«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El poder del Espíritu Santo en el creyente

Por R. A. Torrey (1856 – 1928)

    «De Dios es el Poder» (Sal. 62:11).  El Espíritu Santo al ser una persona, es el que concede al creyente el poder de Dios.  Este trabajo del Espíritu Santo, es dar al creyente lo que es de Dios, para que el creyente lo haga suyo.  Lo diverso del poder de Dios llega a ser de los hijos de Dios por el derecho que tienen de haber renacido en Cristo, «todo es vuestro» (1 Cor. 3:21).  Por consiguiente, tanto como el nacimiento en Cristo y todo lo demás que pertenece a los creyentes vienen a ser de ellos, o ser poseídos en una forma actual y experimental por el trabajo del Espíritu Santo que opera en ellos, los creyentes.

    De acuerdo a lo que nosotros entendemos y pedimos obtendremos la plenitud del Espíritu Santo en nuestras vidas, para que así podamos ser usados en el servicio que Dios nos ha encomendado.  Estudiemos la Palabra de Dios y descubramos el poder del Espíritu Santo para el hombre para que pueda hacer el trabajo de Dios:

    El Espíritu Santo tiene poder para revelar al hombre a Jesucristo y Su gloria.  «Por tanto os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo» (1 Cor. 12:3).

    Cuando Jesús habló acerca de la venida del Espíritu Santo dijo: «Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, Él dará testimonio acerca de Mí» (Juan 15:26).  Esto es tan sólo cuando el Espíritu Santo testifica acerca de Cristo que los hombres vienen al verdadero conocimiento de Él.

    Podemos mandar a los hombres a que tengan conocimiento de Cristo, pero esto sólo sucede cuando el Espíritu Santo usa la Palabra e ilumina a los hombres para que puedan tener el real conocimiento de Cristo.  Si tú quieres que los hombres vean la verdad acerca de Jesús, no dependas del poder que tienes en exponer y persuadir, sino entrégate al Espíritu Santo en busca de Su testimonio.

    El Espíritu Santo tiene poder para convencer al mundo de pecado.  «Y cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.  De pecado, por cuanto no creen en Mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no Me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado» (Juan 16:8-11).

    Esto es por el sólo hecho de mostrar a Jesús, Su gloria y Su justicia, que el Espíritu Santo convence de pecado, de justicia y juicio.  Nota la clase de pecado que el Espíritu Santo convence, «De pecado, por cuanto no creen en Mí.»  Tú nunca puedes convencer de pecado a nadie, porque esto es el trabajo del Espíritu Santo.  Tú puedes razonar y razonar, pero fallarás.  Sólo el Espíritu Santo puede hacerlo y cuando lo hace, lo hace rápidamente.

    No obstante, cuando el Espíritu Santo convence, lo hace a través de nosotros.  Leemos en Juan 16:7-8: «...Os lo enviaré ...Y cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.»  Es para nosotros la predicación de la Palabra, pero el convencimiento de pecado está en el Espíritu Santo.  (Vea Hechos 2:4-37.)

    El Espíritu Santo tiene poder para renovar o hacer al hombre nuevo, regenerado. «Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por Su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo» (Tito 3:5).

    La regeneración es debido al trabajo del Espíritu Santo.  Él puede sacar a la persona de su estado pecaminoso, lleno de transgresiones para darle vida.  Él también puede sacar la mente ciega del individuo y hacerle ver la verdad de Dios, terminar con el pecado y poder sentarse con Dios en la eternidad.  Él puede transformar las afecciones corruptas y viles del humano e impartir la naturaleza de Dios para que sus pensamientos sean iguales a los pensamientos de Dios y para que ame lo que Dios ama y odie lo que Dios odia.

    El Espíritu Santo es el que a través de nosotros regenera a otros (1 Cor. 4:15).  Si queremos ver regeneración no está en cuánto predicamos, cuanto convencional es, o cuanto es el estudio de la Palabra si es que el trabajo del Espíritu Santo no está en acción.  Así como dependemos completamente de Cristo para nuestra justificación, así también dependemos completamente del trabajo del Espíritu Santo para la regeneración.

    El Espíritu Santo es el que da perseverancia y satisfacción eternal.  «Mas el que bebiere del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que Yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna» (Juan 4:14, 7:37-39).

    En este pasaje bíblico el agua significa el Espíritu Santo.  El mundo no puede satisfacer, pues cada gozo que este da es como si dijéramos: «Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed.»  Es el Espíritu Santo el que tiene poder para satisfacer cada deseo que el alma tiene.  El tan sólo puede llenar el corazón del ser humano.  Si tú dejas al flujo y a la afluencia del Espíritu Santo en tu corazón, nunca tendrás sed.  Que gozo indecible y que satisfacción indescriptible, el Espíritu Santo ha vaciado Su fuente de agua en muchas almas.  ¿Tienes tú esta fuente de agua?  ¿Está su manantial fluyendo y saltando para vida eterna?

