«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Tu Ministerio De Lágrimas

Por Wesley L. Duewel

    La anhelante intercesión por el pueblo a tu cargo permite que Dios unja tu corazón con lágrimas, lágrimas, que hay en él, mientras intercedes a solas, o cuando hablas de Cristo en forma personal al que tiene una necesidad espiritual – lágrimas internas mientras das públicamente tu ministerio y cuando miras a tu comunidad y a tu mundo – esas lágrimas pueden agregar poder espiritual a tu liderazgo y ministerio. Lágrimas tan profundas en tu corazón que también se advierten en tu voz cuando oras o hablas, y en ocasiones en tus ojos, ungidas especialmente por Dios – esas lágrimas pueden agregar toda una dimensión poco común de rara influencia y autoridad espiritual a tu función como persona de Dios.

    ¿Cuánto sabes del ministerio de lágrimas en tu vida? ¿Cuán profundamente compartes las penas del corazón de Dios? El doctor Bob Pierce, fundador de Visión Mundial, se conmovió hondamente ante el estado espiritual y físico del mundo; se hizo famosa su declaración repetida muchísimas veces: "Que mi corazón se rompa con las cosas que rompen el corazón de Dios."

    Nuestro mundo pudo ser movido hacia Dios solamente por medio de los líderes quienes pueden compartir profundamente el sentir de su corazón y pueden ver el mundo con el amor y la compasión con que él los ve. No estás preparado para ministrar sobre la cruz hasta que no sientas las lágrimas de dolor del corazón de Dios, hasta que no compartas en cierta medida, el sufrimiento de la pasión de nuestro Salvador en Getsemaní, hasta que no te acerques bastante a Dios para permitir que el espíritu que vive dentro de ti anhele en forma infinita e inexpresable todo esto.

    El versículo más corto de la Biblia es, también, la expresión más concisa y profunda de la realidad de la encarnación, la divina identificación con la necesidad de la humanidad destruida por el pecado y la medida de la infinita empatía de Cristo: "Jesús lloró" Juan 11:35.

    Jesús es supremamente ungido con el aceite del gozo(Salmo 45:7; Hebreos 1:9) pero, tan identificado con la voluntad del Padre y la necesidad del mundo que se hizo nuestro varón de dolores, familiarizado con nuestro sufrimiento (Isaías 53:3), "Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores" Isaías 53:4.

    Las lágrimas que se hicieron visibles ante la tumba de Lázaro no fueron simples lágrimas de humana simpatía sino el sentir externo del corazón roto de Dios.

    El lamento de Jesús por Jerusalén en el tercer año de Su ministerio no fue un grito momentáneo sino el anhelo permanente de Su amor consumidor. "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!" Lucas 13:34.

    Jesús llora incesantemente cuando pasea Su mirada por nuestro mundo. Mientras llora por nuestras ciudades y pueblos, nuestras naciones y razas, nuestras familias y nuestro sufriente pueblo, desde los niños a los viejos, ¡con cuánta constancia ansía salvar, bendecir y liberar! El Jesús que lloró es el Jesús que sigue llorando, ¿compartes Sus lágrimas?

    Tú también conoces, en tu calidad de líder cristiano, el gozo inexpresable y glorioso que proviene del corazón de Cristo hacia ti (1 Pedro 1:8). También tú te regocijas con el cielo cuando los pecadores arrepentidos se vuelven al Padre (Lucas 15:7-10). ¿Sabes cómo regocijarte con quienes se regocijan? (Romanos 13:15). ¿Sabes también cómo dolerte con los que se duelen?

    Hace cuarenta años escribí este poema mientras ministraba en Manchester, Inglaterra:

    ¿Dónde están tus lágrimas?

    Hay lágrimas en los ojos del pecador.
    Hábitos de pecado atan su corazón, manos y pies;
    Roto de vergüenza por su pecado y derrota,
    Ardientes lágrimas ruedan por sus cálidas mejillas:
    Hay lágrimas en los ojos del pecador.

    Hay lágrimas en los ojos del que sufre
    Largas horas de cansancio, enfermedad, debilidad y dolor,
    Suplicando que su salud le sea restaurada,
    Esperando la salud pero espera en vano:
    Hay lágrimas en los ojos del que sufre.

    Hay lágrimas en los ojos desengañados.
    Malentendidos por quienes debieran saber;
    Nadie para amar ni compasión dar,
    Desmayado, decepcionado, su esperanza arde débilmente:
    Hay lágrimas en los ojos desengañados.

