«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El Servicio Cristiano

Por Hannah Whitall Smith

    Quizá no haya parte dentro de la experiencia cristiana del que entra en esta vida escondida con Cristo en Dios, donde el cambio sea más visible, que en la esfera del servicio.

    En las esferas ordinarias de la vida cristiana, el servir es más o menos una esclavitud; quiero decir que se efectúa como un deber, y a menudo, como una carga y una cruz. Algunas cosas que al principio pudieran ser causa de gozo y placer, después de un tiempo vienen a ser tareas agotadoras, quizás ejecutadas fielmente, pero sin inclinación hacia ellas, y a veces con el deseo, manifiesto o no, de que no necesitemos hacerlas, o por lo menos, no con tanta frecuencia. El alma se halla entonces diciéndose a sí misma, en lugar del "¿puedo hacerlo?" de amor, el "¿debo hacerlo?" del deber. El yugo que al principio fue fácil, comienza a tomarse en una carga que, en lugar de ser ligera, se siente pesada y abrumadora.

    Una cristiana muy apreciada me expresó lo mismo en la siguiente forma:

    —Al principio cuando yo me convertí —me decía—, estaba tan llena de gozo y de amor, que siempre sentía placer y gratitud cuando se me permitía hacer algo por mi Señor, y entraba a cada puerta abierta, ansiosamente. Pero después de un tiempo, al enfriárseme el gozo, y mi amor ardía con menos fervor, comencé a desear no haber sido tan ansiosa para el servicio cristiano, pues me hallé envuelta en obras que gradualmente se me iban transformando en cargas desagradables. Desde que las había comenzado, no podía abandonarlas sin llamar la atención de otros, aunque todavía deseaba hacerlo más y más.

    —Se esperaba que yo visitara los enfermos y que orara por ellos, que asistiera y dirigiera reuniones de oración; en pocas palabras, se esperaba que siempre estuviera dispuesta para cualquier esfuerzo en la obra cristiana, y la sensación de esta expectativa me oprimía continuamente. En fin, la clase de vida cristiana que yo estaba llevando, era una carga indecible para mí; además, todos los que estaban a mi derredor, esperaban que viviera en una manera tal, que llegué a sentir que cualquier trabajo manual me sería más fácil, y hubiera preferido infinitamente, fregar todo el día de rodillas, a continuar en el monótono molino de mi obra cristiana diaria. Me decía en lo íntimo: "Envidio a las sirvientas en las cocinas y a las lavanderas en las bateas".

    Quizás esta narración pueda parecer demasiado fuerte, pero ¿acaso no es el cuadro de tu propia experiencia, querido cristiano? ¿Nunca has ido a tu obra, como el esclavo a su faena diaria, creyendo que, siendo un deber, no hay más remedio que cumplir con él, y lo has hecho, pero rebotando como una pelota de goma, a tus intereses reales y a los placeres, tan pronto como se cumplió el trabajo?

    Por supuesto, sabes que este modo de sentir es malo, y te has avergonzado; sin embargo, no has podido hacer nada para evitarlo. No has amado tu obra, y si hubieras podido desligarte de tu conciencia, alegremente la hubieras abandonado.

    Si este relato no representa tu situación, quizá lo esté en este cuadro. En lo abstracto amas tu obra; pero, a medida que ha ido avanzando, has hallado muchos cuidados y responsabilidades relacionadas con ella, y sentiste tantos recelos y dudas sobre tu capacidad o aptitud, que te ha sido una carga pesada; te has desanimado y afligido ante la labor que debías comenzar. Asimismo, te estás culpando por todos los resultados de la obra, y te turbas cuando los resultados no son los apetecidos, transformándose así en una carga constante.

    Ahora bien, de todas estas formas de esclavitud, se libra el alma que entra plenamente en esta bendita vida de fe. En primer lugar, cualquier clase de servicio es un placer, porque habiendo rendido nuestras voluntades al cuidado del Señor, Él produce en nosotros, así el querer como el hacer, por su buena voluntad, y el alma encuentra anhelo por hacer la voluntad de Dios. Siempre es placentero hacer lo que deseamos, por grandes que sean las dificultades y por débiles que se sientan nuestros cuerpos.

