«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Oración: Un Gozo Profundo

Por Arthur W. Pink (1886 – 1952)

    El mero «decir nuestras oraciones» cada mañana y noche es una tarea pesada, un deber que debe ser cumplido que nos hace dar un suspiro de alivio cuando hemos terminado.  Pero el presentarnos realmente ante la presencia de Dios, para contemplar la gloriosa luz de Su faz, para estar en comunión con Él en el propiciatorio, es un anticipo de la bienaventuranza eterna que nos aguarda en el cielo.  Quien es bendecido con esta experiencia dice con el salmista: «El acercarme a Dios es el bien» (Sal. 73:28).  Sí, bien para el corazón, porque le da paz; bien para la fe, porque la fortalece; bien para el alma, porque la bendice.  Es la falta de esta comunión del alma con Dios que se halla a la raíz de la falta de respuesta a nuestras oraciones: «Pon asimismo tu delicia en el Señor, y Él te concederá las peticiones de tu corazón» (Sal. 37:4).

    ¿Qué es lo que, bajo la bendición del Espíritu, produce este gozo en la oración?  Primero, es el deleite del corazón en Dios como el Objeto de la oración, y particularmente el reconocer y comprender que Dios es nuestro Padre.  Así que, cuando los discípulos pidieron al Señor Jesús que les enseñara a orar, dijo: «Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos» (Mt. 6:9).  Y luego: «Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, el cual clama: Abba, o sea, Padre» (Gál. 4:6), que incluye un deleite filial, santo en Dios, como los hijos tienen deleite en sus padres cuando se dirigen con afecto a ellos.  Y de nuevo, en Efesios 2:18, se nos dice para fortalecer la fe y consuelo de nuestros corazones: «Porque por medio de Él [Cristo] los unos y los otros tenemos acceso por un mismo Espíritu al Padre.»  ¡Qué paz, qué seguridad, qué libertad da esto al alma: saber que nos acercamos a nuestro Padre!

    En segundo lugar, el gozo en la oración es incrementado porque el corazón capta el alma y contempla a Dios en el trono de gracia: una vista o perspectiva, no por imaginación de la carne, sino por iluminación espiritual, porque es por fe que «vemos al Invisible» (Heb. 11:27); la fe es «la evidencia de las cosas que no se ven» (Heb. 11:1), hace evidente y presente su objeto propio a los ojos de los que creen.  Esta visión de Dios en Su «trono» tiene que conmover el alma.  Por tanto se nos exhorta: «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Heb. 4:16).

    En tercer lugar, del versículo anterior sacamos también que la libertad y el deleite en la oración son estimulados por ver que, Dios, por medio de Jesucristo, está dispuesto a dispensarnos gracia y misericordia a los pecadores suplicantes.  No tenemos que vencer ninguna resistencia Suya.  Dios está más dispuesto a dar que nosotros a recibir.  Así se le presenta en Isaías 30:18: «Con todo esto, Jehová aguardará para otorgaros Su gracia.»  Sí, Dios aguardará a que Le busquemos; aguardará a que los fieles echen mano de Su disposición para bendecir.  Su oído está siempre atento al clamor del justo.  Por tanto «acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe» (Heb. 10:22); «sean presentadas vuestras peticiones delante de Dios, mediante oración y ruego con acción de gracias y la paz de Dios, que sobrepasa a todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Flp. 4:6-7).

    – Extraído del Las Escrituras Y La Oración por Arthur W. Pink.