«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Criada para todos

Por Sabine Ball (1925 – 2009) como se le dijo a Donna F. McClellan

    Muchas veces me preguntan por qué escojo trabajar en tareas domésticas cuando no es una necesidad económica.  La limpieza, la cocina, el cuidar a los ancianos y el consolar a los solitarios, son tareas despreciadas muchas veces por ser trabajos penosos.  Pero no es así ante los ojos del Señor.  La mayoría de las madres pasan la mayor parte de sus vidas haciendo tales actividades, sin embargo muchas creen, al convertirse los niños en hombres y en mujeres, que ellas no tienen ningún talento especial que ofrecer.

    La siguiente historia de mi propia experiencia muestra cómo el Señor puede cambiar estas habilidades en un servicio y hechos emocionantes para Él.  Es mi oración ferviente que Dios use este relato para alentar a otros a buscar Su voluntad, y comenzar a servirle de estas maneras – ¡no como último recurso, sino de preferencia!

    Hubo un tiempo cuando yo creía que la grandeza de una persona dependía de su seguridad financiera, su prominencia y su éxito personal.  Luché por conseguir «la silla más alta,» y aunque llegué a cierto nivel de éxito ante los ojos del mundo, fue una búsqueda sin gozo.

    Después de encontrar a Jesús, Él comenzó a mostrarme otro camino enteramente opuesto al concepto que el hombre tiene de la grandeza.  Cristo dijo que Él «no vino para ser servido, sino para servir» (Mt. 20:28).  «Él que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo.  Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Mt. 23:11-12).  Éstas fueron las palabras del Señor a Sus discípulos, a las multitudes y a mí.

    Existen muchas maneras de servir, y la que Dios escogió para mí, comenzó con el ministerio de «La Extensión del Evangelio.»  Salí hace seis años como la mayor de 22 jóvenes, para establecer la Casa del Pastor en el barrio pobre de Brooklyn, Nueva York.  Las puertas fueron abiertas a los necesitados, y muchos encontraron a Jesucristo como su Señor y Salvador.

    Nadie nos ayudaba con los gastos, así que buscamos empleo en todas partes de la cuidad.  Me hicieron cabeza sobre un grupo de mujeres que Dios llamó para servir como domésticas.  Mi orgullo como joven fue sustituido por el amor de Dios; y Él me enseñó cómo ser diligente y caminar «la segunda milla,» mientras Él me fortaleció físicamente.  Tareas humildes, que una vez fueron trabajos penosos, se hicieron oportunidades gozosas para amparar y ministrar a esa clase de gente rica que muchas veces fueron ignorados en el ministerio espiritual.

    Eso fue sólo el comienzo del plan de Dios para mí, y más recientemente llegué a Miami para visitar a mis dos hijos, pensando quedarme allí durante los meses del invierno.  Dios me había dado una carga tremenda por Su pueblo judío (fui nacida en Alemania y criada bajo el régimen de Hitler), y yo anhelaba llevar el amor de Cristo a ese incendio de odio.

    Después de registrarme a un servicio para amas de casa en South Miami Beach, recibí un llamado de una viuda de 80 años, cuyo solo requisito era que la doméstica hablara el alemán como ella.  ¿Cómo podía yo dudar de esta clara señal del Señor?

    No fue amor a primera vista de su parte, porque en realidad no deseaba tener a una extranjera en su casa, quejándose de que era su hijo el culpable por insistir en que ella necesitaba ayuda.  Pero poco a poco conseguí ganar su confianza y amistad, mientras Jesús me llenó de amor y compasión por esta alma preciosa tan querida para Él.

    Vez tras vez escuché sus historias acerca de su padre que fue médico y consejero para la gente de su pueblo; de su madre que sufría de asma; de sus años en la escuela; de sus amistades y de cómo huyó de su ciudad natal hasta París y más tarde a los Estados Unidos.  Olvidaba cuántas veces repetía cada historia, pero el Señor me enseñó a ser una oyente paciente.

    Una vez al atardecer, le invité a ella, junto con otras dos viudas judías, a una reunión de cristianos llenos del Espíritu Santo, que se congregaban en la Iglesia Luterana de Coral Gables.  El pastor, el Rvdo. Harry Fullilove, enseñaba sobre Romanos 11; y al oírlo hablar acerca del endurecimiento de los corazones del pueblo de Dios, me puse a temblar, temiendo que ellas no quisieran ni volver a casa en mi coche después de la reunión.

    Con gran sorpresa mía, todas amaban al pastor, y fueron inundadas por el amor que todos les mostraban.  Una de ellas dijo, «Por fin lo veo claramente.»