    Cuando la voluntad del hombre realmente se asienta sobre una cosa, echa a un lado con sublime indiferencia los obstáculos que se levantan en su camino y entre sí; se ríe ante la idea de cualquier oposición o dificultades ocultas que pudieran estorbarle. ¡Cuántos hombres han ido con alegría y gratitud hasta los fines del mundo para hallar la fortuna, o llevar a cabo sus ambiciones mundanas, y han hecho caso omiso de cualquier pensamiento de "cruces", que pudieran acarrearle! ¡Cuántas madres se han congratulado y regocijado ante el honor de haber dado a sus hijos para el servicio de la patria, aunque esto haya implicado la dura separación y una vida de inquietud y tristeza para los seres amados! Y todavía, ¡estos mismos hombres y estas mismas mujeres hubieran sentido y dicho, que estaban tomando cruces demasiado pesadas, casi imposibles, si el servicio de Cristo hubiera requerido el mismo sacrificio del hogar, de amistades y de oportunidades mundanas!

    Depende por entero de nuestro punto de vista de las cosas, si pensamos en que son cruces o no. Me avergüenzo al pensar que haya cristianos que ponen "caras largas" y vierten lágrimas cuando tienen que hacer algo por Cristo, lo cual sería ejecutado alegremente por los mundanos, si el hacerlo les reportara dinero.

    Lo que necesitamos en la vida cristiana, es persuadir a los creyentes para que anhelen hacer la voluntad de Dios, tanto como la gente mundana anhela hacer su propia voluntad. Y éste es el propósito del evangelio. Ésta es la intención de Dios para nosotros, y es lo que Él nos ha prometido. En la descripción del nuevo pacto, en Hebreos 8:6-13, nos dice que no permanecerá el antiguo pacto de Sinaí, porque hay uno mejor, establecido sobre mejores promesas, que controlará al hombre, no por la fuerza de la ley, sino que está escrito en él y le constreñirá por el amor. Él dice: "Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré" (Hebreos 8:10). Esto significa que amaremos su ley, porque cualquier cosa escrita en nuestros corazones, la amamos. Y "puesta en nuestras mentes", es que el mismo Dios obrará en nosotros su voluntad y nos indicará que deseemos su voluntad y que obedezcamos sus dulces mandatos, no porque sepamos que es nuestro deber hacerlo, sino porque deseamos hacer lo que Él nos quiere hacer.

    No es posible que haya algo más eficaz que esto. ¡Cuán a menudo hemos pensado al contender con nuestros niños: "Oh, si tan sólo pudiera entrar a sus corazones y obrar en ellos como deseo, ¡cuán fácil me sería entonces dominarlos!" Generalmente, al tratar con gente de mal carácter, debemos cuidarnos de no sugerirles nuestros deseos, sino hallar alguna manera de hacerles propia la sugestión, para que no nos plantee alguna oposición. Y nosotros, los que por naturaleza somos obstinados, siempre nos rebelamos contra la ley exterior que nos rige, mientras que aceptamos con gozo la misma ley que viene de nuestro interior.

    Por lo tanto, la manera en que Dios obra es tomar posesión del interior del hombre, controlando y manejando su voluntad y efectuándola por su medio. Entonces la obediencia se torna fácil y deleita al alma, de manera que el servicio viene a ser efectuado en perfecta libertad. El cristiano se siente impulsado entonces a exclamar: "¡Qué feliz soy en este trabajo! ¿Quién hubiera imaginado o soñado que tal felicidad y tal libertad existiera en la tierra?"

    Entonces, lo que tú necesitas, querido cristiano, si estás en esclavitud en cuanto a tu obra, es poner tu voluntad completamente en las manos del Señor, rindiéndola a Él para que pueda dirigirla. Dile: "Sí, Señor, sí", a cada cosa, y confía que Él obrará en ti su beneplácito, trayendo todos tus deseos y afectos en conformidad con su dulce, loable y amada voluntad.

    Yo he visto realizado esto a menudo, en casos que parecían imposibles. Conocí en cierta ocasión a una señora que durante varios años, se había rebelado temerosamente contra un pequeño servicio que le era odioso, aunque ella sabía que era su deber. Sin embargo, después de un tiempo de lucha espiritual, puso su voluntad en las manos del Señor, diciéndole: —¡Sea hecha tu voluntad, sea hecha tu voluntad—! Y en una breve hora, el mismo servicio comenzó a parecerle fácil y precioso.

