«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

¡Cuidado con el evangelio falso!

Por Arthur W. Pink (1886 – 1952)

    Satanás está ocupado trabajando en el mismo campo en el cual el Señor sembró la buena semilla.  Está procurando impedir el crecimiento del trigo con otra planta, la cizaña, que tiene un gran parecido en su apariencia con el trigo.  Mediante el proceso de imitación, está intentando a neutralizar la obra de Cristo.  Por lo tanto, así como Jesucristo tiene un Evangelio, Satanás también tiene un evangelio; este último es una astuta falsificación del primero.  Es tan semejante el parecido del evangelio de Satanás, que en su imitación, multitudes de personas no salvas son engañadas.

    A este evangelio de Satanás es al que se refiere el apóstol Pablo cuando les dice a los gálatas, «Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente.  No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el Evangelio de Cristo» (Gál. 1:6-7).

    Este evangelio falso fue anunciado aún en los días de Pablo, y una maldición más horrible fue pronunciada sobre los que lo predicaban.  El apóstol sigue diciendo: «Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gál. 1:8).

    El evangelio de Satanás no es un sistema de principios revolucionarios, ni un programa de anarquía.  No promueve la contienda ni la guerra, pero pretende la paz y la unidad.  No pretende poner a la madre en contra de su hija, ni al padre contra su hijo, sino que promueve el espíritu fraternal, con lo cual la raza humana se interesa en una gran «hermandad.»  No pretende influenciar al hombre natural, sino mejorarlo y elevarlo.  Se avoca hacia la educación y la cultura, y apela a «lo mejor que hay dentro de nosotros.»

    Intenta hacer de este mundo un medio más confortable y simpático, tanto que no se sentirá la ausencia de Cristo, y Dios no será necesario.  Intentará mantener tan ocupado al hombre con este mundo que ya no tendrá tiempo o inclinación a pensar en el mundo por venir.  Propaga los principios de autosacrificio, caridad y benevolencia, y nos enseña a vivir para el bien de los demás, y a ser amable con todos.  Apela fuertemente a la mente carnal y es popular con las masas, porque ignora los hechos solemnes de que, por naturaleza, el hombre es una criatura caída, alejada de la vida de Dios, y muerta en sus delitos y pecados, y que su única esperanza está en nacer de nuevo.

    A diferencia del Evangelio de Cristo, el de Satanás enseña que recibimos la salvación por las obras y, que estamos justificados ante Dios en términos de méritos humanos.  Su frase sacramental es: «Sé bueno y haz el bien»; pero falla al reconocer que en la carne no habita ninguna cosa buena.  Anuncia que la salvación nos llega por medio del carácter, lo cual es opuesto al orden de la Palabra de Dios, en donde el carácter es el fruto de la salvación.

    Miles de ellos, que ocupan nuestros modernos púlpitos, ya no están comprometidos a presentar los fundamentos de la fe cristiana, sino que se han apartado de la Verdad y han prestado oídos a las fábulas.  En lugar de magnificar la enormidad del pecado y establecer sus consecuencias eternas, lo minimizan al declarar que el pecado es mera ignorancia o la ausencia del bien.

    En lugar de advertir a sus oidores para que huyan «de la ira venidera» (Mt. 3:7), hacen de Dios un mentiroso al declarar que Él es tan amoroso y misericordioso como para enviar a alguna de Sus criaturas al tormento eterno.  En lugar de declarar que «sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (Heb. 9:22), nada más sostienen a Cristo como el gran Ejemplo y exhortan a sus oidores a «seguir Sus pasos.»  De ellos se debe decir: «Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios» (Rom. 10:3).

    Aunque su mensaje puede sonar muy plausible y su intención parece muy loable, de ellos leemos lo siguiente: «Porque estos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo.  Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz.  Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras» (2 Cor. 11:13-15).

    Además del hecho de que hoy en día, cientos de iglesias están sin un líder que declare fielmente el consejo de Dios total y presente el camino de salvación, además tenemos que encarar el hecho adicional de que la mayoría de las personas en esas iglesias están muy poco inclinadas a aprender la Verdad por ellas mismas.  El altar familiar, donde se lee generalmente una porción de la Palabra de Dios a diario, ahora es – inclusive en los hogares de cristianos nominales – en gran parte un asunto del pasado.

