«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Fe Debe Ser Confesada

Por Derek Prince

    Una vez que ha venido la fe, hay tres fases de desarrollo a través de las cuales debemos pasar: confesión, obra, y prueba. Podemos llamar a estas tres como las grandes "necesidades" de fe. La fe debe ser confesada con la boca, debe ser obrada con acción y debe ser probada con tribulación.

Confesión con la boca

    Las palabras "confesar" y "confesión" son dos términos bíblicos muy importantes y de un significado especial. El verbo griego homologeo, comúnmente traducido "confesar", significa, literalmente, "decir lo mismo que". Sin embargo, los traductores frecuentemente usan las palabras relacionadas "profesar" y "profesión" en vez de "confesar" y "confesión". La frase "profesión de nuestra fe" es ampliamente usada por muchos cristianos y es sinónima con el término empleado en este capítulo – "confesión de fe". Cualquiera que sea la palabra usada en la traducción castellana, el significado básico de "confesar" y "profesar" es el mismo: decir lo mismo que.

    En este sentido especial, "confesión" es siempre relacionada directamente con la palabra de Dios. Confesión es decir lo mismo con nuestra boca que Dios ha dicho en Su palabra. Es hacer coincidir las palabras de nuestra boca con la Palabra escrita de Dios.

    En el Salmo 116:10 el salmista dice: "Creí; por lo tanto, hablé." En 2.ª Corintios 4:13 Pablo aplica esto a la confesión de fe: "…de acuerdo con lo que está escrito: ‘CREI, POR LO CUAL TAMBIEN HABLE’, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos." Hablar es la forma natural para la fe poderse expresar. La fe que no habla es nacida muerta.

    Toda la Biblia enfatiza que hay una conexión directa entre nuestra boca y nuestro corazón. Lo que sucede en uno no puede ser separado de lo que sucede en el otro. En Mateo 12:34 Jesús nos dice: "Porque de la abundancia del corazón nos habla la boca." En otras palabras, la boca es la válvula de escape del corazón. Lo que escape por esta válvula indica lo que contiene el corazón.

    En el mundo natural, si el agua que escapa de la válvula de la cisterna contiene arena y bacterias, entonces no vale nada declarar que el agua de la cisterna es pura. Debe de haber arena y bacterias en ella. Así es con el contenido del corazón. Si nuestro corazón está lleno de fe, entonces eso será expresado en lo que decimos con nuestra boca. Pero si las palabras de incredulidad o duda salen de nuestra boca, indican, inevitablemente, que hay duda o incredulidad en alguna parte dentro de nuestro corazón.

    Como auxiliar de hospital para las fuerzas británicas en Africa del Norte durante la Segunda Guerra Mundial, trabajé por un tiempo muy cerca de un doctor escocés que estaba encargado de un pequeño hospital de campo que solamente atendía casos de disentería. Todas las mañanas, al hacer la ronda de los pacientes, el doctor invariablemente se dirigía a cada uno de ellos con las mismas dos frases: "¿Cómo está usted? ¡Muéstreme su lengua!"

    Al participar yo diariamente de este rito médico, observé que el doctor estaba más interesado en el estado de la lengua del paciente que en la respuesta que recibía a la pregunta "¿Cómo está usted?" He reflexionado muchas veces desde entonces, que lo mismo es probablemente verdad respecto de nuestra relación con Dios. Podemos ofrecer a Dios nuestra propia estimación de nuestra condición espiritual, pero al final Dios, como el doctor, juzga simplemente por nuestra lengua.

    En Romanos 10:8-10, Pablo, definiendo el requisito básico de la salvación, pone el mismo peso sobre la fe del corazón y la confesión de la boca: "Mas ¿qué dice? Cercana está la palabra en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe, la cual predicamos: Que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, mas con la boca se hace confesión para salud."

    En cada uno de estos versículos Pablo habla acerca de la boca y del corazón, pero el orden en que lo hace también es importante. En el versículo 8, es la boca primero y luego el corazón. En el versículo 9, nuevamente es la boca primero y luego el corazón. Pero en el versículo 10 es invertido: el corazón viene primero y luego la boca.