    Es maravilloso considerar los milagros que Dios obra en la voluntad de aquéllos que las rinden completamente a Él. Él transforma las cosas difíciles en fáciles, y las cosas amargas en dulces. No es que Él ponga las cosas fáciles en el lugar de las difíciles, pero cambia nuestra disposición, de manera que se nos hacen fáciles, y amamos aquello que antes habíamos detestado tanto. Mientras nos rebelamos contra el yugo y tratamos de evitarlo, lo hallaremos duro y áspero. Pero cuando lo tomamos sobre nosotros con un consentimiento voluntario, encontramos que es fácil y ligero. Nos dicen las Sagradas Escrituras que Efraín era "como novillo indómito" (Jeremías 31:18), pero luego después de haberse sometido, era "novilla domada, que le gusta trillar" (Oseas 10:11).

    Muchos cristianos, como he dicho, aman la voluntad de Dios en lo abstracto, pero llevan grandes cargas en conexión con ella. De esto, también, podemos hallar libertad en la maravillosa vida de fe, porque en ésta las cargas no son llevadas, ni las ansiedades sentidas. El Señor es quien lleva nuestras cargas, y sobre Él echamos toda nuestra ansiedad (1 Pedro 5:7). En realidad, nos dice en Filipenses 4:6: "Por nada estéis afanoso, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias". Por nada estés afanoso, dice Él, ni aun en tu servicio. Y sobre todo en nuestro servicio, pues conocemos bien nuestra impotencia para hacer algo espiritual, así que aun al afanarnos no ganaremos nada.

    ¿Qué estamos haciendo, entonces, cuando pensamos si seremos aptos o no? El Maestro tiene derecho de usar cualquier herramienta que necesita para su obra, y claramente no es el lugar de la herramienta decidir cuándo debe ser o no utilizada. Él sabe, y si nos escoge, por supuesto, debemos ser idóneos. Y si sólo lo sabíamos, nuestra mayor utilidad estará en la impotencia. Su potencia es perfeccionada, no en nuestra fortaleza, sino en nuestra debilidad. Nuestra fuerza sólo nos es un obstáculo.

    Visitando un asilo de personas con cerebro dañado, vi que los niños hacían ejercicios con unas pesas de gimnasia. Sabemos que es muy difícil, que ese tipo de personas dirijan sus movimientos. Por lo general, tienen fuerza suficiente, pero les falta la habilidad para usarla, así que no les sirve de mucho. En estos ejercicios de gimnasia su deficiencia era muy aparente. Hacían toda clase de movimientos torpes. De vez en cuando, por alguna feliz coincidencia, hacían algún ejercicio armonizado con la música y las direcciones del maestro, pero en su mayor parte estaban en completo desacuerdo.

    Sin embargo, noté que había una niñita que hacía los ejercicios perfectamente. Nada hacía que fuese incorrecto. La razón no estaba en que ella tuviera más fuerzas que los demás, sino que carecía por completo de ésta. Ella no podía asirse de las pesas, ni levantar sus bracitos, de manera que el maestro tenía que ponerse detrás de ella y hacerlo todo. La niña había rendido sus miembros, como instrumentos, al maestro, de manera que su fuerza se hacía perfecta en su debilidad.

    Él sabía muy bien cómo hacer los ejercicios, pues lo había planeado y, por lo tanto, cuando él los ejecutaba, estaban perfectamente hechos. La pequeñuela no hacía nada más que permanecer en sus manos, y el maestro hacía todo lo demás. La parte de ella era rendirse, y la de él, toda la responsabilidad. Ella no necesitaba la habilidad de moverse armoniosamente, ya que él la suplía. Era cuestión, no de la capacidad de la niñita, sino de la de él. La completa debilidad de la niña era su grandiosa fortaleza.

    Para mí, éste es un cuadro que podría representar muy bien nuestras vidas cristianas y, por lo tanto, no es sorprendente que Pablo dijera: "Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo" (2 Corintios 12:9). ¿Quién no quisiera gloriarse en su completa debilidad e impotencia para que el Señor no hallara obstáculos al efectuar su obra portentosa por medio nuestro y en nosotros?

