«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Biblia, Nuestro Espejo

Por Derek Prince

    Examinemos una forma en que la Biblia, como la Palabra de Dios, obra en el creyente. La Biblia es un espejo de revelación espiritual. Santiago 1:23-25 describe esta operación de la Palabra de Dios. En los versículos anteriores Santiago ya ha advertido que hay dos condiciones básicas para que la Palabra de Dios produzca sus efectos apropiados en nosotros: 1) debemos "recibirla con mansedumbre" (v.21); es decir, con una actitud apropiada del corazón y la mente; 2) temenos que ser "hacedores de la Palabra y no tan solamente oidores" (v.22); es decir, tenemos que ponerla inmediatamente en práctica en nuestra vida diaria.

    Si no hacemos esto, Santiago advierte que nos engañamos a nosotros mismos; estaremos llamándonos cristianos o discípulos o estudiantes de la Biblia, pero no estaremos aprovechando ninguna de sus bendiciones y beneficios prácticos. Podemos resumir esto diciendo que la Biblia obra en forma práctica en los que la aplican y la ponen en práctica.

    Después de esta advertencia, Santiago prosigue en los siguientes tres versículos: "Porque si alguno es oidor de la Palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su tostro natural. Porque él se considera a sí mismo y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace" (Santiago 1:23-25).

    Santiago compara la Palabra de Dios con un espejo. La única diferencia es que un espejo normal nos muestra solamente lo que Santiago llama nuestro "rostro natural"; las facciones y la apariencia externas y físicas. El espejo de la Palabra de Dios, cuando nos miramos en él, revela no nuestras facciones externas y físicas, sino nuestra naturaleza y condición espiritual interna. Revela los rasgos que ningún espejo material ni obra humana alguna puede revelar; características que jamás podríamos conocer de ninguna otra manera.

    Alguien lo ha resumido de esta manera: "Recuerde que mientras esté leyendo su Biblia, su Biblia también lo está leyendo a usted."

    Todavía recuerdo, después de muchos años, cuán gráficamente comprobé esto en carne propia. Empecé a leer la Biblia siendo un escéptico y un incrédulo; con antecedentes de investigador y maestro de filosofía. Me acerqué a ella como si fuera uno más entre los muchos sistemas de filosofía en el mundo. Sin embargo, conforme proseguía estudiándola, tuve consciencia, incluso contra mi voluntad, de ciertos cambios extraños y profundos que estaban ocurriendo dentro de mí. Mi actitud de superioridad intelectual, mi sentido de confianza en mí mismo y autosuficiencia empezaron a desmoronarse.

    Yo había adoptado la actitud del antiguo filósofo griego que dijo: "El hombre es la medida de todas las cosas." Había presumido que por mis propias facultades intelectuales y críticas era capaz de evaluar cualquier libro o sistema de sabiduría que quisiera estudiar. Pero, para sorpresa mía, mientras estudiaba la Biblia, si bien no podía comprenderlo del todo, tomé consciencia de que estaba siendo medido por alguna norma que no era la mía ni la de ningún ser humano. Como Belsasar a la hora de su banquete, parecía como si ante mis ojos renuentes se escribieran las palabras "Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto."

    Sin ningún cambio de circunstancias externas, interiormente me volví inquieto e insatisfecho. Los placeres y las actividades que antes me había atraído y ocupado, perdieron todo su poder para divertir o entretener. Me volví cada vez más consciente de una profunda necesidad dentro de mí que no podía definir ni satisfacer. No lo comprendí con claridad, pero en el espejo de su palabra, Dios me estaba mostrando la verdad respecto de mi necesidad y mi vacío internos.

    Después de varios meses, esta revelación me llevó, incluso en mi ignorancia y ceguera espiritual, a buscar a Dios con humildad y sinceridad. Al encontrarlo de esta forma, descubrí que quien así había revelado mi necesidad en su palabra escrita, era capaz también de satisfacerla por completa en la Persona de su Palabra Viva, el Señor Jesucristo.

    Sí, la Biblia es el espejo del alma. Pero en ésta, como en sus otras acciones, el resultado que produce en nosotros depende en gran medida de nuestra reacción a ella.

    En el orden natural, cuando miramos en un espejo, normalmente lo hacemos con la intención de actuar de acuerdo con lo que nos revele. Si vemos que nuestro cabello está despeinado, nos peinamos; si vemos que nuestro rostro está sucio, nos lavamos; si nuestras ropas están en desorden, las arreglamos; si vemos la evidencia de alguna infección, consultamos a un médico para que nos recete un tratamiento apropiado.

    Para beneficiarnos del espejo de la Palabra de Dios, tenemos que actuar de un modo semejante. Si el espejo revela una condición de suciedad espiritual, sin tardanza tenemos que buscar la limpieza que nos proporciona la sangre de Cristo. Si el espejo revela alguna infección espiritual, tenemos que consultar al gran Médico de nuestras almas, al que perdona todas tus iniquidades, Él que sana todas tus dolencias (Salmo 103:3).

    Sólo poniendo en práctica y sin demora, el remedio para lo que el espejo de la Palabra de Dios nos revela, podemos recibir el perdón, la limpieza y la sanidad, y todas las otras bendiciones que Dios ha provisto para nosotros.

