«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Lo Mejor Que Podemos Hacer Es Orar

    El ruego de los apóstoles era poner a la iglesia a orar. La práctica de la oración entre los predicadores ha caído en desuso. Es absolutamente necesario que oremos por los predicadores. Estas dos proposiciones están bien unidas en un lazo que nunca debe disolverse. El predicador debe orar, y también necesita de oración. Se necesita toda la oración que él pueda hacer y toda la oración que se pueda hacer por él para llenar las grandes responsabilidades y lograr el éxito más grande en su ministerio.

    El predicador sincero, además del cultivo del espíritu de oración, en forma más intensiva desea con todo corazón las oraciones de los demás cristianos. Pablo es un ejemplo sobresaliente. Pablo pide, ambiciona, ruega de un modo apasionado, la ayuda de los santos de Dios. Él sabía que la unión hace la fuerza; y las células de oración combinadas, como gotas de agua, hacen un océano que desafía la resistencia. Pablo reunió todas las dispersas unidades de oración y las hizo precipitar sobre su ministerio.

    A sus hermanos en Roma les escribió: "Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios" (Romanos 15:30).

    A los efesios les dijo: "Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio" (Efesios 6:18-19).

    A los colosenses les enfatizó: "Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias; orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso" (Colosenses 4:2-3).

    A los tesalonicenses, tajante y enfáticamente dice: "Hermanos, orad por nosotros" (1 Tesalonicenses 5:25).

    Pide también a la iglesia de los corintios que lo ayuden: "…cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don concedido a nosotros por medio de muchos" (2 Corintios 1:11).

    Y otra vez Pablo encarga a los tesalonicenses: "Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor corra y sea glorificada, así como lo fue entre vosotros, y para que seamos librados de hombres perversos y malos; porque no es de todos la fe" (2 Tesalonicenses 3:1-2).

    El principal de los apóstoles, lo que realmente era, Pablo escribía cartas a todas partes pidiéndoles, casi exigiendo, que oraran por él. ¿Ora usted por su predicador? ¿Ora usted por él en secreto? Los que oran por los predicadores son para ellos lo que Aarón y Hur eran para Moisés. Ellos sostienen en alto sus manos y deciden las cosas que tan fieramente ejercen violencia en derredor de los hombres que prenden el fuego espiritual para Dios (Éxodo 17:11-12).

    El ruego y el propósito de los apóstoles era de poner a toda la iglesia en oración. Usaron los ruegos más urgentes y sagrados, las exhortaciones más fervientes, y las palabras más comprensivas y convincentes para reforzar la más importante de todas las obligaciones y necesidades, o sea, la de orar. Más tiempo, y horas tempranas, apartadas para la oración, actuarían como algo mágico para reavivar y revigorizar la decadente vida espiritual de muchos.

    El orar es lo más importante que podemos hacer, y para hacerlo bien, debe haber calma, tiempo y meditación. Del otro modo, la oración se degrada hasta ser la más pequeña e insignificante de todas las cosas. La oración verdadera trae consigo los mejores resultados, y la falta de oración produce los peores. Nosotros no podemos orar demasiado. Tampoco debemos hacer mucho de la mera apariencia.

    Podemos aprender de nuevo la validez de la oración. No hay nada que tome más tiempo para aprenderse. Y si vamos a aprender, no debemos hacer un fragmento de oración aquí y allí — "platicar un poco con Jesús", como dice un corito— pero debemos demandar y sostener con mano de hierro las mejores horas del día para Dios y la oración, o ninguna oración merecerá el nombre de tal.

    Nuestro día no es un día de oración. Hay muy pocos que oran. Hay predicadores que "dicen" oraciones como parte de su programa, pero ¿quién "se despierte para apoyarse en ti"? (Isaías 64:7).

    ¿Quién ora como Jacob hasta que tenga la corona de intercesor? ¿Quién ora como Elías, hasta que todas las fuerzas de la naturaleza se abran para cambiar una tierra de hambre en un jardín de la plenitud de Dios? (Génesis 32:24-28; 1 Reyes 18:41-45). ¿Quién ora como Jesús, toda la noche a su Padre celestial? (Lucas 6:12). Los apóstoles persistieron en la oración (Hechos 6:4).

    ¡Lo que necesita la iglesia en estos días son más hombres de oración que persistirán en ella!.

    – Seleccionado.