    Hay lágrimas en los ojos incrédulos.
    Llama a los ídolos de madera y piedra,
    Llama en vano, Cristo Salvador que no conoce,
    Incómodo, desamparado, sin Dios, solo:
    Hay lágrimas en los ojos incrédulos.

    Hay lágrimas en los ojos del Salvador.
    Lágrimas por los que pecan, se desilusionan y se enferman,
    Lágrimas por los que se desvían, se apartan de Su voluntad
    Lágrimas por los millones que aún no alcanzamos:

    Hay lágrimas en los ojos del Salvador.
    Pero, ¿acaso lloras tú?
    ¿No puedes llorar tú con los millones que lloran?;
    ¿No puedes tú llorar por la otra oveja perdida?
    ¡Jesús llora! ¿Estás tú dedicado al dulce dormitar?
    ¡Oh! ¿Dónde están las lágrimas en tus ojos?

HOMBRES QUE SIRVIERON CON LAGRIMAS AL SEÑOR

    Pablo testificó a los dirigentes de la iglesia de Efeso mientras echaba una mirada retrospectiva a sus años de ministerio dados a ellos ahora que les decía adiós, "Vosotros sabéis cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo, desde el primer día que entré en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas" (Hechos 20:18-19).

    Toda lágrima derramada por compartir el sentir del corazón de Dios, toda lágrima derramada por medio de la empatía cristiana hacia nuestro prójimo, toda lágrima nacida del anhelo de la aflicción del Espíritu Santo, es una lágrima de servicio al Señor. Nada complace más a Cristo que compartamos Su carga por el mundo y su gente. Nada nos hace casarnos más con el corazón de Cristo que nuestras lágrimas derramadas mientras intercedemos con El por los perdidos. Entonces, llegamos verdaderamente a ser personas conforme al corazón de Dios. Entonces empezamos a saber qué es ser compañeros de oración de Cristo.

    Hubo algunos en los tiempos del Antiguo Testamento que sirvieron con lágrimas al Señor:

    Job. El pudo testificar: "¿No lloré yo al afligido? Y mi alma, ¿no se entristeció sobre el menesteroso?" (Job 30:25).

    David. El lloraba y ayunaba cuando los hombres insultaban a Dios (Salmo 69:9-10). Cuando sus enemigos se enfermaban, él ayunaba y se dolía como si fueran sus hermanos y lloraba como si fueran su madre (Salmo 35:14).

    Isaías. Se hizo eco del clamor del corazón de Dios, lloró cuando el enemigo Moab sufrió sequía y hambruna, sus ojos se inundaron de lágrimas (Isaías 16:9-11).

    Josías. Dios oyó la oración de Josías por la nación mientras él ayunaba y lloraba delante de Dios por su pueblo (2 Reyes 22:19).

    Esdras. Cuando se dio cuenta cuán profundo era el pecado de su pueblo que habían acarreado ante el juicio de Dios, oró y lloró tanto ante Dios que una gran muchedumbre se reunió en torno a él (Esdras 10:1-2).

    Este siempre es el patrón: Un líder que llora produce un pueblo que ora y llora. El líder que asume los pecados del pueblo a su cargo, orando y arrepintiéndose en forma vicaria por ello, tendrá un pueblo que camina al arrepentimiento. Un líder que no llora con un corazón que no se ha quebrado realmente, que no conoce el llanto de su corazón, puede denunciar los pecados del pueblo pero, rara vez los conduce a confesar el pecado, confesión que acarrea la misericordia de Dios.

    Nehemías. Cuando supo del trágico estado de Jerusalén y su pueblo, escribió: "Me senté y lloré, e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos" (Nehemías 1:4). Oró y ayunó durante varios días mientras servía al Señor con sus lágrimas. De esta manera pudo El usar a Nehemías para llevar el avivamiento a Jerusalén.

    Jeremías. A menudo se le llama "el profeta llorón" ¡qué ejemplo establecido en lo tocante a llevar la carga y el quebrantamiento por su pueblo! Desde el punto de vista humano, fueron las oraciones y el llanto de Jeremías y las oraciones vicarias y llanto de Daniel lo que, sin duda, sacó una parte de Israel del cautiverio. Escuchemos a Jeremías:

    "Quebrantado estoy por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo; entenebrecido estoy, espanto me ha arrebatado. ¿No hay bálsamo en Galaad? ¿No hay allí médico? ¡Oh, si mi cabeza se hiciese aguas, y mis ojos fuentes de lágrimas, para que llore día y noche los muertos de la hija de mi pueblo! (Jeremías 8:21-22; 9:1). "Mas si no oyereis esto, en secreto llorará mi alma a causa de vuestra soberbia; y llorando amargamente se desharán mis ojos en lágrimas, porque el rebaño de Jehová fue hecho cautivo (Jeremías 13:17). "Derramen mis ojos lágrimas noche y día, y no cesen" (Jeremías 14:17).