    Yo creo que esto se corresponde con nuestra experiencia práctica. Comenzamos con la palabra de Dios en nuestra boca. Confesándola con nuestra boca la recibimos en el corazón. Cuanto más persistentemente la confesamos con la boca, más firmemente se establece en nuestro corazón. Una vez que la fe es establecida en nuestro corazón, no es necesario esforzarnos para hacer la confesión, no es necesario esforzarnos para nacer la confesión correcta. La fe fluye naturalmente con lo que decimos con la boca. En adelante, al continuar expresando nuestra fe a través de la boca, confesamos nuestro camino progresivamente hasta los beneficios de salvación.

    La forma en que este proceso trabaja me fue confirmada un día cuando descubrí en el lenguaje hebreo que la frase para el aprender de corazón es el aprender de boca. Pude comprender que la frase "aprender de corazón" describe el resultado do lo que se está obteniendo. La frase hebrea "aprender de boca" describe la manera práctica por la cual se obtiene resultado. Para aprender las cosas de corazón las repetimos con la boca; las decimos una y otra vez hasta que ya no hay esfuerzo al hacerlo. De esta manera, lo que comienza en nuestra boca eventualmente se imprime permanentemente en nuestro corazón.

    Así es como de jovenzuelo aprendí mis tablas de multiplicación. Las repetía una y otra vez: siete por siete son cuarenta y nueve; siete por ocho son cincuenta y seis, y así sucesivamente. Eventualmente ya no había esfuerzo, no tenía la tendencia de pensar o decir algo diferente. Las verdades de las tablas de multiplicación están fuertemente impresas en mi corazón. Han llegado a ser parte de mí. Hoy, más de cincuenta años más tarde, usted podría despertarme en la media noche tempestuosa y tronando y preguntarme: "¿Cuánto es siete por siete?", y sin esfuerzo o vacilación alguna, yo contestaría: "Cuarenta y nueve."

    De igual manera podemos imprimir la palabra de Dios en nuestros corazones. Cada vez que se presenta una necesidad o nuestra fe es probada, confesamos la palabra de Dios que debe aplicarse a nuestra situación. Al comienzo puede ser una lucha. Nuestros sentimientos nos pueden llevar a decir algo que no está de acuerdo con la palabra de Dios. Pero la fe, como hemos visto, nos relaciona con el reino invisible de Dios y Su palabra. En dondequiera que la fe y los sentimientos se oponen, debemos determinar que, por nuestra confesión, tomaremos nuestra posición con fe y no con sentimientos.

    Hay tres palabras que debemos poner en el orden correcto: datos – fe – sentimientos. Los datos son hallados en la palabra de Dios y nunca varían. La fe toma su firmeza con los datos de la palabra de Dios y los confiesa como verdaderos. Los sentimientos pueden variar; pero al final, si la fe es firme, los sentimientos se alinean con los datos. De lo contrario, si comenzamos por el lado opuesto – con los sentimientos en vez de los datos-, siempre hemos de encontrar problemas. Nuestros sentimientos varían hora tras hora y momento a momento. Si basamos nuestra vida en ellos, ésta será tan inestable como ellos. "El justo ha de vivir por la fe" - ¡no por los sentimientos!

Cinco resguardos prácticos

    La práctica de confesar continuamente lo correcto con nuestra boca es muy efectiva y poderosa. Sin embargo, si se pervierte, puede llevarnos a abusos que son espiritualmente peligrosos. Por ejemplo, puede degenerarse a un estado de "mente sobre materia". Esta clase de propuesta fue enseñada por el filósofo francés Coue, cuyo remedio para los problemas de la vida eran los de repetir: "Todo día en toda forma me estoy mejorando más y más." Otro peligro es que un cristiano celoso, pero inmaduro, puede imaginarse que ha hallado la forma de "doblar el brazo de Dios" y requerir que el Todopoderoso realice sus demandas. O también nuestro concepto de Dios puede ser reducido a un prototipo de "máquina vendedora" celestial que solamente necesita la moneda correcta en el sitio correcto para dispensar una clase particular de satisfacción carnal que escojamos.

