«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Atesorando la verdad

Por Lois J. Stucky (1928 – 2014)

    Cuando abrimos la Biblia, la santa Palabra de Dios, nosotros abrimos un cofre lleno de las riquezas de la verdad.  En este cofre no se encuentra nada falso o engañoso; todo es puro oro.  Ninguna niña o niño pequeño será engañado; ninguna santa envejecida será engañada.  Cuando estamos bien cementados en la Palabra de Dios, nuestro discernimiento concerniente al error se agudiza, manteniendo salvo a nosotros y a los «corderos» espirituales de quienes quizás somos responsables.

    En Marcos capítulo 7 leemos el ejemplo del Jesús enfatizando la importancia de oír y prestar atención a la Palabra Santa de Dios.  Él severamente reprendió a los líderes religiosos diciéndoles «Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición» (v. 9).  Les dijo claramente que ellos estaban «haciendo nula (invalidando) la palabra de Dios» (v. 13).  Luego dirigiéndose a la multitud dijo enfáticamente: «Oídme todos, y entended» (v. 14) y dio instrucción clara de la Palabra de Dios.  Concluyó con, «Si alguno tiene oídos para oír, oiga» (v. 16).  En otros lugares en los Evangelios nuestro Señor exhorta, «El que tiene oídos para oír, oiga.»

    ¿No será que esto pone responsabilidad en nosotros?  Todos tenemos oídos, pero ¿estamos oyendo y realmente escuchando lo que nos dicen las Escrituras?  Para comprender adecuadamente lo que leemos y aplicarlo a nuestras vidas, necesitamos más que una lectura casual.  «Oídos para oír» involucra nuestras mentes. Y muy importante, somos bendecidos de tener al Espíritu Santo para ayudarnos a entender (1 Cor. 2:9-13).  Sabia es la persona que estudia cuidadosamente la Palabra de Dios y dependiendo del Maestro Divino, el Santo Espíritu, para una comprensión más profunda.

    Así como anhelamos que Dios tenga oídos para escuchar nuestras súplicas y oraciones, nosotros necesitamos oídos para escuchar lo que Él nos está diciendo.  El apóstol Juan escribió: «No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad» (3 Juan 1:4).  Entonces, ¿No será que Dios siente lo mismo por Sus hijos, solo infinitamente más?  ¡Claro que sí!  Dios ha derramado Su corazón hacia la humanidad a través de la Palabra de Vida, el Señor Jesús, y a través de la Palabra impresa, la Biblia preservando milagrosamente Su revelación para nosotros a través de los siglos.  Entonces, deberíamos darle la debida prioridad en nuestras vidas: leyendo, meditando, memorizando, obedeciendo, escuchando atentamente a su predicación y transmitiendo el mensaje a las generaciones venideras.  Todo esto requiere un gran esfuerzo, pero lamentablemente, no todos los cristianos están preparados y dispuestos para esto.

    ¡Qué preciosa oportunidad y responsabilidad tienen los padres!  Si es que la iglesia va a tener su «Timoteo» para llevar adelante el liderazgo en la iglesia, entonces los padres deben tomar en serio la preparación para eso.  Pablo escribió esto a Timoteo, «Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.  Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Tim. 3:14-17).

    En la parábola del sembrador de la semilla, la cual es la Palabra de Dios, Jesús advierte a aquellos que son «tardos para oír» (Mt. 13:15).  Habló de aquellos que no tenían profundidad en el corazón para que la Palabra no echara raíces (v. 20-21); en otros corazones, la semilla fue desplazada por «el afán de este siglo y el engaño de las riquezas» (v. 22).  Pero hay un corazón bueno que entiende y en él la Palabra da fruto.  Podemos dar el primer lugar a tener un buen corazón que tenga oídos que oigan y presten atención; el buen corazón que no es endurecido e insensible; el buen corazón que es justo, humilde y obediente.