«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Sólo Los Crucificados Pueden Predicar De Cristo Crucificado

Por Jorge D. Watson

    "Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis" (Romanos 8:13).

Una oración

Oh, que seamos nada, nada
—a sus pies postrándonos—
vasos limpios y sumisos,
listos para el uso de Dios.

    A través de las Escrituras se nos enseña la debilidad y lo infinitamente frágil que es el hombre; aun los mejores hombres no tienen ninguna fuerza propia. Abraham dijo que él era no más que "polvo y ceniza" (Génesis 18:27). Isaías dijo: "Caímos todos nosotros como la hoja" (Isaías 64:6). Job dijo: "Me aborrezco" (Job 42:6). Pablo dijo: "Soy menos que el más pequeño de todos los santos" (Efesios 3:8). Y Jesús dijo: "Separados de mí nada podéis hacer" (Juan 15:5).

    Toda fuerza tiene que ser concedida de Dios al alma. Hay unos pocos carácteres bíblicos de quienes no se menciona alguna falta, pero de aquellos se ha dicho que toda su justicia se la debían a Dios. No se atribuían virtud propia alguna.

    Es posible que en seis mil años hayan vivido unas pocas personas cuyas corazones nunca se hayan apartado a sabiendas de Dios. Sin duda hay muchos que se han extraviado sin humillarse o sin tener la plenitud de luz para percibirlo o confesarlo. Y millones de los hijos de Dios se han dado cuenta cabal de sus faltas y lo han sentido y lamentado, sean faltas pequeñas o grandes.

    Viviendo como estamos en un estado de prueba, no existe alguna gracia divina que no pueda perderse, y esta doctrina está claramente enseñada en muchas de las Escrituras, que un santo no puede sentirse asegurado de su salvación. En el pasaje de Corintios que dice "el que piensa estar firme, mire que no caiga" (en el griego original: "el que parece seguro tenga cuidado"), quiere decir que el creyente más antiguo, que tiene la más completa seguridad de fe, cuide para no caer. "Velas, pues, en todo tiempo orando" (Lucas 21:36).

Proseguir a la meta (Filipenses 3:14)

    El alejamiento del corazón de Dios es casi imperceptible al principio; hay lenta y gradual pérdida de la gracia divina, y avances y pequeñas invasiones de tentación. El diablo insinua en maneras tan suaves y silenciosas, a través de entradas no vigiladas, que antes que el alma lo advierte, él ha cautivado los intereses del corazón.

    Un poco de flojera espiritual, y la disminución del sacrificio propio, son como el aparecer de unas cuantas canas. La Biblia nos habla de uno que tenía unas cuantas canas y no lo advertió: "Devoraron extraños su fuerza, y él no lo supo" (Oseas 7:9). La pérdida de propiedad y de la salud tienen el mismo principio como la reincidencia o apartamiento de Dios.

Prohibido e ilegal

    El alejarse de Dios muchas veces empieza por mirar las cosas prohibidas. Los ojos quedan prendidos de un objeto de tentación. Esto enciende deseos exagerados e ilegales. Esto debilita la voluntad, y el resultado es el pecado en mayor o menor grado.

    Así fue el caso de Eva, que estuvo mirando a la fruta prohibida, aunque Dios le había dicho que no la tocara. Esto fue el caso de David, que estaba mirando desde la terraza de su palacio.

    Este es un arte que usó Satanás en Jesús cuando extendió ante su visión mental todos los reinos del mundo, con toda su gloria en un panorama de dominio mundial y soberanía de esplendor; pero Jesús instantáneamente volteó su mirada de esa visión cautivadora, y la fijó en su futura cruz.

    Este es el mayor remedio para todas las visiones fascinadores y tentadoras—poner la mente en la sangre preciosa de Cristo Jesús. La vista de Cristo crucificado es la medicina eficaz para quitar los pensamientos y visiones no santas.

Aceptando liberación ilegal

    Otra causa de los desvíos del corazón es por querer manejar nosotros mismos nuestra vida y nuestros asuntos, interviniendo en las disposiciones divinas y su providencia en casos de dificultad y aflicción, y así atravesamos muchas crisis en el alma.

    Estas crisis vienen sobre nosotros en la vida social, en el negocio, en relación a nuestra iglesia, en nuestra salud y en nuestro trabajo y deberes. Muchas de ellas no se pueden evitar. Están en la misma naturaleza de las cosas de este mundo, y cuando vienen nuestro espíritu humano se apresura a llegar a la conclusión o el resultado prematuro que a veces aceptamos una liberación ilegal; y estamos tan tentados a pensar que Dios nos ha olvidado o que Él es demasiado lento, que tomamos las cosas en nuestras propias manos.

    Esto fue el caso de Rebeca y Jacob, que pensaron que necesitaban inventar una mentira y engañar a Isaac con una piel de cabrito a fin de asegurar el cumplimiento de la promesa infalible de Dios; pero su manejo de sus asuntos sólo trajeron una triste separación y años de tristeza.

    Esto fue el caso del rey Saúl, que pensó que Samuel estaba demorando tanto en llegar a la cita que él (Saúl) pensó que él mismo debía desempeñarse como sacerdote y ofrecer el sacrificio. Y desde esa hora comenzó su alejamiento de Dios.

    Esto fue también el caso de Uzza quien pensó que cuando los bueyes tropezaban, él debía sostener con su mano el arca y así ayudar al Señor a cuidarlo.

Manejos pecaminosos

    La "oficiosidad" ha llevado a muchas almas a la esclavitud. Es tan fácil para los hombres, aún los más espirituales, tener la impresión de que éllos tienen que manejar la obra de Dios, de que ellos son responsables en los grandes avivamientos para poner sus deditos sobre las válvulas de seguridad y encauzar el fuego divino dentro del límite de su propia prudencia.

    El poder espiritual se pierde en atentar a "manejarlo". El reino de Dios en el alma es debilitado a menudo, con intentar manipularlo. Por querer manejar todo uno mismo, muchas veces se llega a una decadencia de la gracia divina.