    Para prevenir abusos de esta clase les sugiero los siguientes cinco resguardos:

    Primer resguardo: Debemos examinar la actitud con que nos presentamos a Dios. El escritor de Hebreos hace los siguientes comentarios acerca de la oración que Jesús ofreció en el jardín de Getsemaní: "Fue oído por su reverente sumisión" (Hebreos 5:7). La actitud reverente y sumisa de Jesús fue expresada en las palabras: "Empero, no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lucas 22:42). Esto da el ejemplo que debemos seguir. Hasta no renunciar a nuestra voluntad y someternos a Dios, no tenemos una base bíblica bajo la cual podemos reclamar respuestas a nuestras oraciones o los beneficios de nuestra salvación.

    Segundo resguardo: No tenemos la libertad de "confesar" solamente cualquier cosa que nos imaginamos o deseamos arbitrariamente. Nuestra confesión debe ser mantenida dentro de los límites de la palabra escrita de Dios. Cualquier confesión que no está basada directamente en las Escrituras, puede desarrollarse fácilmente en fanatismo o deseos imaginarios.

    Tercer resguardo: Nunca dejamos de depender en ser guiados por el Espíritu Santo. En Romanos 8:14 Pablo define a aquellos que califican para ser reconocidos como "hijos de Dios": "Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios." Esto se aplica de igual manera tanto a nuestra confesión de boca como a cualquier otro aspecto de la vida cristiana. El Espíritu Santo debe guiarnos a una área particular de verdad bíblica, la cual debemos confesar en la debida situación. En el capítulo anterior vimos que solamente el Espíritu Santo puede tomar el logos eterno y aplicarlo a cualquier situación práctica de vida diaria por la rhema.

    Cuarto resguardo: Nunca cesamos de ser dependientes en la gracia sobrenatural divina. En Efesios 2:8 Pablo declara una orden que nunca varía: "por gracia…por la fe…" Siempre está la gracia primero, luego la fe. Si dejamos de depender de la gracia y el poder de Dios y comenzamos a depender de nuestras habilidades, los resultados de nuestra experiencia serán los mismos que los de Abraham – un Ismael, no un Isaac.

    Quinto resguardo: Es importante el evaluar correctamente la evidencia de nuestros sentidos. Dios no nos pide que cerremos nuestros ojos y oídos y que caminemos como si el mundo físico y material que nos rodea no existiese. Fe no es misticismo. No dudamos de la realidad de lo que nos revelan nuestros sentidos, pero sí preguntamos su finalidad.

    En Romanos 4:16-21 Pablo comienza enfatizando que la fe válida debe siempre depender de la gracia de Dios; luego expone a Abraham un ejemplo de cómo resolver la tensión entre la fe y los sentidos: "Por tanto, es por la fe, para que sea por gracia; para que la promesa sea firme a toda simiente; no solamente al que es de la ley, mas también al que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros (como está escrito: Que por padre de muchas gentes te he puesto) delante de Dios, al cual creyó, el cual da vida a los muertos y llama las cosas que no son, como las que son. El creyó en esperanza contra esperanza, para venir a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que le había sido dicho: Así será tu simiente. Y no se enflaqueció en la fe, ni consideró su cuerpo ya muerto (siendo ya de casi cien años), ni la matriz muerta de Sara. Tampoco en la promesa de Dios dudó con desconfianza, antes fue esforzado en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que todo lo que había prometido era también poderoso para hacerlo."

    Los sentidos de Abraham le decían que físicamente él era incapaz de concebir un hijo y que Sara era igual de incapaz de hacerlo. Aun así, Dios les había prometido un hijo propio. Abraham no pretendió que lo que sus sentidos le indicaban acerca de su cuerpo y del de Sara no era real. Solamente rehusó aceptar que era final. Al haberle prometido Dios una cosa y sus sentidos indicarle lo opuesto, éste se mantuvo firme en la promesa de Dios, sin permitir que sus sentidos le causaran dudar de la promesa. Finalmente, después de ser probada su fe, la condición física de ambos cuerpos fue puesta en línea con la promesa de Dios y se hicieron físicamente capaces de tener un hijo.

    Ha de ser lo mismo con nosostros. Puede haber un período de conflicto entre las declaraciones de la palabra de Dios y lo que nos dicen nuestros sentidos acerca de una situación particular. Pero si nuestra fe es válida y si nos agarramos a ella como lo hizo Abraham, manteniendo firmemente la confesión correcta, en su tiempo la condición física que nos confronta a través de nuestros sentidos será puesta en línea con lo que la palabra de Dios dice acerca de ello.

