«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Usted Y Su Indescriptible Poder

Por Wesley L. Duewel

    El mayor privilegio que Dios le concede a usted es el de poder dirigirse a El en cualquier momento. Usted no sólo está autorizado para hablarle, sino que El lo invita a que lo haga. No se trata de algo que le sea meramente permitido, sino que se espera de usted. Dios anhela que se comunique con El; ¡usted tiene acceso directo e instantáneo al Señor! Dios ama tanto a la humanidad, y especialmente a sus hijos, que se ha hecho accesible para usted en cualquier momento. En esa asombrosa potestad que El le concede, hay por lo menos siete elementos importantes.

Contacto con el salón del trono

    Como hijo de Dios usted tiene plena autoridad para ponerse en contacto con El –el Soberano del universo – siempre que lo desee. Dios está en todo momento en su trono celestial, sin embargo, por medio de la oración, usted cuenta con el mismo acceso a su presencia que pueda tener cualquier ángel o arcángel; no necesita esperar a que se le invite, ya está invitado. Tampoco tiene que fijar una cita con anterioridad; se le ha autorizado a acercarse a Dios al instante. El jamás está demasiado ocupado para escucharle, ni demasiado absorto para contestarle.

    Cuando iba a conocer a la reina Isabel se me instruyó: "Jamás hable usted primero; espere hasta que ella le dirija la palabra. Nunca debe preguntar nada a su majestad real, limítese a contestarle." También se me dijo: "En su primera respuesta, tiene que añadir las palabras "Su majestad".

    Sin embargo, cuando uno se dirige al Señor del universo esto cambia por completo. Jesús expresó: "Cuando oréis, decid: Padre nuestro…" (Lucas 11:2). En este caso no hay títulos que uno no se atreva a omitir por miedo a deshonrar a Dios; ni frases recomendadas que hagan más sagrada o segura de respuesta su oración; como tampoco palabras oficiales que se tenga la obligación de utilizar.

    Cuando la reina Isabel visitó la India, seleccionaron a una niñita para que le diese un ramo de flores. Durante semanas enteras la pequeña estuvo practicando exactamente cómo debía hacer la reverencia y cómo retirarse de su majestad para no darle la espalda (¡sin caerse!); pero usted puede tener la certeza de que a los hijos de la soberana no se les imponían tales restricciones.

    Cuando usted ora, se acerca a Dios como hijo suyo. No necesita esperar a que un ángel le introduzca, ni tratar de hacerse más aceptable. Tampoco tiene que preparar cuidadosamente lo que quiere decir. Simplemente, viene a El tal y como es, le habla con sinceridad y le dice cómo se siente y lo que desea. No hay postura para orar más sagrada que otra. ¡Usted es hijo de Dios y El está ansioso y dispuesto por verlo!

Cooperación con Dios

    Dios ha escogido llevar a cabo muchos de sus propósitos soberanos con nuestra ayuda, y Pablo nos recuerda repetidas veces que hemos sido señalados por El para una colaboración sagrada la cual tiene por objeto hacer avanzar el evangelio. El apóstol subraya la santa responsabilidad que tenemos de cooperar con Dios. Toda forma de obediencia al Señor es urgente, pero hay muchas situaciones en las cuales estamos limitados: por ejemplo, por no encontrarnos en el lugar preciso, o por faltarnos alguna habilidad o preparación especial. Pero siempre tenemos la posibilidad de cooperar con Dios mediante la oración.

    Por medio de la oración podemos colaborar con el Señor donde estemos, en cualquier momento, y a fin de suplir la necesidad que sea. Hemos sido creados para orar; y fuimos salvos por la gracia de Dios con el propósito de que realizásemos un ministerio de intercesión. Tenemos la libertad, el derecho y la posición de hijos oficiales del Señor, llamados a trabajar con El y escogidos para su propósito especial.

