«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El Intercambio Divino

Por Derek Prince

    Todo el mensaje del evangelio gira alrededor de un evento histórico único: la muerte expiatoria de Jesús en la cruz. Acerca de esto, el autor de Hebreos dice: "porque con una sola ofrenda [de sacrificio] hizo [Jesús] perfectos para siempre a los santificados" (Hebreos 10:14). Se combinan dos poderosas expresiones: "perfectos" y "para siempre". Juntas, representan un sacrificio que engloba cada necesidad de toda la raza humana. Además de eso, sus efectos se extienden a través del tiempo y más allá en la eternidad.

    Es sobre la base de ese sacrificio que Pablo escribe en Filipenses 4:19: "Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús". Todo lo que os falta cubre todas las áreas de tu vida: tu cuerpo, tu alma, tu mente, tus emociones, así como tus necesidades materiales y financieras. Nada es tan grande o tan pequeño que esté excluido de la provisión de Dios. Por un único y soberano acto, Dios reunió todas las necesidades y todo el sufrimiento de la humanidad en un momento culminante del tiempo.

    Dios no ha provisto muchas soluciones distintas para la multitud de problemas de la humanidad. En vez de ello, Él nos ofrece una única y suficiente solución, la cual es Su respuesta a todos los problemas. Podemos venir de muchos trasfondos distintos, cada uno de nosotros con una necesidad especial, pero para recibir la solución de Dios, todos debemos conducirnos al mismo lugar: la cruz de Jesús.

    El relato más completo de lo que se llevó a cabo en la cruz fue dado a través del profeta Isaías, 700 años antes de que realmente tuviese lugar. En Isaías 53:10, el profeta retrata un "siervo del SEÑOR" cuya alma debiera ofrecerse a Dios como en una ofrenda por el pecado. Los escritores del Nuevo Testamento son unánimes en identificar este "siervo" sin nombre como Jesús. El propósito divino llevado a cabo por Su sacrificio se resume en Isaías 53:6: Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, y cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.

    Aquí está el problema básico y universal de toda la humanidad: nos descarriamos, cada cual, por nuestros caminos. Hay varios pecados específicos que muchos de nosotros nunca hemos cometido, como el asesinato, el adulterio, el robo, y así en adelante. Pero esto es algo que todos tenemos en común: nos hemos descarriado por nuestros propios caminos. Al hacerlo, hemos dado las espaldas a Dios. La palabra hebrea que resume esto es avon, traducida aquí como "pecado" (Iniquidad, en la versión usada por el autor, aquí y también en párrafos subsecuentes). Quizás el equivalente más próximo en español contemporáneo sea "rebelión", no contra el hombre, sino contra Dios.

    Sin embargo, ninguna palabra española, bien sea "pecado" o "rebelión", transmite el significado completo de avon. En su uso bíblico, avon describe, no meramente el pecado, sino también el castigo, o las consecuencias nefastas, que el pecado trae consigo.

    Por ejemplo, en Génesis 4:13, después de que Dios hubiese pronunciado el juicio sobre Caín por el asesinato de su hermano, Caín dijo: "Grande es mi castigo para ser soportado". La palabra traducida aquí como "castigo" es avon. Cubría no sólo el "pecado" de Caín, sino también el "castigo" que vino sobre él.

    En Levítico 16:22, acerca del chivo expiatorio liberado en el Día de la Expiación, el Señor dijo: "Y aquél macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada…". En este simbolismo, el macho cabrío llevaba no sólo las iniquidades de los israelitas, sino también todas las consecuencias de sus iniquidades.

    En Lamentaciones 4, avon ocurre dos veces con el mismo significado. En el versículo 6, se traduce: "Porque se aumentó la iniquidad de la hija de mi pueblo…" (La traducción del texto de la versión inglesa sería: «El castigo de la iniquidad de…»). Otra vez, en el versículo 22: "Castigará tu iniquidad, oh hija de Edom…" (Aquí se repite la frase «el castigo de tu iniquidad… Oh hija de Sión…», en el texto original en inglés). En los dos casos, se traduce la sola palabra avon por una frase completa "el castigo de iniquidad". En otras palabras, en su sentido más completo, avon no quiere decir simplemente "iniquidad", sino también todas las malas consecuencias que el juicio de Dios trae sobre la iniquidad.

