre nosotros, bendiciéndonos con las palabras: «Ve con esta tu fuerza» (Jc. 6:14).

Leyendo la Biblia

    Con respecto a la lectura de la Palabra de Dios como una parte de lo que aquí nos ocupa.  Tengo más de una cosa que deseo decir.

    A menos que prestemos atención, la Palabra, cuya meta es la de encaminarnos hacia Dios, en efecto puede interponerse y ocultarle de nosotros.  Quizás la mente se ocupe, se interesa y se deleite en lo que encuentra, y con todo, siendo más el conocimiento de la cabeza que cualquier otra cosa, puede ser no de beneficio.  Si ese conocimiento de la cabeza que cualquier otra cosa, puede ser no de beneficio.  Si ese conocimiento no nos guía a esperar en Dios, a glorificarle a Él, a recibir de Su gracia y Su poder para endulzar y santificar nuestra vida, se convierte en un obstáculo en lugar de ser una ayuda.

    Sólo por la enseñanza del Espíritu Santo podemos descubrir lo que Dios realmente significa mediante Su Palabra, y que esa Palabra llegará plenamente a nuestra vida interior y obrará en nosotros.  Esta segunda lección no se puede repetir demasiado a menudo, o presionar con demasiada urgencia.

    El Padre en los cielos, el que nos dio Su Palabra de los cielos, junto con sus misterios y mensaje divinos, también nos ha dado de Su Espíritu Santo en nosotros para explicarnos y apropiarnos de esa Palabra interiormente.  Y el Padre desea que nosotros le pidamos cada vez que nos enseñe por medio de Su Espíritu.  Él quiere que nos humillemos en un estado de ánimo manso y educable, creyendo que en la profundidad de nuestro corazón, el Espíritu hará vivir y obrar esa Palabra.

    Nos quiere recordar que el Espíritu nos es dado para que seamos guiados por Él, para que andemos en pos de Él, y que nuestra vida completa esté bajo Su mando; porque no puede enseñarnos en la mañana, a menos que sinceramente nos rindamos a Su jefatura.  Pero si hacemos esto, esperando en Él con paciencia, no para recibir nuevos pensamientos sino para recibir en nuestro corazón el poder de la Palabra, podemos contar con Su enseñanza.

    Haga de su aposento el salón de clase, de la vigilia matutina la hora de estudio, donde su relación de completa dependencia de, y sumisión a, la enseñanza del Espíritu Santo sea probada para Dios.

    Siempre estudie la Palabra de Dios con un espíritu de rendición sin reserva para obedecer.  Usted sabe cuántas veces Cristo y Sus apóstoles hablan del oír y no hacer.  Si se acostumbra a estudiar la Biblia sin un propósito sincero y bien definido de obedecerla, usted se estará endureciendo en la desobediencia.

    Nunca lea la voluntad de Dios tocante a usted sin rendirse de todo corazón a hacerla de inmediato, y sin pedir la gracia para hacerlo.  Dios nos ha dado Su Palabra para decirnos lo que Él quiere que hagamos, y nos ha provisto la gracia para hacerla.  ¡Es lamentable pensar que es algo piadoso leer simplemente esa Palabra, sin ningún esfuerzo por obedecerla!  Adquiramos la costumbre de decir a Dios: «Señor, cada vez que sé que algo es Tu voluntad para mí, lo haré pronto.»  Y siempre leamos con un corazón rendido a la obediencia espontánea.

    Lea la Palabra de Dios con un profundo deseo de saber toda Su voluntad.  Si encuentra cosas que parecen ser muy difíciles, mandatos que parecen estar fuera del alcance, o para los cuales se necesita dirección divina para explicarle cómo llevarlos a cabo, permítales que le conduzcan a buscar una enseñanza divina.

    No es el texto más fácil y alentador el que trae la mayor bendición, sino el que, sea fácil o difícil, le haga depender de Dios más que nunca.  La voluntad de Dios es que «seáis llenos del conocimiento de Su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual» (Col. 1:9); y es en el aposento donde esta obra ha de cumplirse.  Recuerde, es sólo cuando usted sabe que Dios le está diciendo que haga algo cuando tiene la seguridad de que Él le da la fuerza para realizarlo.  Es sólo cuando estamos dispuestos a conocer toda la voluntad de Dios, que de vez en cuando Él nos revelará más de esa voluntad, y nos dará la habilidad para hacerla.

    ¡Qué poder ser la vigilia matutina en la vida del que resuelva determinadamente encontrar a Dios allí; a renovar la entrega a la obediencia absoluta, esperando humildemente, con paciencia, en el Espíritu Santo para que le enseñe toda la voluntad de Dios; y a tener la seguridad de que cada promesa recibida de la Palabra infaliblemente será hecha realidad!