    Además, Dios dijo en Exodo 19:6: "Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes." Isaías profetizó: "Y vosotros seréis llamados sacerdotes de Jehová" (Isaías 61:6). ¿Por qué nos hizo Jesús "sacerdotes, para servir a Dios? (Apocalipsis 1:6). ¿Cuál es la razón por la que a los cristianos se nos llame "sacerdocio santo," (1 Pedro 2:5) o "real sacerdocio" (v.9)?

    Obviamente, parte del propósito de Dios al nombrarnos sacerdotes es que lo adoremos y alabemos; pero el sacerdocio implica mucho más que eso.

    Hemos de ser un "real sacerdocio". Cristo gobierna el mundo hoy por medio de la oración, y nosotros tenemos que compartir su dominio intercediendo por otros del mismo modo que El acceso oficial al salón del trono celestial para que podamos unis nuestra propia intercesión a la de Cristo.

    Si Jesús intercede, ¿por qué es tan necesario que lo hagamos nosotros? ¿Qué pueden añadir nuestras débiles oraciones a su poderosa intercesión? A Dios le ha plácido incorporar a su plan eterno el que nosotros, sus hijos, participemos en el ministerio intercesor de Cristo y en el gobierno que El ejerce hoy día. Si no utilizamos nuestros minutos libres para la intercesión por otros y por la obra de Dios, le estaremos fallando al Señor en el llamamiento especial que El nos ha dado. Si queremos, podemos convertir cualquier noticiero radiofónico o televisivo, o cualquier artículo de periódico, un una llamada a la oración. Tenemos la posibilidad de estar alerta y de compartir los sentimientos de Dios por un mundo quebrantado. La oración es la forma suprema de ser colaboradores del Señor.

Resistencia y derrota de Satanás

    Satanás es el archienemigo de Dios y del hombre: "…vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe…(1 Pedro 5:8, 9). El es el maestro estratega que mueve todo el mal que hay en el mundo. Su reino consta de ángeles caídos, de demonios y de pecadores. El diablo está constantemente tratando de desalentar, retrasar y derrotar a los obreros y la obra de Cristo; se ha propuesto oponerse a ellos por todos los medios a su alcance. Uno de sus nombres es "Destructor" (Apocalipsis 9:11). Satanás intenta destruir a personas, hogares, naciones…y el plan y la obra de Dios.

    El mismo coordina un ejército de espíritus inmundos llamados demonios, los cuales pueden afligir a aquellos individuos en los cuales moran. A veces, Satanás manifiesta un aparente control de las fuerzas de la naturaleza y es capaz de falsificar la obra de Dios por medio de "milagros" demoníacos (2 Tesalonicenses 2:9, 10). Tiene poder y autoridad perversa tan grandes que aun el arcángel Miguel apeló al Señor para que lo reprendiese (Judas 9).

    ¿Cómo podríamos usted y yo resistir o vencer al diablo? Ciertamente sólo Dios es capaz de refrenar, someter y derrotar a tan poderoso enemigo. Sin embargo, la Biblia otorga con toda claridad ese poder a los cristianos como usted y como yo.

    No debemos ceder a la tentación. Jesús nos dio ejemplo de cómo hacerlo utilizando la Palabra de Dios (Mateo 4:1-11), e instó a Pedro a lograr la victoria velando y orando (Mateo 26:41). Tenemos que permanecer firmes en la fe. La Escritura nos promete: "Resistid al diablo, y huirá de vosotros" (Santiago 4:7). La palabra griega que se traduce por resistid significa "estar firmes contra". Cuando Cristo está con nosotros podemos resistir a Satanás.

    Debemos orar. Esta es nuestra arma más poderosa; la oración hace que manifieste la presencia de Cristo y Satanás y sus demonios tienen que caer a tierra como el populacho que fue a prender a Jesús (Juan 18:6). La oración echa mano de las promesas de Dios y las erige en muro entre nosotros y los poderes de las tinieblas. La oración puede hacer que los ángeles de Dios acudan de inmediato en nuestro auxilio (2 Reyes 6:15-17; Daniel 10:13; Hebreos 1:14), trastornar los planes de Satanás y combatir cualquier disposición posible de las fuerzas demoníacas.

