«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Efectos Victoriosos De La Palabra De Dios

Por Derek Prince

La victoria sobre el pecado

    Ya hemos observado que probablemente ningún otro personaje del Antiguo Testamento tuvo una visión más clara de la autoridad y el poder de la palabra de Dios que el salmista David. Como introducción a nuestro tema presente – la victoria sobre el pecado y Satanás – podemos volver una vez más a la palabras de David: "En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti" (Salmo 119:11).

    La palabra hebrea traducida aquí como "guardado" significa, con más exactitud, "atesorar". David no quería decir que él había escondido la palabra de Dios para que no se detectara su presencia. Más bien quiso decir que la había guardado en el lugar más seguro, reservado para las cosas que él valoraba más, a fin de tenerla a mano para valerse de ella inmediatamente en cada momento de necesidad.

    En el Salmo 17:4 David expresa de nuevo el poder protector de la palabra de Dios: "En cuanto a las obras humanas, por la palabra de tus labios, yo me he guardado de las sendas de los violentos."

    He aquí un consejo en lo que respecta a nuestra participación en "las obras humanas": actividades humanas e interacción social. Algunas de estas actividades son seguras, sanas, aceptables para Dios; otras son peligrosas para el alma y contienen asechanzas ocultas del destructor. ("El destructor" es uno de los muchos nombres que se dan en la Biblia al diablo.) ¿Cómo distinguir entre las que son sanas y seguras, y las que son espiritualmente peligrosas? La respuesta es: aplicando la palabra de Dios.

    Por ejemplo, recuerdo que un grupo de estudiantes cristianas africanas me preguntó una vez, siendo ministro cristiano, si estaba mal que ellas asistieran a los bailes celebrados en la universidad donde estudiaban para maestras. En respuesta no les ofrecí mi opinión personal o los reglamentos de alguna junta misionera, sino que las invité a que volvieran a leer conmigo dos pasajes de la Biblia: "Si, pues, coméis of bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios" (1 Corintios 10:31). "Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de El" (Colosenses 3:17).

    Señales que estos pasajes de la Escritura contenían dos grandes principios para decidir y orientar lo que hacemos los cristianos. Primero, todo lo que hacemos debe ser para la gloria de Dios. Segundo, debemos hacer todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios por medio de él. Por consiguiente, cualquier actividad que podamos hacer para la gloria de Dios y en el nombre del Señor Jesús, es buena y aceptable; cualquier actividad que no podamos hacer para la gloria de Dios y en el nombre del Señor Jesús, está mal y hace daño.

    Entonces apliqué estos principios a la pregunta que me habían planteado, y les dije: "Si pueden asistir a esos bailes para la gloria de Dios, y pueden dar gracias libremente a Dios en el nombre del Señor Jesús mientras están bailando, entonces está bien que bailen. Pero si no pueden bailar de esta manera y con estas condiciones, entonces está mal que bailen."

    Consideré que era mi responsabilidad dar a aquellas jóvenes principios bíblicos básicos. De ahí en adelante era responsabilidad de ellas, no mía, aplicar esos principios a su situación particular.

    Investigaciones médicas han descubierto un medio bien definido por el que muchos cristianos modernos – como David en la antigüedad – han sido protegidos del destructor, mediante la aplicación de la palabra de Dios.

    Las Escrituras enseñan claramente que el cuerpo de los cristianos, habiendo sido redimido del dominio de Satanás por la sangre de Cristo, es un templo para que more el Espíritu Santo, y por consiguiente, tiene que mantenerse limpio y santo. Por ejemplo, Pablo dice: "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es" (1 Corintios 3:16-17). "¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios" (1 Corintios 6:19-20). "Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación…que cada uno de vosotros sepa cómo poseer su propio vaso [es decir, su cuerpo físico] en santificación y honor" (1 Tesalonicenses 4:3-4).