La oración

    Primero, a través de la oración procure asegurar la presencia de Dios.  No se contente con nada menos que ver el rostro de Dios, con la seguridad de que Él le está mirando en amor, y escuchando y obrando en usted.

    Si tu vida diaria ha de estar llena de Dios, cuánto más la vigilia matutina, el único lugar donde la vida del día puede recibir la aprobación de Dios.  En nuestra vida espiritual, no deseamos nada tanto como deseamos de Dios – de Su amor, Su voluntad, Su santidad, Su Espíritu viviendo en nosotros, Su poder obrando en nosotros para con los hombres.  Debajo del cielo, no hay otra manera de asegurar esto sino mediante una íntima comunión personal.  La vigilia matutina nos ofrece el mejor tiempo para recibir y practicarlo.

    La superficialidad y la debilidad de nuestra vida y de nuestras obras espirituales, son el resultado de tener poco contacto real con Dios.  Si es verdad que sólo Dios es la fuente de todo amor, de todo lo bueno y de toda la felicidad, y si también es verdad que nuestra felicidad más elevada y verdadera es la de tener lo más posible de Su presencia, de Su compañerismo, de Su voluntad y de Su servicio, entonces sin duda, encontrarle a sola en la vigilia matutina debe ser nuestra prioridad.

    Permita que la renovación de su entrega diaria a la obediencia absoluta ocupe la mayor parte de su sacrificio matutino.  Deje que sea muy concreta cualquier confesión de pecado, como sacar y cortar (Mt. 5:29-30), de todo lo que contrista a Dios (Ef. 4:30).  Y cuando ore pidiendo gracia para caminar en santidad, hágalo con la misma determinación, demandando y recibiendo por la fe la misma gracia y fortaleza de las cuales necesita especialmente.  Deje que su perspectiva del día presente sea una actitud resuelta para que la obediencia a Dios resulte ser su principio predominante.

    Sea consciente de que no existe otro camino posible para entrar en el amor y la bendición de Dios en la oración, que la de entrar en Su voluntad.  En la oración, ríndase absolutamente a la voluntad de Dios: esto vale más que muchas peticiones.  Suplique que Dios le muestre esta gran misericordia: que Él no sólo le permita entrar en Su voluntad y morar allí, sino que también lo haga posible porque Él mismo lo hace cuando le depositamos toda nuestra confianza.  Y eso le asegurará la bendición de saber y de hacer la voluntad de Dios en su vida.  Permita que de veras su oración sea un «sacrificio matutino,» poniéndose a sí mismo como holocausto sobre el altar del Señor.

    La medida de su entrega a la plena obediencia, determinará la medida de su confianza hacia Dios.

    Recuerde que la oración y el compañerismo con Dios no pueden ser unilaterales.  Tenemos que estar tranquilos y esperar para oír lo que Dios dice.  Éste es el oficio del Espíritu Santo, el de ser la Voz de Dios para nosotros.  En las ocultas profundidades del corazón, Él puede darnos la secreta seguridad pero muy cierta, de que Él nos escucha, que le somos agradables, y que el Padre ya comienza a contestar nuestras oraciones.  Lo que necesitamos para oír la Voz y para recibir esa seguridad, es la tranquilidad quieta que espera en Dios, la fe quieta que confía en Dios, el corazón quieto que se dobla en la nada y en la humildad ante Dios, permitiéndole ser el todo en todo.

    Que la mayoría de sus oraciones sean intercesoras, en beneficio de otros.  En la obediencia de nuestro Señor Jesús, como en todo Su compañerismo con el Padre, el elemento esencial fue el de dar todo para los demás.

    La forma más elevada de la oración es la intercesión.  El objeto fundamental para el cual Dios escogió a Abraham, a Israel y a nosotros, fue el de hacernos una bendición para el mundo.  Somos «un real sacerdocio» (1 Pe. 2:9), un pueblo sacerdotal.

    Mientras la oración sea sólo un medio de mejoramiento y de felicidad personales, no podemos conocer su pleno poder.  Deje que la intercesión se convierta en un anhelo real por las almas de los que nos rodean, en una carga real con la responsabilidad de sus pecados y necesidades, en una súplica real por la extensión del reino de Dios, en un verdadero trabajo en oración para que se realicen los propósitos definitivos – permita que una intercesión así sea lo que la vigilia matutina debe ser, y la verá con un nuevo interés y más atractiva.

    Dios ha llamada a Sus hijos para vivir una vida maravillosa, celestial, y completamente sobrenatural.  Que la vigilia matutina de cada día resulte ser como la puerta abierta de los cielos por la cual la luz y el poder entren en su corazón esperanzador, y de la cual usted salga para caminar con Dios todo el día.

    – Condensado de Aprendiendo la obediencia por Andrew Murray.