«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Hora De La Visitación De Dios

Por Lois J. Stucky

    Un mensaje poderoso que tuve el gusto de escuchar hace poco se trataba de la ocasión de la entrada triunfal cuando Jesús entró en Jerusalén montado sobre un burrito y recibido con gritos de ¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! El pastor nos llamó la atención al hecho de que en medio de todas las alabanzas y del ambiente de jubilación y celebración, Jesús, miró a la ciudad de Jerusalén y Él lloro. ¡Jesús lloró! Él derramó lágrimas de tristeza y dolor en medio de lo que parecía suma alegría y triunfo. Él sabía que antes que pasaran muchos años, esa ciudad estaría completamente destruida por la reconquista de los romanos. Jesús sabía que Jerusalén iba a pagar el precio por rechazar a su Salvador—Él que con todo amor había venido a salvarla.

    Oh, si Jerusalén hubiera reconocido la hora de su visitación, la hora de su oportunidad, cuando Cristo, el Hijo de Dios, estaba entre ellos en carne y hueso, ofreciéndoles la salvación. Nosotros, como cristianos, miramos atrás y no podemos entender a su cieguera tan trágica. ¡Jesús les ofreció su mejor — vida, y la vida eterna! Pronto Él se iba a entregar la vida para que tuvieran ellos acceso a la maravilla de la salvación.

    Pero muchos de ellos tan apasionados en el momento de Su entrada, que Le gritaban alabanzas con tanto fervor, pronto volvieron a sus intereses cotidianos, a sus preocupaciones personales e individuales. Perdieron un día de oportunidad. Cristo lloró. Dios lloró sobre esos a quienes amaba tanto.

    ¿Creen ustedes que Dios llora hoy? ¿Creen que Él derrama lágrimas por Su Iglesia, por los que profesan pertenecerle a Él? Seguramente que Él llora por los perdidos del mundo, regados como ovejas sin un pastor. Pero ¿ se creen ustedes que Él llora por Su Iglesia también? Dios le ofrece a Su Iglesia tanto, tanto: "Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo" (Efesios 1:3). Él le ha ofrecido a Su pueblo el precioso privilegio de ser trabajadores juntos con Él en las cosas que realmente cuentan para la Eternidad. Él les ha proporcionado al Espíritu Santo a Su pueblo como la fuente de todo lo suficiente para lo que se requiera para que se lleven a cabo lo que les haya mandado a hacer. El Espíritu Santo es el recurso de todos los recursos.

    Pero ¿ sería posible que Él estuviera llorando porque tantas de las personas suyas están rechazando a esta hora de oportunidad; y que como resultado de eso la Iglesia no esté llevando a cabo lo que Él tantísimo desea que estemos haciendo—que no estemos obrando en una manera que Le complazca al Señor? Dios no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan (2 Pedro 3:9). Sin embargo multitudes de personas sí se perecen. La Iglesia en total ciertamente no está ocupándose tan rigorosamente y poderosamente como se debe. Evidentemente le falta fervor y dedicación a su tarea designada—la de rescatar a las almas. Nuestra esperanza muchas veces no llega a las alturas apropiadas y por eso no llegamos nunca a hacer la obra excelente que podemos y debemos estar haciendo. Nuestra fe es muy chiquita, nuestros intereses mundanos tan grandes, y por eso no podemos salir de lo que sea local, familiar, de lo que nos interesa a nosotros nada más. Parece que no sabemos, que no entendemos la magnitud del amor que Dios tiene por el mundo. No nos damos cuenta del intenso deseo que tiene Él para que todos entren en Su Reino. No nos damos cuenta del profundo e intenso interés que Él tiene en recibirnos a nosotros como obreros al lado de Él, para que Él pueda añadir a nuestras fuerzas humildes y débiles Su Poder Omnipotente.

    No nos hemos dado cuenta de la responsabilidad que tenemos. Dios nos da a nosotros, Su pueblo, la responsabilidad del evangelismo del mundo. A Dios gracias por todos los fieles que sí están trabajando dedicadamente. Pero a muchos de nosotros, aunque sinceros somos, nos falta el Poder del Espíritu Santo en nuestras vidas. ¡Qué regocijo! ¡Qué júbilo tan inmenso le daría al corazón de Dios si cumpliéramos con Su deseo – abandono de todo a Él, uso del poder del Espíritu Santo, y obediencia a todo lo que Él pide que hagamos.

    ¿Qué pasaría si más personas del pueblo de Dios cogieran la visión de las cosas grandiosas que Dios mismo hará por y a través de los que buscan a Su cara y creen en Él por una cantidad increíble de bendiciones prometídas por el Espíritu Santo? ¿Qué pasaría si con ferviente ardor buscaríamos Su voluntad? "Porque yo derramaré aguas sobre la seguedad y ríos sobre la tierra árida; derramaré mi Espíritu sobre tu descendencia y mi bendición sobre cuanto nazca de ti" (Isaías 44:3). ¡Padres que están añorando por sus hijos perdidos, agarren a tal promesa como ésta!

