«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Nuestros Derechos Del Trono En Cristo

Por Sarah Foulkes Moore 

    El Señor es cabeza sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra en este siglo y en el venidero.  Su puesto y Su poder son supremos.  El resucitado Señor, sentado en el trono a la diestra de Dios, gobierna mucho más que cualquier otra potencia que procure controlar y gobernar este mundo de tinieblas (Ef. 1:20ff).

    Por medio de las abundantes riquezas de Su gracia en Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús, Dios el Padre «juntamente con Él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales» con nuestro resucitado y entronizado Señor.  Y juntamente resucitados con Él, y así sentados en lugares celestiales con Cristo (Ef. 2:5-7), por medio de la gracia de Dios, todo creyente es elevado con Él a la diestra de Dios y ocupa potencialmente el trono de Dios.

    Para que la iglesia de Cristo permanezca victoriosa en esta hora cuando fuerzas satánicas se están uniendo de lleno para dar su golpe mortal, …es absolutamente esencial que los creyentes, con toda humildad y dando el honor a Dios, tomen sus sitios en lugares celestiales con Cristo a la diestra, más allá de todos los poderes del aire, y desde ese lugar mantenerlos bajo dominación por medio de la fe en el nombre y la autoridad del Señor Jesús. 

El lugar de privilegio y autoridad para cada creyente

    Cristo despojó a los principados y a las potestades, y triunfó sobre ellos (Col. 2:15).  Cada creyente puede compartir y disfrutar al máximo esta gloriosa conquista del Calvario.  Aquel que tiene absoluto control sobre las fuerzas del maligno confiere esta autoridad sobre Sus discípulos, porque Él nos dice, «He aquí os doy potestad…sobre todo poder del enemigo» (Lc. 10:19).

    El creyente cuyos ojos han sido abiertos para comprender cuáles son sus derechos del trono en Cristo, aprenderá pronto al ejercer esta autoridad que el poder que él posee «en lugares celestiales con Cristo» es invariablemente mayor que lo que respalda al enemigo.  Las fuerzas del maligno están obligadas a obedecer al creyente cuando éste ejerce con confianza y fe la autoridad que es suya en el nombre de Jesús.

    La Cruz le ha robado a Satanás su poder.  Para vencerlo, necesitamos presentarnos y enfrentarnos con la sangre de Jesús a todo ataque del enemigo, ya sea que el ataque sea contra su iglesia, familia, mente, alma, cuerpo o circunstancias.  Satanás es vencido por medio de la sangre del Cordero de Dios y de la palabra del testimonio de ellos (Ap. 12:11).  Atémosle con la sangre de Jesús, así quitándole el poder y la autoridad que ya le han sido anulados.

    El sitio de la autoridad, muy por encima del enemigo y en unión con Cristo, es la seguridad del creyente (Ef. 1:15-23; 2:1-6).  Por fe pídale a Dios que cubra con la sangre toda parte de su ser, consciente y subconsciente.  Entonces diga en voz alta, «La sangre de Jesús protege ahora todo mi ser, y destruye ahora el poder del diablo.»  Una posición definitiva en la autoridad del Señor tiene que tomarse, rehusándose absolutamente a dar lugar al diablo en cualquier forma que se manifieste en la iglesia, el hogar, el cuerpo, la mente o el espíritu. 

«Ni deis lugar al diablo»

    Siempre que los poderes de las tinieblas se acerquen a su hogar, iglesia o vida personal, deben ser retados en el nombre y la autoridad de Jesús.  Diga en voz alta, «Este es el diablo, y lo resisto ahora en el nombre y en el poder del Señor que lo venció en el Calvario.»

    Surgen las disensiones en las iglesias, en las familias y entre amigos.  Detrás de toda contienda, perplejidad y confusión está Satanás.  Para romper su poder, utilice toda arma a su alcance, apelando a Dios en los méritos del Calvario, y clamando por el juicio de Dios sobre el adversario (Lc. 18:7-8).  El diablo no suelta sus garras del hombre y de los asuntos de la iglesia y el hogar hasta que lo obligamos.  Dios Mismo resiste a los orgullosos, pero a nosotros nos ha confiado el poder para resistir al diablo (Stg. 4:6-12).

