«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El Señor Es Nuestra Esperanza

Por Rich Carmicheal

    Este ejemplar de El Heraldo enfoca en la importancia de un conocimiento verdadero de Dios.  Espero que los mensajes no solo aumenten tu entendimiento de Sus atributos, pero que te lleven a una reverencia más profunda hacia Él y a una comunión más íntima con Él.  Algunos de los artículos son muy profundos y requieren un esfuerzo adicional para leer, pero prometen entregar tesoro precioso a aquéllos que los toman a pecho.

    El Señor me ha puesto en el corazón el deseo de compartir en este artículo algunas verdades sobre Él del Salmo 71 que puede ser de mucho aliento para los lectores que se encuentran en medio de pruebas y tribulaciones.  El autor mismo de este salmo se encuentra en graves aprietos.  Tiene enemigos de verdad buscando su ruina (vv. 4, 10-11, 13).  Probablemente ha alcanzado la vejez en la que su propia fuerza está fallando (v. 9).  Ha experimentado muchos problemas y angustias, y siente que esté en las profundidades de la tierra (v. 20).  Necesita ser liberado, rescatado, salvo y ayudado para salir de su situación actual (vv. 2-4, 12).  Él está necesitado del consuelo del Señor (v. 21).

    Y aun, en vez de desesperarse bajo el peso de todo esto, se llena de esperanza – «Pero yo siempre tendré esperanza, y más y más Te alabaré» (Sal. 71:14).  ¿Por qué?  Porque tiene sus ojos puestos en el Señor y en Él ha puesto su esperanza.  Y no solo está puesto su esperanza en el Señor, su esperanza es el Señor: «Tú, Soberano Señor, has sido mi esperanza» (v. 5).

    No importa cuán difíciles sean nuestras circunstancias, podemos, como el salmista, siempre tener esperanza cuando acudimos al Señor.  Si ustedes se encuentran ahora en medio de pruebas que les presionan, quizás hasta amenazar con agobiarles, que las siguientes verdades sobre el Señor profundicen su esperanza en Él.

    El Señor es refugio fuerte.  «En Ti, Señor, me he refugiado…» (v. 1); «…Porque Tú eres mi roca, mi fortaleza» (v. 3); «…Pero Tú eres mi refugio fuerte» (v. 7).

    Cuán bueno es saber que en medio de las tormentas de la vida, hay Uno a quién podemos acudir y encontrar refugio – Uno que es bueno y una fortaleza en el día de dificultad (Na. 1:7); Uno que es un lugar de seguridad (Pr. 18:10); Uno que es «escudo es a los que en Él se refugian» (Sal. 18:30); Uno que nos cubre y nos protege (Sal. 91:4).  El Señor es «nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia.  Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar; aunque rujan y se encrespen sus aguas, y ante su furia retiemblen los montes» (Sal. 46:1-3).

    El Señor es siempre accesible.  «Sé Tú mi roca de refugio adonde pueda yo siempre acudir…» (Sal. 71:3).

    Por mucho que este maravilloso acceso estuviera disponible para el salmista, ¡cuánto más para nosotros que estamos en Cristo!  Debido a Él, podemos «acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos» (Heb. 4:16).  El Señor no nos deja solos para valernos por nosotros mismos, sino nos invita para entrar en Su presencia para gozarnos de Su comunión y para recibir todos los recursos divinos que nos hacen falta para la vida.  Cuando nos acercamos a Él, Él se acerca a nosotros (Stg. 4:8), y ¡Su presencia, Su paz, y Su provisión marca toda la diferencia!  «…El Señor está cerca.  No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias.  Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Flp. 4:5-7).

    El Señor es fiel para sostenerte.  «De Ti he dependido desde que nací; del vientre materno me hiciste nacer…» (Sal. 71:6); «No me rechaces cuando llegue a viejo; no me abandones cuando me falten las fuerzas» (v. 9).

    Eres la obra de la mano del Señor, y Él te conoce íntimamente y se ocupa profundamente de ti (Sal. 139:1-16).  Aunque tú (como todo el mundo) has pecado y has sido infiel a veces en tu vida hacia Él, Él siempre ha sido Dios fiel sobre tu vida.  «El gran amor del Señor nunca se acaba, y Su compasión jamás se agota.  Cada mañana se renuevan Sus bondades; ¡muy grande es Su fidelidad!  Por tanto, digo: ‘El Señor es todo lo que tengo.  ¡En Él esperaré!’» (Lam. 3:22-24).  Su promesa es, «‘Nunca Te dejaré; jamás Te abandonaré.’  Así que podemos decir con toda confianza: ‘El Señor es quien me ayuda; no temeré…’» (Heb. 13:5-6).  Él nos mantendrá por los altos y los bajos de la vida mientras encomendemos nosotros mismos y nuestras situaciones a Él.  Tal como dice la letra de la vieja canción cristiana, «Él no nos trajo hasta aquí para abandonarnos….» 