    El Espíritu Santo tiene poder para liberarnos de la ley del pecado y de la muerte.  «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Rom. 8:2).

    Todos nosotros conocemos esta ley de pecado y muerte, porque hemos sido esclavos de esta.  No obstante, algunos de nosotros siguen bajo esta esclavitud, pero esto no tendría que ser así, porque Dios ha provisto un escape.  Este escape es por medio del poder del Espíritu Santo.  Cuando abandonamos la lucha imposible de tratar de superar la ley del pecado y de la muerte, de tratar de hacer lo correcto con nuestras propias fuerzas, en el poder de la carne, y en la más absoluta impotencia nos entregamos al Espíritu Santo para que haga todo para nosotros, cuando vivimos dependiendo de Él y caminamos en Su poder bendito – entonces Él nos libera de la ley del pecado y de la muerte.

    Hoy en día hay muchos cristianos que viven en Romanos 7.  Muchos de ellos mantienen que esto es normal de la vida cristiana y que uno debe vivir esta vida continuamente en derrota.  Esto sería verdad si nosotros hubiéramos sido abandonados a nuestro propio destino pues lo único que somos «carnales, vendidos al pecado.»  No obstante, esto no es así, no somos dejados a la deriva, a nuestra propia «suerte.»  El Espíritu Santo lo hace por nosotros, toma a su cargo nuestras faltas (Rom. 8:2-4).

    En Romanos 8 tenemos el ejemplo de la verdadera vida cristiana, la vida que es posible para nosotros y la que Dios espera de nosotros; la vida donde no sólo encontramos el mandamiento así como lo dice el capítulo 7, y donde el poder del Espíritu Santo trabaja produciendo la obediencia y la victoria.  La carne todavía está en nosotros, pero no nos dejamos llevar por ella.  No satisfacemos a esta sino que «andamos en el Espíritu, y no satisfacemos a los deseos de la carne» (Gál. 5:16).

    Es un privilegio para nosotros el tener el poder del Espíritu para pelear diariamente, hora tras hora y constantemente los ataques de la carne y del pecado.  Esta victoria no puede ser ganada por nosotros mismos, o por las fuerzas que tenemos.  Si dejamos esta batalla a nosotros sin la ayuda del Espíritu de Dios seríamos siempre incapaces y estaríamos abandonados a nuestras fuerzas.  Todo está en el poder del Espíritu.

    ¿Has dejado al Espíritu Santo hacerte libre de la ley del pecado?  ¿Dejarías que Él lo hiciera ahora?  Deja todo esfuerzo humano para ser libre de «la ley del pecado y de la muerte» y para no pecar más.  Cree en el poder divino del Espíritu Santo y entrégate a Él para ser libre pues Él lo puede hacer y así dirás como Pablo: «…la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Rom. 8:2).

    El Espíritu Santo fortalece con poder al hombre interior del creyente.  «Para que os dé, conforme a las riquezas de Su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por Su Espíritu» (Ef. 3:16).   

    El resultado de este fortalecimiento es visto en los versos 17 al 19.  Aquí el poder del Espíritu no sólo se manifiesta dándonos poder sino que también (a) hace que Cristo habite en nuestros corazones para que; (b) nosotros «arraigados y cimentados en amor»; (c) seamos «plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento.»  Para que por último seamos «llenos de toda la plenitud de Dios.»

    El Espíritu Santo tiene poder para guiarnos a una vida santa, una vida «como hijos de Dios,» una vida propia de Dios.  «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Rom. 8:14).

    Cuando nosotros descubrimos que clase de vida es esta, el Espíritu Santo no sólo nos da poder para vivir una vida santa, una vida que agrada a Dios.  Es como si Él nos agarrara de la mano para conducirnos en esta vida.  Por esto, nuestra parte es rendirnos a Él y dejar que nos guie y nos amolde.  Aquellos que hacen esto no sólo son linaje de Dios, como son todos los humanos (Hch. 17:28) sino que son hijos de Dios.  «Éstos son hijos de Dios.»

    El Espíritu Santo y el espíritu del creyente son testigos de que el creyente es un hijo de Dios.  «El Espíritu Mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (Rom. 8:16).

    Pablo dice que es el Espíritu Santo junto con nuestro espíritu los que dan testimonio de que somos hijos de Dios.  ¿Cómo es que el Espíritu Santo da Su testimonio diciendo que somos hijos de Dios?  Gálatas 4:6 responde a esta pregunta: «Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, el cual clama: ¡Abba Padre!»