    «Ni deis lugar al diablo» (Ef. 4:27) es un mandamiento de Dios.  ¿Estamos nosotros diariamente desplazando al diablo sus despóticos y satánicos intentos de controlar los asuntos de este maligno mundo presente?  ¿Nos enfrentamos nosotros a sus ataques contra nuestras mentes, almas y cuerpos, o sobre nuestras iglesias y hogares por medio de contra-ataques?  ¿Decimos nosotros en el nombre del Señor y por Su autoridad, «El príncipe de este mundo es ahora echado abajo»?  ¿Vivimos en Efesios seis, obedeciendo los mandatos de Dios de «Fortalecernos en el Señor»; «Vestíos de toda la armadura de Dios»; «Luchad»; «Estad, pues, firmes»; «Resistid»; «Venced»; «Tomad la espada»; «Orando con toda perseverancia»?

    Es nuestro deber oponernos al diablo en todo lugar donde lo encontremos trabajando.  Si no lo retamos, estamos robándole a Jesús Su victoria en el Calvario.  El Señor dice, «Resistid al diablo y huirá de vosotros»; y aquellos que obedecen al Señor y presentan una valiente resistencia a Satanás, se darán cuenta de que esto es cierto, Satanás huirá, lo mismo que dijo Dios (Stg. 4:7).  Necesitamos orar diariamente que, con humilde fe en la obra consumada por Cristo, tomemos nuestro sitio en la morada celestial a Su diestra, ejerciendo la autoridad que Él nos ha confiado, y así atando sin temor los poderes de las tinieblas dondequiera que se encuentren. 

Reforzando los derechos redentores de esta dispensación

    En cierto centro evangelístico, surgió una fuerte oposición por parte de extraños, que parecía que la obra sufriría la ruina.  Finalmente, el pastor-evangelista pidió a un grupo de hermanos de oración que oraran con él, apelando a la sangre de Cristo, y ataran los poderes del enemigo.  Después de un rato de oración y adoración con cantos, todos levantaron sus voces y oraron, «En el nombre del Señor Jesús y por Su autoridad, atamos al hombre fuerte para que no continúe causando estos disturbios entre esta gente, ni atacando la obra de Dios» (vea Mateo 12:29).  Las dificultades se desvanecieron y los opositores comenzaron a pelear entre ellos mismo; y resultó que su poder para oponerse a la iglesia fue quebrantado.

    Podríamos multiplicar los ejemplos para mostrar que en cada situación que se presenta, si el hijo de Dios es obediente, y con fe reclama sus derechos del trono en Cristo y valientemente ejerce su autoridad en Cristo, nada ni nadie podrá enfrentársele.  Una madre se encontraba muy perturbada por el espíritu de mentira que había en su criatura.  Pero al darse cuenta de la autoridad que tenemos en el nombre de Cristo, quieta pero firmemente reprendió al espíritu de mentira, y vio a su criatura libertada.

    En la obra personal, muchas veces se nos presentan dificultades cuando hablamos con las almas.  Aquéllas que buscan la salvación parecen tener las mentes cegadas.  Una actitud quieta de victoria sobre los espíritus contrarios traerá rápida liberación del opresor a los cautivos.

    En otra ocasión, un trabajador cristiano se dio cuenta que muy frecuentemente un espíritu de estupefacción invadía su mente, paralizando su voluntad.  Le era común estar deprimido y perplejo.  Él desconocía la presencia de los espíritus de opresión en la atmósfera, y por lo tanto no resistía los ataques, pero se mantenía pasivamente y sin ayuda ante ellos.  Un día el Señor lo iluminó, y exclamó en voz alta, «Éste es el diablo.  Lo resisto en el nombre y el poder del Señor que lo venció en la Cruz.»  Sintió alivio instantáneo de la opresión sobre su mente y cuerpo.  Su mente se aclaró.  Su voluntad se fortaleció para resistir.  Su fe en la victoria del Calvario lo sacó de muchas circunstancias perplejas que por años había impedido su testimonio y su vida de oración.

    La Palabra de Dios es clara, «Vuestro adversario el diablo…al cual resistid firmes en la fe…» (1 Pe. 5:8-9). 

    – Condensada.