    Basados en estos pasajes y otros similares, muchos cristianos se han abstenido de consumir tabaco en cualquier forma. Hasta hace muy poco, los incrédulos sugerían con frecuencia que esta abstención por parte de los cristianos era solamente una tontería, un capricho anticuado, rayano en el fanatismo. Sin embargo, los descubrimientos médicos modernos han demostrado, más allá de toda posibilidad de duda, que el fumar – sobre todo cigarrillos – contribuye directamente a causar el cáncer del pulmón. Las sociedades médicas, en Estado Unidos y en Gran Bretaña, han respaldado esta conclusión. Se calcula que en Estado Unidos este año morirán alrededor de 146,000 personas por cáncer del pulmón (Sociedad Americana Contra el Cáncer). Otro hecho indisputable, probado por la experiencia y respaldado por la ciencia médica, es que la muerte de cáncer del pulmón es, por lo regular, lenta y dolorosa.

    Frente a hechos como éstos, la negativa de los cristianos a fumar no puede seguir descartándose de tontería o fanatismo. Si hubiera que inculpar a alguien de insensato hoy, por cierto no sería al cristiano sino la persona que desperdicia grandes sumas de dinero para satisfacer un vicio que aumenta considerablemente la posibilidad de una muerte dolorosa causada por cáncer del pulmón. Y si se puede acusar de tontas a las víctimas de este vicio, ciertamente nada menos que de maldad cabe acusar a quienes, por todos los medios de persuasión en la publicidad moderna, procuran intencionalmente y para su propio provecho financiero, esclavizar a seres humanos con este cruel, degradante y destructivo hábito.

    Casi exactamente lo mismo que se ha dicho acerca de fumar tabaco, se aplica a la bebida de alcohol.

    Otra vez, la mayoría de los cristianos sinceros se han abstenido de esta clase de exceso, basándose en las advertencias de la Biblia. Es un hecho bien establecido que beber alcohol en exceso es un importante factor que contribuye a una multitud de enfermedades físicas y mentales, y también a la actual tasa de accidentes de tránsito.

    Nuevamente, como en el caso de fumar, millones de cristianos had sido preservados de perjuicios y desastres porque han puesto en práctica las enseñanzas bíblicas.

    Una nueva plaga, "moderna" – el SIDA – cayó sobre el mundo en la década de los años ochenta. Los cristianos que practican la monogamia y se abstienen de la inmoralidad, se protegen a sí mismos y a sus hijos de la devastación de esa enfermedad. Por otra parte, la homosexualidad, con frecuencia considerada como un "estilo de vida alternativo", ha probado ser un estilo de muerte alternativo. Los cristianos que han sido protegidos de estos males, ciertamente pueden hacer eco, con profundo agradecimiento, a la palabras de David: "En cuanto a las obras humanas, por la palabra de tus labios yo me he guardado de las sendas de los violentos" (Salmo 17:4).

La victoria sobre Satanás

    La palabra de Dios, aplicada de este modo, no sólo da la victoria sobre el pecado. También es el arma que Dios ha destinado para derrotar al mismo Satanás. El apóstol Pablo ordena: "Y tomad…la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios" (Efesios 6:17).

    Por lo tanto, la palabra de Dios es un arma indispensable en la guerra cristiana. Las otras partes de la armadura cristiana enumeradas en Efesios 6 – el cinto, la coraza, el calzado, el escudo y el yelmo – son para defenderse. La única arma de ataque es la espada del Espíritu: la palabra de Dios.

    Sin un minucioso conocimiento de la palabra de Dios y cómo aplicarla, un cristiano carece de arma de ataque, no tiene arma con qué lanzarse sobre Satanás y los poderes de las tinieblas para ponerlos en fuga. En vista de esto, no sorprende que Satanás, a lo largo de la historia de la Iglesia cristiana, se haya valido de todos los ardides y medios a su alcance para impedir que los cristianos conozcan la verdadera naturaleza, autoridad y poder de la palabra de Dios.

    El mejor y supremo ejemplo para el cristiano, en el uso de la palabra de Dios como arma, es el mismo Señor Jesucristo. Satanás lo tentó especialmente tres veces, y Jesús enfrentó y derrotó cada una de esas tentaciones con la misma arma: la espada de la palabra escrita de Dios (Lucas 4:1-13), pues en cada caso Jesús comenzó su respuesta con la frase: "Escrito está" citando a continuación textualmente las Escrituras.

    Es importante notar las dos frases diferentes que Lucas usa en ese relato de la tentación de Cristo por Satanás y sus consecuencias. En Lucas 4:1 él dice: "Jesús, lleno del Espíritu Santo, …fue llevado por el Espíritu al desierto."

