«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El Espíritu y la iluminación

Por Samuel Chadwick (1860 – 1932)

    El Señor Jesucristo dijo: «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por Su propia cuenta, sino que hablará todo Lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.  Él Me glorificará; porque tomará de lo Mío, y os Lo hará saber» (Juan 16:13-14).

    La verdad divina no depende de la lógica o del aprendizaje carnal, sino del Espíritu de Dios.  Él nos es dado para revelarnos las cosas profundas.  «Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios» (1 Cor. 2:10).  Hay aspectos de la Gloria Divina, tales como vieron Moisés y los profetas, que son ciertamente gloriosos y maravillosos, pero son en sí profundidades y abismos, como los de los cielos y el mar.  Profundo más allá de lo profundo y profundidades insondables y el Espíritu de Dios las busca y las revela.  Pero Él no busca para descubrir.  En Romanos 8:27 y Apocalipsis 2:23 se dice que Dios y el Señor Jesucristo, «escudriñan».  Mas esa búsqueda por falta de conocimiento.  El Espíritu está siempre activo buscando las profundidades de Dios.  Su omnisciencia siempre está explorando las cosas espirituales profundas.  Romanos 11:33 une ambas ideas, la de profundidad e inescrutabilidad de las cosas de Dios.

    El punto central del tema es que las profundidades de Dios no pueden conocerse por ningún otro medio que no sea la revelación del Espíritu de Dios.  Así como las cosas profundas de un hombre sólo son conocidas por el espíritu del hombre, las cosas profundas de Dios son conocidas únicamente por el Espíritu de Dios.  Nuestra sabiduría humana no puede descubrirlas.  «El pozo es hondo,» y no tenemos nada con que sacar el agua de vida.  Las cosas profundas no se descubren, se reciben.  No son un logro del ser humano, sino un hallazgo de la fe por creer.  No se enseñan, sino que se revelan.  El Espíritu es el Espíritu de Dios, y por medio de Él conocemos las cosas de Dios.

    El Espíritu nos es dado para glorificar a Cristo.  Ningún hombre puede conocer a Cristo sin la revelación del Espíritu.  Las profundidades de Cristo no pueden ser exploradas por la sabiduría humana.  Su vida en Nazaret puede ser reconstruida por novelistas, dramatizada por genios de la literatura e inmortalizada por el arte; pero Cristo no está en ellas.  «…Y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo» (1 Cor. 12:3).  Lo mismo es verdad en cuanto a Su enseñanza.  La gramática no puede descubrir su verdad.  La letra mata, pero el Espíritu vivifica.  Esto también es verdadero con respecto a Su obra.  La Cruz será siempre un enigma para la sabiduría de este mundo.  Pertenece a las profundidades que sólo son conocidas por el Espíritu y por aquellos iluminados e instruidos por Él.

    Las profundidades de Cristo son inescrutables.  El amor de Cristo sobrepasa todo entendimiento.  La gracia de Cristo es inconmensurable.  La gloria de Cristo es insondable.  Hay profundidades que van más allá de lo profundo, y alturas que se elevan más allá de lo elevado.  Para el hombre natural estas cosas carecen de significado.  Nosotros Le conocemos porque tenemos la unción del Santo que nos hace conocer las cosas de Dios.