    Y otra preguntó, «¿Comprenden lo que tienen aquí?  ¡Es mejor de lo que jamás esperaba!»

    De allí en adelante, apenas si podían esperar hasta el día, yo también necesitaba un lugar cercano donde pudiera dormir; y puse mi confianza en el Señor para conseguírmelo.  Puse un anuncio en el diario buscando un empleo para cocinar, incluso de un espacio para dormir.

    Cuando me llamaron para una entrevista en una elegante casa donde un mayordomo de cara severa me abrió la puerta, tuve temor porque nunca jamás había trabajado como cocinera con una familia así de clase superior, aunque había cocinado mil comidas para otros.

    La señora de la casa, la señora K., me escudriñó con cuidado, diciéndome que era perfeccionista.  Me condujeron a través de una cocina nítida hasta un cuarto chico y oscuro, donde podía dormir.

    Mis pensamientos se remontaron al tiempo cuando tuve sirvientes y viví entre la alta sociedad de Miami.  Había dejado esa vida por una búsqueda larga, penosa y persistente de la verdad, la cual me llevó tan lejos como a la India, y se terminó cuando encontré a Jesús, Él que es «el camino, y la verdad, y la vida» (Juan 14:6).  Y ahora, aquí estaba yo de nuevo en una casa que me hubiera resultado tan significante.

    La señora K. fue totalmente reservada, sin mostrar ningún interés en mí ni en mi vida, y no me dio entrada en la suya.  Pero me dio listas sin número de mis deberes en detalles insignificantes, sin permitirme nunca pensar por mí misma.  Aun cuando hice más de lo que ella demandaba, parecía que nunca hacía lo suficiente.  Comencé a preguntarle a Dios si yo me había equivocado al entrar en una casa tan muerta espiritualmente.

    La respuesta me llegó por medio de Su Palabra, «Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo; no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios; sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres, sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre» (Ef. 6:5-8).

    Los K. salieron para Europa, y los padres del señor K. se mudaron a la casa para ayudar con los dos niños.  La primera noche me di cuenta de que había llegado con ellos la calidez de ambiente, y la casa se hizo un hogar para todos nosotros.

    Una noche después de fregar el suelo de la cocina, devolví los ceniceros a su lugar en la estancia familiar, y la señora K. me pidió que me sentara.  Sus ojos eran claros y parecían atravesarme con su mirada.  Comenzó a hacerme preguntas, y cuando le dije que era una cristiana renacida, pareció entender el significado.

    «Estoy buscando, Sabine, quiero saber la verdad.  Debo encontrarla,» me confió. Una semilla había sido planteada por una vecina que ya estaba con su Señor.  Esta vecina era también judía y había aceptado a Jesucristo como su Mesías.  Cuando vi el propósito de Dios al guiarme a esta casa, mi corazón se llenó de gozo.  El señor K., padre, no nos quería oír hablar de «religión,» así que cuando él estaba presente, guardábamos silencio.

    Entonces cierto día Dios me trajo a casa más temprano de lo usual, y la señora K. y yo nos encontramos a solas en la estancia familiar.  Me dijo que si tan sólo ella pudiera recibir señales de Su presencia, se regocijaría.

    Más tarde cuando yo estaba en la cocina, ella entró con las manos sobre la cabeza, marchando hacia el botiquín.

    «Me duele fuertemente la cabeza,» me dijo, y oí la voz de Dios diciendo, «Ora por ella.»  Pero otra voz me dijo, «¿Y qué pasará si no tienes éxito?»  Pero obedecí al Señor y le dije que Él quería que yo orara por ella.  Juntas fuimos a mi recámara y nos sentamos en la cama.

    De repente, su expresión entera cambió.  Sus ojos fuertes y penetrantes se hicieron como los de una niña – perplejos, rendidos y sin confianza en sí misma.  Supe que ella esperaba un milagro.  Mientras pedía que Jesús la sanara, me di cuenta de Su presencia llenando el cuarto.  Y cuando por fin abrió los ojos, fue llena de éxtasis.

    «¡Sabine, Él me sanó!  ¡Se fue completamente el dolor!  ¡Este es un milagro!  Me regocijo tanto dentro de mí.  Algo me tocó.»  Y lloramos de alegría, alabando y dando gracias a Dios.

    Luego pidió que Jesús entrara en su corazón, y fue salva.  ¡Qué gozo insuperable cuando uno de Sus hijos vuelve a casa!

    Ahora, Dios me está guiando de nuevo a Alemania, y espero con anticipación intensa para ver los hogares y los corazones a los que Él anhela entrar.  De veras, servirle a Él es la aventura más grande de mi vida.

    «Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número» (1 Cor. 9:19).

    – Usado con permiso de la autora.