Confesar para la salvación

    Hemos visto que Pablo concluye su enseñanza en Romanos 10:8-10 con la declaración "con la boca se confiesa para la salud." La palabra "para" indica moción o progreso. En otras palabras, progresivamente nos movemos hacia la sanidad al continuar haciendo la confesión correcta.

    Sin embargo, para poder hacer y mantener la confesión correcta, necesitamos comprender la magnitud de la palabra "salvación". Muchos cristianos limitan el significado de "confesión" a confesar sus pecados, y "salvación" a tener perdón de los pecados. Es verdad que Dios requiere que confesemos nuestros pecados y que la salvación exige tener éstos perdonados. Pero la magnitud de ambas – confesión y salvación – sobrepasa este punto.

    En el Salmo 78:21-22 nos es dicho que Dios se enojó con Israel después de su liberación de Egipto: "Por cuanto no habían creído a Dios, ni habían confiado en su salud." Los versículos que preceden y que siguen, aclaran que la "salvación" de Dios incluye todo lo que El había hecho por Israel hasta entonces: Su juicio sobre los egipcios; la división del mar Rojo; la nube que los guiaba durante el día y el fuego durante la noche; el agua que fluyó de la roca para que ellos bebieran, y el maná que bajó del cielo para que ellos comieran. Todos éstos, y todos los otros actos de intervención y provisión para su ayuda, están incluidos en una sola palabra que lo abarca todo: "salvación".

    También en el Nuevo Testamento el verbo griego sozo – usualmente traducido "salvar" – abarca más del perdón de pecados e incluye la satisfacción de toda necesidad. Para dar unos ejemplos de su gran significado, sozo es usado para: el sanamiento de la mujer enferma con el flujo de sangre (Mateo 9:21-22); el sanamiento del cojo en Listra, impotente desde el vientre de la madre (Hechos 14:8-10); la salvación del endemoniado gadareno de una legión de demonios y su restauración a una mente sana (Lucas 8:36); la resurrección de la hija de Jairo de los muertos (Lucas 8:49-55); y la oración de fe restaurando los enfermos a sanidad (Santiago 5:15).

    Finalmente, en 2.ª Timoteo 4:18 Pablo dijo: "El Señor me ha de librar de toda obra mala y me preservará para Su reino celestial…" La palabra aquí traducida "preservará" es sozo. En su contexto ésta incluye toda liberación, protección y provisión de Dios necesarias para llevar a Pablo salvamente a través de su vida terrenal y, finalmente, al reino eterno de Dios.

    La salvación, entonces, comprende los benefocios totales comprados para nosotros por la muerte de Cristo en la cruz. Ya sean estos beneficios espirituales, físicos, financieros, materiales, temporales o eternos, están todos incluidos en una grande e inclusiva palabra: salvación.

    La manera de entrar y apropiarse los versículos de salvación es a través de la "confesión". La Escritura nos da unas claras y positivas declaraciones bajo las cuales podemos apoderarnos de toda la área de provisión divina. Al recibirlas por fe en nuestros corazones y confesarlas con nuestra boca, las hacemos nuestras en una real experiencia.

    Por ejemplo, Satanás frecuentemente ataca a los cristianos con sentimientos de condenación y culpabilidad. Podemos hasta comenzar a dudar del amor de Dios para con nosotros. Debemos sobreponernos a estos ataques satánicos hallando y confesando las Escrituras que han de acallar al acusador. Por ejemplo: "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, mas conforme al espíritu" (Romanos 8:1). "Mas Dios encarece su caridad para con nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Romanos 5:8). "Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros" (1.ª Juan 4:16).

    Con la base de estas Escrituras yo hago la siguiente confesión personal: "Yo estoy en Cristo; de modo que no estoy bajo condenación…Dios demostró Su amor por mí con el hecho de que, aun siendo yo pecador, Cristo murió por mí.." Al resistir todo sentimiento negativo y mantener esta confesión positiva y bíblica, la condenación y rechazo son reemplazados en mi experiencia por paz y aceptación.