    Entonces si la obra es suya, la responsabilidad también lo es y, por lo tanto, no hay razón para que nos aflijamos por sus resultados. Él sabe cada cosa que le concierne, y puede dirigirla. ¿Por qué, entonces, no dejársela a Él y permitir ser tratados cual niños y ser guiados hacia donde debemos ir? Es un hecho que los obreros mejores que yo conozco, son aqueéllos que no están llenos de cuidados y ansiedades por la obra, pero que la encomiendan a su querido Maestro, pidiéndole que les guíe momento tras momento en lo concerniente a su servicio, y confían sin reservas que Él les suplirá la necesidad momentánea de sabiduría y fuerza.

    Quizás a primera vista, pensarás que ellos están muy libres de cuidados, teniendo tan grandes intereses que manejar; pero cuando aprendas el secreto de confiar en Dios, y veas la belleza y el poder de la vida que se ha rendido a su obra, no les condenarás, y comenzarás a maravillarte de cómo los siervos de Dios osarían llevar cargas o asumir responsabilidades, que sólo Él es poderoso para llevar.

    Algunos pueden objetar que el apóstol Pablo habló de "lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias" (2 Corintios 11:28); pero no debemos olvidar que era costumbre constante del apóstol, el poner todo su cuidado en el Señor y que, aunque lleno de trabajos, estaba sin "cuidados".

    Hay uno o dos tipos más de esclavitud en el servicio que consideraremos, y de los cuales podemos hallar también la liberación en esta vida de andar por la fe. Sabemos que ningún individuo es responsable por la obra mundial, pero que cada uno lo es en su pequeño círculo de acción. Nuestro deber cesa de ser universal y viene a ser personal e individual. El Maestro no nos dice: "Ve y haz todas las cosas", pero tiene planes especiales para cada uno de nosotros, y nos encomienda un servicio especial. Hay diversidad de dones (1 Corintios 12:4) en el reino de Dios, y éstos están repartidos "a cada uno conforme a su capacidad" (Mateo 25:15).

    Yo puedo tener cinco talentos, dos, o solamente uno, y me puedan llamar a hacer veinte cosas o sólo una; pero sólo tengo responsabilidad en aquello que he sido llamado a hacer, y nada más. "Por Jehová son ordenados los pasos del hombre" (Salmos 37:23), no solamente el camino, sino cada uno de los pasos que lo trazan.

    Muchos cristianos cometen el error de mirar cada acto de servicio como de perpetua obligación. Por ejemplo, piensan que porque obraron rectamente al dar un tratado a una persona que hallaron en el tren, deben hacerlo con cada uno que hallen, y en esta manera se cargan con un deber imposible.

    Había una joven cristiana, que porque en cierta ocasión había hablado del evangelio a una persona que encontró en el camino, pensó que era desde entonces su perpetua obligación el hacerlo con cada persona que hallara en su paso.

    Por supuesto, esto era imposible y como consecuencia, se halló muy pronto, sumida en esclavitud. Vivía constantemente temiendo salir a la puerta de su casa, por no hallarse con persona alguna, y se sentía siempre bajo condenación.

    Pero por fin abrió su corazón a una amiga instruida en los caminos del Señor, y ella le indicó que estaba cometiendo un gran error; que el Señor tenía una obra especial para cada uno, y que la manera en que los sirvientes de su casa no debían cuidar del trabajo de otros, así los siervos del Señor, no están en la obligación de hacer todo el trabajo. Además, le dijo que se pusiera bajo las órdenes y en las manos del Señor en cuanto a la obra que Él le encomendara, y que confiara en que Él le indicaría cada persona con la que era su deber hablar, y le aseguró que Él nunca envía sus ovejas sin ir delante de ellas y abrirles el camino. La joven aceptó el consejo, resultando en un camino de guía diaria; y al echar su carga sobre el Señor, pudo hacer gozosamente una obra muy efectiva, y todo sin cuidados ni cargas porque Cristo le guiaba y le abría el camino para hacer su voluntad.

    Yo misma he aprendido mucho al pensar en el programa de nuestros propios hogares. Cuando tomamos un sirviente para un trabajo especial de la casa, queremos que atienda eso solamente, y no que ande corriendo tratando de hacer las ocupaciones de los otros criados. Si al hacer esto en nuestros hogares terrenales, causaríamos una gran confusión, pensemos cuán grande sería ésta, si se efectuara en la casa celestial.