    Pero al terminar las tres tentaciones, en Lucas 4:14, llemos: "Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea."

    Antes de enfrentarse con Satanás, Jesús ya estaba lleno del Espíritu Santo. Pero sólo después de haber confrontado y vencido a Satanás con la espada de la palabra de Dios, fue capaz de iniciar en el poder del Espíritu el ministerio que Dios le había asignado. Por consiguiente, hay una distinción entre ser lleno con el Espíritu y ser capaz de ministrar en el poder del Espíritu. Jesús entró en el poder del Espíritu únicamente después de usar primero la espada de la palabra de Dios para superar el intento de Satanás de desviarlo en el ejercicio de su ministerio facultado por el Espíritu.

    Esta es la lección que los cristianos necesitan aprender hoy. Muchos cristianos que han sido llenos del Espíritu Santo en forma perfectamente bíblica, nunca prosiguen a servir a Dios en el poder del Espíritu. La razón es que no han seguido el ejemplo de Cristo. Jamás aprendieron a empuñar la espada de la palabra de Dios y así vencer a Satanás y repeler su oposición al ejercicio del ministerio para el que Dios los ha llenado con el Espíritu Santo.

    Puede decirse con absoluta seguridad que nadie tiene mayor ni más apremiante necesidad de estudiar la palabra de Dios que el cristiano que acaba de recibir el Espíritu Santo. Tristemente, sin embargo, esos cristianos con frecuencia parecen imaginar que ser llenos del Espíritu sustituye de alguna manera el estudio y aplicación diligentes de la palabra de Dios. En realidad, la verdad es exactamente lo contrario.

    Ningún otro elemento en la armadura de un soldado puede sustituir a su espada, y no importa cuán completamente armado esté en todos los otros aspectos, un soldado sin su espada está en grave peligro. Así es con el cristiano. Ninguna otra provisión o experiencia espiritual puede sustituir a un esmerado conocimiento de la palabra de Dios, y no importa qué bien pertrechado pueda estar en todos los otros aspectos, un cristiano sin la espada de la palabra de Dios está siempre en grave peligro.

    Los primeros cristianos de la era apostólica, aunque por lo general sencillos e indoctos, ciertamente seguían el ejemplo del Señor, aprendiendo a conocer y a valerse de la palabra de Dios como arma ofensiva en el intenso conflicto espiritual que les vino cuando hicieron profesión de fe en Cristo. Por ejemplo, el apóstol Juan en su ancianidad escribió a los jóvenes cristianos que habían crecido bajo su enseñanza: "Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno" (1 Juan 2:14).

    Juan declara tres cosas acerca de estos jóvenes: 1) son fuertes, 2) la palabra de Dios permanece en ellos, y 3) ellos han vencido al maligno (Satanás). La segunda de estas declaraciones se relaciona con la primera y la tercera, es de causa y efecto. La razón por que estos jóvenes cristianos fueran fuertes y capaces de vencer a Satanás, era que tenían la palabra de Dios morando en ellos. Fue la palabra de Dios dentro de ellos la que les dio su fuerza espiritual.

    Tenemos que hacernos esta pregunta: ¿Cuántos de los jóvenes cristianos de nuestras iglesias de hoy son fuertes y han vencido al diablo? Si hoy no vemos a muchos jóvenes cristianos que manifiesten esta clase de fuerza y victoria espiritual, no hay duda de la respuesta. Es sencillamente ésta: la causa que produce estos efectos no está en ellos.

    La única causa de semejante fuerza y victoria es un prolijo y perdurable conocimiento de la palabra de Dios. Los jóvenes cristianos que no son cabalmente instruidos en la palabra de Dios, jamás podrán ser realmente fuertes y vencedores en la práctica.

    Hoy estamos en peligro de menospreciar la capacidad espiritual de la juventud y de tratarlos de un modo paternalista. Incluso hay la tendencia de crear en los jóvenes la impresión de que Dios ha provisto para ellos una especie de cristianismo especial, con normas menos rígidas y menos exigencias que el impuesto a los adultos.

    Sin embargo, las diferencias de edad o de sexo no afectan las realidades espirituales profundas y perdurables sobre las que se basa el cristianismo. Este se fundamenta en cualidades como el arrepentimiento, la fe, la obediencia, la devoción, y el sacrificio de sí mismo y la devoción. Estas virtudes son las mismas para hombres y mujeres, niños y niñas por igual.

