«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Hazme un hombre según Tu corazón

Por Oswald J. Smith (1889 – 1986)

    El 8 de noviembre de 1927, mi trigésimo octavo cumpleaños, recé esta oración: «Señor, haz de mí un hombre conforme a Tu corazón.»  El trabajo se desvaneció de mi vista; las cosas que antes parecían importantes desaparecieron; todo lo que me interesaba pasó a un segundo plano, y mi propia vida interior ante Dios era lo único que importaba, lo único que realmente valía la pena.  Y mientras me paseaba de un lado a otro de mi habitación aquel día, oré, y oré en el Espíritu: «Señor, haz de mí un hombre conforme a Tu corazón.»

    Vi como nunca antes había visto que lo importante no era el trabajo que hacía, los libros que escribía, los sermones que predicaba, las multitudes que se reunían ni el éxito alcanzado; sino más bien la vida que vivía, los pensamientos que tenía, la santidad del corazón, la rectitud práctica; en una palabra: mi transformación, por el Espíritu Santo, en semejanza de Cristo.

    Me vinieron a la mente con un sentido nuevo y más profundo que nunca las palabras: «¡Oh, por un camino más cercano a Dios!»  Mi corazón lanzó un grito de angustia por tal experiencia.  «A fin de conocerle» (Flp. 3:10).  Así oraba el gran apóstol.  «Cristo en vosotros,» volvió a decir (Col. 1:27).  Y luego, «Cristo vive en mí» (Gál. 2:20).  Sí, «con Dios caminó Noé»; «Caminó…Enoc con Dios» (Gn. 6:9; 5:24).  ¿No podría yo?  ¿No soy yo más precioso para Dios que mi trabajo, mis posesiones?  Dios me quería a mí, no sólo a mi servicio.

Tómame, y seré
Siempre, sólo, TODO para Ti.

    Después de eso Él me guio en oración, una oración que me haría un hombre según Su propio corazón y estas fueron las peticiones: «Señor, aquí están mis manos; Te las consagro.  Que nunca toquen nada que Tú no quieras que toquen, ni hagan nada que Te deshonre.  Aquí están mis pies; Te los consagro.  Que nunca vayan donde Tú no quieras aparecer.  Señor, aquí están mis ojos; que nunca miren nada que entristezca al Espíritu Santo.  Que mis oídos nunca escuchen nada que deshonre Tu nombre.  Que mi boca nunca se abra para decir una palabra que no quiera que Tú oigas.  Que mi mente nunca retenga un pensamiento o una imaginación que oscurezca el sentido de Tu presencia.  Que mi corazón no conozca amor ni abrigue sentimiento alguno que no sea de Ti.  ¡Amén!»

Señor, Te lo doy todo,
Amigos y tiempo y tienda terrenal,
Alma y cuerpo, Tuyos serán,
Tuyos para siempre.

    Y mientras oraba me vinieron estas palabras: «Así que, hermanos, os exhorto por las misericordias de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro servicio de adoración espiritual.  No os adaptéis a las formas de este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo que le agrada, y lo perfecto» (Rom. 12:1-2).

    Luego esto: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios....  Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros…» (Rom. 6:12-14).

Anteponer a Dios

    Vi que Dios exigía toda mi atención.  Todo lo demás debía pasar a un segundo plano.  Los amigos y los seres queridos, el hogar, el dinero, el trabajo, todo – aunque legítimo – ¡debía ceder el paso a Cristo!  Día y noche debía prestarle toda mi atención.  ¡Dios primero!  Tal debe ser mi actitud hacia Él.  Sólo entonces Él podrá bendecirme y usarme.  Sólo así podría satisfacer Su corazón de amor.

    En mi relación con Dios vi que ningún otro y nada más debe interponerse.  Así como el marido es lo primero en el afecto de su mujer, y viceversa, Dios debe ser lo primero en mi corazón.  Y así como ningún matrimonio puede ser feliz si el marido o la mujer no se prestan atención el uno al otro, mi comunión con Dios sólo puede ser completa cuando Él tiene toda mi atención.

Todo por Jesús, todo por Jesús
Todos mis pensamientos, palabras y acciones,
Todos mis días y todas mis horas.

    Lo que me pidió aquel día Lo pide a todos por igual.  ¿Es posible que le neguemos Su derecho?  ¿Hay algo en este mundo que merezca la atención que Él reclama?  ¿Por qué, entonces, retenemos lo que Él pide?  ¿Se encuentra la verdadera alegría fuera de Dios?  ¿Podemos ser felices con «cosas»?  ¿Satisfacen las «cosas»?  «…La vida del hombre no consiste en la abundancia que tenga a causa de sus posesiones» (Lc. 12:15).

Dios nos ha hecho para Él

    Dios anhela nuestro compañerismo y comunión.  Caminar con Él momento a momento, justo aquí en medio de una generación malvada y perversa, en un mundo que no tiene uso para una vida separada, del Espíritu Santo, un mundo cuyo dios es Satanás; vivir como peregrinos y extranjeros en un mundo que crucificó a nuestro Señor – ese es Su diseño y propósito para nosotros.

    Dios quiere que estemos al cien por ciento para Él.  Así que surge la pregunta: ¿Estamos completamente para Jesucristo?  ¿Somos totalmente de Dios?  No al noventa por ciento, sino al cien por ciento.  Completamente entregados a Dios.

    Así pues, ser un hombre conforme al corazón de Dios significa poner a Dios en primer lugar; caminar con Él en todo momento; no hacer nada que pueda desagradarle y no permitir nada que pueda entristecerle; vivir una vida de rectitud práctica y santidad ante Él; prestarle toda nuestra atención y amarle supremamente.

    Porque así nos parecemos a Cristo; y ésa es la mayor ambición de Dios para nosotros: que seamos como Su Hijo, transformados en Su misma imagen.  Sólo quienes pasan mucho tiempo en Su presencia llegarán a parecerse a Él.  Sólo aquellos que le prestan toda su atención llegarán a conocerle realmente.

    Para obtener lo mejor de Él, debemos dar lo mejor de nosotros.  Para llegar a ser hombres y mujeres conforme a Su corazón, debemos prestarle toda nuestra atención.  Para ganar, debemos rendirnos.  Para vivir debemos morir.  Para recibir, debemos dar.

    ¡Oh, la dulzura de una vida así, el gozo de Su comunión!  No hay nada igual en la tierra.  Todo el éxito del mundo no puede compensarlo.  Él es «el Lirio del Valle,» «la Estrella Resplandeciente de la Mañana,» «la Rosa de Sarón,» «el Más Grande entre Diez Mil,» «el todo Codiciable.»  Los amigos nunca pueden significar tanto.  Incluso los seres queridos decepcionan.  El dinero trae sus cargas, y la fama su amargura.  Pero Él, ¡Él satisface!  Dios nunca decepciona.  Caminar con Él es lo más dulce de la tierra.  Saber que todo está bien, que no hay barrera entre nosotros, que ninguna nube negra de pecado oculta Su rostro – ¡ah! Eso sí que es el cielo.