    La Biblia no se expone en el púlpito y no se lee en la banca.  Las demandas de esta época tan apresurada son tan numerosas, que las multitudes tienen poco tiempo y todavía menos inclinación para prepararse para el encuentro con Dios.  Por consiguiente, la mayoría, demasiado indolente como para buscar por sí misma, es dejada a la misericordia de aquellos a quienes pagan para buscar en su lugar, muchos de los cuales traicionan su confianza al estudiar y exponer los problemas sociales y económicos, en lugar de los oráculos de Dios.

    En Proverbios 14:12 dice que: «Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte.»  Ese «camino» que termina en «muerte» es el engaño del diablo – el evangelio de Satanás – un camino de salvación por medio de la realización humana.  Es un camino que «parece derecho,» es decir, se presenta de forma tan plausible que atrae al hombre natural: se muestra en una manera tan sutil y atractiva que se recomienda a la inteligencia de sus oidores.

    En virtud del hecho de que se apropia de la terminología religiosa, algunas veces apela a la Biblia para apoyarse (siempre y cuando se adapte a su propósito), sostiene ante los hombres elevados ideales, y la proclaman los que se han graduado de nuestros institutos teológicos, multitudes innumerables han sido atraídas y engañadas por ello.

Una perversión de la verdad

    La herejía no es tanto la negación total de la verdad, sino una perversión de la misma.  Esa es la razón por la cual una mentira a medias siempre es más peligrosa que el repudio completo.  Por lo tanto, cuando el padre de mentiras entra al púlpito, no acostumbra a negar completamente las verdades fundamentales del cristianismo; en vez de eso con toda tranquilidad las confiesa, y luego procede a darles una interpretación errónea y una aplicación falsa.

    Por ejemplo, no sería tan tonto como para anunciar con todo descaro su incredulidad en un Dios personal; da por hecho la existencia de Dios y luego da una falsa descripción de Su carácter.  Él anuncia que Dios es el Padre espiritual de todos los hombres, cuando las Escrituras sencillamente nos dicen que somos «hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús» (Gál. 3:26), y que «a todos los que le recibieron, a los que creen en Su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12).

    Además, el padre de mentiras declara que Dios es tan misericordioso como para enviar a algún miembro de la raza humana al infierno, cuando Dios Mismo ha dicho: «Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego» (Ap. 20:15).

    Otra vez, Satanás no sería tan tonto como para ignorar la figura central de la historia humana – el Señor Jesucristo; por el contrario, su evangelio acepta que Él fue el mejor hombre que jamás haya existido.  La atención se desvía hacia Sus actos de compasión y Sus obras de misericordia, la belleza de Su carácter y lo sublime de Sus enseñanzas.

    Se elogia Su vida, pero Su muerte vicaria se ignora, la importantísima obra expiatoria de la Cruz nunca se menciona, mientras que Su triunfante resurrección corporal de la tumba se resume como algo de los cuentos de ensueño de una era supersticiosa.  Es un evangelio sin sangre, y presenta a un Cristo sin cruz, que se recibe, no como Dios magnificado en carne, sino tan sólo como el Hombre ideal.

    Se ha dicho con verdad considerable que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones.  Habrá muchos en el lago de fuego que llevaron una vida con buenas intenciones, resoluciones honestas e ideales elevados – los que fueron justos en sus tratos, equitativos en sus transacciones y caritativos en todos los aspectos; hombres orgullosos de su integridad, pero que buscaron justificarse ante Dios mediante su propia rectitud; hombres que fueron morales, misericordiosos y magnánimos, pero que nunca se vieron a sí mismos culpables, perdidos, pecadores merecedores del infierno que necesitaban de un Salvador.

    Ese es el camino que «parece derecho.»  Ese es el camino que atrae a la mente carnal y que hoy se recomienda a las multitudes de engañados.  El engaño del diablo es que podemos ser salvos mediante nuestras propias obras, y ser justificados mediante nuestras propias acciones; mientras, Dios nos dice en Su Palabra: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe…no por obras, para que nadie se gloríe» (Ef. 2:8-9).  Y de nuevo dice: «Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por Su misericordia…» (Tito 3:5).

