«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

En Todo Tiempo Orando
Luke 21:36

Por W. C. Moore

    Es un error —y más que un error, un verdadero pecado— de parte nuestra, el esperar hasta que "sintamos orar", antes de hacer cualquier esfuerzo definitivo para orar.

    Puesto que Jesucristo, la Cabeza de la Iglesia, nos dice "EN TODO TIEMPO ORANDO", debemos obedecer las órdenes de nuestro Capitán, y nunca guiarnos por las opiniones o sentimientos propios.

    "Cristo es Cabeza de la Iglesia…la Iglesia está sujeta a Cristo…" (Efesios 5:23-24).

    Nuestro Señor Jesucristo enseñó "sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar" (Lucas 18:1).

    Y, el Señor dice: "El que me ama, mi palabra guardará" (Juan 14:23).

    ¡Oh, si "persistiéramos en la oración", tal como lo hicieron los discípulos! (Hechos 6:1-4).

Dése usted mismo una carga de oración

    "No puedo orar porque el Señor no me ha dado una carga", dirá alguno. Pero Jesús dice "en todo tiempo orando" (Lucas 21:36). De modo que si no tenemos espíritu de oración, algo anda mal.

    Jesús jamás nos pide que hagamos cosas imposibles. Él nos dice: "Mirad los campos…blancos para la siega" (Juan 4:35), y con toda seguridad podemos hacerlo. Podemos mirar las terribles condiciones de la Iglesia y del mundo.

    Por eso, el Señor nos dice en Lucas 10:2: "La mies…es mucha…rogad". Podemos rogar, porque el Señor así lo indica, ¡aunque los hombres y los demonios digan lo contrario!

La Iglesia de Dios necesita un avivamiento

    ¿Vamos a esperar "reposados en Sion" a que Dios haga lo que a nosotros nos dijo que hiciéramos? ¡Dios no lo quiera!

    Suponga que Jacob hubiera esperado hasta que Dios le diera algún sentimiento peculiar, antes de que se desesperara en oración cuando Esaú fue hacia él. En el capítulo 32 de Génesis, vemos que Jacob puso las promesas de Dios al lado de su propia necesidad de ayuda, y el Señor con poder se hizo cargo de todo.

Dios nos dice que pidamos (Mateo 7:7)

    Cuando Nehemías oyó de la desolación de Jerusalén, fue a Dios en oración. Él amaba la causa del Señor y ayunó y oró hasta que Dios contestó (Nehemías 1:1-11 y 2:1-8).

    ¡Persistamos en la oración, tal como lo hicieron los discípulos! (Hechos 6:4).

    "En todo tiempo orando" no significa necesariamente que debamos estar orando siempre en voz alta, sino que nuestra comunión con Dios debe de ser continua, ininterrumpida, que el incienso de nuestras oraciones suba a Dios todo el tiempo (Salmos 141:2).

    "Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo" (1 Juan 1:3). Esta comunión debe de ser continua, sin interrupción, y necesitamos la ayuda del poder del Espíritu Santo que mora en nosotros, para lograr esta comunión (Romanos 8:26-27; Judas 20).

    De ningún modo es cosa fácil orar sin cesar, de tener una vida en la cual el compañerismo y la comunión con nuestro Padre Celestial y con su Hijo Jesucristo, permanecen firmes, ininterrumpidos, fuertes, seguros y continuos en el poder del Espíritu Santo; pero ¡eso es posible sólo gracias a la poderosa ayuda del Señor!

    "Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes" (Efesios 6:12-13).

    "Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos"! (Efesios 6:18).

"Pelea la buena batalla de la fe" (1 Timoteo 6:12)

    Será una "lucha", una "batalla", si vamos a mantener una vida de oración, una vida santa caracterizada por una comunión continua con nuestro Padre Celestial y con su Hijo Jesucristo, ¡en el poder del Espíritu Santo!

    Mira a Daniel, batallando, luchando "por espacio de tres semanas" ¡hasta que llegó la respuesta! (Daniel 10:1-21).

    Mira a Elías, hombre de Dios, con su rostro entre las rodillas, manteniendo una oración ferviente, ¡hasta que supo que la respuesta ya estaba en camino! (1 Reyes 18:42-46; Santiago 5:16-18).

    Mira a Abraham, ahuyentando a las aves de rapiña, batallando contra "el temor de una grande oscuridad", ¡hasta que Dios mismo contestó el profundo anhelo y el clamor de su corazón! (Génesis 15:1-21).

    Debemos aprender, además, que Dios no hace acepción de personas, y que aún después de haber creído en Él, después de que hemos obedecido al Señor y que le hemos entregado nuestro sacrificio, nosotros, también, como Abraham, debemos alejar a los buitres de la duda y del temor. Sí, ahuyentarlos, resistir al diablo para que huya de nosotros; pero no huirá, ¡a menos que resistamos con resolución! (Hechos 10:34; Santiago 4:7).

Vencieron al diablo por la sangre del Cordero y por la palabra de su testimonio
(Lea Apocalipsis 12:9-11)

    Consideremos la manera en que Jesús, estando en el desierto, alejó al diablo: ¡por acometerle con la Espada del Espíritu, la cual es la Palabra de Dios! (Lea Efesios 6:17; Mateo 4:1-11). Nuestro Señor le citó vez tras vez al diablo las Escrituras, ¡hasta que el enemigo se apartó! Que nosotros, también, le citemos las Escrituras al diablo, en el poder del Espíritu Santo, ¡hasta que se aleje!

    Debemos de prestar atención a lo que escuchamos, atender cómo escuchamos, y dejar que las palabras del Señor ¡penetren bien en los oídos! (Marcos 4:24; Lucas 8:18; 9:44).