«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Cruz de Cristo

Por J. C. Ryle

    «...Dios me libre de gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo...» (Gál. 6:14).

    «Porque en primer lugar os transmití lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados...» (1 Cor. 15:3).

    «Pues resolví no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado» (1 Cor. 2:2).

    Pueden estar seguros de que Pablo tenía razón.  Créanlo, la Cruz de Cristo, la muerte de Cristo en la Cruz para hacer expiación por los pecadores, es la verdad central de toda la Biblia.  Esta es la verdad con la que comenzamos cuando abrimos el Génesis.  La semilla de la mujer hiriendo la cabeza de la serpiente no es otra cosa que una profecía de Cristo crucificado.

    Esta es la verdad que resplandece, aunque velada, a lo largo de la Ley de Moisés y de la historia de los judíos.  El sacrificio diario, el cordero Pascual, el continuo derramamiento de sangre en el tabernáculo y en el templo, todos ellos eran símbolos de Cristo crucificado.

    Esta es la verdad que vemos honrada en la visión del cielo antes de cerrar el libro del Apocalipsis.  «…En medio del trono y de los cuatro seres vivientes,» se nos dice, «y en medio de los ancianos, un Cordero en pie, como inmolado...» (Ap. 5:6).  Incluso en medio de la gloria celestial vemos a Cristo crucificado.

    Pablo sólo se gloriaba en la Cruz.  Esfuérzate por ser como él.  Pon a Jesús crucificado plenamente ante los ojos de tu alma.  Creo que es algo excelente para todos nosotros estar continuamente morando en la Cruz de Cristo.

    No en vano la Crucifixión se describe cuatro veces en el Nuevo Testamento.  Hay muy pocas cosas que describen los cuatro escritores de los Evangelios.  En general, si Mateo, Marcos y Lucas cuentan algo de la historia de nuestro Señor, Juan no lo cuenta.  Pero hay una cosa que los cuatro nos cuentan de la manera más completa, y esa cosa es la historia de la Cruz.  Se trata de un hecho sorprendente que no debe pasarse por alto.

    Veo en la Cruz de Cristo sabiduría y poder, paz y esperanza, gozo y alegría, consuelo y consolación.  Cuanto más tengo presente la Cruz, más plenitud me parece discernir en ella.  Cuanto más me detengo en la Cruz en mis pensamientos, más satisfecho estoy de que hay más que aprender al pie de la Cruz que en cualquier otro lugar del mundo.

El amor del Padre

    ¿Quisiera conocer la longitud y la anchura del amor de Dios Padre hacia un mundo pecador?  ¿Dónde lo veré más desplegado?  ¿Veré Su glorioso sol brillando diariamente sobre los ingratos y malvados?  ¿Veré el tiempo de la semilla y el tiempo de la cosecha regresando en una sucesión anual regular?  Puedo encontrar una prueba más fuerte de amor que cualquier cosa de este tipo.  Miro la Cruz de Cristo.

    No veo en ella la causa del amor del Padre, sino el efecto.  Allí veo que Dios amó tanto a este mundo perverso, que dio a Su Hijo unigénito, lo entregó para que padeciera y muriera, a fin de que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna (Juan 3:16).  Yo sé que el Padre nos ama, porque no nos negó a Su Hijo, Su único Hijo.  Lector, a veces podría pensar que Dios el Padre es demasiado alto y santo para preocuparse por criaturas tan miserables y corruptas como nosotros.  Pero no puedo, no debo, no me atrevo a pensarlo, cuando miro la Cruz de Cristo.

La pecaminosidad del pecado

    ¿Quisiera yo saber cuán excesivamente pecaminoso y abominable es el pecado a los ojos de Dios?  ¿Dónde lo veré más plenamente revelado?  ¿Recurriré a la historia del diluvio y leeré cómo el pecado ahogó al mundo?  ¿Iré a la orilla del Mar Muerto y veré lo que el pecado trajo sobre Sodoma y Gomorra?  No.  Puedo encontrar una prueba aún más clara.  Miro la Cruz de Cristo.

    Allí veo que el pecado es tan negro y condenable, que nada sino la sangre del propio Hijo de Dios puede lavarlo.  Allí veo que el pecado me ha separado tanto de mi santo Hacedor, que ni todos los ángeles del cielo podrían haber hecho la paz entre nosotros.  Nada podría reconciliarnos sin la muerte de Cristo.  Ah, sí escuchara el miserable discurso de los hombres orgullosos, a veces podría pensar que el pecado no es tan pecaminoso.  Pero no puedo no respetar el pecado cuando miro la Cruz de Cristo.

