«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El poder y la gloria

Por Derek Prince (1915 – 2003)

    A lo largo del Nuevo Testamento, encontramos perfecta armonía y cooperación entre las tres Personas de la Divinidad trina.  Cuando Jesucristo, la segunda Persona de la Divinidad, vino a la tierra, llegó como el representante personal y autorizado de Dios Padre.  Nunca buscó ninguna clase de honor o gloria para Él Mismo.  Sus palabras y obras, Su sabiduría y milagros, invariablemente no se los atribuía a sí mismo sino al Padre, que moraba y obraba en Él.

    De la misma forma, cuando Jesús terminó Su ministerio en la tierra y regresó al Padre en el cielo, envió al Espíritu Santo como Su don personal y representante Suyo en Su iglesia.  El Espíritu Santo, viniendo como representante de la segunda Persona, Dios Hijo, jamás busca Su propia gloria.  Todo Su ministerio en la tierra y en la iglesia está siempre dirigido a enaltecer, engrandecer y glorificar a quien Él representa: a Cristo.

    Jesús Mismo habla de este aspecto del ministerio del Espíritu: «Él Me glorificará; porque tomará de lo Mío, y os Lo hará saber.  Todo lo que tiene el Padre es Mío; por eso dije que tomará de lo Mío, y os lo hará saber» (Juan 16:14-15).

    Aquí vemos la relación entre las tres Personas de la Divinidad revelada muy claramente.  El Padre concede toda Su autoridad, poder y gloria sobre el Hijo.  El Hijo, a Su vez, designa al Espíritu Santo como representante Suyo para revelar e interpretar a la iglesia todo lo que Él ha recibido del Padre.

    El Espíritu Santo es tan Persona como el Padre y el Hijo.  Por eso Cristo, durante la presente dispensación, tiene un representante autorizado único en la iglesia y en la tierra.  Ninguno otro que el Espíritu Santo.

    Esta revelación del ministerio del Espíritu Santo es una forma sencilla de probar cualquier cosa que reclame ser inspirada por el Espíritu.  ¿Glorifica a Cristo?  Si la respuesta no es un claro «Sí», tenemos todo el derecho de dudar que se trate de una genuina manifestación del Espíritu Santo.

    Vemos, pues, una especia de celo divino entre Cristo y el Espíritu Santo.  Por una parte, el Espíritu Santo no admite una corriente o enseñanza que denigre el honor de Cristo como cabeza de la iglesia.  Por la otra parte, Cristo rehúsa conferir Su autoridad a un ministerio o movimiento que no reconozca la posición única del Espíritu Santo como representante Suyo dentro de la iglesia.

    La gloria de Cristo y el ministerio del Espíritu Santo están inseparablemente unidos y ligados.

El Espíritu Santo interpreta la Palabra

    El Espíritu Santo puede convertirse en nuestro guía y maestro en lo relacionado con las Escrituras.  Cristo les promete esto a Sus discípulos en dos pasajes del Evangelio de Juan: «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en Mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que Yo os he dicho» (14:26).

    Durante Su ministerio en la tierra, Jesús enseñó mucho a Sus discípulos, especialmente lo relativo a Su muerte y resurrección, que ellos no fueron capaces de comprender ni de recordar.

    No obstante, Jesús les aseguró que después que el Espíritu Santo viniera a morar en ellos, se volvería Su maestro personal y los capacitaría para recordar y comprender correctamente todo lo que Jesús les había enseñado durante Su ministerio en la tierra.  El Espíritu Santo no se limitaría a interpretar las enseñanzas de Jesús mientras estuviera aquí; también guiaría a los discípulos a una plena comprensión de toda la revelación de Dios al hombre.

    «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por Su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere…» (Juan 16:13).

    El Espíritu Santo es dado a la iglesia para convertirse en el revelador, el intérprete y el maestro en toda dimensión de la revelación divina contenida en las Escrituras.

El Espíritu empodera

    Tan pronto como los 120 creyentes que estaban en el aposento alto fueron bautizados en el Espíritu Santo, toda Jerusalén sintió de inmediato el impacto.  Antes que pasara una o dos horas, se había reunido una muchedumbre de muchos miles, y antes que terminara el día, tres mil incrédulos que habían rechazado a Cristo, se convirtieron, se bautizaron y fueron añadidos a la iglesia.

    ¿Qué produjo estos resultados asombrosos?  El añadir poder a la autoridad.  Antes del día de pentecostés los discípulos ya tenían autoridad.  Después de pentecostés tenían autoridad más poder; tenían el poder que se necesitaba para que su autoridad fuera de veras eficaz.

    La evidencia y resultados de este nuevo poder sobrenatural son notables en los siguientes capítulos del libro de los Hechos: «Y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios» (4:31).  «Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús…» (4:33).

    El sumo sacerdote se les quejó a los apóstoles: «Y ahora habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina» (5:28).

    El mismo impacto que estremeció la ciudad continuó haciéndose sentir a partir de entonces en todos los lugares donde los primeros cristianos presentaban el testimonio del Cristo resucitado en el poder del Espíritu Santo.

    Por ejemplo, leemos con referencia a Samaria: «Así que había gran gozo en aquella ciudad» (8:8).

    Con respecto a la ciudad de Antioquía en Pisidia, dice: «El siguiente día de reposo se juntó casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios» (13:44).

    En la ciudad de Filipos los oponentes al evangelio se quejaron con respecto a Pablo y Silas: «Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad» (16:20).

    En Tesalónica los opositores del evangelio dijeron de Pablo y Silas: «Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá» (17:6).

    Como resultado de la oposición a la predicación de Pablo en Éfeso: «Y la ciudad se llenó de confusión» (19:29).

    Una característica común marcaba por todas partes la llegada de estos primeros testigos cristianos – un poderoso impacto espiritual sobre toda la comunidad.  En algunos lugares había un avivamiento, en otros había tumultos; con frecuencia se presentaban los dos juntos.  Pero había dos cosas que no podían sobrevivir a este impacto: la ignorancia y la indiferencia.

    Hoy, en muchos lugares, la conducta y experiencia de los que profesan ser cristianos son muy diferentes.  Esto se aplica incluso a muchos grupos de cristianos que tienen una experiencia real del nuevo nacimiento.  Se reúnen regularmente en un templo para adorar; llevan vidas decentes y respetables; no causan problemas; no provocan tumultos; no suscitan oposición alguna.  Mas, ¡por desgracia! no hacen impacto.  A todo su alrededor en la comunidad, prevalecen la ignorancia y la indiferencia relativas a las cosas espirituales, sin cambio y sin desafío.

    La gran mayoría de sus vecinos no conocen ni les importa lo que esos cristianos creen o por qué asisten a la iglesia.

    ¿Qué es lo que falta?  La respuesta yace en una palabra: poder.  Dejaron fuera de la vida de estos cristianos la dinamita explosiva del Espíritu Santo.  Y nada puede ocupar su lugar.

    – Usado con permiso.