«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El Día Cuando Nuestro Hijo, Joel, Huyó De Casa

Por el evangelista Jaime Tice

"Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía"
Salmo 133:1

    Un domingo por la mañana hace muchos años, nos reunimos como de costumbre para nuestra hora de oración familiar. Al contar cabezas, me di cuenta de que alguien faltaba. ¡Joel no estaba presente! De pronto llamé a nuestro hijo mayor, Timoteo, preguntándole de qué era lo que detenía a Joel. Cuando Timoteo me dijo que no lo había visto después de haberse levantado, me puse perplejo y luego alarmado.

    Mientras Timoteo investigó de nuevo su recámara, yo comencé a llamar a Joel por el bosque. Después de unos momentos, Timoteo regresó trayendo consigo una nota firmada que se encontró en la cama de Joel. Al leer la nota y realizar la gravedad de la situación, le dije que alertara el resto de la familia y los obreros quienes todavía estaban orando, de suplicar de todo corazón por Joel mientras yo le buscaba.

    Entrando de prisa en el coche, me dirigí pronto para inspeccionar dos de los caminos principales los cuales él quizá tomara en su huida de casa. Joel había escrito en la nota que él había decidido de huir de casa, y las lágrimas me corrían por las mejillas mientras que yo buscaba frenéticamente por mi hijo.

    Aprendí más tarde que Joel había huido a mediados de la noche, así que no podía yo encontrarlo. Al regresar a la casa, un oficial de probación me llamó por teléfono y me informó de que Joel estaba detenido por la policía, y que estaba guardado en un hogar de detención.

    El alivio que recibí por la llamada telefónica fue momentáneo, puesto que el oficial rehusó regresármelo, como su padre. Esta angustia se aumentó cuando Joel mismo me habló por teléfono. ¿O fue esa persona Joel?

    Fueron su voz y cuerdas vocales, pero un espíritu extraño parecía controlar a mi hijo de quince años. Mi esposa vino para hablarle, también, y lloramos juntos. Ambos ella y yo rogamos a nuestro hijo de meterse en razón, y le confirmamos nuestro amor.

    Joel había orado siendo muchacho, aceptando a Jesucristo como su Salvador. A diario leía su Biblia, oraba durante nuestra hora de oración, y había ganado la amistad de muchos mientras conducíamos campañas a través de los Estados Unidos. Él testificaba a diario en las Bahamas con los demás de la familia.

    Sin embargo, su voz resonaba en nuestros oídos:

    —No quiero regresar a casa. No hay nada allí que deseo—. Fue la voz de Joel, pero un espíritu extraño.

    Después de rogarle por largo tiempo en el teléfono, pero en vano, le dije a Joel que mamá y yo le visitaría más ese día durante las horas de visita en el hogar de detención.

    Joel nos había dicho que ya no quería que Jesús le dijera cómo manejar su vida. Nuestros corazones se rompieron.

    Esa mañana estaba programado a predicar en una iglesia cercana, pero cancelé mi predicación, diciendo al pastor que no podía predicar esa mañana ni de allí en adelante hasta que pudiera yo arreglar mi propio hogar. El pastor luego suplicó a Timoteo que predicara en mi lugar esa mañana y también en la noche.

    Mientras mi esposa (todavía en angustia), nuestros colaboradores, y el resto de la familia asistieron a las reuniones, Timoteo predicó. Yo me quedé en casa para examinarme la conciencia. Mi corazón estaba rompido. Había fracasado como padre, y estaba desesperado. A toda costa debía yo arreglar de nuevo mi hogar.

    Después de comenzar en enero de 1970 nuestra hora de oración cada mañana, habíamos visto obstáculos sinnúmeros quitarse de en medio, además de grandes victorias tanto espirituales como naturales en la familia para la gloria de Dios.

    Pero ahora, lo que muchos habían esperado por causa de nuestros principios firmes, aparentemente nos había llegado. ¿Estaba equivocada la Palabra de Dios en su integridad? ¡No! ¡Mil veces, no! ¡La Palabra de Dios es la verdad!

    —¡La victoria debe venir en esta situación! —gritó mi corazón. Me examinaba la conciencia, y oraba.

    —Señor, —dije—. ¡estás perdiendo un predicador! No, Señor, no un predicador bueno, sino un predicador. A menos que pueda descubrir dónde he fracasado, persuadir a mi hijo de regresar a casa y a ponerse en rectas relaciones para con Dios, y a menos que mi hogar esté arreglado de nuevo, ya no vuelvo a predicar.

    Por favor, querido lector, no me juzgues mal en este asunto, ni pienses que espero que todo evangelista debe tener las mismas convicciones. Permíteme explicarlo.

    No iba a renunciar vivir o testificar por Jesús. Pero según 1 Timoteo 3:4, como un líder cristiano (un "obispo" es lo mismo que un evangelista, pastor, anciano, diácono), tengo que gobernar bien mi casa, teniendo mis hijos en sujeción con toda honestidad. El quinto versículo añade: "pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?"