    En Efesios 6, describiendo nuestra guerra espiritual, Pablo dice: "Porque no tenemos lucha contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (v. 12). En el versículo anterior, el apóstol había hablado de nuestra necesidad de estar firmes contra las asechanzas del diablo, y ahora enumera las distintas partes de la armadura espiritual que debemos llevar en la guerra contra Satanás. Pero ¿cómo hemos de luchar una vez que estemos completamente armados? Pablo nos sugiere dos formas de hacerlo: con la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, y por medio de la oración.

    La oración es la estrategia principal que Dios nos da para derrotar y poner en fuga a Satanás: "Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu" (Efesios 6:18). Cuando oramos, el Espíritu Santo puede investirnos de tal poder que el dominio del diablo sobre las vidas es quebrantado, los obstáculos que él pone entre nosotros y el reino quitados, y su obra destruída. Cristo vino para deshacer las obras de Satanás (1 Juan 3:8); lo cual llevó a cabo potencialmente en el Calvario. Ahora, el Señor impone su victoria – realizada en la cruz – por medio de las oraciones de su Novia: la Iglesia. Esta es la razón por la cual el pueblo de Dios es, al mismo tiempo, su ejército.

    Si la iglesia aceptara su papel sagrado de milicia divina; si los creyentes se estimularan unos a otros a la prioridad, establecida por Dios, de la oración; si se unieran entre sí en una interseción militante guiada y ungida por el Espíritu, veríamos a Satanás derrotado, seríamos visitados por el Señor desde el cielo con avivamiento, y realizaríamos la mayor siega de almas que jamás hubiéramos conocido.

    Somos llamados a frenar a Satanás, a hacerlo retroceder y a derrotarlo por medio de la oración y del ayuno; pero tenemos demasiado poco espíritu de oración, somos excesivamente pasivos, nos sentimos demasiado contentos con la mediocridad espiritual y la relativa esterilidad en la obra de Dios. Parecemos satisfechos permitiendo que el diablo obtenga la victoria. ¡Señor, despiértanos! ¡Enséñanos a orar! ¡Guíanos a una guerra tal de oración que reclamemos a individuos claves, a familias enteras, e incluso a continentes para Cristo! ¡Póngase de rodillas y la evangelización mundial se verá revolucionada! ¡Póstrese, y se manifestarán los triunfos de Cristo!

Superación de las leyes naturales

    La oración puede pasar por encima de las "leyes de la naturaleza", y producir respuestas milagrosas de Dios a las necesidades desesperadas de los hombres. Si esto no fuera así, de nada valdría que orásemos por muchas situaciones problemáticas. La intercesión se reduce a un mero jugar con Dios, a tratar con ligereza la necesidad humana y a engañarnos a nosotros mismos a menos que no existan límites para lo que el Señor puede realizar. ¡No! ¡Eso jamás! La oración es tan real como Dios mismo; no hay absolutamente nada que el Señor no pueda hacer si sirve para avanzar su reino y está de acuerdo con su voluntad. La oración libera el poder de Dios.

    Cristo es el Creador y Preservador del universo (Juan 1:3; Colosenses 1:16, 17), y un Dios de planes, regularidad y poder. A sus formas normales de actuar las llamamos "leyes, de la naturaleza". El ha planeado y creado el universo de tal manera que las leyes menores pueden ser sobrepasadas por las mayores. La ley de la gravedad, por ejemplo, es susceptible de ser anulada temporalmente por la de la fuerza: cuando lanzamos una pelota, la ley de la fuerza prescribe que dicha pelota vuele suspendida en el aire hasta que la fuerza aplicada se termine, momento en el cual la ley de la gravedad vuelve a tomar el control y la pelota cae al suelo.