    El Señor es capaz de fortalecerte.  «Aun cuando sea yo anciano y peine canas, no me abandones, oh Dios, hasta que anuncie Tu poder a la generación venidera, y dé a conocer Tus proezas a los que aún no han nacido» (Sal. 71:18).

    Considerando que nuestra fuerza falla inevitablemente (v. 9), la fuerza del Señor es sin límite y sin fin.  «Hay poder y belleza en Su santuario» (Sal. 96:6) y «Su entendimiento es infinito» (Sal. 147:5).  Por Su fuerza Él sostiene las estrellas, y Él es un Dios que da «fortalece al cansado y acrecienta las fuerzas del débil» (Is. 40:26, 29).  Cuando esperamos en Él, sacamos fuerzas nuevas (v. 31) – ¡Su fuerza!  Y no solo recibimos Su fuerza, pero el Señor Mismo es nuestra fuerza – «El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en Él confía; de Él recibo ayuda…» (Sal. 28:7); «Podrán desfallecer mi cuerpo y mi espíritu, pero Dios fortalece mi corazón…» (Sal. 73:26).  ¡Todo podemos hacer por medio de Él que nos fortalece! (Flp. 4:13).  Y cuando Su fuerza obra en nosotros y por nosotros, ¡nuestras vidas llegan a ser testimonio para Su gracia y Su gloria! (1 Pe. 4:11).

    El Señor es capaz to transformar tus problemas para el bien.  «…¿Quién como Tú, oh Dios?  Me has hecho pasar por muchos infortunios, pero volverás a darme vida; de las profundidades de la tierra volverás a levantarme» (Sal. 71:19-20).

    ¡Nuestro Dios es un Dios maravilloso que tiene el poder de transformar nuestras situaciones!  Él da «una corona en vez de cenizas, aceite de alegría, en vez de luto, traje de fiesta en vez de espíritu de desaliento» (Is. 61:3).  Lo que el enemigo propone para maldad, el Señor es capaz de transformarlo para lograr Sus propósitos (Gn. 50:20).  Cuando le entregamos nuestras pruebas y tribulaciones a Él, Él es capaz de transformarlos para Su gloria y Su honor.  Él hace que todas las cosas resulten en bien para los que Lo aman y son llamados según Su propósito (Rom. 8:28).  Cuando confiamos en Él con todo nuestro corazón, Él es capaz de enderezar nuestros caminos (Pr. 3:5-6).  Cuando perseveramos por el sufrimiento, eventualmente vemos «lo que al final le dio el Señor.  Es que el Señor es muy compasivo y misericordioso» (Stg. 5:11).

    El Señor es capaz de liberar, rescatar y ayudar.  «Por Tu justicia, rescátame y líbrame; dígnate escucharme, y sálvame» (Sal. 71:2); «…Dios mío, ven pronto a ayudarme» (v. 12).

    Nuestro Dios es capaz de liberarnos de nuestros enemigos (Sal. 18:17), de nuestros temores (Sal. 34:4) y de nuestras tribulaciones y aflicciones (Sal. 34:17, 19).  Cuando clamamos a Él, Él es capaz de sacarnos de nuestras angustias, sin importar cuán difícil o sin esperanza parecen ser (vea Salmo 107).  Nuestra ayuda viene de Aquél que hizo el cielo y la tierra, entonces ¡no hay nada demasiado difícil para Él! (Sal. 121:2; Jr. 32:17).

    El Señor es capaz de consolarte.  «…Volverás a consolarme» (Sal. 71:21).

    Dios es plenamente consciente cuando estamos angustiados, y Él es capaz de proporcionarnos un gran consuelo.  Él es «…el Dios de toda consolación, quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones…» (2 Cor. 1:3-4).  Si la situación mejora o no, e incluso si nos enfrentamos a aflicciones por todos lados,  conflictos por afuera, temores por adentro, nuestro Dios es capaz de consolarnos (2 Cor. 7:6).

    Querido amigo, que tus circunstancias te acerquen cada vez más al Señor.  Él será fiel para cuidar de ti, y mientras Él lo hace, ¡tu vida se convertirá en un mayor testimonio al Dios maravilloso que Él es!

    «Pero yo siempre tendré esperanza, y más y más Te alabaré» (Sal. 71:14).