«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Ten cuidado de no ser engañado

Por Rich Carmicheal

    Esta edición del Heraldo se enfoca en la necesidad de abrazar la verdad y de tener cuidado con el engaño.  Estos son obviamente temas vitales con tremendas ramificaciones.  Por un lado, la verdad nos lleva a la luz (Juan 3:21), nos hace libres (8:32), nos santifica y purifica (17:17), nos lleva a la salvación (Ef. 1:13), da buenos frutos en nuestras vidas (Col. 1:5-6) y nos guarda (Sal. 40:11).

    Por otro lado, el engaño y la supresión de la verdad conducen a la obscuridad espiritual (Rom. 1:18-21), a la esclavitud al pecado (1:28-31), a perder la relación con Dios (Dt. 11:16; Rom. 1:28), cautiverio espiritual a la voluntad del diablo (2 Tim. 2:25-26) y a la muerte espiritual (Rom. 7:11).

    La batalla entre la verdad y el engaño es tan antigua como la humanidad.  Esta se hizo patente en el jardín del Edén, el diablo planeó y engañó con éxito a Eva para que dudara y desobedeciera la verdad de Dios.  Aunque Dios les había advertido claramente a Adán y Eva de no comer del árbol del conocimiento de bien y del mal, «porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Gn. 2:17).  El diablo engañó a Eva para que creyera lo contrario: «No moriréis, sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal» (Gn. 3:4-5; 2 Cor. 11:3).

    La batalla contra la verdad de Dios continúa hasta el día de hoy mientras el diablo, el padre de la mentira y gran engañador (Juan 8:44; Ap. 12:9), continúa oponiéndose a la verdad intentando engañar y descarriar al pueblo de Dios.  El engaño nos llega de todas partes – del diablo y de las fuerzas espirituales, de los falsos maestros y de los falsos profetas; del mundo, del engaño del pecado, del engaño de las riquezas e incluso del engaño de nuestros propios corazones. 

    Y esta batalla se está intensificando en estos últimos días.  El Señor Jesús nos advierte en Mateo 24:11 diciendo, «muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos.»  De la misma manera el apóstol Pablo escribe diciendo que «los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados» (2 Tim. 3:13).  También advierte que «el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios» (1 Tim. 4:1).  El diablo sabe que le queda poco tiempo, por esto el ataque es intenso e inagotable.

    ¿Has notado el cese y el rechazo de la verdad de Dios en nuestros días acompañado por la locura y por el engaño?  ¿Acaso la descripción de Jeremías, de Isaías y de Oseas no engranan en esta condición?  «Esta es la nación que no escuchó la voz de Jehová su Dios, ni admitió corrección; pereció la vedad, y de la boca de ellos fue cortada» (Jr. 7:28); «la justicia se puso lejos, porque la verdad tropezó en la plaza…» (Is. 59:14); «No hay verdad, ni misericordia, ni ­conocimiento de Dios en la tierra» (Os. 4:1).  ¿Qué diremos de la descripción en la epístola a los romanos concerniente a «la impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad» y «cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador» (Rom. 1:18, 25)?

Abraza la verdad

    A la luz de la batalla que enfrentamos Pablo nos exhorta a vestirnos de toda la armadura de Dios «para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo» (Ef. 6:11).  Notemos la primera armadura mencionada la cual es «Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad…» (v. 14).  La verdad es vital, por esto como el salmista renovemos nuestro compromiso con la verdad (Sal. 119:30) vistiendo y abrazando la verdad; obedeciendo y caminando en la verdad.  Miremos al Espíritu Santo, el Espíritu de verdad para que nos guie a la verdad (Juan 16:13).   Dediquémonos de nuevo a la Palabra de Dios – la Palabra de verdad (17:17).  Mantengamos nuestros ojos y corazones puestos en Dios que abunda en verdad (Éx. 34:6) y cuya verdad permanece para siempre (Sal. 117:2) y en nuestro Salvador el Señor Jesucristo quien es «el camino, y la verdad, y la vida» (Juan 14:6, 1:14; Ef. 4:21).  Prestemos atención a Su advertencia para nosotros en estos últimos días «Mirad que no seáis engañados…» (Lc. 21:8).

    «Envía Tu luz y Tu verdad; éstas me guiarán; me conducirán a Tu santo monte, y a Tus moradas» (Sal. 43:3).