    Esto se aplica al sacrificio de Jesús en la cruz. El mismo Jesús no era culpable de ningún pecado. En Isaías 53:9, el profeta dice: "…nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca". Pero en el versículo 6, él dice: "…Jehová cargó en él el pecado [avon] de todos nosotros". Jesús no fue meramente identificado con nuestro pecado, sino que también soportó todas las malas consecuencias de esa iniquidad. Como el chivo expiatorio que Le había prefigurado, Él se las cargó, de manera que no puedan volver a nosotros nunca más.

    Aquí está el verdadero significado de la cruz. En ella, se llevó a cabo un intercambio ordenado divinamente. Primero, Jesús soportó en nuestro lugar todas las malas consecuencias que eran debidas, según la justicia divina, a nuestra iniquidad. Ahora, en cambio, Dios nos ofrece todo el bien que correspondía a la obediencia sin pecado de Jesús.

    Dicho de manera más resumida, el mal correspondiente a nosotros vino sobre Jesús, para que, en cambio, el bien correspondiente a Jesús pudiese ser ofrecido a nosotros. Dios es capaz de ofrecernos esto sin comprometer Su propia justicia eterna, porque Jesús ya ha soportado a nuestro favor todo el castigo correspondiente a nuestras iniquidades.

    Todo esto procede únicamente de la gracia inconmensurable de Dios, y se recibe únicamente por fe. No existe ninguna explicación lógica en términos de causa y efecto. Ninguno de nosotros ha hecho nunca nada para merecer una oferta como esa, y ninguno de nosotros puede hacer nada jamás para ganársela.

    Las Escrituras revelan muchos aspectos distintos de este intercambio, y muchas áreas distintas donde se aplica. Sin embargo, en cada caso, el mismo principio sigue siendo bueno: El mal sobrevino a Jesús para que se nos ofreciera a nosotros el bien correspondiente.

    Los primeros dos aspectos del intercambio son revelados en Isaías 53:4-5: Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; Y nosotros le tuvimos por azotado por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; El castigo [escarmiento] de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga [heridas] fuimos nosotros curados.

    Se entremezclan dos verdades aquí; la aplicación de una es espiritual, y de la otra es física. En el plano espiritual, Jesús recibió el castigo correspondiente a nuestras transgresiones e iniquidades, para que nosotros, en cambio, pudiéramos ser perdonados y así tener paz con Dios (Véase Romanos 5:1). En el plano físico, Jesús llevó nuestras enfermedades y nuestros dolores para que nosotros pudiésemos ser sanados a través de Sus llagas.

    La aplicación física del intercambio se confirma en dos pasajes del Nuevo Testamento. Mateo 8:16-17 hace referencia a Isaías 53:4 y registra que Jesús: "…sanó a todos los enfermos, para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: ‘Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.’".

    Nuevamente, en 1 Pedro 2:24, el apóstol hace referencia a Isaías 53:5-6, y dice de Jesús: "quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida [llaga] fuisteis sanados".

    El doble intercambio descrito en los versos arriba puede resumirse como a continuación: Jesús fue castigado, para que nosotros pudiéramos ser perdonados. Jesús fue herido, para que nosotros pudiéramos ser sanados.

    Un tercer aspecto del intercambio se revela en Isaías 53;10, que afirma que el Señor hizo del alma de Jesús " una expiación por el pecado". Esto se debe entender a la luz de las ordenanzas mosaicas para varias formas de ofrendas por el pecado. Se le requería a la persona que había pecado que trajera al sacerdote su ofrenda expiatoria – una oveja, un macho cabrío, un toro, o algún otro animal. Él confesaba su pecado sobre la ofrenda, y el sacerdote transfería simbólicamente el pecado que había confesado, de la persona así la pena por el pecado que se le había transferido.

    En la presciencia de Dios, todo esto fue diseñado como sombra de lo que fue logrado por el sacrificio último y suficiente de Jesús. En la cruz, el pecado del mundo entero fue transferido al alma de Jesús. El resultado se describe en Isaías 53:12: "derramó [Jesús] su vida hasta la muerte". Por su muerte expiatoria, sustitutiva, Jesús hizo expiación por el pecado de toda la raza humana.