    Normalmente las leyes menores sirven a los propósitos de las mayores, armonizan con éstas y pueden ser superadas por ellas. Aquellas leyes, por ejemplo, que controlan la materia son susceptibles de verse sobrepasadas por esas otras de la biología y de la vida, las cuales, a su vez, quizá sirvan a las de la psicología. Las leyes morales superan a las físicas, y las espirituales a todas las demás. Dios es Espíritu y está por encima de toda creación: tiene absoluta libertad, ya que es el Creador, el Sustentador y el Gobernador de todo. El Señor es libre de pasar por alto cualquiera de sus leyes, puesto que éstas no son sino una expresión de su mente creadora, la forma en que El escoge operar normalmente en el mundo que El mismo ha hecho. El "pasar por alto" una ley no "viola, o destruye" dicha ley, sino que sólo la suspende temporalmente con vistas a cumplir un objetivo mayor.

    Cuando Dios pasa por alto su manera habitual de obrar (la "ley natural") mediante alguna expresión especial de su voluntad, lo denominamos "milagro". Para el Señor, sin embargo, no se trata sino de otra de sus obras; por eso Jesús hizo referencia a los milagros como a "obras" (en griego erga; véase Juan 9:4; 10:25, 32, 38). La oración resulta posible porque Dios es omnipotente, el Soberano de todas sus obras, y tiene propósitos y planes eternos. El siempre pasará por encima de cualquiera de sus formas normales de actuar a fin de cumplir sus propósitos morales y espirituales y sus planes eternos. Así que la oración tiene en todo momento la posibilidad de cooperar con el propósito eterno de Dios y de asegurar su milagroso poder. El Señor no nos garantiza un milagro, pero siempre está abierto a nuestra oración para que su voluntad prevalezca y El sea glorificado. La oración es la forma ordenada por Dios para que su poder milagroso actúe en la necesidad humana.

Asistencia angélica

    Vivimos en una época que es escéptica respecto a lo sobrenatural. Pocos cristianos piensan a menudo en la enseñanza bíblica concerniente a los ángeles. Hebreos 1:14 nos asegura que éstos son "espíritus ministradores enviados para servicio" de los hijos de Dios. No sabemos de cuántas formas nos sirven los ángeles, pero la Biblia menciona estas cuartro:

    Nos protegen del peligro. Lo hicieron con Jacob después de aquella noche que pasó orando (Génesis 32:1); y también con Elías, otro hombre de oración (2 Reyes 6:17).

    Nos libran. Los ángeles sacaron a Pedro de la cárcel (Hechos 12:1-11); y a Pablo, un ángel le aseguró que él y todos los que iban a bordo del barco serían librados (Hechos 27:23), y que la vida de ellos le habían sido concedidas benévolamente al apóstol, indicando con ello que él había orado al respecto.

    Nos traen mensajes de Dios. Existen muchos ejemplos bíblicos de esto. Fueron ángeles quienes dieron el anuncio a los pastores (Lucas 2:9-13), avisaron a las mujeres cuando Cristo resucitó (Mateo 28:2-7), y llevaron el mensaje a Cornelio en respuesta a sus oraciones (Hechos 10:1-7). También pueden traerle sugerencias a usted o a otra gente mediante los pensamientos.

    Renuevan nuestras fuerzas físicas. Así lo hicieron con Cristo después de su terrible prueba en el huerto de Getsemaní (Lucas 22:43).

    Indudablemente, la asistencia angélica para con los hijos de Dios es generalmente invisible, pero no por ello resulta menos real. Las biografías cristianas citan muchos ejemplos de ayuda por parte de los ángeles, tanto visible como invisible.

    Estoy seguro de que cuando yo era misionero in la India muchas veces los ángeles me ayundaron, aunque no pude verlos. En una de las distintas ocasiones, se me hizo sentir el peligro y la necesidad de cambiar de dirección, y más tarde descubrí que había evitado por poco a un populacho que estabe causando disturbios anticristianos. En otra, atravesé sin temor una turba que lanzaba gritos contra mí, pero ni siquiera una mano me tocó, y estuve extraordinariamente consciente de que la presencia de Dios me rodeaba. En ambos casos, supe después que un hijo de Dios del otro lado del mundo había sido alertado en ese mismo momento y movido a orar por mí porque me encontraba en peligro, aunque él no sabía nada entonces acerca de mis circunstancias.