La plenitud de la salvación

    ¿Conoceré la plenitud y totalidad de la salvación que Dios ha provisto para los pecadores?  ¿Dónde la veré más claramente?  ¿Recurriré a las declaraciones generales de la Biblia acerca de la misericordia de Dios?  ¿Descansaré en la verdad general de que Dios es un Dios de amor?  No, miraré la Cruz de Cristo.  No encuentro ninguna evidencia así.  No encuentro ningún bálsamo para una conciencia adolorida y un corazón atribulado, como la visión de Jesús muriendo por mí en el madero maldito.

    Allí veo que se ha hecho un pago completo por todas mis enormes deudas.  La maldición de la ley que yo había quebrantado ha recaído sobre Aquel que sufrió en mi lugar.  Todas las exigencias de esa ley han sido satisfechas.  El pago se ha hecho por mí, incluso hasta el último centavo.  No me será exigido dos veces.  A veces me imagino que soy demasiado malo para ser perdonado.  Mi propio corazón a veces susurra que soy demasiado malo para ser salvado.  Pero sé que en mis mejores momentos todo esto es mi tonta incredulidad.  Leo una respuesta a mis dudas en la sangre derramada en el Calvario.  Estoy seguro de que hay un camino al cielo para el más vil de los hombres, cuando miro la Cruz.

Motivación para una vida santa

    ¿Encontraría razones de peso para ser un hombre santo?  ¿Adónde acudiré para encontrarlas?  ¿Me limitaré a escuchar los Diez Mandamientos?  ¿Estudiaré los ejemplos que me da la Biblia de lo que puede hacer la gracia?  ¿Meditaré en las recompensas del cielo y los castigos del infierno?  ¿No hay un motivo aún más fuerte?  Sí.  Miraré la Cruz de Cristo.

    Allí veo el amor de Cristo que me obliga a vivir no para mí mismo, sino para Él.  Allí veo que ya no soy mío; he sido comprado por precio.  Estoy obligado por las obligaciones más solemnes a glorificar a Jesús con cuerpo y espíritu, que son Suyos.  Allí veo que Jesús se entregó por mí no sólo para redimirme de toda iniquidad, sino también para purificarme y hacerme uno de un pueblo peculiar, celoso de buenas obras.  Él llevó mis pecados en Su propio cuerpo sobre el madero, para que yo, estando muerto al pecado, viviera conforme a la virtud.  Ah, lector, no hay nada tan santificador como una clara visión de la Cruz de Cristo.  Crucifica al mundo para nosotros, y a nosotros para el mundo.  ¿Cómo podemos amar el pecado cuando recordamos que por nuestros pecados murió Jesús?  Seguramente nadie debe ser tan santo como los discípulos de un Señor crucificado.

Motivo de satisfacción

    ¿Aprenderé a estar contento y alegre bajo todas las preocupaciones y ansiedades de la vida?  ¿A qué escuela debo ir?  ¿Cómo alcanzaré más fácilmente este estado de ánimo?  ¿Miraré la soberanía de Dios, la sabiduría de Dios, la providencia de Dios, el amor de Dios?  Está bien hacerlo.  Pero tengo un argumento aún mejor.  Miraré la Cruz de Cristo.

    Siento que Aquel que no escatimó a Su Hijo unigénito, sino que lo entregó a la muerte por mí, seguramente me dará con Él todas las cosas que realmente necesito.  Él que soportó ese dolor por mi alma, sin duda no me negará nada que sea realmente bueno.  Él que ha hecho por mí las cosas mayores, sin duda hará también las menores.  Él que dio Su propia sangre para procurarme un hogar en el cielo, sin duda me proveerá de todo lo que es realmente provechoso para mí durante mi viaje por el mundo.  Ah, lector, no hay escuela para aprender el contentamiento que pueda compararse con el pie de la Cruz.

    Y ahora, lector, ¿te maravillarás de que haya dicho que todos los cristianos deben gloriarse en la Cruz?  ¿No te asombrará más bien que alguien pueda oír hablar de la Cruz y permanecer impasible?

    – Adaptado.