    En 2 Corinthios 5:21, Pablo hace referencia a Isaías 53:10 y, al mismo tiempo, también presenta el aspecto positivo del intercambio: Al que no conoció pecado, por nosotros [Dios] lo hizo pecado [a Jesús], para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

    Pablo no habla aquí sobre ningún tipo de justicia que nosotros podamos alcanzar por nuestros propios esfuerzos, sino sobre la propia justicia de Dios, una justicia que no ha conocido jamás al pecado. Ninguno de nosotros puede ganarse esto jamás. Está por encima de nuestra justicia, tanto como lo está el cielo de la tierra. Esto sólo se puede recibir por fe.

    Este tercer aspecto del intercambio puede resumirse como a continuación: Jesús fue hecho pecado con nuestro pecado, para que pudiésemos ser hechos justos con Su justicia.

    El próximo aspecto del intercambio es un resultado lógico del anterior. Toda la Biblia, tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento, destaca que el resultado final del pecado es la muerte. En Ezequiel 18:4, el Señor declara: "..el alma que pecare, esa morirá". En Santiago 1:15, el apóstol dice: "…el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte". Cuando Jesús se identificó con nuestro pecado, era inevitable que Él también experimentase la muerte, la cual es el resultado del pecado.

    Como confirmación de esto, en Hebreos 2:9, el escritor dice que "…[Jesús] fue hecho un poco menor que los ángeles…a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos". La muerte que Él murió fue el resultado inevitable del pecado humano, el cual Él había llevado sobre Sí. Él soportó el pecado de toda la humanidad, y así murió la muerte que correspondía a todos los hombres.

    En cambio, para todos los que aceptan Su sacrificio expiatorio, Jesús ofrece el don de la vida eterna. En Romanos 6:23, Pablo pone las dos alternativas, una al lado de la otra: Porque la paga [recompensa justa] del pecado es muerte, mas la dádiva [inmerecida] de Dios es cida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

    Así, el cuarto aspecto del intercambio puede resumirse de la siguiente forma: Jesús murió nuestra muerte para que pudiésemos recibir Su vida.

    Pablo menciona un otro aspecto del intercambio in 2 Corintios 8:9: Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.

    El intercambio está claro: de la pobreza a las riquezas. Jesús se hizo pobre para que nosotros, en cambio, pudiésemos ser ricos.

    ¿Cuándo se hizo pobre Jesús? Algunas personas le pintan como siendo pobre a través de todo su ministerio terrenal, pero esto no es exacto. Él mismo no llevaba mucho dinero encima, pero nunca tuvo falta de nada que necesitase. Cuando envió a Sus discípulos solos, ellos tampoco carecieron de nada (véase Lucas 22:35). Así que, lejos de ser pobre, Él y Sus discipulos practicaron regularmente el dar a los pobres (véase Juan 12:4-8; 13:29).

    Es verdad que los métodos de Jesús para obtener dinero a veces no eran demasiado convencionales, pero el dinero tiene el mismo valor, ¡o bien siendo sacado de un banco o bien de la boca de un pez! (Véase Mateo 17:27). Sus métodos de proveer alimentos tampoco eran muy convencionales, a veces, pero un hombre que puede proveer una comida substancial para 5.000 hombres (más mujeres y niños) ¡ciertamente no sería considerado pobre por los estándares normales! (Véase Mateo 14:15-21).

    Verdaderamente, a través de todo Su ministerio en la Tierra, Jesús ejemplificó la "abundancia", como se define en la Biblia, con exactitud. Él siempre tenía todo lo que necesitaba para hacer la voluntad de Dios en Su propia vida. Más importante que esto, Él estaba dando a los demás continuamente, y sus provisiones no acabaron nunca.

    Así que, ¿cuándo se hizo Jesús pobre por nosotros? La respuesta es: en la cruz. En Deuteronomio 28:48, Moisés resumió la pobreza absoluta en cuatro expresiones: hambre, sed, desnudez y la necesidad de todas las cosas. Jesús experimentó todo esto en su plenitud en la cruz.

    Él tuvo hambre. Hacía alrededor de 24 horas que no comía.

    Él tuvo sed. Una de sus últimas palabras fue: "¡Tengo sed!" (Juan 19:28).

    Él estuvo desnudo. Los soldados Le habían quitado todas Sus ropas (Juan 19:23).