    Dios utilizará gustosamente el medio que sea necessario para proteger a los suyos si nosotros hacemos nuestra parte y oramos según El nos mueva a hacerlo; tenemos la promesa divina, y todo el derecho de reclamarla, de que a sus siervos que ministran en lugares especialmente peligrosos – tales como los barrios bajos de una ciudad o un campo misionero volátil – se les asignará una guardia de ángeles. Tampoco deberíamos vacilar en pedirle a Dios una protección angélica especial para nuestros seres queridos.

El poder para mover montañas

    En la Biblia a veces se habla de las montañas en sentido figurado: como símbolo de fuerza y estabilidad; pero también es frecuente que éstas representen dificultades, problemas e impedimentos. Así que, si hemos de preparar el camino del Señor, lo torcido debe enderezarse y los montes allanarse; entonces se revelará la gloria divina (Isaías 40:3-5; Lucas 3:4-6). Cuando el poderoso Espíritu de Dios actúa, montañas de otro modo inamovibles resultan como nada delante de la fuerza del Señor (Zacarías 4:6, 7). El Espíritu Santo, que es el único capaz de realizar esto, puede convertir los montes más insuperables en caminos y calzadas para un rápido avance (Isaías 49:11).

    Jesús utilizó esta ilustración del Antiguo Testamento en varias de sus enseñanzas. Cuando los discípulos no pudieron echar fuera el demonio del niño atormentado, el Señor les dijo que si tuvieran una fe tan pequeña como un grano de mostaza podrían ordenar a "este monte" (símbolo de cualquier situación o problema insuperable) y el mismo se movería. "Y nada os será imposible, (Mateo 17:20), dijo luego; añadiendo de inmediato que aquella clase de exhibición espectacular sería consecuencia de la oración y el ayuno (v. 21).

    En otra ocasión, cuando los discípulos se asombraron del poder de Jesús para secar la higuera estéril, El les repitió que ellos no sólo podían hacer lo mismo, sino que incluso tenían en su mano el ordenar a los montes que se echaran en el mar, porque "todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis" (Mateo 21:21,22). Marcos refiere el mismo incidente y cita estas palabras de Jesús: "Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá" (Marcos 11:24).

    Dios espera que sus hijos se entrenten a montañas de dificultad y las muevan (vea capítulo 13), no que sean detenidos por ellas. Deben aceptarlas como un desafío: ya sea para convertirlas en caminos para la mayor gloria de Dios; o para echarlas en el mar, quitándolas completamente de la vista como si nunca hubieran existido. Jesús nos asegura que esto es del todo posible cuando sus hijos se enfrentan a los montes creyendo; pero también nos recuerda que hacerlo puede requerir una oración y un ayuno prolongados. El Espíritu Santo hará el milagro; éste no se realizará por nuestra fuerza o nuestro poder (Zacarías 4:6).

    En la actualidad hay cientos de montes que estorban el avance de las misiones y de la Iglesia de Cristo porque estamos confiando casi por completo en nuestra propia sabiduría, nuestra propia habilidad y nuestro propio esfuerzo. ¡Hemos hecho casi todo menos entregarnos de veras a la oración y al ayuno!

    La oración tiene un gran poder para mover montañas, debido a que el Espíritu Santo está dispuesto tanto a estimular nuestra intercesión como a quitar de en medio los montes que nos estorban. La oración posee la fuerza necesaria para transformar las montañas en calzadas.

Facultad de bendecir

    El Dios de la Biblia es un Dios que bendice: su Palabra está llena de múltiples promesas de que El lo hará, y podemos tener la certeza de que, excepto en casos en los cuales debe disciplinar o castigar, siempre es su voluntad bendecir a la gente, y en especial a sus hijos que le obedecen.