    Lee también Lamentaciones 1:16; 2:11; 3:48-51.

    Daniel. Por más de sesenta años Daniel fue un estadista de la corte de la potencia que dominaba al mundo en ese entonces; también fue hombre de Dios y de oración. Leamos algunas de sus oraciones: "Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza. Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión. Aún estaba hablando y orando, y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y derramaba mi ruego delante de Jehová mi Dios por el monte santo de mi Dios; aún estaba hablando en oración. En aquellos días yo Daniel estuve afligido por espacio de tres semanas. No comí manjar delicado, ni entró en mi boca carne ni vino, ni me ungí con ungüento, hasta que se cumplieron las tres semanas" (Daniel 9:3-4, 20, 21; 10:2-3).

    Podemos estar seguros, por lo que sabemos del duelo judío y de la carga y confesión vicarias que levaba Daniel, que su duelo abarcaba llanto.

    Pablo. Pablo fue el Isaías y el Jeremías del Nuevo Testamento. Predicó la grandeza de la gracia de Dios, la asombrosa bendición de la expiación y el juicio y triunfo final de Cristo. También fue a la gente suplicando, llorando y llevando al perdido a la salvación.

    Sirvió al Señor con sus lágrimas como con sus sufrimientos (Hechos 20:18-19) y ese ministerio fue dado en forma pública de casa en casa (v. 20). "Por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno" (Hechos 20:31). No solamente predicó con lágrimas y efectuó, llorando, su evangelización personal, sino que también escribió, con lágrimas, a las iglesias que amaba tanto: "Porque por la mucha tribulación y angustia del corazón os escribí con muchas lágrimas, no para que fueseis contristados, sino para que supieseis cuán grande es el amor que os tengo" (2 Corintios 2:4).

    Podemos estar seguros que su oración estuvo ungida con sus constantes lágrimas. El repite en sus cartas a las iglesias cómo orar por ellas día y noche. Si todo sus otros ministerios fueron hechos con sus lágrimas, podemos estar seguros que su oración también. No hay oración más poderosa que aquella que sale del corazón que anhela profundamente algo y se siente su deseo al suplicar con lágrimas.

    Nuestro Señor. Leemos sobre Jesús: "En los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte" (Hebreos 5:7).

    Esto abarcó, sin duda, la oración de Jesús en Getsemaní aunque las palabras parecen, indicar que esto fur característica a menudo repetida.

    Mientras las multitudes gritaban sus "hosannas" alabando a Dios, leemos que: "Cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella" (Lucas 19:41).

    Sin duda Su corazón ya roto se sacudió con sus lágrimas de agonizante amor. Probablemente lloró en forma similar al gritar "¡Oh Jerusalén, Jerusalén!" expresando su amor anhelante y de corazón quebrantado (Mateo 23:37; Lucas 13:34).

DIOS DESEA QUE LOS LIDERES LLOREMOS

    Dios habló por medio de Joel en un momento de su inminente juicio a la nación debido a sus pecados: "Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de Jehová, y digan: Perdona, oh Jehová, a tu pueblo" (Joel 2:17).

    Los líderes religiosos de la nación eran los responsables por interceder con llanto por la nación.

    De modo similar, Isaías, cuando hubo calamidad nacional, dijo a los dirigentes: "Por tanto, el Señor, Jehová de los ejércitos, llamó en este día a llanto y a endechas, a raparse el cabello y a vestir cilicio" (Isaías 22:12).

    Pero ellos se alegraron y gozaron, organizando festejos (v. 13) a tal extremo que el profeta les tuvo que decir: "Esto fue revelado a mis oídos de parte de Jehová de los ejércitos: Que este pecado no os será perdonado hasta que muráis, dice el Señor, Jehová de los ejércitos" (Isaías 22:14).

    Escándalo ante los ojos de Dios es que lo pasen bien y se regocijen, desempeñando su liderazgo con una actitud "tranquila de que aquí no pasa nada," quienes debieran llevar la carga espiritual por un pueblo, mediante una poderosa intercesión y lágrimas, pero se muestran tan indiferentes espiritualmente que no se sienten cargados por orar.

    ¿Cuál fue la actitud de Samuel al ser nombrado por Dios en su calidad de juez y profeta del pueblo? "Lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros" (1 Samuel 12:23).