Firme precaución, determinación inflexible

    Otra causa de la pérdida de la gracia es tomar libertades indebidas con cosas inocentes. Hay muchas cosas que en sí mismas son naturales e inocentes, y son inseparables de nuestra vida terrenal, pero si se toman libertades indebidas con ellas, llegan a ser peldaños que llevan al pecado interior o exterior.

    Esto es especialmente cierto en la vida social. Tenemos que tener roce con la gente, y hay amistades personales, y atracciones mutuas de la mente, y estilos y maneras personales que son parte de nuestra naturaleza y carácter; pero respecto a estas maneras de magnetismo personal y atracciones sociales se necesita la más firme precaución, y la determinación inflexible en contra de toda indebida familiaridad, y contra todo exceso de sentimientos de atracción.

    En millares de casos una caricia impropia, presiones extras de la mano, un beso imprudente, ha formado el deslizadero sutil al pecado, y a muchos quebrantos y tristezas.

    En igual manera libertades impropias se toman en forma de bromas o sarcasmo, burlas o chistes que degeneran de lo inocente a lo hiriente, cortante o despreciativo, resultando en la mala voluntad (Efesios 5:1-11).

La libertad se degenera en licencia

    Muchos juicios o querellas familiares y muchas separaciones de amigos resultan de lo que comenzó en forma placentera. Esta misma verdad se puede aplicar a los negocios y en otras cosas. A fin de mantener la más alta libertad en inocencia, amor puro, cortesía y amistad, se debe cuidar que la libertad no degenere en licencia.

    Otra causa de reincidencia es la mucha confianza en uno mismo, apoyándose en fuerzas propias o adquiridas.

    El alma que ha sido altamente favorecida por Dios, o que tiene habilidades especiales propias, instintivamente confía en sí misma, hasta estar humillada. Así fue con Pedro que estaba tan confiado con la magnitud de su fidelidad innata que juró que aunque todos los demás abandonaran al Señor, él no le abandonaría.

    Convertidos recientes que están en su primer amor hacen alarde de su heroísmo con declaraciones exageradas, y muchas veces en su entusiasmo y el fervor de su estado santificado, la mente humana se cree ser muy fuerte. Se necesita repetidas lecciones para que nos demos cuenta de la realidad de nuestra impotencia.

    La confianza en uno mismo tiene muchas formas de expresarse. Como la atmósfera, se adapta a todas las zonas y estaciones de la vida humana. Los cristianos muchas veces confían inconscientemente en sus experiencias, en vez de apoyarse únicamente en el Espíritu Santo quien es el que da la experiencia.

    Dios amonestó a los de Israel cuando entraban a la tierra de Canaán, "no suceda que comas y te sacies, y… te olvides de Jehová tu Dios" (Deuteronomio 8:12,14). Un estómago lleno tiene una mala memoria — "…engordó…, y tiró coces" (Deuteronomio 32:15).

    Esto nos enseña que aunque vivamos en Canaán, no debemos depender de nuestra experiencia porque la podemos perder. "La piedad vuestra es como…el rocío de la madrugada, que se desvanece" (Oseas 6:4).

    Porque hemos sido favorecidos con gracia, o fuerza, o sabiduría, o con éxito, esto no garantiza que estos dotes continúen, si no dependemos únicamente de la fuente de origen de donde emanan.

Bondades y atenciones terrenales

    Otra causa de debilidad espiritual es la de estar engreídos por bondades y atenciones terrenales. Como millones de niños que se echan a perder por la falsa bondad y la falta de corrección, así miles de cristianos se arruinan en la vida espiritual por un exceso de popularidad y exceso de bondades terrenales.

    Esto es particularmente tan cierto en los ministros como en cualquier otra clase de personas. Si tienen algún talento y éxito, y buena evidencia de gracia, inevitablemente tendrán muchos amigos. Estos amigos manifestarán su amor, algunos con sabiduría y otros sin sabiduría.

    En muchos casos los predicadores son halagados y alabados, y reciben regalos, son agasajados y sobrealimentados hasta que su gracia y también su prudencia se pierden.

Los sensacionales, carnales y frívolos

    Son los que se estiman como ídolos eclesiásticos, esperan recibir siempre las felicitaciones en toda ocasión y regalos para sus cumpleaños, Navidad y aniversarios, y que se les conceda todo antojo y deseo, y tener muchos halagos y cumplidos por cada sermón y oración, y ser invitados a todo festejo y ocasión importante, hasta llegan a ser tan sentimentales y sin convicciones que no valen para guiar las almas a Dios, pero como hizo el vanidoso rey Agag con Saúl, llegan a conducir a las almas hacia la perdición.

    Muchos ministros que empezaron como humildes agricultores o fueron simples obreros que llamados al ministerio principiaron con fibras divinas en sus almas, poco a poco tomaron el camino florido y fácil, y terminaron en un desierto espiritual.

    Pablo y Juan Wesley también predicaron contra llevar una vida suave y regalada, como un principio de ruina espiritual.

    Así que otra causa de reincidencia es la "buena vida" —es decir, sucumbir a una vida llena de comodidades y placeres.

    Ésta es la era de la comodidad y el lujo de la vida fácil. Los inventos y conveniencias de una vida de comodidad y facilidad que en la mayor parte de América gozamos, no lo gozaron ni los reyes de épocas pasadas, y muchas de aquellas facilidades, en vez de hacernos más consagrados al Señor, tienden a alejarnos de Él, y ser un estorbo para su gracia. ¡En algunos casos trae la ruina!, porque el corazón humano fácilmente se apega a las cosas de la vida de lujo y confort.

    Hay una codicia de las cosas de lujo y elegancia, las buenas comidas, mejores carros y casas, y todo lo que conduce al placer y la vida fácil que es causa de ruina espiritual para miles.

    Es muy raro encontrar en estos tiempos a un cristiano heróico que sabe soportar la dureza de las incomodidades, y que lleva una vida sencilla sin importarle las comodidades de la vida moderna.