    Esa tarde mi esposa y yo fuimos guiados por las puertas pesadas de seguridad dentro del hogar de detención (cárcel para los jóvenes) a nuestro hijo. La cara de Joel estaba pálida, y su expresión fue la de uno que estaba constantemente atormentado. Joel había salido a la medianoche, dejando atrás unos cuantos artículos prestados por sus hermanos, y había marchado casi 32 kilómetros, descansando en el banco de parque en las horas de madrugada.

    Cuando Joel fue interrogado por el policía, él se vio en la necesidad de decir la verdad, así que confesó que estaba huyendo de su casa. En poco tiempo se encontró encarcelado, y diciendo que no quería regresar a su casa.

    Mi esposa y yo sufrimos mucho bajo la tensión emocional. Nuestro hijo no aceptaba nuestro amor ni el amor de Dios. Lloramos, y estoy seguro de que Jesús también lloraba mientras mamá y yo nos sentamos un domingo por la tarde a una mesa en el hogar de detención con Joel, suplicándole. Él nos permitió, contra su voluntad, unir las manos mientras orábamos, pero no se arrepentía, no oraba, y no correspondía al amor, que tanto anhelábamos.

    ¿Qué cambia a un joven cortés que parece ser un cristiano alegre, en un joven atormentado y rebelde? Esta fue la pregunta que hacíamos al Señor durante las próximas 48 horas atormentadoras.

    El lunes por la mañana, después de una sesión desesperada de oración familiar, nuestro colaborador y yo fuimos a la oficina del oficial de probación, rogándole la libertad de Joel. Tanto el oficial que le había detenido, como el jefe, pensaba que los verdaderos padres cristianos habían perdido contacto con la realidad, y que los padres debieran someterse a los deseos de sus hijos. Ambos hicieron comentarios despreciativos acerca del evangelio.

    Lloré abiertamente mientras informé a estos hombres que me parecía que ellos violaban mis derechos civiles por no permitirme tener a mi hijo en casa, donde pudiéramos hacer frente a este problema de manera espiritual. Supliqué a ellos, diciendo:

    —No creo que ustedes están equipados para dominar un problema de esta naturaleza.

    Después de varias llamadas telefónicas, además del consejo de estos "hombres de la ley" de que permitiéramos a nuestro hijo asistir a los bailes, el cine, etc., y en efecto, vivir sin restricción, se nos permitió recoger a nuestro hijo. Sin saberlo nosotros hasta más tarde, el oficial dio a mi hijo el número de su teléfono, diciendo:

    —Si tu padre te causa más problemas, llámame en cualquier momento.

    Dios me impresionó de llegar a un acuerdo con mi hijo.

    —Joel, que tú sepas, ¿jamás te ha mentido tu padre? —le pregunté.

    —No, no lo ha hecho —me contestó.

    —Bueno, Joel, no creo que tú me hayas mentido, tampoco, así que creo que podemos confiar el uno en el otro.

    Joel estuvo de acuerdo, así que continué:

    —Quiero que me prometes que no te huirás de la casa otra vez a lo menos por diez días. Si al cabo de ese tiempo todavía quieres renunciar a tu familia y a Jesús para servir al diablo, tú serás libre para irte. Sin embargo, durante este tiempo, ¡tú debes prometernos que nos permitirás hacer todo lo posible para renovar tu compañerismo con Dios!

    Joel prometió, y así nos preparamos para la batalla.

    Durante los últimos varios años, Joel había trabado amistad con muchas personas con su bondad, su sentido del humor, y la sinceridad de su testimonio, pero pasó algo grave, radicalmente grave en su vida. El paseo en coche a la casa desde el hogar de detención, produjo una tensión excesiva. Joel tuvo un espíritu muy raro, o quizá debo decir: un espíritu raro tuvo a Joel. Lo encontré muy difícil contener las lágrimas en el coche.

    Sus hermanos, hermanas, su madre — todos querían mostrarle amor a Joel cuando llegamos a la casa, pero Joel rehusó de recibir su amor. Mamá trató de razonar con Joel. Cande, nuestra hija mayor, le hablaba esa tarde. Yo usé Escritura tras Escritura con él, discusión tras discusión. Hablamos, hablamos, hablamos, hasta que ambos estábamos agotados el lunes por la noche a una hora avanzada, y nos acostamos. Todavía Joel rehusaba ser sensible al amor de Jesús.

    Esa noche apenas dormí. Tenía una batalla que luchar —¡una batalla que no debiera yo perder! La vida de mi hijo, su misma alma, estaba en peligro. Si el diablo podía ganar un hijo, él podría ganar otro, y otro, hasta matar todo el ministerio aquí.