    Él tuvo necesidad de todas las cosas. Ya no poseía absolutamente nada. Tras Su muerte, fue enterrado en una sábana prestada y en una tumba prestada (Lucas 23:50-53). Así, Jesús soportó, con exactitud y por completo, la pobreza absoluta por nosotros.

    En 2 Corintios 9:8, Pablo presenta el lado más positivo del intercambio más completamente: Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra.

    Pablo tiene el cuidado de enfatizar siempre que la única base para este intercambio es la gracia de Dios. Nunca nos lo podemos ganar. Se recibe sólo por fe.

    Con mucha frecuencia nuestra "abundancia" será como la de Jesús mientras estuvo en la tierra. No llevaremos grandes sumas de dinero, ni tendremos grandes saldos en el banco. Pero día a día tendremos lo suficiente para nuestras necesidades, y algo más para las necesidades de los demás.

    Una razón importante para este nivel de provisión se indica en las palabras de Jesús registradas en Hechos 20:35: "Más bienaventurado es dar que recibir". El propósito de Dios es que todos Sus hijos sean capaces de disfrutar de la bendición más grande. Por tanto, Él nos provee de lo suficiente para cubrir nuestras propias necesidades y también de algo para dárselo a los demás.

    Este quinto aspecto del intercambio puede resumirse así: Jesús soportó nuestra pobreza, para que pudiésemos compartir Su abundancia.

    El intercambio en la cruz cubre también las formas emocionales de sufrimiento que sigue a causa de la iniquidad del hombre. Otra vez, aquí Jesús soportó el mal para que nosotros, en cambio, pudiésemos disfrutar del bien. Dos de las heridas más crueles que nos sobrevinieron a causa de nuestra iniquidad son la vergüenza y el rechazo. Ambas Le sobrevinieron a Jesús en la cruz.

    La vergüenza puede variar en intensidad, desde el bochorno agudo a un sentido embarazoso de indignidad que separa a una persona de una importante amistad, bien sea con Dios o con los hombres. Una de las causas más comunes (que se está haciendo cada vez más prevaleciente en nuestra sociedad) es alguna forma de abuso o molestia sexual en la niñez. Esto frecuentemente deja cicatrices que solamente pueden ser curadas por la gracia de Dios.

    Hablando de Jesús en la cruz, el escritor de Hebreos dice que Él "…sufrió la cruz, menospreciando el oprobio…" (Hebreos 12:2). La ejecución en la cruz era la forma de muerte más vergonzosa de todas, reservada a la clase más baja de criminales. La persona que iba a ser ejecutada era despojada de todas sus vestiduras y expuesta desnuda a la mirada de los viandantes, quienes se burlaban e injuriaban. Este fue el grado de vergüenza que Jesús soportó mientras colgaba de la cruz (Mateo 27:35-44).

    En lugar de la vergüenza que Jesús soportó, el propósito de Dios es llevar a los que confían en Él a compartir Su gloria eterna. En Hebreos 2:10, dice el autor: Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchols hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos.

    La vergüenza que Jesús soportó en la cruz ha abierto el camino para que todos los que confían en Él sean liberados de su propia vergüenza. No sólo eso, sino que entonces ¡Él comparte con nosotros la gloria que Le pertenece a Él por derecho eterno!

    Hay otra herida que es con frecuencia aun más agonizante que la vergüenza. Se trata del rechazo. Esto normalmente deriva de alguna clase de relaciones rotas. En su forma más primitiva, es causado por padres que rechazan a sus propios hijos. El rechazo puede ser activo, expresado de maneras brutas y negativas; o puede ser meramente el fracaso a la hora de mostrar amor y aceptación. Si una mujer embarazada alberga sentimientos negativos hacia la criatura en su vientre, ésta probablemente nacerá con un sentido de rechazo, qu puede continuar hasta la fase adulta, e incluso hasta la tumba.

    La rotura de un matrimonio es otra causa frecuente de rechazo. Esto se retrata vividamente en las palabras del Señor en Isaías 54:6: Porque como a mujer abandonada y triste de espíritu te llamó Jehová, y como a la esposa de la juventud que es repudiada, dijo el Dios tuyo.

    La provisión de Dios para sanar la herida del rechazo está registrada en Mateo 27:46 y 50, que describen la culminación de la agonía de Jesús: Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu.

