«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El ejemplo de Cristo

Por Lois J. Stucky (1928 – 2014)

    Nuestro gran ejemplo de vivir para agradar a Dios es nuestro precioso Salvador, el Señor Jesucristo, quien dijo de Sí mismo: «...El que Me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque Yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8:29).

    La elección de Cristo fue siempre poner la voluntad de Su Padre por encima de la Suya, costase lo que costase.  «No puedo Yo hacer nada por Mí mismo; según oigo, así juzgo; y Mi juicio es justo, porque no busco Mi voluntad, sino la voluntad del que Me envió, la del Padre» (Juan 5:30).  Y este noble capitán de nuestra salvación desea seguidores que hagan lo mismo.  No ocultó nada de lo que esperaba de Sus aspirantes a seguidores.  «…Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.  Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por Mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc. 8:34-35).

    No es un llamamiento que goce de popularidad.  Ante esa palabra, muchos se echan atrás.  Queremos las maravillosas bendiciones y beneficios que Cristo compró para nosotros.  Pero, ¿debemos recorrer el camino de la Cruz?  Oh, el doloroso Jardín de Getsemaní, los azotes de los soldados, la tortuosa Vía Dolorosa a través de las calles de Jerusalén, la agonía absoluta de los clavos en el Calvario – todo eso, por supuesto, es exclusivo de Cristo.  Sin embargo, dice Él, el que quiera seguirle debe «tomar su cruz.»  Dios tiene una cruz única para cada uno de nosotros.  Si la cruz que Dios nos pide que llevemos parece pesada, ¡piensa en Cristo!  Velad con Él en Getsemaní; presenciad los azotes, seguid el rastro sangriento por las calles de Jerusalén, hasta el indecible espectáculo del amoroso y bondadoso Maestro agonizando en la Cruz.  Esto hará que los amantes de Cristo se arrodillen de nuevo en humildad y quebrantamiento.