«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Esperando Y Preparando Para Avivamiento

Por Rich Carmicheal

    La iglesia en el primer siglo tuvo un impacto poderoso en el mundo. Los primeros cristianos echaron a correr al Evangelio, cruzando fronteras y barreras culturales, raciales y nacionales. Cuando el Apóstol Pablo escribió su carta a los colosenses, él declaró, «Este Evangelio está dando fruto y creciendo en todo el mundo...» (Col. 1:6).

    Desgraciadamente, lo mismo no se puede decir hoy día. Aunque, por supuesto que sí, existen unas excepciones notables, generalmente la iglesia está teniendo poco impacto y haciendo poco cambio en nuestro mundo de hoy. No está produciendo mucho fruto. Al contrario, con frecuencia se destaca lo opuesto – que el mundo está impactando a la iglesia. Mucha de la iglesia se demuestra apática, complaciente, materialista y tolerante del pecado. La gran necesidad del arrepentimiento y del avivamiento es muy obvia y debe llamarnos la atención.

    Unos trabajadores de esta oficina tuvieron el privilegio de asistir a una conferencia que se titulaba «Llanto del Corazón para Avivamiento.»

    Una de las maneras en que el Señor usó esa conferencia para cambiarme a mí en mi vida personal fue de aumentar mi esperanza, mi anticipación, mi deseo para el avivamiento en la iglesia. El Señor desea y, por supuesto, es totalmente capaz de causar a ocurrir un movimiento poderoso dentro de Su pueblo. La iglesia puede, como hacia en el primer siglo y en otras épocas de avivamiento que han ocurrido desde aquel entonces, hacer un impacto poderoso y positivo en este mundo para el Señor.

    ¿Cómo puede ocurrir tal avivamiento? Aunque, claro, que el Señor es soberano y Él puede mandar el avivamiento cuando quiera y adondequiera que Él disponga, Su Palabra nos enseña que hay condiciones que proporcionan un semillero fértil para el avivamiento. Por ejemplo, el Apóstol Pablo proclamó, «Arrepiéntanse y vuélvanse a Dios, a fin de que vengan tiempos de descanso de parte del Señor...» (Hch. 3:19). Este pasaje enseña que el descanso llega después del arrepentimiento. De tal manera el Señor le prometió a Salomón que…«si se humilla Mi pueblo, sobre el cual Mi nombre es invocado, y oran, y buscan Mi rostro, y se convierten de sus malos caminos; entonces Yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra» (2 Cr. 7:14). Una palabra clave de esta escritura es la palabra «si.» Dios oirá, perdonará y sanará SI Su pueblo se arrepiente, ora y busca Su rostro.

    Otro ejemplo de esta verdad es evidente en el capitulo catorce de Oseas. Allá el Profeta Oseas declara, «Llevad con vosotros palabras de súplica, y volved a Jehová, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta lo que es bueno, y te ofreceremos en vez de terneros la ofrenda de nuestros labios. No nos salvará el asirio; no montaremos en caballos, ni nunca más diremos a la obra de nuestras manos: Dios es nuestros; porque en Ti halla compasión el huérfano» (14:2-3). Y el Señor responde y promete, «Yo sanaré su apostasía, los amaré de buen grado...Yo seré a Israel como rocío; él florecerá como lirio...Se extenderán sus ramas...volverán a hacer crecer el trigo, y florecerán como la vid...» (14:4-7). En otras palabras, la sanidad y la renovación vienen después de una inclinación sincera hacia el Señor.

    Todavía otro ejemplo se encuentra en el mensaje del Señor a la iglesia tibia de Laodicea. Él les declara, «…Por lo tanto, sé fervoroso y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye Mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo» (Ap. 3:19-20). De nuevo, la verdad es muy clara; una porción especial de la presencia del Señor llega como respuesta a un verdadero arrepentimiento.

    Eso es por qué la iglesia en el primer siglo fue tan dinámica y efectiva. Esos primeros cristianos vivían en el temor del Señor (Hch. 9:31) y se dedicaban totalmente a Él. Por ejemplo, se dedicaban a la oración. La iglesia nació en un atmósfera de la oración constante (Hch. 1:14) y los primeros creyentes se mantenían firmes en la oración (Hch. 2:42). El Señor bendecía a aquellos cristianos y respondía a sus oraciones y los llenaba con el Espíritu Santo y con audacia y ardor.