    Me parece que nuestra parte en el servicio, es justamente como el efectuar la unión entre el mecanismo y la máquina a vapor. El poder no reside en el mecanismo, sino en el vapor. Si se quita de la máquina, ésta se paraliza, pero mientras hay conexión, la máquina marcha a la perfección y sin esfuerzo alguno por causa del poder que está detrás de ella. Así que la vida cristiana, cuando se desarrolla por la vida divina que obra desde dentro, se hace una vida fácil y natural. La mayoría de los cristianos viven en tensión, porque sus voluntades no están en armonía con la de Dios. No hay una conexión perfecta en cada punto, y por eso se requiere un esfuerzo enorme para mover la maquinaria de la vida cristiana. Pero una vez que la conexión está perfectamente efectuada y, "la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús" pueda obrar en nosotros con todo su maravilloso poder, entonces seremos hechos libres de "la ley del pecado y de la muerte" (Romanos 8:2), y conoceremos "la libertad gloriosa de los hijos de Dios" (Romanos 8:21).

    Otra de las dificultades en cuanto al servicio del Señor, de la cual podemos desligarnos, es la que concierne a "las reflexiones después del trabajo", que siempre siguen en la obra cristiana. Éstas pueden ser de dos clases: una, cuando el alma se congratula por el éxito obtenido; y la otra, el desánimo cuando fracasa. Una u otra siempre quieren molestarnos. Creo que de las dos, la primera es la que debe lamentarse más, si bien la segunda produce más sufrimientos. Pero cuando confiamos en el Señor, ninguna de ellas nos molestará, porque habiéndonos encomendado a nosotros y a la obra, al Señor, quedaremos satisfechos de tal modo, que no pensaremos más en nosotros mismos.

    Hace varios años que encontré en un libro muy antiguo, este párrafo que doy a continuación: "Al terminar una obra, jamás te entregues a pensamientos reflexivos personales de ninguna especie, ya sea de congratulación o de desesperación. Desde el momento en que las cosas pasan, olvídalas, dejándolas con el Señor".

    Estas palabras han sido para mí de singular valor. Cuando viene la tentación (como posiblemente a todos los obreros después de haber efectuado algo) de entregarme a pensamientos reflexivos, ya en una u otra forma, rehuso pensar en la obra, entregándola en sus manos, para que Él corrija todos los errores y la haga una bendición.

    Yo creo que habría menos "lunes tristes", como llamamos a los días de prueba, para los ministros del evangelio, si adoptáramos este plan; y estoy segura que todos los obreros hallarían menos tristezas en la obra del Señor.

    En resumen, lo que se necesita para que nuestro servicio en el Señor sea efectivo y feliz, es ponerlo en las manos del Señor y dejárselo a Él. No vayas a Él en oración diciéndole: "Señor, guíame, dame sabiduría; Señor, encárgate de las cosas", para levantarte luego, volviendo a llevar la carga y procurando arreglar tus asuntos. Déjaselos al Señor y recuerda que cuando confías en Él, no debes afanarte por nada. El confiar y el lamentarse no pueden andar juntos. Si tu obra es una carga, es porque no la has dejado en Él. Pero si lo haces, hallarás con seguridad que su "yogo es fácil, y ligera (su) carga" (Mateo 11:30), y aun en medio de la actividad más grande, "hallaréis descanso para vuestras almas" (vs. 29).

    Si el divino Maestro tuviera un buen grupo de obreros en esta condición, no habría límite para las cosas que Él podría efectuar por medio de ellos. En realidad, "uno perseguiría a mil, y dos harían huir a diez mil" (Deuteronomio 32:30), y nada les sería imposible. Porque no es difícil para el Señor "dar ayuda al poderoso o al que no tiene fuerzas" (2 Crónicas 14:11), si solamente confían en Él, poniéndose por completo en sus manos.

    ¡Que levante rápidamente un ejército de tales obreros! Y que tú, mi querido lector, seas uno de los enrolados, rindiéndote por entero al Señor, como "vivo de entre los muertos", y que cada uno de tus miembros sea "un instrumento de justicia" (Romanos 6:13), ¡para ser usado según su beneplácito!