    Hay miles que quizás, han asistido a la escuela dominical, han sido enseñados acerca del nacimiento, la vida y las enseñanzas de Jesucristo, que creen en la historicidad de la persona de Jesús, que se esfuerzan a rachas para practicar Sus preceptos, y que piensan que eso es todo lo que necesitan para su salvación.  Con frecuencia, esta clase, cuando alcanza la madurez, se va al mundo y encuentra los ataques de los ateos e infieles quienes les dicen que esa persona llamada Jesús de Nazaret nunca existió.  Pero las impresiones de los primeros días no se pueden borrar con facilidad, y permanecen constantes en su declaración de que ellos «creen en Jesucristo.»

    Pero con todo, cuando se examina su fe, muy frecuentemente, se encuentra que aunque creen muchas cosas acerca de Jesucristo, en realidad no creen en Él.  Creen con la cabeza que esa persona vivió (y porque creen esto, se imaginan que son salvos), pero nunca han abandonado las armas de su guerra en contra de Él, no se han rendido a Él, ni en verdad han creído de corazón en Él.

    La simple aceptación de una doctrina ortodoxa acerca de la persona de Jesucristo, sin que Él haya ganado el corazón y que le haya consagrado la vida, es otra fase del camino «que al hombre le parece derecho,» pero cuyo final serán «los caminos de muerte.» 

¿Dónde te encuentras?

    ¿En verdad has abandonado el camino ancho que conduce a la muerte?  ¿El amor de Cristo ha creado en tu corazón inquina y horror hacia todo lo que le desagrada a Él?  ¿Estás deseoso de que Él «reine» sobre ti (Lc. 19:14)?  ¿Estás confiando totalmente en Su justicia y en su sangre para tener la aceptación de Dios?

    Una forma todavía más engañosa del evangelio de Satanás, es inducir a los predicadores a presentar el sacrificio expiatorio de Cristo, para luego decirles a los oyentes que todo lo que Dios requiere de ellos es que «crean» en Su Hijo.  De este modo, miles de almas impenitentes son engañadas al pensar que han sido salvas.

    Sin embargo, Cristo dijo: «…Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente» (Lc. 13:3).  «Arrepentirse» es odiar el pecado, dolerse por él, volverse de él.  Es el resultado de la obra del Espíritu, haciendo contrito un corazón ante Dios.  Nadie, a excepción de un corazón quebrantado, puede creer para salvación en el Señor Jesucristo.

    El Hijo de Dios no vino aquí para salvar a Su pueblo en sus pecados, sino «de sus pecados» (Mt. 1:21).  Ser salvo de sus pecados, es ser salvo de ignorar y despreciar la autoridad de Dios, es abandonar el curso de la voluntad y la complacencia propias, es dejar nuestro camino (Is. 55:7).  Es rendirse a la autoridad de Dios, entregarse a Su dominio, darnos por entero para ser gobernados por Él.  El que nunca ha llevado sobre sí «el yugo» de Cristo, que no está buscando verdadera y diligentemente agradarle a Él en todos los detalles de la vida, pero con todo supone que está «descansando sobre la obre terminada de Cristo,» está siendo engañado por el diablo.

    En el capítulo siete de Mateo, hay dos versículos que nos dan los resultados aproximados del Evangelio de Cristo y la imitación de Satanás.  Primero, en los versículos 13 y 14: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.»

    Segundo, en los versículos 22 y 23: «Muchos Me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en Tu nombre, y en Tu nombre echamos fuera demonios, y en Tu nombre hicimos muchos milagros?  Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de Mí, hacedores de maldad.»

    Amado lector, es posible trabajar en el nombre de Cristo, e incluso predicar en Su nombre, pero con todo, aunque el mundo nos conozca, y la iglesia nos conozca, ¡podemos ser desconocidos por el Señor!  Cuán necesario es, entonces, hallar dónde estamos realmente; examinarnos y ver si estamos en la fe; medirnos mediante la Palabra de Dios y ver si estamos siendo engañados por nuestro astuto enemigo; saber si estamos edificando nuestra casa sobre la arena, o si está fundada sobre la Roca que es Jesucristo.  Quiera el Espíritu Santo escudriñar nuestros corazones, romper nuestra voluntad, aniquilar nuestra enemistad con Dios, obrar en nosotros un arrepentimiento profundo y sincero, y dirigir nuestra mirada hacia el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.