    Es precisamente en este punto donde mucha gente deja de aprovechar debidamente el espejo de Dios, para su propia pérdida espiritual y eterna. Como consecuencia de oír o leer la Palabra de Dios y del mover del Espíritu de Dios, se sienten culpables de lo que hay en su corazón y en su vida que son inmundas, dañinas y desagradables para Dios. Mirándose en el espejo de la Palabra de Dios, ven su propia condición espiritual tal como Dios la ve.

    Su reacción inmediata es de congoja y remordimiento. Comprenden su necesidad y el peligro que corren. Tal vez incluso pasen adelante al altar de alguna iglesia, oren y derramen lágrimas. Pero su reacción no va más allá. No hay un cambio real en su forma de vida. Al día siguiente la impresión ha empezado a borrarse, y empiezan a acomodarse otra vez a sus hábitos de antes.

    Muy pronto esa persona olvida qué clase de hombre era. No recuerda las verdades desagradables que el espejo de Dios le reveló tan clara y fielmente. Indiferente y satisfecho de sí mismo, sigue un derrotero que lo aleja cada vez más de Dios.

    No obstante, el espejo de la Palabra de Dios puede revelar no sólo lo desagradable, sino lo agradable también. Además de descubrir lo que somos en nuestra propia condición caída sin Cristo, también puede reflejar en lo que podemos convertirnos por la fe en Cristo. Puede revelar no sólo los trapos inmundos de nuestra propia justicia, sino también las vestiduras sin mancha de la salvación y la resplandeciente túnica de justicia que podemos recibir por la fe en Cristo. No sólo puede descubrir la corrupción y las imperfecciones del "viejo hombre" sin Cristo, sino también la santidad y la perfección del "nuevo hombre" en Cristo.

    Si al principio, cuando el espejo de Dios revela la verdad de nuestro pecado e inmundicia, actuamos de inmediato – si nos arrepentimos, si creemos y obedecemos el evangelio – la próxima vez que miremos en el espejo, no veremos ya nuestra vieja naturaleza pecadora, sino como Dios nos ve entonces en Cristo: perdonados, limpios, justificados: nuevas criaturas. Nos hace comprender que ha ocurrido un milagro.

    El fiel espejo ya no revela nuestros pecados o fracasos: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo" (2 Corintios 5:17-18).

    No sólo han pasado las cosas viejas y todas han sido hechas nuevas, sino que todo esto proviene de Dios. En otras palabras, Dios mismo acepta la responsabilidad por cada aspecto y característica de la nueva criatura en Cristo, tal como está revelado en su propio espejo. Nada hay en ello de la forma de ser o hacer del hombre. Todo proviene de Dios.

    Un poco más adelante en ese mismo capítulo Pablo repite: "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él" (v.21).

    Observe cuán completo es el intercambio: Cristo fue hecho pecado con nuestra pecaminosidad para que a su vez nosotros pudiésemos ser hechos justos con la justicia de Dios. ¿Qué es la justicia de Dios? Es una justicia sin mancha y sin arruga; una justicia que jamás ha conocido pecado. Esta es la justicia que nos es atribuida en Cristo. Necesitamos contemplarnos prolongada y constantemente en el espejo de Dios hasta que nos veamos allí como Dios nos ve.

    Encontramos la misma revelación en el Antiguo Testamento, en el Cantar de los Cantares de Salomón, donde Cristo (el Novio) habla a la Iglesia (su novia) y dice: "Toda tú eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha" (Cantares 4:7).

    Aquí el espejo impecable revela una justicia impecable, que es nuestra en Cristo.

    Pablo insiste en la necesidad de los cristianos de mirar continuamente en el espejo de la Palabra de Dios: "Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor" (2 Corintios 3:18).

    Pablo, como Santiago, se refiere al espejo de la Palabra de Dios. Dice que este espejo revela a los que creen, no sus pecados, que han sido eliminados en Cristo para no ser recordados más, sino las glorias del Señor, que Él espera concederles por la fe. Pablo afirma que, mientras estamos mirando en el espejo y contemplando allí las glorias del Señor, el Espíritu de Dios es capaz de obrar en nosotros y transformarnos en la misma imagen de esas glorias que contemplamos.

    En éste, como en tantos otros ejemplos de las Escrituras, vemos que el Espíritu la Palabra de Dios deben obrar siempre juntos y en armonía. Es mientras miramos en el espejo de la Palabra de Dios que el Espíritu obra en nosotros y nos cambia en la semejanza de lo que muestra. Si dejamos de mirar en el espejo de la Palabra, frustramos entonces la obra del Espíritu.

    En 2 de Corintios Pablo regresa al mismo tema: "Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas" (4:17-18).

    Aquí Pablo enseña que el soportar fiel y victoriosamente las aflicciones temporales puede producir en nosotros los creyentes, resultados de grande y eterna gloria; pero añade el mismo requisito del capítulo anterior. Este obrar de la gloria espiritual dentro de nosotros es efectivo únicamente…no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven (v.18).

    – Tomado de EL MANUAL DEL CRISTIANO LLENO, DEL ESPIRITU por Derek Prince. Usado con permiso de Derek Prince Ministries-International.