    Por primera vez en la historia del universo, el Hijo de Dios clamó a Su Padre y no recibió ninguna respuesta. Jesús se identificó tan plenamente con la iniquidad del hombre que la santidad intransigente de Dios Le hizo rechazar incluso a Su propio Hijo. De esa manera, Jesús soportó el rechazo en su forma más agonizante: el rechazo de un padre. Casi inmediatamente después de eso, Él murió, no a causa de las heridas de la crucifixión, sino a causa del corazón roto por el rechazo.

    El registro de Mateo continúa inmediatamente: "Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo…" Simbólicamente, esto demostró que se hab_a abierto el camino para que el hombre pecador pudiese entrar en directa comunión con un Dios santo. El rechazo de Jesús había abierto el camino para que nosotros fuésemos aceptos por Dios como Sus hijos. Esto lo resume Pablo en Efesios 1:5-6: "en amor habiéndonos predestinado [Dios] para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad".

    El rechazo de Jesús resultó en nuestra aceptación.

    El remedio de Dios para la vergüenza y el rechazo no se ha necesitado nunca con tanta deseperación como lo es hoy día. Calculo que por lo menos una cuarta parte de los adultos del mundo hoy sufren las heridas de la vergüenza o del rechazo. Me ha sido de una alegría inconmensurable el poder llevar a personas como esas a la sanidad que sigue a la cruz de Jesús.

    Los dos aspectos emocionales del intercambio en la cruz que han sido analizados arriba pueden ser sintetizados de la siguiente forma: Jesús llevó nuestra vergüenza, para que pudiésemos compartir Su gloria. Jesús soportó nuestro rechazo, para que pudiésemos tener Su aceptación con el Padre.

    Los aspectos del intercambio analizados arriba cubren algunas de las necesidades más básicas y urgentes de la humanidad, pero no son exhaustivos de ninguna manera. En verdad, no hoy ninguna necesidad resultante de la rebelión del hombre que no sea cubierta por el mismo principio de intercambio: El mal sobrevino a Jesús para que el bien pudiese sernos ofrecido a nosotros. Una vez que hayamos aprendido a aplicar este principio en nuestras vidas, el mismo libera la provisión de Dios para toda necesidad.

    Todavía queda un aspecto final y culminante del intercambio, descrito por Pablo en Gálatas 3:13-14: Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado de un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.

    Pablo aplica a Jesús en la cruz una promulgación de la ley de Moisés, afirmada en Deuteronomio 21:23, según la cual una persona ejecutada en un madero (un poste de madera con un tronco transversal), por ese medio una persona se ponía bajo la maldición de Dios. Luego apunta al opuesto resultante: la bendición.

    No nos hace falta un teólogo para analizar este aspecto del intercambio: Jesús se hizo maldición, para que nosotros pudiésemos entrar en la bendición.

    La maldición que sobrevino a Jesús se define como "la maldición de la ley". En Deuteronomio 28, Moisés da una exhaustiva lista de las bendiciones que resultan de la obediencia a la ley, bien como de las maldiciones resultantes de romperla. Las maldiciones enumeradas en Deuteronomio 28:15-68 pueden ser resumidas como a continuación:

    Humillación
    Desnudez, falta de fruto
    Enfermedad mental y física
    Rotura de la familia
    Pobreza
    Derrota
    Opresión
    Fracaso

    ¿Se aplican algunas de estas palabras a áreas de tu vida? ¿Hay cosas que permanecen como una sombra oscura sobre ti, tapando la luz del sol de la bendición de Dios que deseas? Si es así, puede ser que la raíz de tus problemas sea una maldición, de la cual debes ser liberado.

    Para apreciar todo el horror de la maldición que sobrevino a Jesús, intenta hacerte el cuadro de Él mientras colgaba de las cruz.

    Jesús había sido rechazado por Su propio pueblo, traicionado por uno de Sus discípulos, y abandonado por el resto (aunque más tarde algunos volvieron para seguir Su agonía final). Él fue levantado desnudo entre la tierra y el cielo. Su cuerpo fue atormentado por el dolor de innumerables heridas, Su alma sufrió el peso de la culpa de toda la humanidad. La tierra lo había rechazado, y el cielo no respondía a Su clamor. Cuando el sol recogió su luz y las tinieblas Lo cubrieron, Su sangre de vida fue cayendo poco a poco en el suelo polvoriento y pedregoso. Sin embargo, desde la oscuridad, justo antes de que expirara, vino un grito final y triunfante: "¡Consumado es!"