    En el capítulo 21 de San Lucas, Jesús nos amonesta de estas cosas: banquetes, glotonería, embriaguez, afanes de esta vida, y nos dice que su venida será repentina y la iglesia se hallará durmiendo y despreocupada, llevando una vida de lujo y placer (Lucas 21:34-36).

    "Líbrame de los (mis propios errores) que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de las soberbias" (Salmos 19:12-13)

    Otra causa de reincidencia es la soberbia y creer que estamos tan bien con Dios que Él nos disculpará, y que nuestro ángel protector tomará los cuidados extras que necesitamos para librar de enredos al corazón desobediente. Satanás dice que somos los mimados especiales del Señor y que Él nos amparará y disculpará más que a otros.

    Ésta fue la tentación que le vino a Salomón. Él sabía que era el estimado de Jehová y que le había concedido gran sabiduría y conocimiento, y Satanás tocó esta tonada de tentación en las cuerdas de su orgullo propio, hasta que aquel "más sabio que todos los hombres" clamó: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad" (Eclesiastés 1:2).

    Ésta fue la tentación que usó el diablo con Jesús, cuando le desafió a tirarse desde las almenas del templo, haciéndole sentir que era tan favorecido de Dios que los ángeles le alzarían en sus manos para que su pie no tropezara con las piedras.

    Dios es imparcial en sus castigos como también en su amor. Como Él muestra su amor al más vil y perdido pecador que se arrepiente, también castiga a sus santos más escogidos, aun a Moisés que le hablaba cara a cara a Dios. El orgullo y la presunción son los pecados que hicieron al diablo, y son los pecados que Satanás presenta a miles para apartarles de Dios.

    Las cosas que Dios permite para probar la fe, Satanás las usa como argumento para causar la desobediencia.

Mirando las dificultades

    Es de esperarse que la vida esté llena de dificultades, pues vivimos en un mundo caído y pecaminoso. Hay dificultades en la vida en la manera de buscar el perdón y la santidad, dificultades para crecer en la gracia, dificultades que surgen de nuestras propias mentes o herencia, o de nuestro ambiente social, o de asuntos temporales, o de nuestros temperamentos, nuestra enseñanza escasa o falsa; dificultades innumerables que aparecen como las malas hierbas en cada terreno de esta vida; y poner nuestra vista en estas dificultades debilitará la fe y la perseverancia, distraerá la mente, anublará la visión y apartará el alma de Dios.

La vida divina es un camino de fe

    Cuando Pedro miró a las olas del mar, su mente perdió el brillante concepto de la omnipotencia de Jesús, así que comenzó a hundirse. Cuando Abraham vio las dificultades de cómo poder retener a su hermosa esposa en la presencia de un rey pagano y codicioso, él no sabía cómo iba a lograrlo y le condujo a mentir a causa de la dificultad aparente de su situación del momento que parecía excluir el cuidado omnipotente de Dios.

    Nuestro Padre celestial permite que sus hijos estén rodeados de dificultades a veces, y el diablo usa estas circunstancias para tratar de convencernos que es una necesidad pecar para salir del apuro. Las mismas cosas que Dios usa para probar nuestra fe, el diablo las usa como un argumento para hacernos desobedecer.

Delicadamente peligroso

    Muchos han caído de la gracia a la esclavitud del espíritu por tener un espíritu duro de crítica. Juzgar a otros es un pecado que es propio de los poco maduros en lo espiritual. En denunciar a otros hay un elemento de justificación propia, y a la vez de alabarnos nosotros mismos. Es imposible hablar mal de otro sin creernos mejores.

    Muchas veces los que son tenidos por muy espirituales han denunciado el pecado en otros con tanto vigor que ellos mismos han caído en pecado más grave que aquel a quien denuncian. No hay nada más delicadamente peligroso que el condenar a otros.

    Un antiguo escritor espiritual ha dicho que el "reprender a otro por un pecado requiere más gracia y humildad que cualquier otro deber". A veces oímos a personas decir que "debemos dar duro contra el pecado", pero si lo hacemos sin el espíritu de compasión y lágrimas, sólo lograremos herirnos nosotros mismos.

    Es posible predicar con toda severidad y en una tonada de satisfacción propia que sólo divierte al enemigo de nuestras almas, y entristece al Espíritu de Dios.

    ¡Cuántos miles han perdido la dulzura del amor puro, la paz del andar en comunión con Dios, por las palabras cortantes como espadas, la crítica destructiva, el juzgar sin consideración y el condenar sin comprensión, ni amor!

    La justicia propia es tan engañosa como otros pecados. Se eleva imperceptiblemente, haciéndose aparecer como muy perfeccionada en la gracia. El diablo les tentará a ser severos con otros, bajo el pretexto de ser valerosos o heróicos y sin temor en denunciar el pecado.

    A Satanás no le importa cuantas veces lo denuncies a él y a sus obras; Si él puede lograr meter un poco de vinagre satánico en tus venas, eso sería la recompensa que él desea.

El espíritu frívolo contra el espíritu tosco

    Mencionaré entre las últimas causas de reincidencia el espíritu frívolo. Este espíritu está en contraposición al espíritu duro y tosco. Algunas personas no se inclinan hacia la severidad, ellos tienden a apartarse de Dios por un espíritu frívolo de liviandad y bromas, de chistes y de risa, que igualmente sirve a los propósitos de Satanás.

    Este espíritu de liviandad suele abundar en confraternidades y reuniones grandes donde cristianos de talento y buen humor se encuentran. La costumbre de hacer bromas, y aun las más aparentemente inocentes, siempre es dañina a la profunda piedad del alma, y resiente al Espíritu Santo, distrae la mente de las cosas divinas, remueve el espíritu de su tranquilidad interior en Dios y lo debilita para la oración y de ser un canal para el Espíritu Santo.