    Algunas veces se ha sugerido que la forma de suplir esta necesidad de una enseñanza bíblica cabal a la juventud es enviarlos a universidades bíblicas. Sin embargo, este propuesto remedio puede aceptarse únicamente con dos condiciones: Primera, es preciso dejar sentado que hay una tendencia creciente hoy, incluso en las universidades evangélicas o del evangelio completo, de dedicar cada vez menos tiempo al estudio verdadero de la Biblia y más y más tiempo a otros estudios seculares. Pablo advirtió los colosenses: "Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo" (Colosenses 2:8).

    Pablo también advirtió a Timoteo: "Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia, la cual profesando algunos, se desviaron de la fe" (1 Timoteo 6:20-21).

    Hace falta repetir estas advertencias hoy. En muchos casos, es posible que un joven termine un curso en una universidad bíblica moderna y que salga con un conocimiento inadecuado de las enseñanzas bíblicas y de cómo aplicarlas en la práctica.

    La segunda condición que debemos establecer es que ningún curso de universidad bíblica, por muy sólido y completo que sea, puede jamás exonerar a los pastores en las iglesias locales de su deber de proporcionar a todos los miembros en sus congregaciones una enseñanza regular y sistemática de la palabra de Dios.

    La iglesia local es el punto central de todo el plan del Nuevo Testamento para la enseñanza bíblica, y ninguna otra institución puede nunca usurpar la función de la igleisa local. Los apóstoles y cristianos del Nuevo Testamento no tenían otra institución para impartir la enseñanza bíblica que la iglesia local. Pero tuvieron más éxito en su tarea que nosotros hoy.

    Otras instituciones, como los seminarios bíblicos, pueden proporcionar enseñanza especial, suplementaria a la que ofrecen las iglesias locales, pero jamás pueden ocupar su lugar. La necesidad más apremiante de la gran mayoría de las iglesias locales hoy no es más organización ni mejores programas ni más actividades. Sino sencillamente ésta: una prolija enseñanza práctica y habitual de las verdades fundamentales de la palabra de Dios y cómo aplicarlas en cada aspecto de la vida cristiana.

    Unicamente así podrá la Iglesia de Cristo, como un todo, alzarse poderosa, administrar en el nombre de Cristo la victoria del Calvario y cumplir la tarea encomendada a ella por su Señor y Maestro.

    Esto está de acuerdo con el cuadro en Apocalipsis de una iglesia victoriosa al final de esta era: "Y ellos (los cristianos) le han vencido (a Satanás) por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos" (Apocalipsis 12:11).

    Aquí se revelan los tres elementos de la victoria: la sangre, la palabra y nuestro testimonio. La sangre es el símbolo y sello de la obra terminada de Cristo en la cruz y de todo lo que ella nos pone al alcance, en bendiciones, y poder y victoria. Por medio de la palabra llegamos a conocer y a comprender todo lo que la sangre de Cristo ha comprado para nosotros. Finalmente, con nuestro testimonio de lo que la palabra revela respecto de la sangre, convertimos en realidad eficaz, en nuestra experiencia personal, la victoria de Cristo sobre el maligno.

    A medida que estudiamos este programa divino de victoria sobre Satanás, vemos una vez más que la palabra ocupa el lugar principal. Sin un adecuado conocimiento de la palabra, no podemos comprender el verdadero mérito y poder de la sangre de Cristo, y por lo tanto, nuestro testimonio cristiano carece de una verdadera convicción y autoridad. Todo el programa de Dios para su pueblo se concentra alrededor del conocimiento de su palabra y el potencial de aplicarla. Sin este conocimiento, la Iglesia se encuentra en las mismas condiciones que Israel en los días de Oseas, con respecto a la que declaró el Señor: "Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio" (Oseas 4:6).

    Una iglesia que rechace el conocimiento de la palabra de Dios se enfrenta con certeza al rechazo de Dios, y a la destrucción en manos de su gran adversario, el diablo.

    – Tomado de EL MANUAL DEL CRISTIANO LLENO, DEL ESPIRITU por Derek Prince. Usado con permiso de Derek Prince Ministries International.