    Todo líder es responsible delante de Dios por el desempeño de su papel como mediador de su pueblo. Cristo es el único y solo Mediador entre Dios y el hombre en redención pero, debido a esa mediación, nosotros somos ahora responsables por ser intercesores – mediadores por nuestra gente -. Debemos identificarnos tanto con quienes dirigimos, tanto por amor como por compromiso, que los llevemos en nuestros corazones cada día de nuestros liderazgo. Tal como el sumo sacerdote lo hacía simbólicamente, nosotros debemos hacer esto a diario cuando entramos al lugar santísimo de Dios: Debemos tocar su trono constantemente por cuenta de su pueblo a cargo nuestro. Pecamos contra el Señor si no lo hacemos así.

    No podemos rehuir ese papel de intercesor mediador cuando nos comprometemos con nuestra grey tan profundamente como Dios manda y los amamos con el amor de Cristo en nuestra calidad de pastores ayudantes en la obra de Cristo. Mientas más mediemos e intercedamos por nuestro rebaño, más hondo se volverá nuestro amor por ellos y más clamarán, con lágrimas visibles o invisibles, nuestros corazones a Dios. Nuestro rebaño reconocerá el amor y las lágrimas de nuestras corazones por el tono de nuestras voces y el poder de nuestras oraciones.

    El doctor E. W. Dale, de Birmingham, Inglaterra, colaborador del evangelista Moody, cuando éste realizaba campañas en las islas británicas, decía que Moody nunca hablaba de la posibilidad que alguien se perdiera sin que su voz saliera unida a sus lágrimas. "El fluctuaba de la fiera denuncia del pecado a la callada, llorosa, quejumbrosa y quebrantada contricción." R.C. Horner decía: "No hay nada que diga tanto como las lágrimas, el pueblo que te rodea puede perecer y morir e irse al infierno, sin que siquiera lo percibas."

    Oswald J. Smith escribía en su diario: "Debo vivir el poder de Dios cueste lo que cueste. ¡Oh, que El me quebrante y me haga llorar por la salvación de las almas!" Muchas páginas de su diario registran las respuestas a sus oraciones pedidas con lágrimas. Se ha escrito sobre John Welch, el yerno de John Knox, " a menudo se le encontraba, en medio de las crudas noches de invierno, llorando en el suelo y luchando con el Señor por cuenta de su grey." Jonathan Edwards conocía la profunda hambre de almas que salaba con lágrimas su momento de oración. Finney menciona repetidamente en sus memorias que oraba con lágrimas.

    La cosecha espiritual exige alma íntegra, deseo intenso y amor de Cristo. La cosecha espiritual resulta cuando sembramos con alto costo y amor y lloramos mientras clamamos a Dios. El trabajo de alma estilo Getsemaní conduce a la cosecha estilo Pentecostés. John Henry Jowett dijo en su clásico The Passion for Souls (La Pasión por las almas):

    Hermanos míos, no sé cómo un servicio cristiano puede fructificar si el siervo no está primeramente bautizado en el espíritu de la sufriente compasión. Nunca podremos sanar las necesidades que no sentimos. Los corazones sin lágrimas nunca pueden ser heraldos de la Pasión. Debemos orar si vamos a redimir. Debemos sangrar si vamos a ser los ministros de la sangre salvadora. Debemos perfeccionar la Pasión del Señor por medio de nuestra pasión y por nuestras propia conpasión sufriente debemos "ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo" (Colosenses 1:24). Como elegido de Dios, pónganse, pues, un corazón compasivo…Si la oración del discípulo es para llenar la intercesión del Maestro, la oración del discípulo debe estar salpicada con mucho clamor y llanto. Los ministros del Calvario deben suplicar sudando sangre, y su intercesión debe rozar, a menudo, el punto de la agonía…La verdadera intercesión es un sacrificio, un sacrificio sangrante, una perpetuo del Calvario, un "ser llenado" de los sufrimientos de Cristo. Santa Catalina comentaba a un amigo que la angustia que ella experimentaba al darse cuenta de los sufrimientos de Cristo, era más grande en el momento en que pedía por la salvación de terceros. "Prométeme, amado Señor, que Tú los salvarás. Oh, dame una muestra de que lo harás." Entonces su Señor parecía tomar con su mano, la de ella y le daba la promesa y ella sentía un dolor penetrante como si un clavo hubiera atravesado su palma…ella sentía que le tomaba la mano horadada."