    Cientos de personas han roto su comunión con Dios por una broma pesada, una risa exagerada o un gesto incorrecto o vulgar. La calamidad más grande es que muy pocos cristianos se acercan suficientemente a Dios para discernir estas cosas. Cualquier cosa que destroza el recogimiento de la mente en Dios o interfiere o interrumpe el refinamiento y la elevación del alma es un punto de partida para el alejamiento de Dios.

El remedio una gran humillación del ego

    Yo menciono como el primer remedio muy eficaz para los desvíos del corazón, una gran humillación ante Dios. Uno tiene que enfrentarse con el mal que ha cometido y reconocer su falta, sin dar excusas o presentar defensa propia para que el egoísmo sea derrotado y destituido del trono, y Dios sea ensalzado y su verdad magnificada a costa de aniquilación del "ego".

    Es un gran don de Dios que un reincidente tenga la gracia de Dios para arrepentirse y confesar sus pecados y volver a Jesús; y si no fuera por ese arrepentimiento que Dios le concede, el alma jamás regresaría a Él. El don del arrepentimiento es verdaderamente divino, y es una señal del favor de Dios tanto como lo es el don del Espíritu Santo. Necesitamos mucha gracia para reconocer nuestras faltas y resistirlas sin clemencia. (Romanos 2:4).

El enojo de Dios, las llamas del infierno

    Otro remedio es una firme determinación de arreglar cuentas con Dios y nuestro prójimo, ¡cueste lo que cueste! Estamos en camino al día del juicio, y necesitamos una santidad en nuestras almas acá para ese día.

    Esta determinación de arreglar las cosas tal vez signifique pedir disculpas a un niño, o a un amigo, o confesar un error, o puede requerir una gran devolución, puede significar la pérdida de riqueza, y lo que el mundo llama honor y fama, puede resultar en la pérdida de amigos, puede significar pobreza, o aun ir a la cárcel o al destierro.

    Puede traer sufrimientos que quebranten, destrocen el corazón y llenen los ojos de lágrimas, pero aunque signifique todo esto y todo lo que la imaginación puede concebir, las pérdidas y el dolor en sí mismos son preferibles que tener la desaprobación de Dios y las llamas eternas del infierno.

    Este mundo, y aun la iglesia, es mal juez muchas veces del carácter humano. Muchos que son estimados como muy dignos y buenos pasarán la eternidad en el infierno, y muchos que han muerto en las prisiones y en guillotinas, y que han sufrido ultrajes como si fueran los peores y más viles, estarán en la eterna gloria gozando con los ángeles la presencia de Dios.

    Dios solo sabe quienes realmente le aman; Él solo puede juzgar a sus criaturas. Cuando el alma no busca otra cosa en el universo sino la aprobación y la sonrisa de Dios, y no teme nada en el universo sino ofenderle o desagradarle, estará dispuesto a pagar cualquier precio para estar en paz y comunión con Él.

Consolación de las criaturas humanas

    En el siguiente lugar está el constante y firme mirar a Jesucristo solamente para ayuda y consuelo.

    El alma nunca se da cuenta de cuánto se apoya sobre otros humanos para consuelo, hasta que se encuentra en un lugar en que no tiene ningún consuelo ni aliento de otros, entonces encuentra en Jesús todo lo que necesita, una completa suficiencia para cada necesidad. Requiere llegar a un grado extremo de necesidad e indecible mortificación de nuestro orgullo para tener que buscar la felicidad únicamente en Dios. El infinito amor y compasión de Jesús se extiende ante el alma como un inmenso océano, en proporción a la necesidad del alma.

    En tiempos de dificultad y aflicción y soledad, sólo nos dañamos nosotros mismos y atrasamos la obra de Dios con buscar consuelo y simpatía de otros que no la saben dar. Dios es nuestro mejor Amigo, y aunque hemos pecado contra Él incontables veces, y hemos entristecido su Espíritu con nuestras faltas y pecados, y herido su amor tan tierno e infinito, sin embargo, ¡Él es el primero en perdonar!

    Podemos pensar en la compasión más exagerada de cualquier ser querido: padre, madre, hermana, hermano, esposo, esposa o amigo; podemos pensar en el amor de gente buena, en los mejores y más consagrados santos y hasta en la inmensa caridad de los ángeles del cielo a través de todas las edades.

    Sin embargo, millones de millas de distancia más allá de estos cariños está la compasión incomparable de Jesús hacia el alma que ha ofendido gravemente a Él.

"Hay anchura en la misericordia de Dios
Como la anchura de la mar;
Hay una bondad en su justicia
que es más que la libertad.

"Pues el amor de Dios es más ancho
que la medida de la mente humana
Y el corazón del Eterno
Es maravillosamente tierno.

"Almas anhelantes, acérquense
a Jesús, sin temor,
mas vengan con fe y confianza
Sintiendo Su Inmenso Amor."

    Las promesas más maravillosas en la Biblia son las ofrecidas a las almas que han vagado lejos de Dios, si ellos regresan a Él. El Señor nos dice que Él era el "esposo" de la rebelde (Israel) y se lamenta por las almas que vagan en el pecado (Oseas 11:3-4,8): "¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín?".

    "Vuélvete, oh rebelde Israel, dice Jehová; no haré caer mi ira sobre ti, porque misericordioso soy yo, dice Jehová, no guardaré para siempre el enojo. Reconoce, pues, tu maldad, porque contra Jehová tu Dios has prevaricado" (Jeremías 3:12-13).

    "Vuelve, oh Israel, a Jehová tu Dios; porque por tu pecado has caído… Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia… Yo seré a Israel como rocío; él florecerá como lirio… Se extenderán sus ramas, y será su gloria como la del olivo, y perfumará como el Líbano" (Oseas 14:1-6).

    El alma debe fijar su mirada para liberación, restauración y consuelo solamente en Jesús, el Hijo de Dios. Pueda que reciba consuelo de la iglesia, de seres queridos y los fieles hijos del Señor, pero no debe esperar nada sino de Dios. Él es el más seguro, y el camino más corto para hallar consuelo.

