«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El Espíritu Santo nos guía a toda la verdad

Por R. A. Torrey

    «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.  Pero cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por Su propia cuenta, sino que hablará todo Lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.  Él Me glorificará; porque tomará de lo Mío, y os Lo hará saber» (Juan 16:12-14).  Si bien podemos aprender mucho de los hombres, no dependemos de ellos.  Tenemos un Maestro Divino, el Espíritu Santo.

    Nunca conoceremos verdaderamente la verdad hasta que el Espíritu Santo nos enseñe directamente.  Ninguna cantidad de mera enseñanza humana, no importa quiénes puedan ser nuestros maestros, nos dará jamás una aprehensión correcta, exacta y completa de la verdad.  Ni siquiera un estudio diligente de la Palabra en inglés o en los idiomas originales nos dará una comprensión real de la verdad.  Debemos ser enseñados directamente por el Espíritu Santo y podemos ser enseñados, cada uno de nosotros.  El que es enseñado así comprenderá mejor la verdad de Dios que el que sabe griego y hebreo a fondo, y todos los idiomas afines también, pero que no es enseñado por el Espíritu.

    El Espíritu guiará a los que enseña así a toda la verdad.  La esfera entera de la verdad de Dios es para cada uno de nosotros, pero el Espíritu Santo no nos guiará a toda la verdad en un solo día, ni en una semana, ni en un año, sino paso a paso.

El Espíritu Santo revela a Cristo

    «Él Me glorificará; porque tomará de lo Mío, y os Lo hará saber.»  La clase especial de enseñanza del Espíritu Santo con el creyente, como con el incrédulo, es Jesucristo.  Su obra es, sobre todo, revelar a Jesucristo y glorificarlo.  Toda Su enseñanza se centra en Cristo.  Desde un punto de vista u otro, Él siempre nos está llevando a Jesucristo.

    Hay algunos que temen enfatizar la verdad sobre el Espíritu Santo para que Cristo mismo no sea menospreciado y puesto en un segundo plano, pero no hay nadie que engrandezca a Cristo como lo hace el Espíritu Santo.  Nunca entenderemos a Cristo, ni veremos Su gloria hasta que el Espíritu Santo nos lo interprete.  No importa cuánto escuchemos sermones y conferencias, no importa cuán capaces, ninguna cantidad de mero estudio de la Palabra nos permitiría ver las cosas de Cristo; el Espíritu Santo debe mostrarnos y Él está dispuesto a hacerlo y Él puede hacerlo.  Él añora hacerlo.  El deseo más intenso del Espíritu Santo es revelar a Jesucristo a los hombres.

    En el día de Pentecostés cuando Pedro y el resto de la compañía fueron llenos del Espíritu Santo, no hablaron mucho del Espíritu Santo.  Hablaron de Jesús.  Estudie el sermón de Pedro en ese día; Jesucristo fue su único tema, y Jesucristo será nuestro único tema, si somos enseñados por el Espíritu; Jesucristo ocupará todo el horizonte de nuestra visión.  Tendremos un Cristo nuevo, un Cristo glorioso.  Cristo será tan glorioso para nosotros que desearemos ir y contarles a todos acerca de este Glorioso a quien hemos encontrado.  Jesucristo es tan diferente cuando el Espíritu lo glorifica sacando de Sus cosas y mostrándonoslas.

El Espíritu revela las cosas profundas

    «Antes bien, como está escrito: cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.  Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.  Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?  Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.  Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual» (1 Cor. 2:9-13).

    El Espíritu le revela al creyente individual las cosas profundas de Dios, cosas que ojo humano no vio, ni oído oyó, cosas que no han subido al corazón del hombre, las cosas que Dios ha preparado para los que le aman.  Es evidente por el contexto que esto no se refiere únicamente al cielo, o las cosas por venir en la vida más allá.  El Espíritu Santo toma las cosas profundas de Dios que Dios ha preparado para nosotros, incluso en la vida presente, y nos las revela.

El Espíritu interpreta la Palabra

    En el siguiente verso a las que acabamos de citar leemos, «Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» (1 Cor. 2:14).

