«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El Lugar Propio Del Hombre

Por Andrew Murray

    «Todos ellos esperan en Ti, para que les des su comida a su tiempo.  Se la das, y la atrapan; abres Tu mano, y se sacian de bien» (Sal. 104:27-28).

    Este salmo, de alabanza al Creador, ha estado hablando de los pájaros y los animales del bosque; de los leoncillos, y del hombre que va a su trabajo; del gran mar, en el cual se deslizan bestias inmensas y pequeñas en grandes números.  Y resume toda la relación de la criatura a su Creador, y su continua y universal dependencia de Él en una palabra: «¡Todos ellos esperan en Ti!»  De la misma manera que es la obra de Dios el crearlos, es la obra de Dios el mantenerlos.  De la misma manera que la criatura no puede crearse a sí misma, tampoco él la deja para que se provea de lo necesario.  Toda la creación está gobernada por una ley inalterable: ¡el esperar en Dios!

    Esta palabra es la simple expresión de aquello por lo que la criatura recibió su existencia, la verdadera base de su constitución.  El objeto por el cual Dios dio vida a las criaturas fue para que en ellas pudiera mostrar Su sabiduría, poder y amor, siendo en todo momento su vida y su felicidad, y derramando sobre ellas, según la capacidad de cada uno, las riquezas de Su bondad y Su poder.  Y de la misma manera que éste es el verdadero lugar y naturaleza de Dios, el ser la fuente de donde procede toda provisión para la criatura, de modo constante, el lugar que le corresponde a la criatura es a su vez: el esperar en Dios, y recibir de Él lo que sólo Él puede dar, aquello que Él se deleita en dar.

    Si en este librito hemos de captar lo que el esperar en Dios ha de ser para cada creyente, practicarlo y experimentarlo en su bienaventuranza, es de gran importancia que empecemos por el principio, y veamos lo razonable de esta llamada suya.  Comprenderemos que este deber no es una orden arbitraria.  Veremos que no sólo es necesario por nuestro pecado y nuestra invalidez.  Es simple y verdaderamente el restaurarnos a nuestro destino original y nuestra más alta nobleza, a nuestro verdadero lugar y gloria como criaturas dependientes de un Dios glorioso y todopoderoso.

    Si nuestros ojos se abren a esta preciosa verdad, toda la naturaleza pasará a ser un predicador, que nos recordará la relación que, fundada en la creación, ahora se realiza en la gracia.  Al leer este salmo, y aprender a mirar en toda la vida de la naturaleza como mantenida continuamente por Dios Mismo, el esperar en Dios pasa a ser visto como una verdadera necesidad de nuestro ser.  Al pensar en los leoncillos y los cuervos clamando a Dios, en los pájaros y los peces y los insectos esperando en Él, para que Él les dé su alimento según sazón, veremos que es la verdadera naturaleza y gloria de Dios Él que sea un Dios en el cual hay que esperar.  Cada idea de lo que es la naturaleza, y de lo que es Dios, nos da nueva fuerza para exclamar: «En Ti, oh Dios, sólo he esperado.»

    «Todos ellos esperan en Ti, para que les des….»  Es Dios que nos lo da todo: que esta fe entre profundamente en nuestros corazones.  Antes ya de que comprendamos todo lo que va implicado en nuestro esperar en Dios, y antes de que hayamos podido cultivar el hábito, dejemos que esta verdad entre en nuestras almas.  El esperar en Dios, la dependencia incesante y total en Él, es, en el cielo y en la tierra, la única verdadera religión, la única inalterable y abarcativa expresión de la verdadera relación con Aquel, siempre bendito, en el cual vivimos.

    Decididamente en este momento que será la característica esencial de nuestra vida y nuestra adoración el esperar en Dios de modo continuo, humilde, confiado.  Podemos estar seguros que Él que nos hizo para Sí, para que podamos entregarnos a Él y Él serlo todo en nosotros; no nos va a desazonar.  Al esperar en Él encontramos descanso, gozo y fuerza y la provisión de todas nuestras necesidades.

    ¡Mi alma ha esperado sólo en Ti, oh Dios!