«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

¡Cuidado con considerar ligeramente el pecado!

Por Charles H. Spurgeon

    «…El pecado…sobremanera pecaminoso» (Rom. 7:13)

    ¡Cuidado con considerar ligeramente el pecado!  En el momento de la conversión, la conciencia se enternece tanto que nos espantamos aun del más leve pecado.  Los recién convertidos tienen una santa timidez y un piadoso temor de ofender a Dios.  Pero, ¡ay!, muy pronto la hermosa lozanía de estos primeros frutos maduros, desaparece por la ruda manipulación del mundo que los circunda.

    Ésta es la triste verdad: que aun el cristiano puede endurecerse gradualmente y que el pecado que una vez lo espantaba, ahora ni siquiera lo alarme.  Los hombres poco a poco se familiarizan con el pecado.  El oído acostumbrado al estampido del cañón no percibirá los sonidos suaves.  Al principio, un pecado leve nos espanta, pero pronto decimos: ¡Bah, es insignificante!  Luego cometemos otro mayor, y después otro, hasta llegar a considerar el pecado como un mal sin importancia; y entonces sigue esta impía vanidad: «No hemos caído en pecados escandalosos – decimos – cometimos un pequeño desliz, es cierto, pero en lo más importante nos portamos bien.  Habremos, quizás, pronunciado una palabra profana, pero la mayor parte de la conversación fue consecuente con nuestra profesión.»  Así excusamos el pecado, le echamos un manto encima y lo calificamos con delicadeza.  ¡Cuidado, cristiano, con pensar en el pecado de modo liviano!  ¡Procura no caer poco a poco!

    ¿Es el pecado poca cosa?  ¡Fue él que ciñó las sienes del Redentor con espinas y traspasó Su corazón: el que le hizo sufrir angustias, y amarguras!  Si pudieras pesar el más leve pecado en la balanza de la eternidad, huirías de él como de una serpiente y aborrecerías aun la apariencia del mal.  Considera al pecado como lo que crucificó al Salvador: verás que es «sobremanera pecaminoso.»