Exagerado deseo de consuelo

    Otro remedio es una determinación firme de no ceder al desaliento. No importa cuán grande la prueba, cuán nublado el cielo, tenemos que recordar que todo desaliento es del diablo y es siempre dañino (Lucas 18:1).

    Faber dice, en cuanto a nuestras faltas, que el desaliento necesariamente trae un gran deseo de consuelo. Cuanto más estamos desalentados, tanto más volamos a lo que nos consuela, y estando en apuros para el consuelo, hace que nuestra vida se enfríe y así nos hallamos débiles para la lucha contra la mortificación (de la carne).

    También dice que "la vergüenza de nuestras faltas debe ser borrado por un sentimiento de esperanza en Dios para el perdón, y poner todo ante la voluntad de Dios; que debemos contemplar nuestras faltas con una quietud de dependencia en Dios".

    El salmista dice: "¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío" (Salmos 43:5).

    El desaliento es exactamente opuesto a la presunción. Si Satanás ha tentado el alma a la presunción, luego usa su artillería de desaliento, atacando al alma, no sólo para hacerla pecar, sino para mantenerla en pecado, con el desaliento.

    En cada emergencia de la lucha cristiana, la esperanza es la puerta a la victoria. Millones de santos en el cielo pueden recordar cuando estaban pasando por pruebas parecidas de tentación y de arrepentimiento como las que están ocurriendo en las almas humanas actualmente, y si nos pudieran hablar nos podrían relatar los acontecimientos en sus vidas que serían una réplica exacta en muchos casos de lo que nosotros hemos pasado.

Alas para nuestra devoción

    Otro remedio es, cultivar un sentimiento de contrición y pena por el pecado cometido. Hay dos clases de pena o pesar por el pecado. Una produce la muerte y la otra produce la vida. Después que los elementos de culpa y remordimiento han sido totalmente quitados, debe haber una meditación profunda de compunción y remordimiento por el pecado. Pablo tenía esa pena constante de haber perseguido a los santos. No era un dolor que le pesaba, sino al contrario le daba alas para su devoción.

    Aunque Jesús no conoció el pecado, siendo puro y sin pecado, sin embargo llevó sobre Él el pecado del mundo. Él pasó su vida afligido continuamente por el pecado de la humanidad. Esa pena era sobre Él como una criatura enferma que apoya su cabeza en el seno de su madre. Como lo expresó Fabor: "El dolor por el pecado permanecía en el corazón de Jesús aún en medio del fuego de su santificada visión". Era en Él una fuente tranquila y eterna, y sobrenatural de amor; y esa pena por el pecado en nosotros es nuestra defensa de apartarnos del Señor.

    Pena por el pecado en nuestra alma es el único paralelo en nuestras vidas para la pena constante que tenía Jesús para el mundo. Esta pena consiste en un odio creciente al pecado. Al mirar sobre la gloria refulgente de Dios, fortalece nuestra visión para discernir más claramente lo que es imperfecto e indigno.

    Una pena constante de ofender a Dios no dará cabida en nosotros a la vida carnal. Esta pena divina nos hará crecer en fe y humildad sin perjudicarnos. La verdadera pena por el pecado es una virtud del alma que da amor compasivo en vez de crítica destructiva. Es una fuente tranquila de ternura que nos inclina hacia la oración; y aunque es una pena, al mismo tiempo es una dulzura sobrenatural.

    Este dolor y pena de ofender a Dios, hace acercar el alma a Dios. Esta es la verdad a que se refirió Jesús al decir que los que fueron perdonados de muchos pecados, amaban más (Lucas 7:36-50).

    Vive mediante la fuente de la sangre de Jesús, llora lágrimas en silencio, abraza la compasión de Jesús con anhelo inexplicable. Este sentimiento de contrición por el pecado libra al alma de muchos peligros espirituales; pone una ternura en el carácter; nos hace profundamente sensibles al menor toque de Dios; nos quita la aspereza y nos hace comprensivos y caritativos hacia otros.

    La pena constante por el pecado guarda blanco el corazón de modo que no hay ningún dolor o calamidad en ningún miembro del cuerpo de Cristo que no despierte nuestra simpatía, y nos haga más alertos a los peligros de este mndo y las ventajas de estar en el cielo.

Nuestras faltas son un estímulo para tener más humildad y para andar más cerca de Dios

    Otro paso para mejorarse es una determinación de hacer de todos nuestros fracasos un peldaño para ascender en la gracia. Esto suena como una paradoja, pero la vida espiritual está llena de paradojas. Sí, debemos hacer de nuestras caídas, peldaños para ascender a más grandes alturas de gracia.

    Esto ha sido hecho en millares de vidas. Ha sucedido que los que han sufrido las más grandes pérdidas de gracia, al darse cuenta se han ceñido al espíritu de penitencia y fe heróica como Pablo expresa: "fuisteis contristados para arrepentimiento… para salvación", y para un acercamiento a Dios que nunca hubieron tenido si no hubierian tenido tales fracasos (2 Corintios 7:6-11).

    Esta es la mejor manera de vengarse del diablo por toda su malicia y daño que nos hace. Es de este modo que Dios puede hacer que absolutamente todas las cosas del cielo, de la tierra, o del infierno, en el éxito o en el fracaso, ¡todas las cosas ayuden a nuestro bien! (Romanos 8:28).

    En esta manera el Espíritu de Dios guió a Sansón cuando estuvo inspirado a orar para que Dios le ayudara a vengarse de los filisteos por la pérdida de sus dos ojos. Dios oyó su oración y le ayudó a matar más de los enemigos del Señor en su muerte que en su vida; así que su gran calamidad y aun su pecado en revelar el secreto de Dios, se hicieron un peldaño a una victoria más grande que de otro modo no hubiera podido conseguir.

    Pero se debe recordar que la victoria más grande fue mediante su humillación completa y su arrepentimiento. Es sólo cuando el corazón vuelve en perfecta lealtad de amor a Dios, que el Espíritu Santo hace que todo obre para su bien (Romanos 8:28).