    "[Jesús] anduvo haciendo bienes" (Hechos 10:38), e igual que El nosotros hemos de pasar por la vida bendiciendo a todo el que podamos. A nosotros sus discípulos debe conocérsenos por nuestras buenas obras de bendición para otros (Mateo 5:16; Efesios 2:10). Hemos de ser "ricos en buenas obras" (1 Timoteo 6:18), "enteramente preparado[s] para toda buena obra" (2 Timoteo 3:17).

    La mejor manera en que los cristianos podemos ser mediadores de bendición es orando. Tenemos la oportunidad de pedir por aquiellos con quienes nos es imposible entrar en contacto en ninguna otra forma. Desde los líderes de nuestra nación y de nuestra iglesia, hasta los pobres, los necesitados y los que sufren, todos pueden ser bendecidos por nuestra oración. Para nuestra familia y amigos más próximos, a quienes vemos a menudo, y para aquellos a quienes sólo tratamos una vez o de los que únicamente oímos hablar, tenemos la posibilidad de ser bendición como agentes de Dios. La petición que tantas veces oímos de: "Ore por mí" supone en realidad una súplica de bendición y ayuda.

    Siendo cristiano, usted debería pasar por la vida bendiciendo a los demás. Usted tiene la posibilidad de llevar adonde van ríos de bendición, de renovación y de aliento con sólo saltear sus días de una incesante oración por otros. Según se lo permitieran el tiempo y la oportunidad, usted debería bendecir en toda forma posible a tantos como pudiera (Gálatas 6:10). Su presencia tendría que traer bendición siempre; pero esto será más cierto si está pidiendo fielmente a Dios que bendiga a todos aquellos que le rodean. Usted puede encontrar oportunidades de llenar sus días de oraciones de bendición si es cuidadoso.

    El general Stonewall Jackson expresó: "He fijado esta costumbre en mi mente de tal manera que jamás me llevo un vaso de agua a los labios sin pedir la bendición de Dios; o sello una carta sin poner bajo el sello una oración. Nunca retiro una carta del correo sin enviar primero al cielo un pequeño pensamiento; y jamás comienzo un nuevo curso sin un minuto de intercesión por los cadetes que salen de mi clase y por los que entran en ella."

    Sir Thomas Browne, un amado médico inglés del siglo XVII, era ejemplo de constancia en la oración de bendición. Browne dijo cierta vez: "He decidido orar más y orar siempre; orar en todo lugar donde la quietud invite a hacerlo – en casa, en el camino, en la calle-; y no dejar vía o pasaje alguno en esta ciudad que no pueda dar testimonio de que no me he olvidado de Dios…Cuando divise cualquier iglesia en mi camino, me propongo aprovechar para pedir que el Señor sea adorado allí en espíritu y que las almas sean salvas en ese lugar. Pretendo pedir diariamente por mis enfermos y por los de otros médicos; decir al entrar en toda casa: ‘Que la paz de Dios more en este lugar’; pedir, después de escuchar un sermón, que Dios bendiga su verdad y a su mensajero. Quiero, al ver a una persona hermosa, bendecir al Señor por sus criaturas y orar por la belleza del alma de tal persona, a fin de que Dios la enriquezca con gracias interiores y pueda haber una correspondencia entre lo externo y lo interno; y al contemplar a un individuo deforme, pedir que Dios le dé la integridad del alma, y con el tiempo le conceda la belleza de la resurrección."

    Abraham recibió la promesa de que Dios lo bendeciría y sería bendición (Génesis 12:2); y tal tendría que ser también la experiancia de cada cristiano: cuanto más nos bendice Dios a nosotros, tanto más deberíamos bendecir nosotros a los demás. La oración es el camino seguro a la bendición, y el mejor medio de ser bendición para otros; constituye el don de poder divino para bendecir a los demás. ¡Llene sus días de oraciones de bendición y afiáncese en el tremendo poder que Dios le ha dado!

    – Tomado del libro CAMBIE EL MUNDO A TRAVES DE LA ORACION por Wesley Duewel. © 1988. Usado con permiso del Duewel Literature Trust, Inc.