«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El poder de la Cruz

Por Dave Butts (1953 – 2022)

    A lo largo de toda la historia de la humanidad, Satanás mantuvo al hombre esclavizado por el pecado y la muerte.  La misma ley de Dios declaraba que si un hombre pecaba, merecía la muerte.  Satanás utilizó el miedo de la humanidad de la muerte para esclavizarla aún más.  La situación de la humanidad parecía bastante desesperada.  Por esta razón, Cristo entró en el conflicto.  El hombre no podía salvarse a sí mismo.  La muerte y el pecado dominaban a todos los hombres.  Entonces llegó la Cruz.

    En esa Cruz, Cristo ganó la batalla por la humanidad.  El inocente Cordero de Dios, injustamente inmolado, pagó la pena.  Él tomó voluntariamente sobre Sí todo nuestro pecado, y junto con nuestro pecado, la pena por esos pecados.  Él murió la muerte que cada uno de nosotros merecía, y puso fin de una vez por todas al dominio del pecado y de la muerte sobre la humanidad.  Todos los que siguen a Jesús han sido liberados del pecado, salvados de la muerte y ahora tienen vida.  ¡La Cruz permanece para siempre como el medio de la victoria!

    Comprender esto nos ayudará a ver por qué la Cruz es tan vital para la iglesia. La Cruz se convierte literalmente en objeto de nuestra fe.  «Porque el mensaje de la cruz es locura para los que se están perdiendo; pero para nosotros que somos salvos, es poder de Dios» (1 Cor. 1:18).  La Cruz es el poder de Dios.  De todas las cosas que Dios podría haber elegido para demostrar Su poder, eligió una cruz.  Por eso Pablo escribe: «...para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Cor. 2:5).  Pablo acaba de decirnos en el capítulo uno que la Cruz es el poder de Dios.  Luego nos dijo que dejáramos que nuestra fe descansara en el poder de Dios...la Cruz.  ¿En qué se basa hoy nuestra fe?

    El apóstol dijo estas cosas en el contexto de su afirmación de que predicaba en debilidad, con temor y mucho temblor y que su mensaje no era con palabras persuasivas de sabiduría.  Esto era para que la fe de los corintios no se basara en él o en cualquier otro hombre, sino en el poder de Dios a través de la Cruz.  Amigos míos, la iglesia de hoy está desesperada por escuchar y vivir estas palabras.  Demasiados hoy en día actúan como si nuestra fe se basara en los hombres, no en la Cruz.  Si nos gusta nuestro pastor, entonces nos gusta la iglesia.  Si nuestro pastor está en nuestra lista negra, entonces no nos gusta la iglesia.  ¿Dónde está nuestra fe cuando este es el caso?  Está arraigada en los hombres y no en la Cruz.

El mensaje y los medios

    La iglesia debe llegar a comprender que no sólo nuestra fe se basa en la Cruz, sino que nuestro mensaje es la Cruz.  Que Dios ayude a la iglesia que olvida el mensaje de la Cruz.  Este es el mensaje que debe darse a un mundo perdido y moribundo.  No hay otra solución para nuestro mundo.  No hay un plan alternativo.  Es a través de la Cruz que el poder de Dios ha sido demostrado a este mundo.  A pesar de la ofensa que pueda crear, la iglesia debe llevar el mensaje de la Cruz a nuestro mundo.

    Demos un paso más en nuestra comprensión de la Cruz pasando de la iglesia al cristiano individual.  Nosotros, como individuos, debemos entender que la Cruz es nuestro medio de salvación.  Hablando del mensaje de la Cruz en Primera de Corintios, Pablo escribe: «...agradó a Dios salvar a los creyentes mediante la locura de la predicación» (1:21).  Los que creen en el mensaje de la Cruz tendrán vida eterna porque en la Cruz murieron nuestros pecados.  En la persona de Cristo murieron...y el pecado y la muerte ya no nos dominan.  Vivimos gracias a la Cruz.  La Cruz es nuestro único medio de salvación.  Mucha gente hoy trata de encontrar otros medios.  Parece tonto, una cruz salvándonos...sin embargo lo hace.  La Biblia no presenta otro camino.

Crucificados con Cristo

    El cristiano debe llegar a amar la Cruz y aceptarla como propia.  La Cruz de Jesús debe convertirse en nuestra cruz.  Jesús dijo: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame» (Mt. 16:24).  Todo cristiano tiene una cruz.  Todos llevamos esta misma cruz, y es la Cruz de Cristo Crucificado.  Pablo escribe: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí...» (Gál. 2:20).  La iglesia es una reunión de personas crucificadas.  Si no entendemos cómo hemos sido crucificados con Cristo, nos estamos perdiendo la clave para una vida cristiana victoriosa.

    Escucha como Pablo explica esto: «¿O ignoráis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en Su muerte?  Fuimos, pues, sepultados juntamente con Él para muerte por medio del bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida.  Porque si fuimos plantados juntamente con Él en la semejanza de Su muerte, así también lo seremos en la de Su resurrección; sabiendo, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado sea reducido a la impotencia, a fin de que no sirvamos más al pecado.  Porque él que ha muerto, ha sido justificado del pecado.  Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte ya no se enseñorea más de Él.  Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive.  Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom. 6:3-11).

    Amigos míos, si hemos muerto con Cristo, ¿por qué actuamos como si no fuera así?  ¿Por qué nos aferramos tanto a esta vida?  Nos preocupamos del mundo y de las cosas del mundo, nosotros que no debemos ser de este mundo.  Nuestra ciudadanía está en otra parte.  Ni siquiera la muerte física puede acabar con nuestra vida.  Si ya hemos muerto, ¿qué es para nosotros la muerte?  Cuando vivimos en Cristo, vivimos para siempre.  ¡Y qué vida tan gloriosa!  Corremos la carrera que tenemos por delante, no en nuestro poder, sino en el poder de la Cruz.  La Cruz de Cristo se convierte en nuestra cruz.

    «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí.»  Señor Jesús, ¡vive Tu vida plena y completamente en mí!