    O nuestra necesidad puede ser en la área de sanamiento físico y salud. La Escritura nos dice sobre Jesús: "EL MISMO TOMO NUESTRAS ENFERMEDADES Y LLEVO NUESTRAS DOLENCIAS" (Mateo 8:17); "por la herida del cual habéis sido sanados" (1.ª Pedro 2:24). Estas declaraciones proveen la base para la apropiada confesión en esta área. Cada vez que la enfermedad nos amenaza, en vez de permitir que mi mente se aposente en los síntomas, yo respondo con una confesión positiva: "Jesús mismo tomó mis enfermedades y cargó mis dolencias, y por Sus heridas he sido sanado." Al principio tal vez vacile, cogido entre los síntomas de mi cuerpo físico y las verdades inalterables de la palabra de Dios. Pero, al continuar confesando las verdades de Dios, se hacen parte de mí – así como las tablas de multiplicación. Aun si me despierto a la medianoche con los síntomas de tres diferentes malestares en mi cuerpo, mi espíritu hace la confesión correcta: "Por Sus heridas he sido sanado."

    Si mi necesidad es en otra área, entonces hago la confesión que es apropiada a esa área. Por ejemplo, si estoy pasando por un período de necesidad financiera, yo me recuerdo de 2.ª Corintios 9:8: "Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia; a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo que basta, abundéis para toda buena obra.." Rehúso entretener mis temores. Conquisto el temor con acción de gracias. Continúo dando gracias a Dios porque se nivel revelado de provisión para mí es la abundancia. Al mantener mi confesión, veo cómo Dios interviene de tal manera que la verdad de Su palabra es hecha realidad en mi situación financiera.

    Así, progresivamente – área por área, necesidad por necesidad, situación por situación -, la "confesión es hecha para la salvación". Cada problema que enfrentamos se convierte en un estímulo para decir la confesión que Dios declara como la respuesta al problema. Cuanto más completa y consistente es nuestra confesión, más completo es nuestro regocijo por nuestra salvación en experiencia.

El Pontífice de nuestra confesión

    Un gran y distintivo tema que resalta a través de la epístola a los Hebreos es el pontificado de Cristo Jesús. En esta capacidad, Jesús es el ministro y representante personal en la presencia de Dios Padre Todopoderoso. El nos cubre con Su justicia, ofrece nuestras oraciones, presenta nuestras necesidades y se hace nuestra seguridad para el cumplimiento de las promesas de Dios por nuestro beneficio. Sin embargo, al seguir el rastro del tema supremo sacerdocio de Cristo a través de la epístola, descubrimos que es indudablemente asociado con nuestra confesión. La confesión que hacemos en la tierra determina el alcance que Jesús tiene libertad de ejercitar en Su ministerio sacerdotal por nosotros en el cielo.

    En Hebreos 3:1 somos exhortados a considerar a Jesucristo como "el Pontífice de nuestra profesión (confesión), Cristo Jesús". Esto enlaza el supremo sacerdocio de Cristo a nuestra confesión. Es nuestra confesión la que permite que el ministerio sacerdotal de Cristo sea efectivo para nuestro beneficio. Cada vez que hacemos la confesión correcta, tenemos toda la autoridad de Cristo, como supremo sacerdote, tras de nosotros. Se convierte El en la seguridad del cumplimiento de aquello que confesamos. Pero si dejamos de hacer la confesión correcta, o si confesamos duda o incredulidad en vez de fe, entonces no le damos la oportunidad a Cristo de interceder como nuestro sumo sacerdote. La confesión correcta invoca a su ministerio sacerdotal para nosotros, pero la confesión errónea nos separa de éste.

    En Hebreos 4:14 el escritor nuevamente conecta el alto sacerdocio de Jesús directamente a nuestra confesión: "Por tanto, teniendo un gran pontífice que penetró los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión (confesión)." El énfasis está, aquí, en retener nuestra confesión. Una vez que hemos llevado las palabras de nuestra boca a un acuerdo con la palabra escrita de Dios, debemos tener cuidado de no cambiar o volver a una posición de incredulidad. Muchas tensiones vendrán contra nosotros. Ha de parecer que todo ve contrariamente a lo que esperamos. Todo medio de ayuda natural puede fallar. Pero por nuestra fe y nuestra confesión debemos continuar aferrados a las cosas que no cambian – la palabra de Dios, y Jesucristo nuestro pontífice a la mano derecha de Dios.