    Debemos proponernos a hacer cada falta, cada defecto, cada error en nuestras vidas una espuela que nos apure hacia la humildad y un andar más cerca de Dios. Este es el uso más divino que podemos hacer de ellos.

Envolviendo la vida en la abnegación

    Otro remedio contra la reincidencia es la abnegación. Ésta es la esencia misma de toda victoria espiritual. Como la indulgencia propia crece en nosotros imperceptiblemente, así la abnegación debe cercar nuestras vidas enteras. La doctrina del ayuno juntamente con la oración no se practica mucho, y aun algunos escritores de la santidad han escrito contra el ayuno.

    Pero si el ejemplo de todos los santos en las Sagradas Escrituras y la historia de la iglesia vale algo, vemos que ellos alcanzaron su más alto grado de fuerza espiritual mediante el ayuno, la abstinencia y abnegación en los apetitos corporales, en los placeres mentales y complacencia social y de todas las satisfacciones mundanas.

    Un escritor ha preguntado: "¿Quién ha visto alguna vez a una persona muy gorda y sobrealimentada destacarse por su profunda espiritualidad?" Miles de cristianos constantemente comen demasiado, hablan demasiado, satisfacen sus caprichos, sus placeres en una medida tal que entristece al Espíritu Santo, y ponen cimientos para muchos pecados secretos o caídas notorias. La vida lujosa y la indulgencia propia son el cebo de la trampa para miles de cristianos en América. Yo he llegado a creer que la doctrina contra el ayuno es un engaño de Satanás.

    En los siglos pasados la gente era extremadamente estricta en lo que toca a cumplir con toda ordenanza bíblica, pero en estos tiempos es una triste rareza encontrar verdadera y heróica abnegación. San Pedro nos dice que debemos abstenernos "de los deseos carnales que batallan contra el alma" (1 Pedro 2:11). Este principio de abstenerse de los deseos carnales debe incluir el uso de nuestros sentidos, cuidar nuestra vista, nuestras palabras, nuestras acciones, nuestro comportamiento, nuestra manera de vestir con ropa simple y modesta —evitando toda extravagancia en cualquier aspecto que podría dar al cuerpo o al intelecto dominio sobre nuestro espíritu interior.

    Si miramos a la abnegación como cosa dura y difícil de cumplir y que nos provoca a murmuración y quejas, esto demuestra que no sabemos aún lo que es "crucificar" el "yo" y la carne. Si logramos alcanzar cierto grado de gracia divina, la abnegación nos dará un gozo y una dulzura celestial que exceden mucho de todo lo que podríamos sacar por dar "rienda suelta" a todos nuestros deseos carnales. Cuando fracasamos en la abnegación, estamos a la deriva y al fracaso de nuestra vida espiritual.

Los desempleados de Dios son los empleados del diablo

    Otro resguardo para el hijo de Dios es el envolvimiento en cosas espirituales. Tal vez no habrá otro vicio más incorregible en la vida religiosa que la ociosidad espiritual. Es una especie de mal omnipresente, como una gravitación satánica que invade cada átomo de vida, y atrae todo hacia un centro de inútil reposo.

    La ociosidad religiosa es la polilla de la vida cristiana. Carcome las vestiduras de la experiencia espiritual, y cuando queremos vestirnos para entrar en el conflicto, encontramos que nuestros vestidos están deshaciéndose a causa de las polillas de la ociosidad.

    Cuánto tiempo habremos perdido por dormir hasta tarde, por haraganear, vagar, y hacer visitas sin un propósito especial, haciendo largas e inútiles conversaciones. ¡Cuánto tiempo hemos peor que malgastado!

    Debemos arrepentirnos de todo corazón y hacernos fuertes como un pedernal contra este demonio de la ociosidad. Levantémonos más temprano, y pasemos más tiempo en la oración y la lectura de la Palabra de Dios y otros libros espirituales, hagamos buenas obras de toda clase; y tengamos un odio santo a todo lo indigno, lo sucio y lo tonto.

Una profunda convicción de ser siempre industrioso

    El lema de Wesley era: "Nunca estés ocioso, ni ocupado en tonterías". San Alfonso hizo voto de nunca desperdiciar un momento a sabiendas. Siempre podemos encontrar algo que hacer por leer o escribir, o por orar o conversar de cosas definitivamente espirituales, o atender nuestros propios trabajos con un espíritu de meditación.

    Muchos piensan que una vida de mucho trabajo espiritual sería aburrida y cansadora, pero es todo lo contrario. Cuando la mente está siempre ocupada con algo divino o útil, nos trae una dulce quietud y descanso a nuestra vida que otras cosas no nos dan, y quita el apuro y la impetuosidad del alma.

    Siempre son los ociosos los que tienen que correr a coger el tren, o se pasan el límite de velocidad para alcanzar el avión. Son los ociosos los que trabajan esporádicamente y por cortas temporadas y siempre están cansados y que para cada media hora de trabajo quieren dos horas de descanso.

    Predicadores que predican un sermón por semana se quejan de gargantas adoloridas y quieren vacaciones largas en el verano, mientras que los que están llenos de fervor santo y amor, predican noche tras noche con voz clara, y se gozan en las convenciones y confraternidades. No sólo debemos ser trabajadores en lo material, sino en lo espiritual también, pues si no, decaeremos de la gracia.

La perseverancia es la columna vertebral de la cual crecen nuestras costillas espirituales

    La antigua virtud de la perseverancia es muy buena medicina para impedir que el corazón vague. La perseverancia es la columna vertebral de la vida espiritual, de la que crecerán todas las demás virtudes. La perseverancia es el remedio para aquellas almas cuya experiencia consiste en bendiciones espasmódicas. Hay una buena cantidad de superstición en las vidas de muchos de los cristianos.