    George Whitefield fue uno de los evangelistas más elocuentes de la historia de la iglesia. Solía predicar a multitudes de diez y veinte mil personas. Una vez, en Escocia, estimó haver predicado a cien mil durante un servicio en que diez mil profesaron su conversión. Fue poderosamente ungido por el Espíritu Santo. El doctor Martyn Lloyd-Jones escribe que Whitefield predicaba, casi invariablemente, con torrentes de lágrimas rodando por sus mejillas, y se conmovía tan gran y profundamente que miles venían a Cristo; decía Whitefield "paso postrado en el suelo días y semanas enteras orando."

    Se necesita más que lágrimas para ganar almas. No me refiero a las lágrimas que derramas en la carne por lástima propia. Ruego por lágrimas de amor como las de Cristo, derramadas por nuestra gente y por el perdido, lágrimas que convulcionan nuestros corazones en intercesión mediadora. Se vean o no las lágrimas en tus ojos, tu corazón debe, llorar. Dios siempre sabe cuán profundos son nuestros anhelos y clamores en nuestros corazones. El mide la profundidad de nuestro preocupado amor y del compasivo quebrantamiento de nuestra intercesión por el prójimo. No busques la emoción por amor a la emoción. No intentes elaborar emoción tratando de conmover a Dios o al hombre, aunque la emoción es parte inseparable de nuestro ser. No podemos separar la emoción del sagrado amor por Dios y el prójimo. Nuestro lugar primario para llorar debe ser nuestro cuarto secreto de oración porque ahí es donde debemos interceder diariamente por nuestra gente (Jeremías 13:17).

    ¿Cómo podemos quedarnos inconmovibles por la historia de la cruz si hemos entendido la manera en que nuestro Salvador nos amó y murió por nosotros? ¿Cómo podemos quedarnos con los ojos secos mientras intercedemos por un mundo perdido y cuando predicamos el Evangelio del Calvario? Un misionero hablaba del amor de Cristo a un no creyente, le contaba cómo Cristo dejó las glorias del cielo, compartió nuestra vida, nuestros sufrimientos pero fue rechazado y crucificado por los hombres pecadores. Mientras el no creyente escuchaba el relato de la cruz, empezó a llorar, luego, se volvió al misionero y él preguntó: "¿Este mismo Jesús murió por ti?" "Sí" contestó el misionero. El no creyente lo miró asombrado y preguntó: "¿Entonces, por qué no lloras? Perdóname si te lo pregunto, ¿por qué no lloras?"

    ¡Se busca: Más líderes con corazones quebrantados, como Oseas, que clamen a Dios por los pecados y fallas de sus pueblos!

    ¡Se busca: Más profetas – líderes de corazones quebrantados, como Jeremías, que prevalezcan por sus pueblos!

    ¡Se busca: Más líderes y evangelistas de corazón ardientes, como Pablo, que lloren cuando suplican por sus pueblos, así como, proclamen el amor del Calvario a ellos!

Dame lágrimas

¡Amante Señor, te suplico des lágrimas a mis ojos!
Dame lágrimas cuando intercedo.
Dame lágrimas cuando a diario me arrodillo ante Tu trono;
Dame lágrimas cuando aprendo a rogar.

Señor, Tú que fuiste clavado,
Rompe este frío corazón de piedra;
¡Derrite mi corazón con Tu fuego santo!
Inunda mi alma con la pasión de Tu divino amor;
Que yo anhele hambriento Tu deseo.

Vuelve a tomar la dureza
De todo mi corazón nuevamente
Hasta que tenga hambre, sed y ansias,
Hasta que mis anhelos por las almas
De los hombres consumidos por el pecado
Ardan dentro de mí.

Llena mi corazón con tus lágrimas;
Ahí, quítale el velo a Tu cruz
Hasta que haya muerto todo lo demás de este mundo,
Hasta que dé por perdido todo lo demás de mi vida,
Salvo la cruz del Crucificado.

Que mi corazón sea siempre un corazón crucificado
Que sangre por las almas de los hombres.
Que la carga por las almas, a diario derrita mi alma
Hasta que vuelva a compartir Tu trabajo.

Dame lágrimas cuando predico de Tu amor que muere;
Dame lágrimas cuando suplico a los hombres.
Dame lágrimas cuando señalo arriba hacia Tu trono;
Amor de Dios, derrite nuevamente mi corazón.

– Wesley L. Duewel

    – Tomado del libro ARDIENDO PARA DIOS por Wesley Duewel. © 1989. Usado con permiso del Duewel Literature Trust, Inc. Los libros de Dr. Duewel se pueden comprar de Duewel Literature Trust, Inc., 740A Kilbourne Drive, Greenwood IN 46142-1843.