    Oh, te suplico, padre, madre: ¡Lucha! ¡Lucha! ¡No cedas nada para llegar a un acuerdo con el diablo! Sepas que estás seguro, que tu resistencia es de acuerdo con la Palabra de Dios, y luego no cedas ni una pulgada de terreno. ¡Lucha en el nombre de Jesús! ¡Lucha en el poder del Espíritu Santo! ¡Hay demasiado que perder!

    Levantados temprano la mañana siguiente, todos nos reunimos en la sala para nuestra hora de oración. Joel estaba allí, pero rehusó orar. La melancolía de la rebelión de Joel se cernía sobre el cuarto como una nube esa mañana.

    Mientras que yo dirigía la oración, Dios trató conmigo, y declaré ayuno para todos en la casa. Le dije al diablo que no íbamos a comer hasta que él soltara a Joel.

    Joel confesó más tarde que esa era la razón por la cual él no quería regresar a casa. ¡Él sabía que ayunaríamos con oración hasta que algo pasara! (¡Los oficiales impíos apenas aprobarían tales actividades!)

    Mi hija percibió que el Espíritu Santo quería que ayunara por Joel. Ella oró y pidió a Dios de que diera las mismas instrucciones a su papá. Y claro que Dios contestó esa oración. A varios puntos durante la oración ese día, nos turnábamos haciendo frente a Joel desde cada punto de vista del cual podíamos pensar, pero nada surtió efecto. Cada uno sabía la razón por la cual nada produjo un cambio: no estábamos enfrentando a Joel, sino a un espíritu malo —un demonio— o quizá varios demonios que habían agarrado la vida de Joel.

    Mi esposa, con el corazón partido, lloraba mientras humildemente se arrodillaba al regazo de Joel, tratando de razonar con su hijo. Nuestra hija, Cande, lloraba mientras suplicaba a su hermano que se arrepintiera. Sus tres hermanos desesperadamente querían que estuviera libre. María, nuestra hija menor, lloraba desvergonzadamente por él. Nuestros tres colaboradores estaban quebrantados de espíritu.

    Mientras concordamos en la oración, yo sabía que era necesario desatar a nuestro hijo de este espíritu malvado. Le impuse las manos y comencé a mandar al espíritu malo que se identificara y que se despidiera. De repente, comencé a sofocarme y a respirar con dificultad —el comienzo de un ataque asmático. Mi enemigo espantoso iba a atacarme una vez más.

    Hacía seis años, mientras asistía a una reunión evangélica, el Señor me sanó instantáneamente, y desde entonces no había tenido ni un ataque o usado una gota de medicación para asma. ¡A Dios sea la gloria! Así que de pronto pedí a los que estaban conmigo que oraran para que me cubriera la sangre de Cristo. Las síntomas de asma desaparecieron, y me di cuenta de que Dios quería que fuera más prudente. Lo que pasó fue un aviso suficiente.

    Llegado la tarde, Joel tenía hambre y me pidió algo que comer, al cual consentí, puesto que su corazón todavía no estaba en buenas relaciones con el Señor. Sin embargo, le recordé de que la sesión de oración seguiría en cuanto él terminara de comer. Alrededor del mediodía un camionero nos repartió la madera la cual habíamos pedido, pero rehusé desviarme del asunto principal, así que nuestro colaborador le pagó mientras que yo y los otros en la familia seguimos velando y orando.

    Joel comió, y yo fui a mi recámara y fui guiado a hojear rápidamente un folleto editado por Corrie Ten Boom, llamado "Enemigos derrotos". Lo había leído previamente, pero había olvidado un informe importante en cuanto a demonios. El Señor me guió de pronto a la advertencia de no imponer manos sobre los que están controlados por demonios.

    También anoté su amonestación escritural de estar seguro de que todos los pecados y faltas sean abiertamente confesados y renunciados. Al regresar a la sala, compartí estos informes con el grupo, y varios de nosotros confesamos las cosas en nuestras vidas que quizás estorbaran al Espíritu Santo de Dios de hacer su obra.

    Armados de una autoridad nueva, todos oramos juntos por un rato. Siendo especialmente cuidadosos, de nuevo nos enfrentamos con el espíritu en la vida de Joel. De repente, Dios me reveló el nombre y la naturaleza del demonio, y Joel admitió que ésta era la verdad. Él renunció al demonio por nombre, y juntos mandamos al espíritu malo de huir.

    ¡Gloria a Dios! ¡Joel se sometió! ¡Y ahora estaba fuera del control de ese demonio!

    Todos lloramos mientras Joel cayó en mis brazos. Luego nos arrodillamos al lado del sofá, y él pidió el perdón del Señor. ¡El pródigo había regresado a su Salvador, su mamá, su papá y su familia!

    La liberación fue completa, y hoy día Joel está lleno del Espíritu Santo, y ha recibido una llamada al ministerio en plena dedicación. Ahora es un testimonio brillante y serio por Jesús.