    Ellos dependen de alguna bendición instantánea que reciben en una crisis de oración, entonces esperan que esa bendición siga haciéndose presente en sus vidas como si fuera una máquina de cuerda. ¡Sus vidas espirituales consisten en largas sequías intercaladas con fuertes aguaceros! Sus sequías arruinan sus cosechas y sus repentinos diluvios de aguaceros derrumban sus cercos y hacen grandes zanjones en su terreno.

    Si sólo pudieran estas almas tener la idea de lo que es la perseverancia constante y duradera, les serviría como una lluvia suave de penetración que no lavaría la semilla. La perseverancia es el remedio para los tiempos de gran desaliento, tentación y soledad (Lucas 18:1).

    Sea lo que fuere tu fracaso, aunque todas las cosas en el cielo y en la tierra parezcan estar contra ti, aunque tus dificultades parezcan invencibles, aunque tus caídas hayan sido tantas que hayan agotado la paciencia de tus mejores amigos, y agoten la caridad de los más santos; aunque toda virtud parezca haber salido de tu alma, sin embargo si tienes perseverancia, el Dios omnipotente tomará esa sola disposición de tu voluntad, y te sacará a duradera victoria.

    Dios siempre nos sacará victoriosos si tenemos suficiente fibra en nuestra voluntad para aguantar.

    Dios se deleita en hacer por nosotros lo que otros creen imposible de ser hecho. Veremos a millares de santos en el cielo que dijeron como Miqueas:

    "Mas yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá. Tú, enemiga mía, no te alegres de mí, porque aunque caí, me levantaré; aunque more en tinieblas, Jehová será mi luz. La ira de Jehová soportaré, porque pequé contra Él, hasta que juzgue mi causa y haga mi justicia; Él me sacará a luz; veré su justicia" (Miqueas 7:7-9).

    La perseverancia es el eje sobre el cual la esfera de la vida cristiana se mueve.

Humildad sin límite, oración perseverante, y total entrega al Espíritu Santo

    Una completa obediencia personal a Dios es otro remedio para el corazón inconstante, porque afirma y endurece la fibra moral. Miles han fracasado en su vida espiritual porque limitaron su obediencia al término medio de otros cristianos, o a la opinión conservativa de otros.

    Dios nunca hace iguales las vidas de dos de sus hijos. Cada uno que anda con Él experimentará cosas distintas de otros. Dios no quiere que nos imitemos unos a otros como los monos hacen. Él recurre a métodos extremos para separarnos y para individualizarnos, porque Él está resuelto a que nosotros le obedezcamos a Él, y no unos a otros.

    Hay un lugar de consejo y de uniformidad cristiana en la práctica, pero dentro de todo está el Espíritu Santo quien ordena a los que se perfeccionan, a seguir una órbita individual.

    Ningún siervo de Dios ha habido que no tuviera que decir o hacer cosas con las que nadie más estaba de perfecto acuerdo. Si obedeces con exactitud a Dios, tendrás que hacer algunas cosas que no están al gusto o al agrado de tus mejores amigos. Nadie en el mundo podía haber estado de acuerdo con los sueños de José, ni siquiera su propia familia.

    Si Pablo hubiera consultado los once apóstoles, él nunca hubiera hecho las cosas que hizo. Daniel fue contra el consejo de todos los ancianos y consejeros encargados, en rehusar la comida y la bebida del rey. La obediencia perfecta debe ser independiente, calmada, resuelta y sin temor.

    Algunos años atrás conocí un ministro que sintió un suave impulso del Espíritu Santo para ungir a los enfermos y orar por ellos y enseñar la sanidad divina. Pero él dejó que le detuvieran su propio espíritu conservativo y los consejos de otros ministros que tenían prejuicios contra la sanidad divina.

    En años posteriores él se dio cuenta de que su falta de obediencia independiente, en aquel punto le había debilitado la fe y su obediencia en otros puntos; y después de muchos castigos de Dios él prometió obedecerle por completo, independiente y sin temor en todas las cosas reveladas como la voluntad de Dios.¡Cuántos miles de almas se han debilitado en la fe por no obedecer a Dios en algún punto grande o pequeño, sólo porque no era de la aprobación de su círculo de amistades!

    Con razón algunos antiguos escritores de la iglesia llamaron a la prudencia una "virtud diabólica" al ver a muchos que fueron impedidos (de hacer lo que Dios les mandaba). Hay una prudencia divina que tiene un resplandor de rayo en la mirada, una heróica decisión en sus pisadas y un coraje en sus acciones que están respaldadas por los resultados de las providen cias divinas.

    El que hace un sendero en el aire para las aves, y un lecho en la tierra para los ríos, ha ordenado el lindero de obediencia para cada hijo suyo; y si nos entregamos en completa humildad, en oración perseverante y en total rendición al Espíritu Santo, Él nos guiará por su senda, y no guiará a ningún otro de la misma manera ni por la misma senda que a nosotros.

    El temor del fanatismo ha impedido a miles de obedecer con independencia la voz de Dios. Algunos pueden preguntar: "¿Cómo sabré que no estoy entrando en fanatismo bajo una ilusión de la obediencia?" Si en cualquiera dirección de obediencia, por más extraño que sea a los demás, uno tiene el espíritu dulce, un fluir de amor hacia otros, un propósito firme para agradar a Dios y no a uno mismo, y una caridad hacia otros que no siguen su ejemplo, entonces se puede saber que uno es guiado por Dios.

    Pero si, en una decisión individual uno se siente impetuoso, apurado, terco y tosco y sin amor —si se siente algo que le empuja para hacer las cosas atropelladamente, o le hace lleno de impaciencia en denunciar a otros, o le hace querer forzar a otros para hacer como usted hace— entonces puede saber que es el diablo, y no Dios, que le está impulsando.

    No hay peligro de ser demasiado independiente ni demasiado valiente mientras el alma se guarda en un mar de sumiso, tierno y desinteresado amor —amor supremo a Dios y a su palabra, y amor a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:36-40).