    En Hebreos 10:21-24, por tercera vez el escritor enfatiza la conexión entre el alto sacerdocio de Cristo y nuestra confesión: "Y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, lleguémonos con corazón verdadero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los corazones con agua limpia. Mantengamos firme la profesión de nuestra fe, sin fluctuar, que fiel es el que prometió. Y consideremos los unos a los otros para provocarnos al amor y a las buenas obras."

    Vemos, pues, que el reconocimiento de Jesús como nuestro sumo sacerdote pone sobre nosotros tres obligaciones, cada una de ellas "invitándonos…". El primer versículo (22) refiriéndose a Dios: debemos "llegarnos con corazón verdadero…". El segundo versículo (23) refiriéndose a la confesión: debemos "mantenernos firmes en la profesión (confesión) de nuestra fe, sin fluctuar…". El tercer versículo (24) refiriéndose a nuestros hermanos creyentes: debemos "considerar los unos a los otros para…". Central con nuestras obligaciones a Dios y al cuerpo de creyentes está nuestra obligación para con nosotros mismos: de mantenernos firmes a nuestra confesión correcta. La medida en que hacemos esto determina la medida en que podremos cumplir las otras dos obligaciones – a Dios y a nuestros hermanos creyentes.

    En los tres pasajes que hemos repasado de Hebreos vemos que hay un énfasis elevado sobre la importancia de mantener una confesión correcta. En Hebreos 3:1 nos es dicho simplemente que Jesús es "el pontífiea de nuestra confesión". En Hebreos 4:14 somos exhortados a "mantenernos firmes en nuestra confesión", sin fluctuar. En Hebreos 10:23 somos exhortados a mantener nuestra confesión "con esperanza". La sugerencia es que hemos de estar sometidos a escalantes tensiones que nos tratan de causar el cambio o la debilidad de nuestra confesión. Muchos de nosotros podríamos atestiguar que esto es verdad en nuestra experiencia. De manera que el aviso es oportuno. No importa cuáles sean las tensiones que nos presionan, la victoria viene solamente al mantenernos firmes en nuestra confesión.

    En la última de estas exhortaciones en Hebreos, el escritor nos da una razón específica al por qué debemos ser firmes y no vacilar. Añade: "Porque El es fiel que ha prometido." Nuestra confesión nos une a un sumo sacerdote que no puede cambiar. Es la forma dispuesta por Dios mediante la cual invocamos por nuestro beneficio a Su fidelidad, Su sabiduría y Su poder.

Sumario

    En el plan divino de salvación la fe es directamente unida a la confesión. "Confesión" (o "profesión") significa que sistemáticamente hacemos que las palabras de nuestra boca estén de acuerdo con la palabra escrita de Dios. Esto requiere disciplina constante. En cada situación que afrontamos debemos rehusar ser movidos por nuestros sentimientos o nuestros sentidos, pero resueltamente reafirmamos lo que dicen las Escrituras respecto a esa situación. Al principio ha de haber luchas y tensión, mas últimamente la palabra de Dios se hace indeleble, impresa en nuestro corazón, y después fluye naturalmente a través de nuestra boca.

    Debemos tener cuidado de que la práctica de la confesión no degenere en una "ténica". Los siguientes cinco puntos son resguardos prácticos:

    1. Debemos comenzar por renunciar a nuestra voluntad y someternos a la de Dios.

    2. Debemos mantener nuestra confesión basada estrictamente en la Escritura.

    3. Debemos ser guiados continuamente por el Espíritu Santo.

    4. Debemos depender siempre de la gracia sobrenatural de Dios, nunca meramente de nuestra propia habilidad.

    5. En donde hay conflicto entre nuestros sentidos y la palabra de Dios, debemos tomar la misma firmeza de Abraham: las condiciones reveladas por nuestros sentidos son reales, pero no finales.

    Al aplicar progresivamente la correcta confesión en toda área de nuestras vidas, nos trasladamos a una experiencia de "salvación" más completa – es decir, a la provisión total de Dios obtenida para nosotros por la muerte de Cristo.

    La correcta confesión nos une directamente a Cristo como nuestro pontífice en la presencia de Dios Padre Todopoderoso e invoca por nosotros Su incambiable fidelidad, sabiduría y poder.

   – Tomado de FE POR LA CUAL VIVIR por Derek Prince. Usado con permiso de Derek Prince Ministries—International.