    El Espíritu Santo da al cristiano el carácter de Cristo.  «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley» (Gál. 5:22-23).

    Todo carácter que es hermoso igual al de Cristo, es trabajo del Espíritu Santo.  Es el «fruto» que sale de Él.  Es Él, el que lo da, no nosotros.

    Esta forma de vida no es propia de nosotros y tampoco se obtiene con el esfuerzo de la carne.  La vida que es natural para nosotros es mencionada en los versículos 19 al 21, pero cuando al Espíritu se le da el completo control del que habita, es cuando nosotros nos damos cuenta del el extremo de la maldad de la carne; entonces, desvalidos y desesperados nos rendimos tratando de asirnos del poder de algo bueno y llegando al final de nosotros mismos, le damos el trabajo al Espíritu Santo el hacer de nosotros lo que tendríamos que ser – entonces esta gracia santa en el carácter son Sus «frutos.»  Esto es «santificación del Espíritu» (1 Pe. 1:2; 2 Tes. 2:13).

    El Espíritu Santo tiene poder para guiar al creyente «a toda la verdad.»  «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por Su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir» (Juan 16:13).

    No es la cantidad de enseñanza humana, o quienes son nuestros maestros lo que nos dará la correcta comprensión de la verdad.  Ni siquiera el estudio diligente de la Palabra.  Tampoco el lenguaje de la versión inglesa, o la de los originales lo que nos darán el real entendimiento de la verdad.  Tenemos que ser enseñados por el Espíritu Santo.

    El Espíritu Santo tiene poder para traer a la memoria las palabras de Cristo.  «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en Mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Juan 14:26).

    Esta promesa fue primeramente hecha a los apóstoles, y es la garantía de la veracidad de sus reportes.  El Espíritu Santo hace el mismo trabajo con cada creyente que espera y busca que Él lo haga.  Él trae a la mente las enseñanzas y las palabras de Cristo en el momento cuando lo necesitamos, en las necesidades de nuestra vida o en la de nuestro servicio.

    El Espíritu Santo (a) nos revela las cosas profundas de Dios, las que están escondidas para el hombre natural e (b) interpreta Su revelación o imparte Su poder para discernir, conocer y apreciar lo que Él ha enseñado.  «Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.  Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?  Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.  Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.  Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» (1 Cor. 2:10-14).

    No es sólo el Espíritu el autor de la Revelación – la Palabra de Dios escrita.  Es el Espíritu el que interpreta lo que ha sido revelado.  Un libro se hace más interesante y sirve de mucha ayuda cuando tenemos al autor para interpretar por nosotros.  Esto es lo que tenemos nosotros siempre cuando estudiamos la Biblia.  El autor – el Espíritu Santo – está en el acto, al momento para interpretar.

    Para entender el Libro tenemos que mirar a Él para que así los pasajes obscuros se hagan claros.  Necesitamos orar como el salmista diciendo, «Abre mis ojos, y miraré las maravillas de Tu ley» (Sal. 119:18).

    No es suficiente tener la revelación en la Palabra, también tenemos que tener la iluminación del Espíritu Santo que nos hace hábiles para comprenderla.  Es un error comprender la revelación espiritual con el entendimiento natural.  Es insensato el intentar hacer esto pues muchos al hacerlo han caído en el campo de la crítica.

    Para entender la Palabra de Dios tenemos que vaciarnos de nosotros mismos, de nuestra sabiduría, descansar y depender del Espíritu de Dios para que sea Él, el que interprete por nosotros (Mt. 11:25).  Cuando ponemos de un lado nuestra propia justicia es entonces cuando adquirimos la justicia de Dios (Flp. 3:4-7, 9; Rom. 10:3).  Cuando dejamos nuestra sabiduría es entonces cuando obtenemos la sabiduría de Dios (1 Cor. 3:18; Mt. 11:25; 1 Cor. 1:25-28).

La perfecta provisión de Dios

    Dos cosas se manifiestan de todo lo que se ha dicho acerca del poder del Espíritu Santo en el creyente.  Primero, como dependemos completamente del Espíritu Santo.  Esto es, en cada momento de la vida cristiana y en el servicio que hacemos para Dios.  Segundo, cuan perfecta es la provisión que Dios ha hecho para la vida diaria y para Su servicio.  Que inmenso privilegio es para el cristiano humilde el trabajo del Espíritu Santo.  No es importante lo que somos por naturaleza sino lo que el Espíritu puede hacer por nosotros si le dejamos obrar.

    – Condensado del Como Obtener La Plenitud Del Poder por R. A. Torrey.