Nuestros pensamientos son arquitectos

    Como otro remedio de una obediencia débil y sin ánimo, mencionaré guardar la mente puesta en Dios y en las cosas de su reino (Isaías 26:3-4; Salmos 1:1-6). No puede haber una seguridad más grande para la vida del espíritu para evitar la penetración de lo malo, que tener la mente siempre en un estado de meditación y reconocimiento divino.

    El intelecto no lo puede hacer bajo su propio poder, pero si la naturaleza espiritual está poseída por el Espíritu Santo, entonces el espíritu interior unido al intelecto puede meditar casi continuamente en Dios o en sus atributos, o en las operaciones de su gracia, o los misterios de su providencia, o en las revelaciones de su Palabra.

    Nada hay más peligroso que los desvaríos pecaminosos de la mente. Puesto que todo pecado exterior necesariamente se comete primero en la mente, así por otra parte, todas las alturas de devoción, o crecimiento de la gracia, o progreso de la experiencia deben primero tomar parte en la meditación espiritual de la mente. Nuestros pensamientos son arquitectos que fabrican todos los relucientes castillos de gracia en donde encontramos nuestra verdadera morada en el reino de Dios.

    Debemos cuidarnos de no pensar demasiado en el pasado. Tal vez lo único de bueno en pensar en el pasado es que nos servirá para profundizar nuestra humildad al recordar nuestros pecados, y aumentará nuestra gratitud por las misericordias tan grandes del Señor.

    Pero en la plenitud del Espíritu no debemos pensar del pasado de tal forma que nos quedemos descorazonados, o consumirnos en su pérdida o quedarnos enmarañados con él; debemos de desprendernos de las cosas del pasado, como el pájaro que se supone que abandone el nido del año pasado, cerca del cual volará de pasada sin atender a su vacío y desmoronado estado, porque su total naturaleza está llena de la gloria del presente verano (Filipenses 3:1-14).

    No debemos esperar quje alguna varita mágica pase sobre nuestras cabezas, que nos impulse a pensamientos divinos y sublimes; pero debemos formar un hábito fijo de guardar nuestras mentes en las cosas de Dios. Tenemos que guardar a Cristo en nuestras mentes y dejar que nuestra imaginación vuele hacia Él en el paraíso. Debemos pensar en las modalidades de su carácter, en su relación con el Padre celestial y el Espíritu Santo; en lo que Dios está haciendo ahora por nosotros; en los santos y los ángeles en el cielo; en la presencia divina sobre nosotros (Mateo 28:18-20; Juan 14:15-17; Hechos 17:24-28).

    Debemos pensar en la venida de Jesús y en las cosas de su reino milenario; pensar en miles de cosas pertenecientes a nuestro futuro en el mundo celestial, hasta que toda la vida llegue a ser una visión continuada, reposada y dulce del mundo sobrenatural y seres sobrenaturales.

    Este hábito de meditación profunda y divina obrará maravillas en nuestras vidas. Pondrá una suavidad y gentileza en nuestras palabras y maneras, excluyendo todo lo tosco, brusco e impaciente, y guardará nuestros sentimientos abiertos a la voz apacible del Espíritu Santo o al toque de nuestro ángel protector.

    Hará que sea fácil orar a cualquier hora del día, y nos apartará de las cosas visibles y sensuales de este mundo, hará que Dios y el cielo sean realidades radiantes para nosotros. Pondrá una calma en nuestras facciones y una dulzura en nuestra expresión y una delicadeza fina en las acciones del alma.

    Nuestros pensamientos hacen la parte principal de nuestras vidas. Lo que pensamos, ya somos, o llegaremos a ser. Así que guardemos nuestras mentes abiertas a las cosas celestiales.

    Durmamos cada noche pensando en Dios y en Jesús, y despertemos cada mañana con el pensamiento de Dios en nuestra mente.

    Esto puede hacerse, y es el salvavidas contra la entrada de las cosas malas en nuestras mentes, porque aún para los más diligentes en esta dirección habrá lapsos mentales en que los demonios sugieran maldades y así nos ponen a prueba diariamente y nos empujan a la oración. El apóstol habla de derribar argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Corintios 10:3-5).

Bendito Paracleto, Ayudante a nuestro lado

    El punto culminante de todos los remedios, es cultivar una comunión íntima con el Espíritu Santo, reconociendo que el Espíritu Santo tiene a su cargo toda tu vida y todos tus asuntos temporales, sociales y espirituales. Tu comportamiento hacia el Espíritu Santo sería lo mismo que tendrías con Jesús si Él estuviera visiblemente contigo. Háblale, hazle saber cuánto le amas, hazle tu compañero constante en todas las cosas de la vida, en lo infinitamente pequeño y también en todo lo grande.

    Pídele que te revele al Padre y al Hijo; pídele que Él te revele cada deber tuyo, y te revele las cosas por venir (Juan 16:13-14). Hazle tu Amigo real e íntimo, escucha su voz; espera que Él te enseñe diariamente la voluntad de Dios.

    Forma un hábito de pronta e indiscutible obediencia a sus tiernas impresiones sobre tu corazón. Que el Espíritu Santo sea un mar de luz sin mancha en que tú te bañes. Deja a su poder personal todas tus flaquezas, penas y lágrimas, y todos tus altibajos de temperamento en tu vida. Anhela siempre una unión más profunda y más fuerte con Él.

    Recuerda que el progreso perpétuo impedirá que retrocedas.

    Aprecia una sonrisa o una reprensión del Espíritu Santo más que todos los aplausos de los ángeles o los hombres. Acepta cada corrección y cada reprensión que indica el Espíritu a tu mente, amando sus reprensiones infinitamente más que las alabanzas de otros.

    Recuerda que la gran obra del Espíritu Santo es impartir la vida cristiana y cultivar o desarrollar la personalidad divina de nuestro espíritu. Espera que Él haga grandes cosas por nosotros en este aspecto; Él hará maravillas si los esperamos firmemente con la fe.

    Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes. Amen (2 Corintios 13:14).