    En el texto griego, esa frase, "consumado es", consiste de una sola palabra. Es el tiempo perfecto de un verbo que significa "hacer que algo sea completo o perfecto". En español, podría ser traducida: "Está completamente completo" o "Está perfectamente perfecto".

    Jesús había llevado sobre Sí mismo toda la mala consecuencia que la rebelión había hecho venir sobre la humanidad. Él havía agotado todas las maldiciones de la ley quebrantada de Dios. Todo esto, para que nosotros pudiéramos recibir todas las bendiciones correspondientes a Su obediencia. Un sacrificio como ese es estupendo en lo que abarca, pero es también maravilloso en su simplicidad.

    ...Cada uno de nosotros tiene necesidades especiales y cada uno de nosotros debe venir a Dios individualmente para aceptar Su provisión. He aquí una forma general que puedes usar para reclamar cualquiera de las demás provisiones descritas en este libreto:

    Señor Jesús, te doy gracias, porque fuiste herido para que yo fuese sanado.

    Señor Jesús, te doy gracias, porque fuiste hecho pecado con mi pecado para que yo pudiese ser hecho justo con tu justicia.

    Señor Jesús, te doy gracias, porque moriste mi muerte para que yo pudiese recibir tu vida.

    Señor Jesús, te doy gracias, porque soportaste mi pobreza, para que yo pudiese compartir tu abundancia.

    Señor Jesús, te doy gracias, porque llevaste mi vergüenza, para que yo pudiese compartir tu gloria.

    Señor Jesús, te doy gracias, porque has sufrido mi rechazo, para que yo pudiese tener tu aceptación junto al Padre.

    Señor Jesús, te doy gracias, porque fuiste hecho una maldición, para que yo pudiese entrar en la bendición.

    Cada provisión por la cual has orado es progresiva. Tu oración inicial ha liberado el poder de Dios en tu vida. Sin embargo, ese no es más que el punto de partida. Para poder apropiarte de la plena provisión que estás buscando, necesitarás hacer tres cosas:

    1. Buscar estas verdades en la Biblia tú mismo.

    2. Reafirmar continuamente el aspecto particular del intercambio que responde a tu necesidad.

    3. Reafirmar continuamente tu fe, agradeciendo a Dios por lo que Él ha provisto.

    Cuanto más agradeces a Dios, tanto más creerás en lo que Él ha hecho por ti. Y cuanto más creas, tanto más querrás agradecerle.

    Estas dos cosas (creer y agradecer, agradecer y creer) son como una escalera de espirales que te llevará cada vez más alto en la plenitud de la provisión de Dios.

El intercambio hecho en la Cruz

    Existe una, y sólo una base completamente suficiente para la provisión de la gracia de Dios: El intercambio que tuvo lugar en la cruz.

    Jesús fue castigado, para que nosotros fuésemos perdonados.

    Jesús fue herido, para que nosotros fuésemos sanados.

    Jesús fue hecho pecado con nuestro pecado, para que nosotros pudiésemos ser hechos justos con Su justicia.

    Jesús murió nuestra muerte, para que nosotros pudiésemos recibir Su vida.

    Jesús soportó nuestra pobreza, para que nosotros pudiésemos compartir Su abundancia.

    Jesús llevó nuestra vergüenza, para nosotros pudiésemos compartir Su gloria.

    Jesús soportó nuestro rechazo, para que nosotros pudiésemos tener Su aceptación junto al Padre.

    Jesús fue hecho una maldición, para que nosotros pudiésemos entrar en la bendición.

    Esta lista no está completa. Hay otros aspectos del intercambio que podrían añadirse. Pero todos ellos son facetas distintas de la provisión que Dios ha hecho a través del sacrificio de Jesús. La Biblia los resume en una sola palabra, que lo incluye todo: salvación. Con frecuencia, los cristianos limitan la salvación a la experiencia de tener los pecados de uno perdonados y nacer de nuevo. Sin embargo, aunque esto sea maravilloso, no es más que la primera parte de la salvación total revelada en el Nuevo Testamento.

    – Tomado de El Intercambio Divino por Derek Prince. Usado con permiso de Derek Prince Ministries--International.