    El Espíritu Santo no sólo es el Autor de la revelación, la Palabra escrita de Dios: también es el Intérprete de lo que Él ha revelado.  Cualquier libro profundo es infinitamente más interesante y útil cuando tenemos al autor del libro para que nos lo interprete, y siempre es nuestro privilegio tener al Autor de la Biblia cuando la estudiamos.  El Espíritu Santo es el Autor de la Biblia y Él está listo para interpretar su significado a cada creyente cada vez que abre el Libro.

    Para comprender el Libro, debemos mirarlo a Él, entonces los lugares más oscuros se aclaran.  A menudo necesitamos orar con el salmista de antaño, «Abre mis ojos, y miraré las maravillas de Tu ley» (Sal. 119:18).  No es suficiente que tengamos la revelación de Dios delante de nosotros en la Palabra escrita para estudiar; también debemos tener la iluminación interna del Espíritu Santo para permitirnos comprenderlo mientras estudiamos.  Es un error común tratar de comprender una revelación espiritual con el entendimiento natural.

    Los judíos de antaño tenían una revelación por el Espíritu, pero fallaron en depender del Espíritu mismo para que se la interpretara, así que se extraviaron.  Así que los cristianos de hoy tienen una revelación por el Espíritu y muchos están fallando en depender del Espíritu Santo para que se la interprete y así se desvían.  Toda la iglesia evangélica reconoce al menos teóricamente la absoluta insuficiencia de la propia justicia del hombre.  Lo que necesita ser enseñado en la hora presente, y lo que necesita ser hecho sentir, es la completa insuficiencia de la sabiduría del hombre.  Para entender la Palabra de Dios, debemos vaciarnos de nuestra propia sabiduría y descansar en la dependencia del Espíritu de Dios para que nos la interprete.  Debemos tomar en serio las palabras del Jesús, «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños» (Mt. 11:25).

    Debemos ser enseñados diariamente por el Espíritu para entender la Palabra.  No podemos depender hoy del hecho de que el Espíritu nos enseñó ayer.  Cada nueva vez que entramos en contacto con la Palabra, debe ser en el poder del Espíritu para esa ocasión específica.  Que el Espíritu Santo una vez iluminó nuestra mente para captar una cierta verdad no es suficiente.  Debe hacerlo cada vez que nos enfrentamos a ese pasaje.

El Espíritu empodera

    Pablo dice, «Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría.  Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado.  Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Cor. 2:1-5).

    De manera similar, escribió a los creyentes en Tesalónica, «Pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre, como bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros» (1 Tes. 1:5).

    No solo necesitamos que el Espíritu Santo revele la verdad a los apóstoles y profetas escogidos, y que nos interprete la verdad que Él ha revelado, sino que también necesitamos que el Espíritu Santo nos capacite para comunicar eficazmente a otros la verdad que Él ha revelado interpretado para nosotros.  Lo necesitamos en todo y por siempre.

    Una gran causa del verdadero fracaso en el ministerio proviene del intento de enseñar con palabras persuasivas de sabiduría humana (mediante las artes de la lógica humana, la retórica, la persuasión y la elocuencia) lo que el Espíritu Santo nos ha enseñado.  Lo que se necesita es poder del Espíritu Santo, demostración del Espíritu y de poder.

    Hay tres causas de fracaso en la predicación de hoy.  Primero, se enseña algún otro mensaje que el mensaje que el Espíritu Santo ha revelado en la Palabra.  (Los hombres predican ciencia, arte, literatura, filosofía, sociología, historia, economía, experiencia, etc. y no la simple Palabra de Dios como se encuentra en el Libro del Espíritu Santo – la Biblia.)  Segundo, el mensaje de la Biblia enseñado por el Espíritu es estudiado y buscado para ser captado por el entendimiento natural sin la iluminación del Espíritu.  Tercero, el mensaje dado por el Espíritu, la Palabra, la Biblia estudiada y aprehendida bajo la iluminación del Espíritu Santo se da a otros con palabra tentadoras de sabiduría humana, y no como demostración del Espíritu y de poder.  Necesitamos y dependemos absolutamente del Espíritu para todo.  Él debe enseñarnos cómo hablar y también qué hablar.  Lo Suyo debe ser tanto el poder como el mensaje.

    – Condensado.