    En cualquier circunstancia que Dios nos muestre nuestras faltas, debemos en seguida arrepentirnos de las faltas y volver a dedicarnos a la obra de hacer todo lo que Dios desea de nosotros que hemos servido al Señor por muchos años que podamos encontrarnos con el hecho de que hemos empezado a depender más de nuestra experiencia o nuestra educación o de nuestros talentos naturales que depender en el Poder del Espíritu Santo como hacíamos antes. O sea, que hemos perdido a nuestro primer amor. Tenemos que volver al ardor, a la pasión y a la dependencia que antes caracterizaba nuestra relación con El. Y tenemos que darnos cuenta de nuestra falta de suficiencia.

    Que no le causemos tristeza al Señor, que no Le causemos derramar lágrimas de dolor por nuestra preocupación con cosas de menos importancia. ¡Al contrario, que lloremos nosotros por nuestros propios pecados y por los de las multitudes que se apiñan por la vía ancha! Nuestra generación urgentemente necesita mucha oración por la convicción de nuestros pecados. Si hemos llegado a conocer la convicción del pecado en nuestras propias almas y entonces nos hemos arrepentido, sabemos que cuando rezamos para otros Le estamos suplicando a Dios que demuestre Su gran misericordia hacia ellos. ¡En la convicción y en el arrepentimiento se encuentra la salvación! ¡Cuan maravillosos los cambios que se hacen cuando Dios habla en voz poderosa y potente a las almas pecaminosas y ellas oyen y Le hacen caso!

El secret del avivamiento

    Esta historio se cuenta por T. Dewitt Talmadge: En el invierno de 1875, estábamos asistiendo a unos servicios de adoración en la Academia de Brooklyn de Música. El número de asistentes fue formidable pero tristemente me impresionaba el número chiquito de conversiones. Aquel martes por la noche yo les invité a mi casa a cinco hombres mayores que fueron unos cristianos muy consagrados. Los llevé al piso alto de mi casa y les dije, "Yo los he llamado acá para tener un servicio de oración especial. Me estoy agonizando, deseando un cambio de manera de ser del pueblo de Dios. Asisten a nuestros servicios multitudes de personas que son muy atentas y respectuosas pero yo no veo prueba ninguna que sean salvas. ¡Vamos a arrodillarnos ahora mismo aquí y oremos y no salgamos de esta habitación hasta que tengamos la segurísima seguridad de que la bendición vendrá, y de que ya ha venido!"

    Fue un llanto intenso que levantamos ante el trono de Dios. Yo dije, "Hermanos, vamos a guardar como secreto esta reunión nuestra." Y ellos dijeron, "Que así sea."

    El próximo viernes por la noche nos reunimos de nuevo para nuestro servicio en la Academia. Nadie fuera de nosotros que habíamos estado presentes el martes pasado en mi casa sabia lo que había ocurrido allí. Sin embargo el número de asistentes al servicio en la Academia había crecido grandemente. Hombres que solían rezar con solemnidad y reserva se rompieron a conversar con Dios con emoción abundante. La gente lloraba. El aire brotaba de suspiros y llantos y silencios tambien. Reinaba un poder sobrenatural y todos se miraron preguntándose, "¿Qué significa esto?"

    El próximo domingo, aunque estábamos en un lugar secular, más de cuatrocientas personas se pusieron de pie para rezar y un despertamiento religioso ocurrió en ese invierno tan memorable.

Reconociendo la necesidad hoy día

    ¡Vamos a animarnos unos a otros a seguir orando con fieldad y fervor ardiente! Aunque se vean nubes oscuras de juicio en el horizonte creciendo y poniéndose más oscuras, todavía hay nubes recargadas de bendiciones, llenas de las cosas buenas de Dios que Él quiere derramar sobre un mundo que se muere. Vamos a ser personas guerreros de Dios que intentan con oración incesante penetrar a esas nubes de bedición y hacerlas soltar las misericordias de Dios y la salvación. Que Dios nos ayude, a pesar de nuestras debilidades humanas, agarrar y no soltar a Su omnipotencia sagrada y entonces de inclinarnos en adoración, reconociendo la obra asombrosa y milagrosa de Su salvación. ¡Tengamos el propósito de no perder ni un minuto de la hora de oportunidad, nuestra hora de obtener a la visitación majestuosa del Espíritu de Dios que venga sobre nosotros mismos, nuestra iglesia y sobre el mundo entero!

    Buscamos algo que es demasiado precioso, valioso e importante, esencial y eterno para mirar a la tarea con actitud tibia y entusiasmo pálido. El destino eterno de mucha gente depende de nosotros. Que entendamos la responsabilidad tan noble que Dios nos ha asignado. Tiene que ser con corazones humildes y arrepentidos, porque eso es lo que Dios revive: "Porque así dice el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el de espíritu contrito y humilde, para reavivar el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados" (Isaías 57:15).