    Otra indicación de la manera en que los primeros cristianos buscaban al Señor se nota en su arrepentimiento sincero. Por ejemplo, considere a los creyentes de Tesalónica. En la primera carta que el Apóstol Pablo les dedicó, él escribe que se convirtieron a Dios, dejando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero (1 Tes. 1:9). Ellos recibieron el mensaje con la alegría que infunde el Espíritu Santo y pusieron su fe en Dios (1:6, 8). Dejaron su manera pecaminosa de vivir y empezaron a vivir vidas que agradaban a Dios (4:1). Ellos aceptaron el mensaje del Señor de amar a todos los hermanos y se ganaron una buena reputación por amar a todos los hermanos que vivían en todas partes de Macedonia (4:10). Los tesalonicenses aceptaron a la Palabra de Dios, no como palabra humana, sino como realmente es, la Palabra de Dios (2:13). Y se quedaron firmes en su fe en el Señor, en medio de muchos sufrimientos y persecuciones (2:14; 3:3-4, 8). ¿Y el resultado? Pues, él Señor hizo una obra poderosa en ellos y los usaron como un ejemplo, un modelo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya (1:7). Su mensaje resonó a través de ellos por todas partes de Macedonia y Acaya y más lejos «...el mensaje del Señor se ha proclamado no sólo en Macedonia y en Acaya sino en todo lugar...» (1:8).

    Los creyentes del primer siglo también demostraban su sincero deseo de seguirle al Señor por su buena voluntad de atender a las necesidades y a los intereses de otros. «Vendían sus propiedades y posesiones, y compartían sus bienes entre sí según la necesidad de cada uno» (Hch. 2:45). Lucas escribe que «Quienes poseían casas y terrenos los vendían, llevaban el dinero de las ventas y lo entregaban a los apóstoles para que se distribuyera a cada uno según su necesidad» (Hch. 4:34-35). El Apóstol Pablo elogia a las iglesias de Macedonia por su generosidad tan bondadosa, porque daban más de lo que les parecía posible. «Incluso hicieron más de lo que esperábamos, ya que se entregaron a sí mismos, primeramente al Señor y después a nosotros, conforme a la voluntad de Dios» (2 Cor. 8:5).

    Otra indicación de la sumisión completa al Señor de aquellos primeros cristianos fue su buena voluntad, su deseo, de quitar los prejuicios raciales y culturales para poder compartir el Evangelio con personas de otros antecedentes. En el proceso de cruzar esas barreras y fronteras el Señor les bendecía. Por ejemplo, unos de los cristianos judíos empezaron a tener contacto con los griegos en Antioquía. «El poder del Señor estaba con ellos, y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch. 11:21).

    Yo no estoy tratando de implicar que la iglesia de los tiempos del Nuevo Testamento estaba sin problemas. Sin embargo, muchos de los creyentes fueron muy sinceros y dedicados a la búsqueda de la voluntad del Señor. Ellos oraron, abrazaron a Su Palabra, se negaron a sí mismos, cuidaron a otros y extendieron el Evangelio, cruzando todo tipo de barrera que dividiera. Porque ellos se dedicaban al Señor con todo corazón y alma, Él les bendecía y les habilitaba con Su Espíritu.

    Hermanos, el Señor desea bendecirle y regalarle el poder divino a la iglesia hoy día como ha hecho en tiempos pasados. Él quiere renovar y avivarnos. Él quiere que Su iglesia se despierte, que tenga vida, y que impacte positivamente a este mundo con el mensaje del Evangelio; Él quiere que ella demuestre Su carácter y que extienda sus manos ofreciendo el Amor Suyo al mundo. El Señor quiere que Su iglesia sea como sal y luz en el mundo, para vencerle al mal con el bueno, y para servir como un portador de Su presencia divina.

    Sabemos que el Señor puede llevar a cabo estas cosas. Por cierto que, «Él puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros» (Ef. 3:20). No es cuestión de la habilidad de Dios. Sino, es cuestión de nuestra voluntad, o falta de ella, de acercarnos sinceramente y completamente al Señor.

    Yo me doy cuenta de que muchos de ustedes están esperando y añorando y buscando al avivamiento. Han abierto sus corazones al Señor. Abrazan y honran a Su Palabra y le están buscando al Señor por medio de sus oraciones fervientes. Han dado la espalda al pecado y están viviendo vidas devotas. Están contribuyendo con generosidad a este ministerio y así nos ayudan a compartir el Evangelio con muchísimos otros. ¡No se desmayen! Nuestro Señor les derramará sus bendiciones por tal devoción.

    ¡Que todos nosotros continuemos y no nos cansemos de pedir y buscar y tocar – que nuestro Señor nos derrame una porción especialmente grande de Su presencia!

Revívanos de nuevo – llene cada corazón con Su Amor;
Que cada alma se encienda con fuego del cielo.
¡Aleluya, Suya sea la gloria!
¡Aleluya, amen!
¡Aleluya, Suya sea la gloria!
¡¡Revívanos de nuevo, oh Señor!!